Capítulo 20Puertas abiertas, secretos cerrados
Puertas abiertas, secretos cerrados
Nunca imaginé que un beso pudiera sentirse así.
Todas mis otras experiencias —aunque no fueran muchas— no se acercaban ni un poco a lo que él me hizo sentir.
Había algo en ese beso que iba más allá de lo físico: todo ese amor contenido por tanto tiempo, las dudas, los miedos, los silencios...
todo se derretía al contacto de su boca con la mía.
Era como si nuestras almas se reconocieran, como si al besarnos encontráramos un idioma propio.
Como si, de alguna manera, siempre hubiéramos pertenecido el uno al otro.
Edriek me besó con todo lo que alguna vez soñé que sentía por mí. Y también con todo lo que yo no me había permitido sentir.
Cuando nos separamos, todavía podía sentir sus labios en los míos. Dejaron una marca invisible que no quería —ni iba— a borrar nunca.
—¿Estás lista? —me preguntó, acariciándome la mejilla.
Y yo asentí, sonriendo. Porque sí… estaba más que lista.
La simple idea de volver a casa, aunque fuera solo por un rato, y que encima fuera con él... era simplemente perfecto.
Me explicó que íbamos a hacerlo de la manera en la que él lo hacía. De la misma forma que lo hice con Remus el día en que llegué acá.
Me tomó de la mano y, antes de que pudiera decirle que estaba nerviosa, ya estábamos envueltos en esa energía que parecía desarmar la realidad alrededor. El mundo se desdibujó, y un instante después, el aire volvió a asentarse con un leve zumbido en mis oídos.
Reconocí el lugar incluso antes de abrir los ojos del todo. El jardín delantero, la verja oxidada, ese aroma tenue a jazmines que mamá siempre decía que era “el perfume de casa”. Estábamos frente a mi hogar. O, al menos, lo que recordaba como tal.
—¿Estás bien? —preguntó Edriek, bajando el tono como si ya presintiera que algo no estaba del todo bien.
Asentí, aunque había algo raro en mi pecho. Una mezcla de nostalgia y aprehensión que no sabía de dónde salía. Tal vez era simplemente la emoción.
—No pensé que volver me pondría así —murmuré.
—Te entiendo. Yo tampoco pensé que este momento llegaría tan pronto.
Le sonreí con un poco de timidez. Él me sostuvo la mirada unos segundos más de lo normal, como si quisiera asegurarse de que de verdad estaba lista. Pero en cuanto mis ojos se posaron en la puerta de entrada… todo cambió.
Estaba abierta.
Entreabierta, más bien. Apenas lo suficiente para que una corriente de aire la moviera hacia atrás con un chirrido lento.
—¿Es normal que esté así? —preguntó él enseguida, en alerta.
Negué con la cabeza, sintiendo el pulso en la garganta.
—No. Estaba cerrada. Mamá siempre se asegura de eso… Siempre.
Edriek avanzó un paso, colocándose un poco delante de mí. Automáticamente tomé su brazo. Había algo en el silencio que nos rodeaba que me heló la piel. Ni una voz, ni un televisor encendido, ni el ruido de la tetera… nada. Solo silencio. Un silencio pesado. Raro.
Entramos despacio.
Cada rincón se sentía familiar y, al mismo tiempo, extraño. El abrigo de papá seguía colgado en la entrada, pero su taza no estaba sobre la mesa. La cartera de mamá estaba abierta sobre el sofá, con los papeles desordenados. Todo parecía... vivido, y al mismo tiempo abandonado.
—¿Mamá? ¿Papá? ¿Alex? —llamé al vacío. Nada.
Edriek escaneó el lugar con la mirada, atento, como si esperara que algo saltara de las sombras en cualquier momento. Todo parecía normal, pero el silencio lo ensuciaba todo.
Me acerqué a la mesa y noté un papel doblado con mi nombre escrito con la letra de Alex. Lo abrí de inmediato. El mensaje era corto, pero suficiente para desordenarme el alma:
“Para Emily: en caso de que por alguna casualidad vengas, quiero que sepas que nos fuimos un tiempo afuera con los abuelos. Aunque quisiera, creo que será mejor que no sepas nada. Ni vos… ni nadie más de tu mundo. Te amamos. —A lex.”
“Ni nadie más de tu mundo…”
No podía dejar de repetir esa frase en mi cabeza. ¿A qué se refería exactamente? Y si se fueron de viaje… ¿por qué dejaron la puerta abierta? Algo no cerraba. Algo no estaba bien, y esa sensación me estaba volviendo loca.
—Em... mirá esto —dijo Edriek, sacándome de mis pensamientos. Tenía algo en la mano.
Era una estampilla extraña que, al parecer, habían dejado sobre la carta. La parte trasera tenía una hoja vieja, amarillenta, con un símbolo dibujado a mano en el centro. Lo reconocí al instante.
—Es el mismo símbolo... —murmuré—. El del libro que encontramos con Spencer. El de los linajes rotos. El del poder…
La garganta se me secó de golpe.
—¿Qué es esto? —pregunté, con la voz apenas audible.
Edriek no respondió de inmediato. Su expresión cambió. Se tensó por completo. Apretó la mandíbula y desvió la mirada, como si no quisiera decirme lo que ya sabía.
—Edriek… —insistí.
Él tragó saliva. Luego, al fin, habló:
—Mi familia ya lo sabe.
—¿Saben qué?
—Que estás en el colegio. Que estás empezando a descubrir quién sos. Y creo que vinieron a corroborar. A dejar en claro que lo saben.
El papel temblaba entre mis dedos. Sentía el corazón golpearme las costillas desde adentro.
—¿Creés que estuvieron acá?
—Estoy seguro. Y eso —dijo, señalando el símbolo— no es solo un aviso. Es un mensaje. Uno que Remus va a entender de inmediato.
No podía dejar de hacerme preguntas. ¿Cómo sabían dónde vivía? ¿Por qué vinieron a buscarme justo ahora? ¿Y lo más importante... qué quieren de mí?
—Tenemos que contárselo a Remus —dijo con firmeza—. Esto es claramente una declaración de guerra. Está completamente prohibido interferir en el mundo humano, mucho más si pertenecen a otro linaje. Se supone que deben pasar desapercibidos.
Asentí. Era lo único que podía hacer. Las palabras se me quedaban atascadas en la garganta, atrapadas por la angustia que me oprimía el pecho. Solo podía pensar en una cosa: si algo le pasaba a mi familia por mi culpa, no me lo iba a perdonar nunca.
—Antes de volver… tengo que hacer una parada más —le supliqué mirándolo con urgencia. Necesitaba asegurarme de que Sean estuviera bien.
Él no dijo nada. Solo asintió. Nos alejamos de mi casa con la carta en una mano… y la esperanza de que todo estuviera bien, en la otra.
—¿A dónde estamos yendo? —preguntó, curioso, mientras avanzábamos.
—Tengo que asegurarme de que Sean esté bien.
—¿Sean?
No llegué a responderle. Ya estábamos frente a la puerta de su casa.
Toqué dos veces, con fuerza. El corazón me latía tan rápido que por un segundo temí que se me notara en la cara. Escuché pasos al otro lado. La puerta se abrió lentamente.
—¿Emily?
Sean. Tenía el pelo un poco más largo, la mirada cansada y una expresión que no supe leer de inmediato. Ni enojo ni alegría. Algo a mitad de camino.
—Hola… —dije en voz baja.
Me abrazó, y me di cuenta de cuánto lo había extrañado.
—No puedo creer que estés acá —me susurró antes de alejarse de mí.
—Necesitaba verte. Saber que estás bien.
Me miró de arriba abajo. Después, su mirada fue a Edriek, que se quedó un paso atrás con los brazos en jarra. No dijo nada, pero su ceja arqueada habló por él.
—¿Podemos hablar un minuto? —le pedí.
—¿Con tu guardaespalda también?-- No le contesté solo lo miré con una advertencia, él solo suspiró… Dudó. Después, se hizo a un lado para dejarnos pasar.
Nos sentamos en el borde del sillón del living, sin mirarnos demasiado. El silencio era espeso, incómodo.
—Perdón por no hablarte ni venir antes —dije por fin.
—¿Antes? —soltó una risa seca—. Te fuiste por semanas y ahora aparecés con él y un “necesitaba verte”.
Bajé la mirada. Tenía razón. Pero no podía decirle la verdad. Al menos no toda.
—No fue fácil. Me estaba acomodando a mi nueva vida… No fue fácil estar allí sola.
—¿Y tu vida acá? ¿Y nosotros? Antes, éramos tu vida. Para nosotros tampoco fue fácil. Ni siquiera contestas los mensajes. Ni los míos, ni los de Alex, ni los de tus padres. Ellos son los que peor la pasaron, Em —se cruzó de brazos—. Y encima, ahora empezaron a pasar cosas raras.
Lo miré, tensa.
—¿Qué cosas?
Ignoré por completo todo lo que me había dicho antes, no porque no me importara. Todo lo contrario: me importaba. Y mucho. Por eso me dolía tanto que tuviera tanta razón.
—Gente rara. Que no es del pueblo. Los vi en la plaza, en el callejón cerca de tu casa. Uno incluso se quedó mirando el portón de tu jardín como si estuviera reconociendo el lugar. Y después… tu familia.
—¿Qué pasó con ellos?
—Se fueron sin despedirse de nadie. Una mañana, simplemente no estaban más. Y nadie sabe a dónde fueron. Como si se hubieran evaporado.
Sentí que el frío me trepaba por la espalda.
—¿Y cuándo fue eso?
—Hace dos días.
Edriek y yo cruzamos miradas. Todo coincidía. Demasiado.
—Sean, si ves a esas personas de nuevo… no te acerques. No les hables. Solo avísame, ¿sí?
—¿Qué está pasando, Emily?
—Nada de lo que tengas que preocuparte. Solo necesito que me prometas que me vas a avisar si los volvés a ver.
Él asintió, con una mezcla de desconfianza y preocupación.
—Tené cuidado. Y cuidá a tu familia. Sea lo que sea lo que esté pasando…
—Gracias —susurré, y nos levantamos para irnos—. Nos vemos pronto. Lo prometo.
Edriek ya estaba en la puerta esperándome, pero yo todavía no me podía mover. Me di vuelta por última vez y corrí a abrazarlo, con lágrimas en los ojos.
—Perdón por ser la peor amiga del mundo —dije entre sollozos.
Él me abrazó más fuerte.
—No me pidas perdón, lo entiendo de verdad. Solo… —se alejó de mí, me levantó la cara y agregó—. Cuidate mucho, hagas lo que hagas. Y por favor, promete que me vas a mandar un mensaje. Me conformo con un “Estoy bien”. ¿Sí?
Asentí sin dejar de llorar. Lo volví a abrazar más fuerte.
—Por favor no llores más, porque me vas a hacer llorar a mí.
Me reí entre lágrimas.
—Te prometo que te voy a mandar un mensaje más seguido.
Mientras salíamos, supe que esa promesa iba a costarme más de lo que pensaba cumplir.
—¿Estás bien?-- me preguntó preocupado y apenado Edriek, mientras nos dirigimos al bosque para volver a mi nueva casa.
Negué con la cabeza y solo pensar en todo lo que pasó en el día y en las preocupaciones que tenía por mi familia se me llenaron los ojos de lágrimas. Él lo notó y me atrajo para abrazarme, me desarmé completamente. Me sentía tan segura con él.
—Solo quiero que todo esto termine, quiero saber si ellos están bien.-- No me dijo nada solo me abrazó más fuerte mientras me acariciaba el pelo—Volvamos al colegio.
El asintió y sin dejar de abrazarme todos los árboles que había alrededor nuestro se difuminan mientras el mareo aparecía por unos segundos, hasta que llegamos al mismo lugar donde estábamos antes de irnos.
Me alejé de él sintiendo como el frío de no estar cerca me golpeaba.
—Voy a ir a hablar con Remus—Dije más para mi que para él.
—¿Quieres que te acompañe?
—Me encantaría, pero... ¿no vas a tener problemas si venís?
—Ya no me importa. Si de verdad mi familia fue a buscarte, esto es mucho más serio de lo que creemos. —Se acercó a mí, me tomó del cuello y agregó—: No voy a permitir que nada ni nadie se atreva a tocarte. No mientras yo esté con vos.
Él estaba tan seguro de sí mismo, de cómo cuidarme… Que solo cuando estaba con él me sentía segura, protegida y querida. No importaba que todo mi mundo se estuviera cayendo: sabía que él iba a estar al lado mío, ayudándome a recomponerme.