Capítulo 18Soy la única persona que intenta protegerte de verdad
Soy la única persona que intenta protegerte de verdad
E ra la mañana siguiente, estábamos yendo al despacho de Remus para dejarle el libro que no nos dejó pegar un ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el eco de aquella voz —o lo que fuera— llamándome desde sus páginas.
—¿Estás segura de esto? —preguntó Spencer, abrazando el libro envuelto en su suéter como si fuera algo frágil… o peligroso.
Asentí, aunque no estaba segura de nada.
—Cuanto antes se lo mostremos a Remus, mejor —dije, más para convencerme a mí misma que a ella.
El pasillo estaba desierto, y el eco de nuestros pasos se sentía demasiado fuerte en el silencio de la mañana.
Todavía no eran las siete. La mayoría de los alumnos dormía, y los profesores recién empezarían a moverse.
Pero sabíamos que Remus solía estar despierto temprano.
Como si nunca pudiera descansar del todo.
Nos detuvimos frente a la puerta de su despacho. Spencer me miró, y sus ojos me preguntaron una vez más si estaba segura. No respondí. Solo golpeé la madera con los nudillos.
Unos segundos después, la puerta se abrió sola.
Nos miramos sin decir nada. No había nadie del otro lado… pero el despacho estaba iluminado. Como si nos esperaran.
—¿Eso… lo hizo él o el libro? —murmuró Spencer, dando un paso atrás.
—No quiero averiguarlo —susurré, y entré.
El aire adentro era más denso. Como si la habitación hubiera estado conteniendo la respiración toda la noche. La chimenea crepitaba suavemente, y frente al fuego, Remus nos esperaba, sentado, con los codos sobre las rodillas y la mirada clavada en nosotras.
—Tardaron —dijo sin sorpresa en la voz—. Déjenlo sobre la mesa.
—Nos dimos cuenta muy tarde. No queríamos meternos en problemas —dije, mientras Spencer dejaba el libro donde él había señalado.
—Es muy difícil darse cuenta de que tenes algo que no te pertenece si no estás en tu habitación… ¿No?-- Contestó levantándose de donde estaba con los brazos en jarra. Como si supiera que yo no estuve en mi habitación
—No sé por qué lo decís —contesté, intentando sonar tranquila, aunque sabía exactamente a qué se refería.
—¿Estás segura que no sabes? ¿Debería preguntarle a Edriek si sabe algo?--—dijo con un tono amenazante. Me quedé paralizada, sin saber si debía mentir, defenderme o simplemente huir
—Profesor, Emily estuvo toda la noche conmigo, no salimos del cuarto en ningún momento—Dijo Spencer intentando captar su atención, pero la mirada de Remus seguía clavada en mi.-- Se lo aseguro.
Remus por fin desvió la mirada, como si esperara que dijera algo. Luego, con un gesto más relajado, agregó:
—Muy bien, ¿leyeron algo del libro?-- Preguntó
Ambas negamos.
—Si esto vuelve a pasar, no importa la hora que sea me lo traen de inmediato.-- Dijo, a lo que nosotras solo nos miramos sin decir nada.-- ¿Está claro?-- Agregó cuando vio que no íbamos a contestar.
Claramente no estaba claro. ¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué tanto miedo a que lea lo que contiene ese libro? Necesito saber qué está ocultando.
—No, no está para nada claro.-- Dije desafiante. Spencer al lado mío me miró sorprendida, para nada se esperaba que le contestara y para ser sincera yo tampoco lo esperaba.
—¿Disculpa?
—No, no te disculpo. Y tampoco está claro por qué debería traerte un libro que claramente no te pertenece—Dije cruzando los brazos.
—¿Que claramente no me pertenece?-- dijo repitiendo lo que había dicho, la tensión se podía sentir en el aire—¿Vos de donde sabes a quien le pertenece?
—Nunca dije que sabía a quién le pertenece, solo digo que si el libro lo tenías vos y apareció en mi habitación, es porque evidentemente no estaba donde debía —contesté cruzándome de brazos.
—¿Y vos sos la que decide dónde deben estar las cosas ahora? ¿Quién te puso de guardiana de la verdad?
—No soy la guardiana de nada. Porque no sé nada.
—¿Qué es lo que no sabes? o mejor dicho… ¿Qué crees que tenes que saber?
—¿Todo?-- Dije sarcásticamente. —Porque tengo sueños raros, que es realmente mi poder, porque soy la única de este colegio que empezó realmente tarde las clases, porque me dejaron en otro mundo. De quien me tenían que proteger… ¿Quieres que siga?
Mi enojo era realmente alarmante, por fin pude enfrentarlo.
—Cuando sea el momento vas a saber todo. No podes apresurar las cosas ni tampoco ir buscando respuestas fuera.
—¿Y qué se supone que haga, esperar a que un día decidas contarme todo?. Prometiste que cualquier cosa que necesitara estarías para mí, que te comportarías como mi padre.-- Lo último fue más con angustia que otra cosa.
—Y estoy siendo ese padre. Solo que.. estoy tratando de protegerte.
—¿Protegerme de que? —solté de golpe, alzando la voz. Spencer intentó tocarme el brazo para que me calmara, pero no lo logré—. ¡Estoy harta de que siempre estés escondiendo todo por protegerme!-- Grité sarcásticamente—¡Siempre con medias verdades, con advertencias vagas y amenazas veladas!
Remus no contestó al instante. Se me quedó mirando como si buscara algo en mi cara.
—No estoy escondiendo nada que no deba ser escondido —respondió al fin, pero su voz era más dura que antes—. Cuando llegue el momento, vas a entender.
—¿Y cuándo se supone que llegue ese momento, Remus? ¿Antes o después de que alguien termine lastimado o de que yo termine lastimada?
Sus ojos brillaron con una chispa peligrosa. Estaba conteniendo algo. Rabia, tal vez. O miedo.
—¿Esto tiene que ver con Evelyn? —pregunté de golpe, cruzando una línea que hasta ahora había evitado—. ¿Tiene que ver con que ella no está acá?
El silencio que siguió fue más fuerte que cualquier grito.
Remus me miró fijo. Por primera vez en mucho tiempo, pareció desarmado.
—No metas a Evelyn en esto —dijo en voz baja, pero su tono fue una advertencia.
—¿Por qué no? ¿Qué fue lo que le pasó, porque nunca está acá? ¿Qué estás tratando de evitar que descubra?
Spencer se movió incómoda a mi lado, pero no dijo nada. Ya estábamos demasiado lejos para volver atrás.
—El libro... ¿habla de ella, no? —insistí, dando un paso hacia él—. ¿De Evelyn? ¿De mí? ¿De los dos?
—¡Basta! —estalló Remus. Un viento seco se levantó en la habitación, como si su poder hubiera escapado sin querer—. No tenés idea de lo que estás diciendo. Y si lees ese libro por tu cuenta, tampoco vas a tener tiempo de entenderlo antes de que sea demasiado tarde.
—Entonces explícamelo, ¡maldita sea! —grité—. ¡Decímelo ahora! ¡Yo no quiero seguir encontrando verdades rotas en sueños o en susurros de papel! ¡Quiero la verdad de tu boca!
Remus me miró con los ojos llenos de algo que no pude descifrar. Dolor, tal vez. Cansancio. O culpa.
—Emily dije que ahora no y pienso mantener mi postura.
—Agg ¡Te juro que no entiendo qué te pasa!
-- Dije gritando mientras un viento que no sabía de dónde salió lo expulsaba para atrás—Si vos no me contas todo te juro que voy a descubrir la verdad sea como sea—Agregué como una amenaza, acercándome hacia donde estaba en vos baja—24 horas..
tienes solo un día para decidir que vas a hacer.
Si no me voy de acá a averiguar todo por mi cuenta.
Remus no respondió. Solo se quedó ahí, inmóvil, con la mirada clavada en mí. Como si supiera que, después de esas 24 horas, nada volvería a ser igual.
Salí de su oficina a la velocidad de la luz. Atrás mío venía Spencer, casi corriendo para alcanzarme.
—¿Qué fue todo eso? —dijo, entre sorprendida y asustada.
—La verdad... no lo sé. No me lo esperaba, pero ¡qué bien se siente! Después de decirle todo lo que venía pensando, me saqué un peso de encima.
—¿Era verdad lo de las 24 horas?
—Sí. Hay muchas cosas que tiene que explicarme. Una de esas es cómo sabía que había estado con Edriek. La única persona que lo sabía eras vos y...
Me detuve en seco, en medio del pasillo. Y de golpe... todo tuvo sentido.
Las advertencias de Edriek, el hecho de que Remus siempre pareciera saberlo todo, y su reacción cuando lo vio tan cerca mío. Esa tensión. Esa forma de controlar cada movimiento.
Dominick.
Nunca fue mi amigo.
¿Me estaba espiando?
Me sentía una paranoica por pensarlo, pero cada parte de mi cuerpo me gritaba que era verdad. Una parte de mí sabía que siempre tuvo actitudes raras... pero otra se negaba a aceptarlo.
—Em, ¿estás bien? ¿En qué estás pensando? —Spencer se paró a mi lado, sacándome de mis pensamientos.
—Es Dominick —la miré por fin a los ojos, y me encontré con una cara de sorpresa y... ¿culpa?—. ¿Lo sabías?
No dijo nada. Y fue suficiente.
—¡Lo sabías y nunca me dijiste nada!
—Emily, te juro que quise contarte, pero Edriek me suplicó que no lo hiciera. Me enteré hace muy poco, en la clase que trabajé con él. Sentí su energía, y entendí todo.
—¡Edriek también lo sabe! ¡Dios, no puedo sentirme más estúpida! Claro que lo sabe, si me decía que me cuidara... ¡No puedo creer que no lo vi antes! —dije, exaltada, sintiendo el calor subirme por el cuello.
—Em... —Spencer intentó acercarse para calmarme, pero la interrumpí.
—¡No! Vos lo sabías y no me lo dijiste. ¡Me dejaste seguir confiando en él, como si nada! Me dejaste que le contara cosas, que pensara que era mi amigo...
—¡No podía hacer nada! Si decía algo, él se iba a dar cuenta. Y Edriek iba a estar en graves problemas. Solo... solo no quería que él estuviera lejos de vos. Sé cuánto te importa. Y entendí lo importante que sos para él.
Sentía la cabeza mareada, como si me costara respirar. Las pulsaciones me retumbaban en los oídos. Sin embargo, mi enojo con ella comenzó a cesar. En parte, la entendía. No era fácil estar en su lugar. Pero el dolor seguía ahí, clavado.
Con Edriek, en cambio, era distinto. La rabia que sentía con él era otra cosa. Me decía una cosa y después hacía otra. Nunca terminaba de contarme todo. Ya estaba harta. Muy harta. Y él se iba a enterar.
—¿A dónde vas? —preguntó Spencer, siguiéndome cuando me vio caminar decidida.
—A enfrentarlo.
—¿A Dominick?
—No. A Edriek. Dominick será después.
—Emily, ¿no sería mejor que te calmes un poco y hables con él después?
Me detuve en seco y me di vuelta para mirarla.
—No estoy enojada con vos porque te entiendo. Actuaste así para protegernos. Yo no cuestiono tus métodos. Vos no cuestiones los míos —dije con un tono que no admitía respuesta.
Spencer solo asintió. Y me dejó ir.
Fui a buscarlo. No necesitaba pensarlo mucho. Algo en mí sabía exactamente dónde encontrarlo.
Crucé el colegio como un huracán contenido. Esquivando pasillos, subiendo escaleras, bajando otras, hasta llegar al ala prohibida. Su lugar. Ese rincón oscuro donde siempre se refugiaba cuando necesitaba pensar. O esconderse.
Ahí estaba. De pie, junto a la ventana abierta, mirando hacia el bosque. Con la luz del atardecer tiñendo su silueta de tonos dorados. Tan tranquilo. Tan en paz. Como si nada estuviera mal.
Y eso solo me dio más bronca.
—Hola. No… no te esperaba acá —dijo al verme, con una sonrisa suave, sincera. Dio un paso hacia mí. No sabía lo que le esperaba.
—No —dije tajante—. No te me acerques.
Se detuvo en seco. Su expresión cambió al instante. Confusión. Preocupación.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—¿Cómo pudiste? —mi voz temblaba, pero no por miedo—. ¿Cómo pudiste mentirme así? Entiendo que me ocultes cosas. Entiendo incluso que no siempre me digas lo que sentís. Pero meter a Spencer en esto… ¿En serio?
Lo vi caer en cuenta. Su cara cambió. De sorpresa, a culpa.
—Nunca quise que ella lo supiera —dijo bajando la voz—. Lo descubrió cuando hicimos esa tarea. Sintió mi energía. Me lo dijo y me pidió explicaciones. Yo… solo le pedí que no te lo dijera.
—¿Y vos quién sos para decidir eso por mí? —solté, herida—. ¿Quién te creés que sos para decidir quién me protege y quién me miente?
—Yo soy la única persona que intenta protegerte de verdad —espetó, esta vez con un dejo de enojo, como si le doliera lo que insinuaba—. Nunca te dije algo que no sintiera. Nunca actué contra vos.
—¿De verdad? —di un paso hacia él—. ¿Y las promesas? “Siempre voy a cuidarte”, “Siempre voy a estar para vos”, “Confía en mí”. Pero después dejás que mi supuesto mejor amigo me espíe sin decirme nada. ¿Eso es cuidarme? ¿Eso es estar?
Él cerró los ojos un segundo, como si necesitara fuerza para responder. Y cuando los abrió, ya no era solo Edriek: era el chico que conocía mi historia antes que yo, el que cargaba con secretos que no pidió, el que me miraba como si yo fuera todo lo que aún le daba sentido.
—¿Y qué esperabas que hiciera, Emily? —alzó la voz, con rabia contenida, pero en su mirada no había ira. Había algo mucho peor: dolor—. ¿Que te lo dijera el primer día que llegaste? ¿Qué pensás, que si te advertía sobre Dominick me ibas a creer?
—¡Sí! —grité, sintiendo el ardor detrás de mis ojos—. ¡Sí, porque eras vos! Porque confiaba en vos más que en nadie.
—¿Y cómo podía saber eso? ¿Cómo podía saber que no ibas a salir corriendo directo a contarle todo a Remus? —Su voz se quebró—. ¡¿Cómo podía arriesgarme a perderte de nuevo?!
Su última frase me atravesó el pecho como una lanza. Pero no dije nada.
—No fue por falta de confianza —dijo, más bajo—. Fue por miedo.
—Y yo soy la que paga el precio —grité, sintiendo cómo la voz me temblaba, no de miedo, sino de furia.
Nos quedamos en silencio. Yo con el corazón en llamas, las manos cerradas en puños, y la respiración agitada.
—Siempre soy yo la que paga el precio —repetí más bajo, pero igual de firme—. De tus mentiras, las de Remus, incluso ahora las de Spencer. Soy yo la que nunca entiende tus reacciones, tus formas. Siempre diciendo una cosa y haciendo otra. Me estoy cansando, Edriek.
—¿Qué no entendés de mí? —me interrumpió, avanzando un paso, con la mandíbula tensa—. Siempre te dije lo que me pasaba con vos. Desde el principio.
—¿Sí? ¿Y qué es lo que te pasa conmigo? —repliqué enseguida—. Porque lo único que decís es que querés protegerme. Siempre lo mismo. Nunca vas más allá. Me decís que me amás, pero cuando intento acercarme, te alejás. Como si...
—¿Cómo si qué? —preguntó con un tono desafiante, acercándose un poco más. El aire entre nosotros parecía cargado de electricidad.
—Como si no sintieras nada —solté, cortante.
Y entonces lo tuve enfrente. Tan cerca que casi podía contar las pestañas que le temblaban al borde de esos ojos que tanto me gustaban.
Nuestras respiraciones se mezclaban. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, el temblor leve en su mandíbula, el esfuerzo por no moverse.
O por no decir algo. O por no hacer algo.
—¿Eso es lo que creés? —susurró con voz ronca—. ¿Que no siento nada?
—Es lo que me demostrás —murmuré. Y esta vez fui yo quien dio el paso que faltaba. Quedamos a centímetros. Podía sentir el latido de su corazón vibrando en el aire entre nosotros.
Su mirada se clavó en mi boca.
Y no se fue.
Se quedó ahí.
Demasiado tiempo.
—¿Eso es lo que te demuestro? —preguntó, bajando aún más la voz, con una intensidad que me erizó la piel.
Yo no contesté. Solo lo miré. Como si la respuesta estuviera escrita en mis ojos. Como si no necesitara decir nada más.
Y entonces, sin pensarlo más, sin darme tiempo a huir o a respirar, me besó.