Capítulo 17Susurros entre páginas
Susurros entre páginas
E l grito se me quedó atrapado en la garganta. Me incorporé de golpe, jadeando, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera escapar. La oscuridad me envolvía, apenas interrumpida por la luz tenue que entraba desde la ventana. No era mi cuarto. No era mi cama.
Tardé unos segundos en recordar dónde estaba. La textura de las sábanas, el olor a madera vieja y a pergaminos... Estaba en la habitación de Edriek. Debí de haberme quedado dormida sin darme cuenta. Acá. Con él.
Pasé una mano por mi cara, tratando de borrar la imagen del sueño. Pero no era tan fácil. Las páginas del libro seguían ahí, abiertas frente a mí, moviéndose solas como si tuvieran vida. Y algo... algo me susurraba desde dentro.
—¿Tuviste una pesadilla? —preguntó una voz baja y familiar.
Di un respingo. Edriek estaba sentado en un sillón al lado de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en mí. Parecía haber estado despierto todo el tiempo.
—Sí —susurré—. Fue con el libro. Estaba abierto. Y yo no podía cerrarlo.
Me pasé las manos por los brazos, con la piel erizada. Aún podía sentir esa especie de presión en el pecho, como si algo intentara colarse dentro de mí.
—Decías cosas mientras dormías —dijo, levantándose lentamente—. Como si alguien te hablara. Dijiste que “no debía abrirse”.
Lo miré, asustada. No recordaba haber dicho eso, pero tenía sentido.
—¿Y si hay algo dentro de ese libro que puede hacerme daño? ¿Y si no estoy lista para lo que guarda?
Edriek se sentó al borde de la cama. Me tomó la mano y esa pequeña cercanía ya bastó para no sentirme mal. Sola.
—Entonces vamos a estarlo —me dijo, con esa seguridad que a veces envidiaba—. No lo vas a enfrentar sola.
Quise creerle. De verdad. Pero algo en ese sueño se sintió real. Como si el libro me conociera mejor que yo misma.
Me incliné apenas, lo suficiente para apoyar mi frente contra su hombro. Él, en respuesta, me abrazó. Su calor era un ancla que hacía que el miedo dejara de apretar tan fuerte.
—Siempre voy a estar con vos, ¿sí?
Me aferré mucho más a él y, al darse cuenta, me abrazó más fuerte.
—Debería volver a mi habitación, antes de que alguien me descubra —dije, muy a mi pesar levantando la cabeza para verlo.
—Lo sé —murmuró, pero él no se apartó de mi lado y tampoco me dejó de abrazar.
Nos quedamos unos minutos ahí, juntos. Mirándonos.
El silencio no era incómodo. Al contrario. Se sentía como una pausa necesaria, como si el mundo entero se hubiera detenido para dejarnos respirar un poco.
Algo en mí quería que él diera el primer paso, que se acercara más, que me besara. Pero parecía que nunca llegaba el momento. Como si algo lo frenara. Como si supiera que, si cruzábamos esa línea, ya no habría vuelta atrás.
Como si leyera mis pensamientos, Edriek se levantó despacio de la cama, sin soltar mi mano de inmediato.
—¿Querés que te acompañe?
Su voz fue suave, casi un susurro. Me costó unos segundos responder, todavía atrapada en el calor de su cercanía.
—No —dije, aunque no estaba segura de si era por orgullo o por miedo a que esa burbuja en la que estábamos se rompiera si alguien nos veía juntos
Asintió, pero sus ojos dudaron. Como si no quisiera dejarme ir.
—Si tenés otra pesadilla... vení. No importa la hora.
Asentí, bajando la mirada. Me paré despacio, acomodándome el cabello y el suéter arrugado. Cuando me giré hacia la puerta, sentí que su mirada todavía estaba sobre mí. Me di vuelta antes de salir.
—Gracias, Edriek. Por... estar.
Una sombra de sonrisa le cruzó el rostro.
—Siempre.
Y con esa palabra, me fui. Cerré la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera despertar algo más que los pasillos del colegio.
Mientras caminaba hacia mi habitación, con el corazón todavía latiendo fuerte, no dejaba de pensar en lo que había sentido. En lo que no se había dicho. En lo que no nos habíamos permitido.
Por suerte el camino a mi habitación fue tranquilo. Y cuando digo eso, me refiero a que no me crucé con nadie que no debía. Porque en cuanto a mis pensamientos… para nada fue tranquilo.
Mi cabeza era un torbellino. Le daba vueltas al asunto del sueño, al libro, a lo que había sentido mientras dormía. Y a Edriek. Siempre volvía a Edriek.
También pensaba en lo raro que estaba Dominick últimamente. Esa escena que le hizo a Edriek… era como si supiera más de lo que estaba diciendo, y no paraba de imaginar qué cosas podría llegar a saber.
Abrí la puerta con cuidado, esperando encontrar a Spencer dormida. Pero para mi sorpresa, su cama estaba vacía.
Fruncí el ceño y cerré la puerta detrás de mí. Dejé el suéter en la silla, me senté en la cama y me pasé las manos por la cara, intentando despejarme. No servía de nada pensar tanto, y sin embargo… no podía evitarlo.
Mi mirada se desvió hacia el escritorio. Había algo que yo no había dejado la última vez que estuve acá. Era el libro que habíamos encontrado en la biblioteca. El mismo que estaba en mis sueños… ahora también estaba en mi habitación.
La pregunta era: ¿qué hace acá? ¿Quién lo trajo?
Sentí un escalofrío, como si de verdad me estuviera observando desde donde estaba.
No debía abrirse.
Eso había dicho en el sueño, ¿no? ¿O lo había dicho yo?
Me recosté, todavía vestida, y cerré los ojos un instante. Solo uno. Solo para respirar.
Pero justo en ese momento, se abrió la puerta.
Spencer apareció del otro lado, con la respiración agitada.
—Te estuve buscando, ¿dónde te habías metido? —dijo dejándose caer en la cama, agotada.
—Perdón, es que me quedé dormida en la habitación de Edriek y, bueno, cuando me desperté vine para acá.
La cara de sorpresa y emoción de Spencer me descolocó.
—¿Te quedaste dormida dónde ? —preguntó, incorporándose de golpe con una sonrisa que no sabía si era de burla, sorpresa o entusiasmo.
—En su habitación —repetí, un poco incómoda—. Pero no pasó nada. Me desperté por una pesadilla. Él solo… me acompañó.
—Claro… te acompañó —dijo con tono insinuante, alzando las cejas.
—Spencer… —la miré, entre divertida y molesta.
—Está bien, está bien, ya no digo nada —levantó las manos en señal de paz, aunque la sonrisa seguía brillando en su cara—. ¿Pero no pasó nada entre ustedes?
—No —dije más enojada de lo que esperaba.
Su expresión cambió a una de asombro—. Perdón.
Es que, aunque lo intente, no lo entiendo.
Me dice que me ama, que siempre me va a proteger, y que lo va a seguir haciendo, pero…
pero después no hace nada. Y no sé si soy yo la que está loca o él que da señales demasiado confusas.
Creo que hablé demasiado rápido, por la cara que puso Spencer: una mezcla de sorpresa, diversión... y algo más.
—Creeme que no estás loca. Por la forma en que te mira, te aseguro que no son solo amigos —dijo, y no pude evitar sentir un nudo en el estómago cuando mencionó “cómo me mira”.
—¿Segura? Porque si es así, no entiendo por qué tiene tanto miedo de hacer algo.
—En eso no sé qué decirte. Pero, para que te quedes tranquila, cuando hicimos esa actividad en clase y lo sentí… vi cuánto te quiere. Cuánto le gustás. Nunca sentí algo así —me dijo con una sonrisa suave—. Así que no, no estás loca… Solo tiene miedo.
—Yo también tengo miedo… pero de todo. De lo que pueda pasar con él, con Remus, con el sueño.
—¿Qué soñaste?
Suspiré, pasándome una mano por el pelo. La sensación seguía ahí, como un eco frío en el pecho.
—Con el libro —dije en voz baja, mirando hacia el escritorio—. Soñé que estaba abierto. Las páginas se movían solas. Había algo… como una voz, o una presencia. No podía cerrarlo.
Spencer giró la cabeza hacia el mismo punto que yo, y cuando vio el libro, su expresión cambió. La sonrisa desapareció al instante.
—Emily… Ese libro no estaba acá antes, ¿no?
—No. Por eso me asusté. No lo traje yo, cuando llegué, ya estaba ahí.
Spencer se puso de pie, caminó lentamente hasta el escritorio y lo observó sin tocarlo.
—Yo también soñé con él —dijo, sin mirarme.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—Anoche. Fue raro. Estaba en otro lugar, pero el libro era el mismo. Escuchaba voces, aunque no entendía qué decían. Y cuando me desperté, lo único que recordaba con claridad era la sensación de que algo… estaba por despertar.
Me levanté despacio y me acerqué a ella.
—¿Creés que está tratando de comunicarse con nosotras?
Spencer asintió apenas.
—No lo sé. Pero lo que sí sé es que esto no es casualidad. Y que no deberíamos estar solas cuando lo abramos. Si es que lo abrimos.
Nos quedamos en silencio, las dos frente al libro. Como si esperara que tomáramos una decisión. Como si supiera que lo estábamos mirando.
—Creo que lo mejor sería esperar a mañana y hablar con Remus —agregó Spencer, en voz baja, un poco más asustada.