Capítulo 14Secretos bajo llave
Secretos bajo llave
C uando volví a abrir los ojos, me di cuenta de que estaba en mi cama. Lo primero que vi fue a Edriek agarrándome la mano, y del otro lado, a Spencer con una expresión de alivio al verme despertar.
—Me desmayé, ¿no? —dije, recomponiéndome para sentarme.
Edriek asintió.
—¿Cómo te sentís?
—Bien… solo un poco cansada.
—Em, tenemos que hablar —dijo Spencer. Asentí, porque sabía que les debía a los dos una disculpa por cómo reaccioné.
—Bueno, si estás mejor, las dejo solas para que hablen —Edriek estaba a punto de levantarse de la cama, pero le agarré la mano antes de que se fuera.
—No te vayas, con vos también tengo que hablar.
Él no protestó. Solo se sentó de nuevo, sin soltarme la mano.
—No sé muy bien qué pasó, ni por qué te desmayaste, pero antes de que digas nada, quiero dejar bien en claro que por nada en el mundo pasaría algo con Edriek —lo miró y agregó—. Sin ofender.
Él solo hizo un gesto con la cabeza, como diciendo que no le importaba.
—Lo sé —respondí bajando la mirada—. Me dejé llevar por lo que vi, por lo que sentí… y no fue justo con ninguno de los dos. Perdón, de verdad.
—No pidas perdón —Spencer me dio un apretón en el brazo para reconfortarme—. Bueno, mi tarea acá está completa, los dejo solos —dijo, guiñandome un ojo mientras se levantaba para irse—. Ah, y nadie puede ver a Edriek. No debería estar acá.
Asentimos mientras ella desaparecía por la puerta. De repente, me puse nerviosa. El peso de estar a solas, su mano agarrando la mía, tan cerca…
Me pasé la otra mano por la cara y suspiré. No sabía por dónde empezar. Edriek no decía nada, solo me miraba, esperando.
—No creo que me haya desmayado solo por lo de hace un rato —dije al fin, bajito—. Es… demasiado todo.
—¿Demasiado?
Asentí.
—Todo esto de los recuerdos, los poderes que evidentemente no termino de controlar, mis padres… Siento que estoy hecha un nudo. Y lo peor es que se que ni siquiera es todo. Que hay más. Que algo me falta.
Se notaba que a él tampoco le gustaba no poder contarme más, aunque quisiera.
—Edriek, sé que no podés contarme mucho. No te lo digo para hacerte sentir mal.
Él me miró con una sonrisa triste.
—Lo sé. No tenés que aclarármelo. Solo me duele ver cómo todo esto te lastima y no poder hacer nada.
De repente, su expresión cambió a una más animada.
—¿Cómo te sentís?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Mejor… ¿por qué? —dije, dudando un poco por su cambio repentino.
—Creo que tengo una idea. Pero vamos a tener que salir de la habitación.
—¿A dónde vamos?
—Vas a tener que confiar en mí.
Me levanté, me puse las zapatillas, y sin pensarlo demasiado, lo seguí. Edriek abrió la puerta con cuidado. Cuando nos aseguramos de que los pasillos estaban vacíos, me agarró la mano y empezó a correr, así, sin más.
Bajamos las escaleras desde las habitaciones para cruzar hacia el ala uno, donde se encuentran las aulas, comedores y los espacios usados para las clases.
Caminamos con cautela. A esa hora no había nadie, pero justo al doblar un pasillo, vimos a dos profesores.
Sin pensarlo, nos metimos en el aula más cercana.
Los pasos se acercaban. Yo apenas podía respirar, y él lo notó. Me hizo una seña para que retrocediera con él hasta quedar escondidos detrás de un armario polvoriento al fondo del aula.
Su mano se posó sobre mi boca. No con fuerza, sino con urgencia. Sentía su respiración agitada, demasiado cerca de la mía.
Los pasos se detuvieron justo del otro lado de la puerta.
—Creo que escuché algo —dijo una voz grave.
—Habrá sido el viento. Este sector siempre cruje de noche —respondió lo que creía que era una profesora, aunque sonaba dudosa.
Cerré los ojos con fuerza. No podía evitar pensar que, si nos descubrían, no solo iba a estar en problemas yo. A Edriek podrían expulsarlo… o algo peor.
Después de unos segundos eternos, los pasos se alejaron lentamente. Edriek esperó un poco más antes de retirar su mano de mi boca y alejarse apenas. No sé en qué momento, pero estábamos pegados.
Me miró y sonrió con alivio.
—¿Estás bien?
Asentí, con el corazón a mil.
—¿Te das cuenta de que casi morimos de un infarto por tu “idea”?
—Pero no lo hicimos —me guiñó un ojo—. Ahora… ¿seguimos?
Lo miré entrecerrando los ojos.
—Bueno —dije, ya un poco contagiada por su energía.
Me volvió a tomar de la mano y salimos del aula con más cuidado. Esta vez, en lugar de ir al pasillo central, tomó una puerta lateral oculta tras una cortina pesada.
Bajamos por una escalera en espiral, angosta, iluminada por una tenue luz verdosa que no sabía de dónde salía.
—¿Qué es este lugar? —susurré.
—Una entrada oculta al ala prohibida. Remus la cerró… no sé muy bien por qué, pero no lo hizo del todo bien.
—¿Y vos cómo lo sabés?
Edriek solo me sonrió, como si no fuera a responder algo tan obvio.
Al llegar al final de la escalera, una puerta de hierro nos esperaba. Edriek puso la mano sobre un símbolo extraño: una espiral hecha de fuego y viento. La cerradura se abrió con un sonido metálico y empujó la puerta.
Entramos.
El aire cambió. Se volvió más denso, cargado, como si cada partícula vibrara con algo antiguo y olvidado.
—¿Qué es esto?
—El lugar donde esconden todas aquellas cosas que los alumnos no tienen que saber… o no quieren que sepan —respondió Edriek. Me guió por un pasillo lleno de estantes con libros viejos, hasta una mesa de madera gastada con sillas alrededor—. Mirá.
Me acerqué. Había varios libros de historia, otros de linajes familiares, y papeles sueltos, demasiado antiguos para entenderlos del todo.
—Hay muchas cosas que no debo decirte, pero no creo estar rompiendo ninguna ley si te cuento un poco sobre nuestras familias.
Nos sentamos, y empezó a mostrarme los linajes, la historia entre nuestras familias.
Parece que eran muy cercanas. Por eso Edriek me conoce desde que nací. Pero cuando mis padres tomaron la dirección del colegio, los suyos no lo tomaron bien. Celos. Envidia. Así comenzó la separación, hasta volverse prácticamente enemigos.
No dejaba de preguntarme si había algo más. Algo que aún no me habían contado. Pero por hoy, me alcanzaba con entender al menos una parte.
Me habló también de la grieta política que se había formado, y de cómo sus padres lideraban una facción que quería gobernar sobre todos.
¿Pero cómo pensaban lograrlo? ¿Con qué poder? ¿Con qué justificación?
—Creo que eso es todo lo que puedo contarte por ahora —dijo Edriek, cerrando con cuidado uno de los libros más antiguos.
Pero mi cabeza no paraba.
—¿Y vos? —pregunté, apoyando los codos sobre la mesa—. ¿Qué parte te toca en todo esto?
Me miró por unos segundos, evaluando cuánto podía decir.
—Ya sabés qué parte me toca… protegerte. Siempre fue así, aunque no lo supieras.
El silencio se volvió pesado. No por incomodidad, sino por todo lo que no se estaba diciendo.
—¿Y cuál es mi papel? —susurré.
Me sostuvo la mirada. No hizo falta que respondiera. Sus ojos lo decían todo.
—Tenés que hablar con Remus —dijo al fin, en voz baja—. Él no te contó todo. Evelyn tampoco. Pero si querés respuestas… ellos las tienen.
Cuando vio que ya me estaba parando para salir directo a buscar a Remus, agregó:
—Solo tenés que esperar.
—¿Y si no quiero esperar más? —dije, levantándome y yendo hacia la puerta.
—Emily, pará. Pensá que si vas ahora, probablemente no nos volvamos a ver.
Me detuve en seco.
—Sé que suena egoísta, y probablemente lo sea, pero solo confía en mí. Si vas ahora, se va a dar cuenta de que yo estuve detrás de todo.
Me di vuelta para mirarlo a los ojos.
—No sabés lo difícil que es no correr a exigir respuestas ahora mismo.
Su expresión se suavizó. Caminó hacia mí en silencio.
—Lo sé. Pero podemos volver. Cuando vos quieras —dijo, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
Asentí.
—No me quiero quedar con la historia a la mitad. Quiero entender todo.
—Y lo vas a hacer. Solo… todavía no.
Mientras lo decía, me abrazó y agregó:
—Perdón por no poder contarte todo ahora.
Nos quedamos ahí, un momento. Cerca. Juntos, en medio del polvo del pasado.
Salimos del ala prohibida con pasos lentos, pero firmes. Y mientras la puerta de hierro se cerraba a nuestras espaldas, sentí que, aunque aún me faltaban piezas, ya no era la misma Emily que llegó aquí el primer día.