Capítulo 13El aire no perdona #2
Y así sin más veo como cruza la puerta del aula con Edriek. El sentimiento de enojo, decepción que tenía no me había pasado nunca, me sentía traicionada. Aunque sabía que Spencer jamás estaría con Edriek y que él me había confesado su amor, no podía evitar sentirme celosa.
Así que no lo pensé dos veces y salí del aula en la misma dirección que ellos para encontrarme con una escena que me enojo y entristeció a partes iguales. Estaban los dos en un rincón de un pasillo, hablando muy cerca como si no quisiera que nadie los escuche.
Justo cuando iba a alejarme, como si el universo tuviera ganas de clavarme una estaca más, lo vi.
Vi cómo él levantaba la mano y le tocaba la mejilla a Spencer, con una suavidad que no le conocía.
Ella bajó la mirada por un segundo, y entonces levantó los ojos justo en mi dirección.
Me vio.
Y un segundo después, él también.
No esperé a ver qué hacían. No podía.
Sentí cómo la garganta se me cerraba, como si algo me apretara desde adentro. Las palabras se atoraban, los pensamientos se deshacían, las lágrimas se soltaban.
Así que simplemente me fui.
Di media vuelta y empecé a caminar en el sentido contrario de donde estaban ellos, sin dirección alguna, solo quería alejarme de ahí
Porque aunque sabía que no debía importarme, que seguramente no significaba nada, no podía evitar sentirme mal.
Tenía los ojos llorosos cuando me di cuenta de que estaba en una especie de puente que desconocía, al aire libre como en un parque. No sabía que existía eso ni de cómo había llegado ahí.
—Emily, te juro que no es lo que parece —escuché su voz detrás mío, entrecortada por lo agitado que venía.
Me sequé las lágrimas que me corrían por la mejilla y me di vuelta para mirarlo a la cara. Tenía una expresión de culpa... o de pena. Capaz me lo estaba imaginando, pero me crecía el enojo y la tristeza.
—No importa, no me debés ninguna explicación, Edriek. Al final, no somos nada, ¿no? —Lo último lo dije con más resentimiento del que me hubiera gustado.
Intenté pasar a su lado para irme, pero me lo impidió, agarrándome del brazo. Tenía una cara de completo desentendido.
—¿Pero por qué estás enojada?
Me solté de su agarre con un golpe seco.
—No estoy enojada.
—¿Segura? Decíselo a tu cara y a tu forma de hablar.
Mi rostro cambió de inmediato: de dolor a furia.
—¡Ah, claro! Porque vos sos el único que puede maltratar cuando quiere, ¿no?
Mis emociones estaban descontroladas. El día soleado de hace un rato empezó a oscurecer. Una brisa helada me erizaba la piel.
—Y cuando quiere me confiesa que me ama y después desaparece. ¿Y sabés para qué vuelve? —mi voz se cargó de sarcasmo—. Para tratarme mal otra vez. —Bajé el tono, aunque claramente me escuchó—. Pero con otras… ahí sí sos el más cariñoso del mundo.
—¿Todo esto es porque estás celosa?
Me ardieron las mejillas. No podía creer que lo dijera así, como si no importara.
—¿Vos te escuchás? —murmuré, dolida.
—O sea que sí estás celosa —dijo, cruzándose de brazos, con una media sonrisa satisfecho que me hizo hervir por dentro.
Me acerqué más, lo suficiente como para que solo él me escuchara.
—No tiene sentido estar celosa de alguien con quien sé que nunca voy a poder estar.
Vi su cara cambiar. Tristeza. Enojo. No sé si le dolió tanto como a mí decirlo, pero algo se quebró, la idea de pensar en que nunca íbamos a poder estar juntos me destruia un poco, no solo porque se que tenemos una historia- aunque yo no me acordara de una gran parte- sino también porque me gustaría tenerla.
Quise irme de nuevo, pero me agarró la mano esta vez.
— No terminamos de hablar. No te vas a ir.
—Para mí sí terminamos —le dije, intentando soltarme.
—Emily, basta.
—¡No! Siempre se hace lo que vos decís, y estoy harta.
—¡Con Spencer no pasó absolutamente nada! —gritó por primera vez—. Le estaba contando el porqué de mi energía.
Me quedé quieta. Sin palabras. Sin entender cual era su energía y porque sintió la necesidad de explicárselo a Spencer.
Entonces agregó, más calmo, pero firme:
—No sé si lo sabías, pero su don se basa en una percepción energética. Puede absorber y entender la historia de las cosas solo por su energía. Incluso… las que uno no quiere contar.
—¿Qué es lo que ella sintió o vio? —Ya no estaba tan enojada, ahora sentía confusión. Una sensación pegajosa y espesa que no se iba.
—Emily, sabés que hay cosas que no te puedo decir —dijo con una ternura que solo empeoró todo, acercándose para acomodarme el mismo mechón de pelo que la otra vez.
Pero esta vez no lo dejé. Le agarré la mano en el aire, y me miró sorprendido.
—Si no vas a decirme las cosas que necesito saber… entonces no me toques —dije, alejándome de él con firmeza.
—Ya hablamos de esto. Sabés que no puedo contarte todo.
El viento azotó con más fuerza, cortante. Las nubes giraban sobre nuestras cabezas como si el cielo estuviera por partirse en dos. Las hojas de los árboles volaban a nuestro alrededor como agujas sueltas en un remolino.
—No. Vos hablaste de esto. Y me obligaste a escucharte y a entenderte. Ahora te toca a vos entenderme a mí.
—Emily… —Edriek dio un paso hacia mí.
Y fue entonces cuando la lluvia se desató como un grito. Fuerte. Violenta. Inesperada.
El aire se volvió denso, cargado de electricidad. Mis ojos ardían. Sentía el cuerpo vibrar como si una corriente corriera por dentro mío, descontrolada.
Me dolía no poder estar cerca de él. Tener que fingir que no lo quiero. Que no lo necesito.
Me dolía que no podía abrazarlo. Me dolía no poder confiar en él como quería. Me dolía tanto quererlo, sabiendo que no bastaba.
El trueno estalló sobre nosotros, como una respuesta a todo lo que estaba latiendo en mi interior.
Lo vi asustado. No por la tormenta, sino por mí. Por lo que estaba provocando.
—Emily, respirá —dijo, dando un paso más. Pero retrocedí.
—¿Y si no puedo? —dije entre dientes, con las lágrimas mezclándose con la lluvia.
El agua me empapaba entera. El cielo rugía como si sintiera mi rabia. Todo se movía con mi respiración entrecortada: el viento, las ramas, el mundo.
No podía controlarlo. Estaba desbordando.
Edriek extendió una mano, ahora sin tocarme, como si temiera romperme con solo un roce.
—Puedo ayudarte —susurró, con esa voz rota que solo usaba cuando realmente sentía algo.
—¿Y después qué? ¿Otra vez te vas? ¿Otra vez decidís lo que yo tengo que soportar?
¡Estoy cansada de que todos crean que me están cuidando cuando en realidad me están rompiendo!
La energía crepitó. Un relámpago cruzó el cielo. Estaba sintiendo demasiado, no podía contener las ganas de gritar, de sacar todo lo que tenía adentro. Y, sin pensarlo, sin medirlo, sin contenerlo, grité.
Un grito que no salió de la garganta, sino del pecho, del alma, como una ola de poder que estalló en todas direcciones.
El viento lanzó a Edriek hacia atrás. No muy lejos, pero lo suficiente como para que cayera al suelo.
Me tapé la boca, temblando.
—Yo... no quise...
Pero él no se enojó. No se levantó con rabia.
Solo se quedó ahí, mirándome, empapado, respirando con dificultad... y con un dolor que no sabía si era físico o emocional.
—Eso… eso no fue solo aire —dijo, entre jadeos—. Fue todo. Estás empezando a sentirlo, ¿no?
Lo miré, sin saber a qué se refería.
Pero algo dentro mío lo sabía.
Lo estaba sintiendo.
Todos los elementos.
El fuego, el agua, el aire, la tierra. Todo estaba latiendo en mí.
Y si antes creía que eso era un regalo, ahora entendía que también podía ser una maldición si no aprendía a manejarlo.
Se acercó corriendo a mi cuando vio que ya no lo iba a expulsar por los aires otra vez.
Me arrodillé frente a él, completamente cansada por el desgaste energético, sin saber si quería abrazarlo o alejarlo para siempre.
—No me vuelvas a dejar sola con esto —dije, temblando pero antes de desmayarme vi como él me asintió preocupado mientras me levantaba en sus brazos.
Ambos sabíamos que había cosas más grandes que los sentimientos.
Y secretos que, tarde o temprano, iban a salir a la luz…