Eco de los cuatro elementos Capítulo 13El aire no perdona
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Capítulo 13El aire no perdona

El aire no perdona

D espués de que Edriek me confesara su amor y me dejara sola con las palabras en la boca, fui al entrenamiento que tenía con Remus.

Aunque no era donde quisiera estar, habría sido muy raro que no apareciera, y me prometí que no iba a dejar que nadie supiera nada sobre mi relación con Edriek y todo lo que me confesó.

Caminaba por los pasillos, pero no podía sacarlo de mi cabeza. Su voz, su mirada cuando dijo que me amaba… y, sobre todo, su decisión de irse. Como si con decirlo fuera suficiente. Como si después no importara nada más.

Cuando llegué a la sala de entrenamiento, estaba vacía.

El eco de mis pasos era el único sonido que rompía el silencio.

Intenté concentrarme, mantener la mente ocupada en cualquier cosa que no fueran mis pensamientos.

Fingir que seguía siendo la misma después de hablar con Remus, aunque sabía que ya nada lo era.

Pero ¿cómo se evita pensar en alguien que acaba de romperme todos los esquemas?

Cuando Remus entró, no dijo nada. Me miró con sus ojos afilados, inquisitivos. Me puse de pie demasiado rápido y sentí cómo el corazón me latía como si tuviera algo que ocultar.

Los nervios me estaban consumiendo. No podía controlar el miedo de decir algo de más o de que él lo notara solo con mirarme.

La ansiedad me apretaba el pecho. Quería agarrar mis cosas y salir corriendo, volver con Edriek, no mirar para atrás.

Pero por más que deseara hacerlo con todo mi ser, sabía que tenía que entrenar.

Sabía que necesitaba controlar mis poderes, por mí… y por todo lo que se venía.

—¿Estás bien? —preguntó Remus.

—Sí —mentí.

No pareció creerme, pero no insistió. Chasqueó los dedos, y la magia se encendió entre nosotros como una cuerda tensa, invisible, que vibraba con cada latido.

Me concentré en no pensar en Edriek. Realmente lo intenté.

Traté de separar mis emociones de mi energía, de mi cuerpo, de la magia.

Pero era inútil. Había demasiadas cosas nuevas, demasiadas preguntas.

Y cuanto más intentaba alejar los pensamientos, más inestable se volvía el aire a mi alrededor.

Como si ya no pudiera contenerlo todo dentro mío.

Remus me dio una orden. No la escuché.

—Emily —llamó, serio.

Parpadeó, volviendo en mí.

—Perdón.

Sus ojos se entrecierran.

—¿Estás segura de que estás bien? Tu magia está errática. Estás dejando que lo que sentís interfiera.

No tenés idea, quise decirle. Pero me lo tragué. Porque si decía una sola palabra más, me quebraba. Y no podía darme el lujo de romperme justo enfrente de la persona que más secretos me está ocultando.

Y lo peor era que Remus lo notaba. Estoy segura de que ya lo sabía.

—Sí, sí… estoy bien. Solo un poco cansada, no dormí bien anoche —mentí, con una sonrisa que se deshacía en los bordes.

No me creyó. Lo vi en sus ojos. Pero no insistió. Y eso, en parte, me alivió… y en parte me hizo doler más. Como si tampoco le interesara lo suficiente para preguntar dos veces si estoy bien.

Nos pusimos a practicar. Y por un rato, por fin, pude dejar todo lo demás en pausa.

Trabajamos con el elemento aire. Mi favorito.

El ejercicio era simple, pero no por eso menos exigente: tenía que levantar, una por una, las hojas que estaban frente a mí, sosteniéndolas con mi energía. Una vez suspendidas en el aire, debía crear una brisa sutil que las mantuviera danzando sin perder el control.

Y por unos minutos, mientras el viento respondía a mis manos, mientras las hojas flotaban como si fueran parte de mí, fue como si todo lo demás dejará de importar. No había secretos. No había confesiones. No tenía miedo.

Estuve bien durante toda la práctica. Sorprendentemente bien.

Se notaba que el aire me salía más natural, que fluía conmigo.

Cada ejercicio se sentía casi como un juego: algo suave, armónico, casi terapéutico.

El control que tenía sobre mis emociones, y la conexión con el elemento, me sorprendieron más de lo que me gustaría admitir.

Era muy distinto al fuego.

Con el fuego, necesitaba enojarme. Mucho.

Y esa emoción —el enojo, la decepción, la furia— nunca fue fácil para mí.

Cada vez que entrenamos con ese elemento, algo se desbordaba.

Siempre terminaba mal. Muy mal. Hasta que, finalmente, decidimos que no volvería a practicarlo hasta haber aprendido a controlar no solo mis emociones, sino también los demás elementos… y mi energía.

Después de un buen rato practicando, Remus me pidió hacer un último ejercicio. No dijo nada pero sus ojos hablaron por él. Algo en su expresión parecía... orgulloso. O quizás aliviado. Tal vez solo sorprendido de que no haya explotado todo por los aires.

—Eso fue mejor —dijo al final, seco pero sincero.

Solo asentí.

No me animé a mirarlo demasiado. No quería que sus ojos me sacaran una verdad que no estaba lista para decir.

La práctica terminó sin sobresaltos. Y un poco orgullosa de mí, me fui con la sensación de haber hecho algo bien.

Esa sensación me duró… un poco más de lo esperado.

Los días siguientes pasaron rápido, como si el colegio hubiera decidido no dejarme ni un segundo para pensar. Entre clases, tareas, entrenamientos, y las preguntas que seguía evitando responder, apenas si tenía tiempo para mí misma.

Pero claro, no hacía falta estar sola para pensar en él.

Edriek estaba en todos lados. En los pasillos, en los entrenamientos, en los silencios que antes no compartimos. Lo veía y no lo veía. Sentía su mirada cuando yo no lo miraba, y cuando lo hacía, él ya se había dado vuelta.

No volvimos a hablar de lo que pasó. Ni una palabra. Y eso me molestaba. Me irritaba la idea de no poder compartir nada con él. De tener que cuidarme cada vez que lo miraba demasiado. O si me acercaba a propósito, solo por querer sentir su presencia cerca de mí.

Compartir clases no ayudaba. Historia de los Linajes era una tortura silenciosa: compartir banco con Edriek, fingir que nada había cambiado, concentrarme mientras él respiraba al lado mío. A veces creía que lo escuchaba suspirar. O que me miraba de reojo. O que estaba a punto de decir algo.

Pero no decía nada.

Y yo tampoco.

La semana terminó con las clases de Habilidades Fundamentales , dictadas por Eliza.

La clase comenzó como cualquier otra: la profesora al frente, con su tono firme y pausado, explicando el control de la energía interna y cómo canalizarla hacia afuera sin perder el equilibrio.

Habló de la importancia de entenderse a uno mismo, sí, pero también al otro.

Así que nos propuso una actividad nueva: empezar a sentir cómo funciona la energía ajena, cuánta información puede revelar sin necesidad de palabras.

—Hoy van a trabajar en parejas —anunció, sin mirar a nadie en particular—. El objetivo es aprender a percibir la energía del otro. Sentirla sin tocarlo.

Mi estómago se revolvió.

Una parte de mí, esa parte que no quería admitirlo, deseaba que me tocara con Edriek. Quería sentirlo, incluso si eso significaba desarmarme un poco más. Pero no, el universo no era tan generoso.

Eliza empezó a nombrar las parejas. No presté atención hasta que lo escuché:

—Edriek, con Spencer.

Por un segundo me ilusioné con escuchar mi nombre junto al suyo, pero el golpe fue más fuerte cuando lo emparejó con ella. Y lo peor no fue eso: fue que algo en mí se tensó. Una punzada en el pecho que no tenía nombre. Celos. O miedo. O ambas.

—Emily, con Dominick —dijo después.

Dominick parecía más entusiasmado que yo. No es que me molestara trabajar con él —todo lo contrario, incluso era más fácil que con Edriek—, pero no era la persona con la que quería compartir energía en ese momento.

Mientras las parejas iban pasando, noté algo curioso. Cuando Spencer y Edriek estuvieron al frente, Dominick, que siempre tenía una broma lista o algún comentario sarcástico en la punta de la lengua, se quedó en silencio. Rígido. No dijo nada por cinco minutos. Solo observó. Demasiado concentrado.

Cuando terminaron, la cara de Spencer me descolocó. Tenía una expresión extraña. Una mezcla de confusión y... ¿ternura? Le iba a preguntar si estaba bien, pero justo Eliza nos llamó.

Me coloqué frente a Dominick. Cerramos los ojos al mismo tiempo. Extendimos las manos, sin llegar a tocarnos. Y me concentré.

Al principio, no sentí nada. Solo mi propia energía, vibrando como un motor ansioso, como si mi pecho se llenara de aire y no supiera qué hacer con tanto.

Pero después, cuando me enfoqué en él, algo cambió.

Lo que sentí me tomó por sorpresa: una mezcla densa de emociones. Miedo, secretos, angustia... una preocupación que parecía anclada a algo mucho más grande que esta clase. Era como si Dominick estuviera ocultando algo, como si su energía gritara cosas que su voz jamás diría.

Abrí los ojos, todavía con esa sensación en el pecho.

Él seguía con los ojos cerrados. Respirando hondo.

—¿Sentiste algo? —preguntó, sin abrirlos.

—Sí —respondí en voz baja—. ¿Y vos?

Justo cuando decidí que lo mejor iba a ser alejarme, como si el universo tuviera ganas de clavarme una estaca más, lo vi.

Vi cómo él levantaba la mano, le tocaba la mejilla y le decía algo con una ternura a Spencer, con una suavidad que no le conocía.

Ella bajó la mirada por un segundo, y entonces levantó los ojos justo en mi dirección.

Me vio y solo un segundo después, él también.

Dominick sonrió apenas, pero no respondió. Solo me miró, con una expresión que no llegue a descifrar.

La clase había terminado pero yo seguía pensando en la energía que sentí de dominick, en porque le afectó tanto y lo más importante: en porque Spencer y Edriek de repente eran amigos.

Estaba terminando de guardar todas mis cosas cuando veo por reojo que Spencer se estaba acercando a donde yo estaba.

— Em.. tengo que hacer una cosita antes de ir a la habitación—Me quedé mirándola— Sé que habíamos dicho de estudiar juntas pero te juro que no voy a tardar mucho— Agregó antes de que le llegue a contestar.