Eco de los cuatro elementos Capítulo 12Lo que los recuerdos no borraron
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Capítulo 12Lo que los recuerdos no borraron

Lo que los recuerdos no borraron

Edriek:

Llevaba años imaginando este momento.

Años enteros preguntándome cómo sería hablarle otra vez.

Cómo sería tenerla cerca, aunque no me recordara.

Y ahora estaba ahí. A metros. Hablando con un chico que claramente no conozco, pero que parece que le hace bien porque está sonriendo como si su mundo no se hubiera roto el día que nos alejaron. Como si jamás hubiéramos existido juntos.

Como si nunca hubiéramos prometido que estaríamos siempre el uno para el otro.

Me duele más de lo que debería verla sonreír así con otro. Odiaba no ser yo quien le sacara esas sonrisas.

Desde que tengo catorce años empecé a viajar a este mundo solo para verla, quería asegurarme de que estaba bien. Nadie nunca se enteró, si no estaría en graves problemas porque es ilegal viajar al mundo no mágico siendo menor de edad.

Era 31 de octubre, su cumpleaños, y como todos los años la visitaba de lejos. Desde que tenía catorce y ella doce —siempre fui dos años mayor— le compraba un regalo con la esperanza de algún día poder dárselos todos.

Emily no era solo una niña cualquiera.

Era mi amiga de la infancia, mi compañera de juegos, mi mitad.

Y aunque ella ya no lo supiera, yo sí.

Esa noche, la de su cumpleaños, fui sin ser invitado.

Sabía que era arriesgado, pero necesitaba verla.

Solo un momento.

Me prometí no interferir. Solo observar. Cuidarla desde lejos. Y fue peor. Porque verla me destruyó y me armó al mismo tiempo.

Cada vez me resultaba más difícil no hablarle, hasta que me canse de seguir escondiéndome de ella.

Sus ojos se cruzaron con los míos por un segundo y sentí cómo todo volvía a mí como un golpe: los juegos en el jardín, su risa chiquita.

Los gritos, el caos, el día que se la llevaron.

Mi desesperación al verla alejarse.

Y el silencio.

El silencio de su ausencia.

Cuando me acerqué a felicitarla, el corazón me latía tan fuerte que pensé que lo escucharía.

Lo supe de inmediato: no me reconoció. Su mirada era nueva, curiosa… no de reencuentro. Pero había algo. Un destello. Como sí, aunque su mente no me recordara, su alma todavía supiera quién era yo.

A Emily la conozco de toda su vida, literalmente.

Nuestras familias eran muy cercanas, demasiado.

Desde pequeños, nuestras casas estaban siempre llenas de risas y complicidad.

Mis padres,Victoria y Lucien y los de Emily, Remus y Evelyn, compartían más que una amistad; había un lazo casi familiar entre ellos, forjado durante años.

De hecho, eran amigos mucho antes de que Emily y yo naciéramos.

Pero todo cambió cuando Remus y Evelyn heredaron la dirección de Eulogia Academy.

La noticia cayó como un balde de agua fría sobre nuestras familias.

Mi madre y mi padre no pudieron soportar la idea de que ellos lideraran un colegio tan prestigioso.

La competencia era feroz, y la envidia lo arruinó todo.

Fue entonces cuando nuestras vidas dieron un giro. Mis padres comenzaron a distanciarse de los de Emily, y aunque nosotros no entendíamos qué estaba pasando, el ambiente se fue tornando cada vez más tenso.

Los tres años que pasamos juntos fueron los mejores de mi vida. Aunque los recuerdos de esos días no son muchos —nuestra edad era muy corta como para recordarlo todo—, sé que lo poco que conservo me hace sonreír.

Y entonces, un día, simplemente se la llevaron. Recuerdo esas últimas palabras que le susurré al oído antes de que me separaran de ella: “Siempre te protegeré, Emily.”

Eran promesas hechas con el corazón de un niño de tan solo seis años. No sabía si alguna vez podría cumplir lo que le había prometido, pero no importaba. Ahora, viendo cómo había crecido, sentía que todavía podía hacer algo por ella.

Cuando Remus y Evelyn asumieron la dirección del colegio, esa promesa se rompió.

Los gritos, las discusiones, las miradas frías entre nuestras familias…

Todo se volvió un caos. Y aunque en ese momento no entendía por qué, ahora sé que mi familia no es más que un par de personas infelices que no pueden soportar la felicidad ajena.

Me fui de casa a los catorce años, el día que entendí de qué se trataba en realidad esta grieta que divide nuestra sociedad.

Después de la pelea entre nuestras familias, los conflictos escalaron rápido. Se formaron dos bandos, cada vez más grandes, cada vez más extremos.

Por un lado, mis padres lideraban a los que llamaban “liberadores”. Buscaban romper el silencio, dejar de ocultarnos y gobernar el mundo junto a —o sobre— los que no tienen dones mágicos.

Por el otro lado, estaban Remus y Evelyn. Defendían el equilibrio. Creían que debíamos mantener ambos mundos separados, tal como siempre había sido. No para ocultarnos, sino para proteger a todos, incluso de nosotros mismos.

Durante años pensé que era solo una diferencia de ideales. Una discusión política. Pero no sabía cómo planeaban romper esa barrera que mantenía a ambos mundos divididos.

Pero todo cambió el día que encontré la carpeta en el despacho de mi madre…

Vieja, cubierta de polvo, con sellos del Alto Consejo Mágico. Y ahí estaba su nombre: Emily Stone .

Pensé que se trataba de otra persona. Un error. Pero no.

La carpeta hablaba de una leyenda ancestral. Una profecía que decía que, cada mil años, nacía una criatura única: hija del equilibrio, capaz de controlar los cuatro elementos. Con el poder suficiente para derribar la barrera entre los mundos.

Un ser que podía cambiar el destino de nuestra sociedad entera. Un arma, si caía en las manos equivocadas.

Ese ser... era Emily.

Mis padres no querían protegerla. No querían salvarla. Querían usarla.

Y si no podían... destruirla.

Sentí el corazón romperse.

Mi madre —la misma que me había enseñado a caminar, a lanzar hechizos, a tener honor— era parte de eso. Y yo no podía permitirlo.

— ¿¡Qué haces acá!?- Ella estaba parada en el umbral, el rostro endurecido por la preocupación.

—D ecime que no es verdad—me levanté despacio, los papeles temblaban entre mis manos —. Decime que no pensaban hacerle esto a Emily. Que esto no es lo que parece.

—N o deberías haber leído todo eso —s u voz sonó más cansada que molesta —. ¿Cuántas veces te dije que no entraras a mi oficina?

—¿Y eso es lo importante ahora? —b ufé —. ¡¿No me vas a negar nada?! ¿Ni siquiera eso podés hacer?

—N o es tan sencillo como lo ves, Edriek...

—¡No, mamá! ¡Es peor de lo que imaginaba! ¡Hay dibujos, hechizos, planes! ¡Hay notas sobre cómo desarmarla! ¡Como si fuera un maldito objeto!

Ella bajó la mirada, cruzó los brazos. Se había quedado sin excusas.

—N o queríamos hacerle daño —m urmuró.

—¡Mentira! ¡Lo tenías todo preparado! Si no servía, si no funcionaba... —t ragué saliva con fuerza— ...la iban a destruir, ¿no?

No lo negó.

No. Lo. Negó.

—¿Cuándo se convirtió en esto? —p regunté, la voz rota —. ¿Cuándo pasamos de proteger nuestro mundo… a condenar el de ella?

—E mily es peligrosa —d ijo con frialdad —. No entendés lo que representa. Si alguien más la controla antes que nosotros, si cae en manos equivocadas, los dos mundos colapsarán. Hay más en juego de lo que podés ver ahora.

—¡No sos quién para decidir eso! ¡Nadie lo es! —g rité —. ¡Y ni siquiera intentaron hablar con ella, ayudarla, explicarle! ¡Solo planearon cómo usarla! ¡Cómo romperle el alma si era necesario!

—E stás dejando que lo emocional nuble tu juicio —r espondió con esa calma arrogante que me sacaba de quicio —. Si no lo hacemos nosotros, lo hará otro. La barrera no va a durar para siempre. Al menos así controlamos el proceso.

—¿Controlamos? No hay control cuando estás dispuesta a sacrificar a alguien.

—N o la vamos a sacrificar —r eplicó, apenas alterando la voz —. Vamos a liberarla. A liberar todo. No ves el panorama completo, Edriek.

—N o, lo veo perfectamente. Y por eso me quiero ir. Esto no es lo que me enseñaste. Esto no es lo que yo soy.

— No te vas a ir por esto y si no te lo dijimos antes es porque creímos que no estabas preparado, se ve que nunca lo vas a estar—Dijo empezando a enojarse—Ella es peligrosa Edriek, tiene un don muy poderoso, casi como el mío.

Si no es controlada podría llegar a causar una masacre como lo hice yo a su edad—Se notaba que hablar de su pasado le dolía, siempre le dolió.

Siempre supe que el don de mi madre era complicado y siempre supe lo que le dolía todo lo que hizo con su poder incontrolable, aunque nunca me lo contó, cada vez que puede manifiesta lo importante que es controlarse.

Y aun así, en su afán de proteger, terminó encerrando a la persona que más necesitaba entenderse a sí misma

—-¡Ella no es como vos! No voy a dejar que le hagas lo mismo que a los demás —g rité.

—N o tenés idea de lo que estás diciendo —r espondió la mujer con una calma aterradora —. Estás cegado por ese vínculo ridículo. No sabés el poder que esa chica podría desatar si no la controlamos.

—N o necesita ser controlada. Necesita entender quién es. Y confiar en alguien. Yo… yo le prometí protegerla.

— ¿¡Pero qué estás diciendo!? Eran solo unos niños cuando ella se fue, como le vas jurar lealtad a alguien que casi no conoces. yo soy tu madre, te di todo, ¡a mi me tenes que jurar lealtad!

— Lo único que me diste son razones para odiarte.

—S i te interpones, Edriek, vas a convertirte en un enemigo —a dvirtió la mujer.

—E ntonces que así sea —d ijo él, dándose vuelta.

Esa noche, después de una gran discusión, hice mi bolso y me fui sin mirar atrás.

No importaba si Emily me recordaba o no. No importaba si me rechazaba, si tenía miedo, si ya no confiaba en mí.

Yo le había prometido que la protegería.

Y para hacerlo, sabía que tenía que verla. Tenía que llegar antes que ellos.

Tenía que hablar con Remus.

Cuando llegué al colegio, agotado, entré directo al despacho de Remus. No toqué la puerta. Solo entré. Él me miró como si hubiera visto un fantasma.

—¿Vos? ¿Qué hacés acá?

No dije nada. Tiré la carpeta sobre su escritorio. Lo vi dudar, la abrió. Y entonces lo vi palidecer.

—¿De dónde sacaste esto?

—De mi casa —le dije—. Encontré los planes. Lo que quieren hacer con Emily. La quieren usar. O destruir. Depende de cuánto puedan controlarla.

Remus levantó la mirada con desconfianza.

—¿Y por qué venís a mí?

—Porque sé que vos la querés proteger. Igual que yo. Aunque ella no me recuerde, aunque tenga que quedarme a vivir en la sombra, no me importa. Yo le prometí que siempre iba a cuidarla.

Remus me miró un rato largo, como si buscara alguna mentira escondida en mi cara. No confió de inmediato. Lo entiendo. Soy el hijo de quienes quieren matar a su hija. Pero, después de ese silencio eterno, suspiró y dijo:

—Podés quedarte. Pero bajo mis reglas.

Así fue como me quedé a vivir en el colegio. Nadie sabía quién era yo. Nadie tenía que saberlo. Estuve años ahí, entrenando, aprendiendo, mirando desde lejos. Esperando el momento. Y durante todo ese tiempo, ni una sola vez hablé de Emily, solo la veía cuando me escapaba y la observaba de lejos.

Hasta que, un año antes de que ella llegara al colegio, discutí con Remus, se enteró que desde el primer día que había llegado al colegio, rompí su única regla: no tener ningún tipo de contacto o cercanía con Emily.

—Ella tiene derecho a saber —le dije a Remus, en ese mismo despacho donde años antes me abrió la puerta.

—¡No! —me gritó—. No está lista. No sabe quién es. Si lo sabe demasiado pronto, se rompe. ¿No entendés?

—Lo que no entiendo es porqué vos, que sos su padre, no confiás en ella.

—Porque sé lo que hay allá afuera. ¡Sé lo que su nombre provoca!

—¿Y qué? ¿La vamos a seguir escondiendo como si fuera un error? ¡Es su historia! ¡Y vos se la estás robando!

Remus me miró, con una mezcla de enojo y tristeza.

—Si me desobedeces, te vas del colegio.

No respondí. No hacía falta.

A partir de ahí, nuestra relación cambió.

Yo quería que Emily tuviera la libertad de elegir en qué bando estar, que supiera de su historia, de quién realmente era.

Él la estaba sobreprotegiendo. Controlando.

Empezamos a discutir cada vez más seguido. La última pelea… fue la que, lamentablemente, vio Emily.

Creía que tenía mi poder controlado. Pero desde que comparte aula, aire, presencia conmigo… algo se desarma. No puedo controlar lo que siento. No puedo controlar lo que soy.

Días antes de que ella llegara, Remus me obligó a mantenerme alejado. Sabía que no me iba a poder contener.

Y tenía razón.

Mi único deseo siempre fue que ella estuviera bien.

Y para eso, necesitaba seguir en el colegio. Cuidándola.

Así que creí que lo mejor era si actuaba rudo, distante. Pensé que si era duro con ella, se alejaría. Pero fue todo lo contrario.

Ella cada vez quería saber más.

Buscaba respuestas en los profesores, en los pasillos del colegio. Quería entender qué le estaba pasando, de dónde venía, por qué había cosas que nadie se atrevía a decirle.

Y a mí… a mí eso me destrozaba.

Verla tan hambrienta de verdad y no poder decirle nada era como traicionar esa promesa que le hice cuando éramos chicos. Pero también sabía que si le decía algo antes de tiempo, podía exponerla más todavía.

No estaba sola. Y eso era lo que más me preocupaba.

Había personas acercándose a ella. Personas que, aunque parecían estar de su lado, respondían directamente a Remus.

Gente que no la veía como una adolescente confundida, sino como la hija del equilibrio , como la clave para mantener el orden y la separación entre los mundos.

La miraban como un símbolo. No como a Emily.

Remus lo sabía. Él mismo los mandaba

Por eso insistía tanto con las prácticas. No era solo por su poder, era para mantenerla ocupada, vigilada.

Quería que aprendiera a controlarse, sí… pero también quería ganar tiempo. Tiempo para que no se acercara demasiado a quienes podrían contarle más de lo que él estaba dispuesto a revelar. -Osea yo-.

Para que no viera su historia convertida en una causa antes de descubrir quién era en realidad.

Y yo… yo estaba atrapado en el medio.

Entre lo que sabía y lo que no podía decir.

Entre la necesidad de protegerla y las ganas de gritarle todo.

Cada vez que me miraba con esos ojos llenos de preguntas, yo solo podía bajar la vista y fingir que no sentía nada.

Pero sentía… sentía todo.