Eco de los cuatro elementos Capítulo 11Entre sombras y verdades
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Capítulo 11Entre sombras y verdades

Entre sombras y verdades

N unca terminamos la tarea. Y aunque debería haberme importado, en ese momento lo único en lo que podía pensar era en lo que Edriek me había dicho… que me había estado observando desde antes de conocernos.

Él seguía ahí, a mi lado, como si también estuviera decidiendo si debía decir algo más o marcharse.

Después de lo que vi, nada volvió a sentirse igual. Edriek, Remus, esa pelea… todo giraba en mi cabeza como una tormenta a punto de estallar.

Lo único que sabía con certeza era que quería la verdad. Toda.

—¿Ya te vas? —pregunté, al verlo levantarse del lugar donde estábamos sentados.

—No falta mucho para la primera hora de desayuno, y si nos ven acá antes de lo permitido, nos van a castigar.

No me había dado cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo.

Guardamos todo lo que habíamos usado y nos dirigimos hacia las habitaciones. Él me acompañó hasta la puerta de la mía, incluso sabiendo que no podía estar ahí. Pero a esa altura, ya no nos importaba nada.

En el camino, ninguno de los dos dijo una palabra, pero nuestras manos buscaban encontrarse, con un roce, una caricia.

Cuando llegamos, él me miró durante unos segundos más de lo necesario, hasta que rompió el silencio:

—Todavía no terminamos el trabajo.

—Lo sé —respondí en voz baja, sintiendo que “el trabajo” era lo menos importante de todo lo que había pasado esa noche.

Nos quedamos unos segundos más en silencio, y por un momento pensé que se iba a inclinar hacia mí, que iba a decir algo más. Pero en lugar de eso, retrocedió un paso.

—Nos vemos en unas horas —dijo, con esa media sonrisa que me encantaba mucho más que su mal genio.

Asentí, incapaz de decir nada. Me quedé mirando cómo se alejaba por el pasillo hasta que dobló la esquina y desapareció de mi vista.

Al cerrar la puerta detrás de mí, sentí que el peso de todo me caía encima. Los recuerdos compartidos, el enfrentamiento entre ellos, las verdades que Edriek ya conocía… y las que yo apenas empezaba a descubrir

Cuando cerré la puerta de la habitación, Spencer ya estaba despierta, sentada en la cama con las piernas cruzadas y cara de pocos amigos. Me miró apenas crucé la puerta.

—¿Dónde estuviste? —preguntó sin rodeos—. Me desperté y no estabas… pensé que te había pasado algo.

No sabía por dónde empezar. Había demasiadas cosas que aún no entendía yo misma, no era algo que pudiera explicar tan fácilmente.

—Solo… necesitaba aire —murmuré, bajando la vista—. Estuve en la biblioteca.

—¿Con alguien? —insistió, como si ya supiera la respuesta.

Asentí en silencio.

—Con Edriek.

Spencer parpadeó, sorprendida. — ¿El del primer día? pensé que no se llevaban bien.

—Yo también —admití, dejando escapar una risa sin humor—. Pero todo cambió anoche.

Me acerqué y me senté al borde de la cama—. Anoche… compartimos un recuerdo. No sé cómo explicarlo. Fue como si estuviéramos dentro del mismo sueño. Era un recuerdo de él, pero yo también lo vi. De alguna manera me lo mostró. Y después… apareció Remus.

Spencer se enderezó, alerta. —¿Qué? ¿Remus? ¿Qué tiene que ver él con eso?

—Peleó con Edriek —confesé—. Se dijeron cosas…

cosas que no entiendo del todo, pero que tienen que ver conmigo.

Remus sabe más de lo que dice. Mucho más.

Y Edriek… Él me ha estado observando desde antes de que yo llegara acá.

Aparentemente nos conocemos desde que éramos chicos, pero yo no me acuerdo de nada de eso.

Spencer se quedó callada un segundo, como si intentara procesarlo todo.

—¿Y vos le creés?

La miré a los ojos.

—No lo sé. Pero hay algo en mí que quiere hacerlo.

El silencio se instaló entre nosotras. Era pesado, pero no incómodo. Spencer suspiró, luego apoyó su mano sobre la mía.

—Quiero saber todo lo que pasó con Edriek.

Estuvimos un rato hablando. Le conté todo . Desde el día que me enteré de que pertenecía a este mundo, hasta lo que pasó hace solo un rato.

Spencer me escuchó en silencio, sin interrumpirme ni una sola vez. Cuando terminé, el sol ya ocupaba gran parte del cielo.

Ella me abrazó sin decir nada.

Y por primera vez desde que todo esto empezó, sentí que no estaba sola.

—¿Vas a hablar con Remus? —preguntó al cabo de un rato, todavía con los brazos rodeándome.

Negué despacio.

—No… no ahora. No después de lo que pasó.

—¿Y con Edriek?

No supe qué responder. ¿Hablar con él? ¿Después de todo? ¿Después de esa noche, de todo lo que confesó, y de lo que me hizo sentir? Me asustaba lo que venía, pero más me asustaba no saber en quién confiar.

—Supongo que no tenemos otra opción —murmuré—. Aparte tenemos casi todas las materias en común, ni hablar de la tarea que no terminamos, así que lo voy a seguir viendo.

Spencer suspiró y se dejó caer de espaldas sobre la cama.

—¿Sabés que esto parece un drama mágico adolescente, no?

Me reí por primera vez en horas. Una risa corta, torpe, pero sincera.

—Lo sé. Pero no es tan divertido como suena.

El silencio volvió, pero esta vez era más liviano. Spencer cerró los ojos y yo me recosté a su lado. Afuera, el día comenzaba, pero yo sentía que acababa de vivir una vida entera en una sola noche.

Y lo peor —o lo mejor— era que intuía que esto recién empezaba.

El resto de la madrugada pasó en un suspiro. Spencer terminó por quedarse dormida otra vez, y aunque lo intenté, el sueño no quiso saber nada conmigo. Me quedé sentada en la cama, mirando por la ventana, dejando que la claridad del amanecer me encontrara despierta.

Cuando el timbre que anunciaba el desayuno sonó por los pasillos, decidimos salir juntas. Ninguna de las dos dijo mucho. Spencer tampoco parecía haber descansado bien, y yo sentía que cualquier palabra de más podía desbordarme del cansancio que tenía.

El comedor todavía estaba medio vacío cuando llegamos. El aroma a pan tostado y café recién hecho llenaba el aire.

Elegimos una mesa cerca de la ventana, en una esquina donde casi nadie se sentaba. Apenas nos acomodamos, alguien se acercó con su bandeja en la mano y una media sonrisa en los labios.

—¿Madrugaron por voluntad propia o no pegaron un ojo como yo? —preguntó Dominick.

—Un poco de ambas —contestó Spencer, dándole una mirada rápida antes de volver a mirar su taza.

—¿Puedo? —señaló la silla frente a nosotras.

Asentí. Dominick se sentó y dejó su bandeja sobre la mesa. Pan con manteca, café, jugo.

—¿Están bien? —preguntó después de un momento, mirando primero a Spencer y luego a mí.

—Más o menos —respondí, sin mentir.

Spencer tomó un sorbo de café y dejó la taza sobre el plato con un pequeño golpe. —Fue una noche larga.

Dominick asintió, como si entendiera más de lo que decía.

—Podemos hablar de eso, si quieren. O podemos fingir que solo estamos tres personas desayunando tranquilos en un día más. Cualquiera de las dos cosas está bien para mí.

—Fingir suena bien —dije con una pequeña sonrisa.

Él sonrió también, pero sus ojos se quedaron fijos en mí por un segundo más de lo normal. Como si supiera que no era solo cansancio lo que me nublaba la mirada.

—¿Y si después de desayunar nos escapamos un rato? —sugirió—. Al jardín o a donde sea. Podría venir bien.

Spencer me miró, esperando mi reacción. Y por un momento, sentí que la tormenta en mi pecho se calmaba.

—Sí —dije, más para mí que para ellos—. Me vendría bien despejarme.

Y así, entre tostadas, silencios compartidos y miradas cómplices, el día comenzó.

Después del desayuno, los tres salimos sin rumbo fijo, caminando por los pasillos hasta salir al jardín trasero. A esa hora, el sol apenas asomaba entre las copas de los árboles y el aire fresco ayudaba a despejar la cabeza.

Nadie dijo nada al principio. Nos limitamos a caminar, pateando piedritas, cruzando alguna que otra mirada. Spencer iba a mi lado, tarareando bajito una melodía que no reconocí. Dominick nos seguía, con las manos en los bolsillos y la vista perdida en el cielo.

—Es raro —dijo Spencer de repente—. Todo esto. Hace apenas unas semanas estábamos en otro mundo, literalmente.

—Y sin embargo, acá estamos —contestó Dominick, dejando caer su mochila sobre el pasto y dejándose caer junto a ella.

Yo me senté a su lado, abrazándome las piernas.

—Podemos quedarnos un rato en silencio, si quieren —dijo Spencer, recostándose sobre el césped.

Asentí. Cerré los ojos. El murmullo de las hojas, el sol tibio sobre mi cara, la seguridad de saber que no estaba sola… fue más de lo que mi cuerpo pudo resistir. Sin darme cuenta, me fui quedando dormida.

Y por un rato —solo un rato— todo dejó de pesar.

No supe cuánto tiempo estuve dormida. Solo recuerdo el calor del sol en mi cara, el murmullo de las hojas moviéndose con el viento, y una calma que me había abrazado por completo.

Hasta que algo tapó la luz.

Fruncí el ceño y entre abrí los ojos. Una sombra se alzaba sobre mí, rompiendo la paz de la mañana. Tardé unos segundos en enfocar, pero apenas vi su silueta, supe quién era.

—Pensé que íbamos a hacer el trabajo —dijo con una sonrisa divertida, extendiéndome la mano para ayudarme a levantarme.

—¿Pero cuánto tiempo pasó?-- Dije un poco desorientada—Perdón… podemos hacerlo ahora, si no tenés nada más que hacer —ya me había puesto de pie, pero nuestras manos seguían entrelazadas.

Hasta que vi cómo se daba cuenta de que no solo estaba con Spencer… sino también con Dominick.

—¿Vos qué te pensás? ¿Que tengo todo el día disponible para vos? —El cambio en su tono fue tan brusco que di un paso atrás, soltando su mano sin pensar.

Parpadeé, confundida. Hacía apenas un segundo me había hablado con esa voz baja, casi suave, la que todavía me hacía eco en el pecho. Pero ahora… ahora era otra persona.

—Pero…no me di cuenta que había pasado tanto tiempo —dije en voz baja, sintiéndome de golpe como si hubiera hecho algo mal.

Spencer se incorporó un poco, alerta, pero no dijo nada. Dominick, en cambio, sonrió.

—¿Todo bien por acá? —preguntó, como si no supiera exactamente lo que estaba pasando.

Edriek ni lo miró. Sus ojos seguían clavados en los míos, pero ya no había ternura en ellos. Solo algo frío. Forzado.

—La próxima vez, tratá de no quedarte dormida como si no tuvieras responsabilidades —soltó, con una dureza que me dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Abrí la boca para decir algo, para pedirle que bajara la voz o que me explicara por qué se estaba comportando así. Pero él ya se estaba dando vuelta, alejándose sin darme tiempo a reaccionar.

Lo vi irse con el estómago hecho un nudo.

—¿Qué le pasa? —preguntó Spencer, ya sentada, mirándome con el ceño fruncido.

—No lo sé —mentí. Porque en el fondo sí lo sabía. O al menos, lo intuía. Ese no era el verdadero Edriek. Era el que quería mostrar… por alguna razón que todavía no entendía.

La incertidumbre de su cambio de actitud era tan grande que les tuve que decir a los chicos que me iba a la biblioteca a hacer la tarea sola. Claramente, fui a buscarlo primero.

No sé por qué, pero el primer lugar que sentí que podía llegar a estar era el ala prohibida del colegio.

—Sabía que ibas a estar acá —dije, un poco emocionada porque mi instinto no me había fallado.

Él estaba apoyado contra una pared de piedra con sus manos en los bolsillos, mirando una vidriera que se extendía por todo el muro.

—¿Qué hacés acá? —me preguntó, entre sorprendido y cansado. Y yo estaba aún más cansada de su misma actitud siempre.

—¿Por qué?

Me miró sin entender a qué me refería, pero antes de que dijera algo, seguí hablando:

—¿¡Por qué siempre hacés lo mismo?! Realmente no entiendo qué te hice o qué te pasa para que actúes así.

Anoche eras una persona, y hoy sos completamente otra.

¡¿Qué te pasa?! —Cada palabra salía con más fuerza.

No tenía palabras para expresar lo que me molestaba que creyera que podía tratarme como quería.

Estaba por continuar mi discurso, pero él se incorporó de golpe y, en dos pasos, ya estaba frente a mí, manteniendo una distancia prudente. La furia en mi pecho chocó contra su cercanía, y por un segundo quise abrazarlo y no soltarlo.

—¿Terminaste? —dijo en voz baja, con los ojos fijos en los míos. Su tono no era agresivo, pero estaba cargado. De nervios. De rabia. De algo que no se animaba a nombrar.

No respondí. Mi respiración era errática. El corazón me golpeaba tan fuerte que sentía que iba a estallar. Las lágrimas me ardían, contenidas solo por orgullo.

—No entendés nada —murmuró, llevándose una mano al cabello, como si necesitara descargarse—. No puedo explicártelo. No ahora.

—¡¿Cuándo me lo vas a explicar?! ¡Estoy cansada de que nadie me dé una respuesta! —grité, dando un paso hacia él sin darme cuenta—. Cansada de que me hables como si no te importara. Porque sí te importo. Lo sé. ¡Lo vi anoche! —Lo último me salió con más dolor del que me hubiera gustado mostrar.

Edriek se quedó quieto. Por un momento, su máscara se rompió.

—No digas eso —susurró. Pero no era una negación, era un ruego. Como si decirlo en voz alta hiciera que todo se volviera más real. Más difícil de ocultar.

Lo miré sin bajar la guardia.

Él dio un paso hacia mí. Luego otro. Y otro. Hasta que lo tuve tan cerca que sentía su respiración mezclarse con la mía. Su mirada bajó a mis labios, solo por un segundo. Un segundo eterno.

—No sabés lo que me cuesta fingir —dijo, casi sin voz—. No sabés lo que daría por poder quedarme.

Tragué saliva. Su cercanía me envolvía: su perfume, su voz, su calor. Estaba a un milímetro de tocarme la cara. Pero no lo hacía. Y eso dolía más.

—Entonces no finjas —le pedí, en un susurro.

Edriek cerró los ojos un segundo, como si esa frase lo partiera al medio. Su mano se alzó, rozó mi mejilla y me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. Apenas un toque, pero fue suficiente para hacerme temblar.

—No puedo decirte mucho pero… cuidado en quién confías. No pueden saber de lo nuestro —murmuró, tan bajo que apenas lo oí—. Y no pueden saber que vos sabés más de lo que decís. Ni que lo sabés por mí.

De lo nuestro . Esa palabra quedó retumbando en mi cabeza. El corazón me temblaba al pensar que había un “nosotros”.

—¿Y en vos sí puedo confiar? —pregunté, temblando—. ¿Quién sos vos, Edriek?

Él abrió los ojos. Brillaban. Dolían. Me amaban.

—Soy el que te ama en silencio. El que te quiere a salvo aunque eso signifique alejarse. El que eligió un bando… solo para poder encontrarte del otro lado.

Y con eso, apoyó su frente en la mía, su mano descansaba en mi mejilla donde minutos antes su roce me había hecho contener la respiración. Solo un instante. Un instante que se sintió eterno. Un instante que guardé como un secreto.

—Perdón por tratarte mal. Pero no me puedo arriesgar a que nos vean juntos.

Después, se dio vuelta. Y justo antes de irse, volvió a mirarme.

—La tarea ya está lista. Vi que te habías quedado dormida y quería que descansaras lo que anoche no pudiste.

Me quedé helada. No podía creerlo.

Se fue. Otra vez.

Pero esta vez… lo entendí.

Ya no necesitaba que me diera ninguna explicación. Ya sabía todo lo que necesitaba saber.

Y no me iba a quedar con los brazos cruzados.

Iba a pelear por él.

Por un nosotros .