Capítulo 10Lo Que Arde Bajo el Agua
Lo Que Arde Bajo el Agua
L o que restó de la semana pasó más rápido de lo que esperaba… aunque no por eso fue más fácil.
Cada clase parecía diseñada para recordarme lo poco que sabía del mundo mágico… y de mí misma. Entre teoría de elementos, control de energía y repaso de linajes, terminé con la cabeza más confundida que al principio.
Por suerte, Spencer y Dominick se encargaron de hacer todo un poco más llevadero. Spencer con sus comentarios irónicos, y Dominick con ese extraño talento de hacerme reír incluso cuando no quería. Con ellos, los pasillos del colegio no parecían tan intimidantes.
Edriek, en cambio… fue un misterio toda la semana. Me esquivó en cada clase, me ignoró en los pasillos y, para colmo, ni siquiera mencionó el trabajo que teníamos que hacer juntos.
Hasta que el viernes, antes de irse de clase, se acercó hasta donde yo estaba y me dijo:
—Nos vemos mañana para hacer la tarea. Después del almuerzo. Biblioteca.
Seco, como siempre.
También iba a entrenar con Remus el domingo. Él insistió, con esa mezcla rara de preocupación paternal y exigencia que todavía no termino de entender. Según él, había que empezar a trabajar en el “control emocional”. Como si fuera tan fácil.
Así que ahí estaba: por primera vez desde que llegué, tenía planes para el fin de semana. Uno con un chico que me confunde tanto como me atrae, y otro con mi papá biológico, a quien apenas estoy empezando a conocer.
¿Qué podría salir mal?
Esa noche tardé más de la cuenta en dormirme. No paraba de pensar en la forma tan extraña de actuar de Edriek… y de Remus, cuando me veía con él.
Sentía que, de algún modo, ellos sabían más de lo que me estaban diciendo, y eso me estaba volviendo loca.
No sé en qué momento me quedé dormida, pero no duré mucho así. Un sueño me interrumpió:
El ambiente era tenso. Las paredes del salón eran de piedra oscura, iluminadas por antorchas temblorosas. No reconocía el lugar, pero sí a las personas que discutían frente a ella.
Edriek, más grande que el niño del recuerdo anterior pero claramente más joven que ahora, discutía con una mujer de cabello oscuro y ojos fríos. Había rabia contenida en su voz.
—¡Ella no es como vos! No voy a dejar que le hagas lo mismo que a los demás —g ritó.
—N o tenés idea de lo que estás diciendo —r espondió la mujer con una calma aterradora —. Estás cegado por ese vínculo ridículo. No sabés el poder que esa chica podría desatar si no la controlamos.
—N o necesita ser controlada. Necesita entender quién es. Y confiar en alguien. Yo… yo le prometí protegerla.
— ¿¡Pero qué estás diciendo!? Eran solo unos niños cuando ella se fue, como le vas jurar lealtad a alguien que casi no conoces. yo soy tu madre, te di todo, ¡a mi me tenes que jurar lealtad!
— Lo único que me diste son razones para odiarte.
Yo era completamente invisible en la escena. Sentí cómo el pecho se me apretaba. Me acerqué, como si pudiera intervenir, pero mis pasos no hacían ruido. El recuerdo no me notaba, pero yo estaba ahí, viendo todo.
—S i te interpones, Edriek, vas a convertirte en un enemigo —a dvirtió la mujer.
—E ntonces que así sea —d ijo él, dándose vuelta.
Y en ese instante, cruzamos miradas.
No con la mujer del recuerdo, sino conmigo. Como si supiera que estaba ahí.
—E mily… —s usurró su voz, entre dolor y alivio.
Y el mundo se desvaneció.
Me desperté de golpe, el corazón latiendo con fuerza y una sensación extraña en el pecho. Como si acabara de presenciar algo que no me pertenecía, pero que, al mismo tiempo, lo sentía mío.
Me llevé una mano a la frente, estaba transpirada. Traté de ordenar mis pensamientos, pero las imágenes seguían apareciendo una y otra vez: la mirada de Edriek, la furia contenida en su voz, el miedo… y esa promesa. “Yo le prometí protegerla.”
¿Ese recuerdo era real? ¿Era suyo… o mío también?
Me costaba entender cómo podía haberlo soñado con tanto detalle, como si lo hubiera vivido. Pero lo más perturbador fue ese momento final. Cuando me miró. Cuando dijo mi nombre.
Era imposible, ¿no? No podía haberme visto. Era solo un sueño.
Y, sin embargo, lo había hecho. Me había visto.
Me quedé sentada en la cama, abrazando las piernas, intentando calmarme. No sabía qué significaba ese recuerdo, ni qué tipo de vínculo tenía con Edriek en el pasado… pero estaba claro que había mucho más entre nosotros de lo que él me estaba contando.
Y ya no podía seguir ignorándolo.
Después de ese sueño, no pude volver a dormirme. El sol apenas comenzaba a asomarse por la ventana, así que decidí levantarme, cambiarme e ir a despejarme un poco. Terminé caminando hacia la biblioteca —donde, casualmente, más tarde me encontraría con Edriek para hacer la tarea.
El lugar estaba completamente vacío. Era enorme, de dos pisos, con estanterías infinitas y un silencio que se sentía más denso de lo normal. Me perdí un rato entre los pasillos, dejándome llevar por los lomos de los libros hasta que uno llamara mi atención.
Estaba de espaldas, concentrada en elegir qué leer, cuando una voz me sobresaltó.
—¿Noche complicada?
Di un respingo y me giré. Me sorprendió encontrarme con Edriek. No solo por lo temprano que era, sino porque jamás imaginé que él vendría a hablarme fuera de lo estrictamente necesario.
—Podría decirse que sí… —respondí, con cautela—. ¿Vos también tuviste una noche complicada?
No sabía que se podía ser tan atractivo a esas horas de la madrugada, pero ahí estaba él, con el pelo medio despeinado y un conjunto de chándal que le quedaba demasiado bien.
—Podría decirse que sí —repitió, con un tono algo más suave de lo habitual.
Se hizo un silencio incómodo. Nos quedamos mirándonos, sin saber muy bien qué decir ni cómo romper esa tensión que siempre parecía envolvernos.
—Si querés, podemos empezar la tarea. Sé que es muy temprano, pero yo no creo que pueda volver a dormirme…
y si vos estás igual, podríamos aprovechar el tiempo —sugerí, casi con timidez.
Era la primera vez que lo sentía menos a la defensiva.
Bueno, la segunda. En mi cumpleaños también había mostrado otra cara.
—Yo tampoco creo que pueda dormir —dijo, y asintió—. Empecemos.
Nos sentamos en una de las mesas del rincón más alejado de la biblioteca.
La luz suave que entraba por los ventanales apenas alcanzaba a iluminar las páginas de los libros que abrimos.
Al principio, todo fue silencio y concentración.
Edriek hojeaba apuntes, yo escribía algunas ideas.
Pero cada tanto lo miraba de reojo, todavía un poco descolocada por su presencia… y por ese sueño.
—¿Te acordás qué parte del linaje nos tocó investigar? —pregunté, rompiendo el silencio.
—Sí, la línea de los Guardianes de la Memoria —respondió él sin mirarme.
Levanté la vista.
—¿Los Guardianes de la Memoria? —repetí—. ¿Tiene que ver con… los recuerdos?
—Sí —dijo, y por un segundo su expresión cambió. Algo parecido a incomodidad cruzó su rostro— Son capaces de manipular, conservar o incluso… compartir recuerdos.
Me quedé en silencio. El corazón empezó a latirme más fuerte. Tenía que preguntar.
—¿Y… eso de compartir recuerdos? ¿Es algo que pasa seguido?
Edriek dejó de escribir. Me miró por primera vez desde que nos sentamos. Su mirada era intensa, casi temerosa.
—No. Es algo raro. Solo pasa si hay un vínculo muy fuerte. O si… uno de los dos lo permite a propósito —dijo en voz baja.
Nos quedamos en silencio. No sabía cómo decirlo, pero tenía que saber si lo que había soñado era real.
—Anoche soñé con vos —confesé, con cuidado.
Edriek no se movió. Sus ojos no se apartaban de los míos.
—Estabas discutiendo con una mujer… tu madre, creo. Hablaban sobre mí. Vos… me defendías.
El leve temblor en sus dedos fue la única confirmación que necesitaba.
Como vi que estaba bastante sorprendido, seguí hablando.
—Le dijiste que la única razón que te había dado era para odiarla. Y al final…
—¿Y al final… te miré? —preguntó él, en un susurro.
Asentí, incapaz de decir nada.
—Entonces sí… lo soñamos los dos —murmuró.
Su expresión cambió. Dudaba. Lo veía en su mirada, en el modo en que desvió los ojos por un momento. Pero al final suspiró y volvió a mirarme.
—Em… eso no fue un sueño. Fue un recuerdo. Mi último recuerdo con mi madre. Después de eso me fui de casa.
Me quedé sin palabras. Totalmente sorprendida. No sabía qué decir, ni siquiera cómo reaccionar.
El aire entre nosotros se volvió denso. La biblioteca entera pareció contener el aliento. Ya no era solo una tarea ni una conversación incómoda. Era algo más.
—¿Cómo es posible? No entiendo cómo hiciste para que yo viera ese recuerdo —empecé a hablar cada vez más rápido.
Los nervios me ganaban. Me sentía culpable, ansiosa, curiosa.
Edriek lo notaba, lo veía en su mirada—.
¿Por qué te fuiste de tu casa? ¿Por qué me defendiste?
¿Por eso te comportas tan raro siempre? ¿Qué es lo que no sé?
¿Por qué estabas el día de mi cumpleaños?
Me estaba empezando a desesperar. Él solo me miraba, sin decir una sola palabra. Y cada vez tenía más preguntas.
—¡Edriek, por favor, decime algo!
Edriek bajó la mirada. Parecía estar peleando consigo mismo, como si una parte quisiera contarlo todo y otra se lo prohibiera.
—No puedo decirte todo —murmuró al fin—. Todavía no. Hay cosas que… no te harían bien si las supieras ahora.
—¿Y quién decide eso? ¿Vos? ¿Mi padre? ¿Todos menos yo? —pregunté, frustrada.
—Lo del cumpleaños… —interrumpió, levantando la vista—. Estaba ahí para asegurarme de que todo saliera bien. De que vos estuvieras bien.
—¿Por orden de quién? —repliqué enseguida.
Edriek dudó. Luego, simplemente dijo:
—Por decisión mía.
Eso me descolocó. Su voz no tenía esa frialdad que solía usar como escudo. Era otra cosa. Casi parecía… dolor.
—No quiero que te pase nada, Emily. No otra vez —dijo, y por un segundo, vi en su expresión algo que no había visto antes: miedo.
—¿No otra vez? —repetí en voz baja—. ¿Qué significa eso?
Edriek se quedó quieto, la mandíbula tensa. Como si se odiara por haber dicho más de la cuenta.
—Nada. No importa —dijo, pero su voz ya no tenía firmeza.
Me acerqué un poco, sin pensarlo demasiado.
—Sí importa. Si viste lo que yo vi… si sentiste lo mismo… entonces sabés que no podés seguir fingiendo que no me conocés. Que no te importa.
Por un momento, pensé que se iba a levantar e irse. Pero no lo hizo. Se quedó ahí, mirándome como si estuviera viendo algo que le dolía pero que también necesitaba.
—No es que no me importes —murmuró—. Es todo lo contrario. Por eso me alejé. Porque si me acerco… no sé si voy a poder cumplir la promesa que te hice.
—¿La de protegerme? —pregunté.
Asintió.
—¿Y si yo no necesito que me protejan? ¿Y si solo necesito la verdad?
— Emily no soy yo quien te tiene que contar todo.
— Si no sos vos ¿Quién es?- Le estaba suplicando con la mirada de que me contara, que me dijera algo.
— Me parece que va a ser mejor que me vaya—Se estaba a punto de levantar y lo agarro del brazo para impedir que se vaya.
Me mira sorprendido
De repente no estábamos en la biblioteca.
Remus apareció desde las sombras del pasillo, su presencia imponente llenando el aire denso y silencioso.
—S abía que ibas a hacerlo —d ijo con voz baja, contenida, casi temblando de rabia —. No podés con tu impulso de arrastrarla a tu mundo.
Edriek, apoyado contra la pared de piedra, no se inmutó. Lo miró fijo, como si ya hubiese ensayado esta conversación mil veces.
—N o es mi mundo, Remus. Es el de ella también. Solo que vos te empeñas en negárselo.
Remus avanzó un paso.
—¡Tenés que dejarla! ¡No podés cruzar al otro lado solo para observarla! ¡No está preparada para la verdad, Edriek! No sabés lo que puede desatar si se desestabiliza.
—¿Y mentirle la va a estabilizar? —r eplicó Edriek, dando un paso al frente también —. ¡Necesita la verdad, no una jaula disfrazada de cuidado!
Remus apretó los puños.
—¡Vos no vas a decidir sobre la vida de mi hija!
—¡Y vos no podés seguir tratándola como una muñeca de cristal! —g ritó Edriek, con la voz quebrada entre furia y desesperación —. No me interesa controlar su vida ni decidir por ella. Me interesa que ella lo haga. ¡Que ella elija! ¿¡Qué no entendés!?
El silencio se volvió más pesado. Remus lo miraba como si no lo reconociera.
—Y o soy su padre —d ijo, más bajo —. Yo voy a decidir cuándo va a saber la verdad y cuándo no. Ella ni siquiera sabe que existís, y más te vale que cuando venga se mantenga así.
Edriek se rió, sin alegría.
—¿De verdad pensás que podés mantener esto oculto para siempre? ¿Qué podés seguir apagando cada chispa hasta que ya no quede nada?
Remus dio un paso más, ahora cara a cara.
—N o creo que la quieras proteger fuera del colegio —d ijo con veneno en la voz —. ¿O me equivoco?
Los ojos de Edriek brillaron con algo más que rabia.
—A menazame a mí todo lo que quieras, Remus. Pero si la tocás, si decidís por ella una vez más, juro que no me voy a quedar mirando.
La escena se desvaneció de golpe.
La biblioteca volvió a rodearme, con sus estanterías altas, el eco del silencio y la tenue luz de la mañana. Mi respiración era agitada. La suya también.
Seguía agarrada de su brazo. No lo había soltado en ningún momento. Y él tampoco se había movido. Como si, de algún modo, ambos necesitáramos ese contacto.
Lo miré. Y por primera vez, él no evitó mi mirada.
Ese recuerdo... esa pelea... había sido por mí.
Y lo peor era que no entendía por qué.
—Eso pasó después de tu cumpleaños —murmuró, apenas un susurro—. Cuando Remus se dio cuenta de que yo no iba a quedarme al margen. Y cuando se enteró que fue la primera vez que no solo te observaba de lejos, sino de que me animé a hablarte.
No supe qué decir. Tenía mil preguntas, pero ninguna salía. Me sentía aturdida, como si todavía estuviera dentro del recuerdo. Como si el eco de sus voces siguiera resonando en mi pecho.
Nos miramos en silencio. Pero algo había cambiado.
Él lo sabía.
Yo también.
Edriek desvió la mirada un segundo, pero no soltó mi brazo. No esta vez.