Eco de los cuatro elementos Capítulo 9Elementos en conflicto
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Capítulo 9Elementos en conflicto

Elementos en conflicto

N o podía parar de pensar en todo lo que me había dicho Remus hace cinco minutos.

¿Era por eso que Edriek actuaba tan raro? No podía sacarlo de mi cabeza.

Entre que estaba completamente nerviosa por mi primer día de clases en un colegio totalmente nuevo, y que no entendía nada de lo que estaba pasando en el mundo mágico, sentía que mi cabeza estaba a punto de estallar. Pero la clase estaba por comenzar, y no pensaba llegar tarde otra vez.

El aula estaba más iluminada de lo que esperaba. Tenía ventanales enormes por donde entraba la luz de la mañana, proyectando sombras largas sobre el suelo de madera. Ya había varios alumnos sentados, y aunque intentaba parecer segura, mi estómago era un nudo.

—Tranquila, no muerden —dijo Dominick.

Su sonrisa despreocupada contrastaba con mi cara de pánico disimulado.

—¿Estás seguro? Porque algunos tienen pinta de que podrían —bromeé, mientras lo seguía hasta una de las mesas del fondo.

—Eso es porque no conociste a Spencer con hambre —añadió, justo cuando ella apareció por detrás con una manzana en la mano.

—Te escuché, idiota.

—Y eso que ahora está de buen humor —añadió él, sonriendo como si esa pequeña discusión ya fuera parte de su rutina.

Se saludaron con una naturalidad que me llamó la atención. Tenían esa conexión que se construye con los años, con gestos pequeños que no necesitan explicación.

Arrancaron juntos el primer día de clases y, desde entonces, nunca se separaron.

A veces me cuesta no pensar que hay algo más entre ellos. Pero si es así, lo esconden bastante bien. O se lo esconden a ellos mismos.

Me senté entre los dos. Edriek llegó unos minutos más tarde. Me miró como si supiera que yo lo había estado buscando todo ese tiempo… como si supiera que algo dentro de mí había cambiado desde aquella visión. Se sentó al otro lado del aula, pero no me quitó los ojos de encima.

La profesora entró justo en ese momento. Era Eliza Moon, la misma que me había estado explicando todo lo que necesitaba saber de teoría de la magia para estar al mismo nivel que todos mis compañeros.

—Bienvenidos a Habilidades Fundamentales —dijo con voz firme, dejando su cuaderno sobre el escritorio—. Esta materia no solo trata sobre descubrir lo que pueden hacer, sino también sobre aprender a controlarlo. O al menos, intentarlo.

Me miró directamente.

—Tenemos una nueva integrante este semestre: Emily Stone.

Todos giraron hacia mí como si fuese una atracción de circo. Algunos con curiosidad, otros con desconfianza. Incluso se escucharon susurros: “¿La hija del director?”, “¿Qué hace acá?”

Respiré hondo y asentí con una sonrisa forzada. Quería que me tragara la tierra.

—Para comenzar, vamos a hacer una dinámica simple —continuó Eliza—. De a uno van a pasar al frente, y vamos a medir su energía. La idea es ir reconociendo qué don tiene cada uno. No se preocupen… no duele. Mucho.

Hubo risas, pero yo no me reí.

Uno a uno, los alumnos fueron acercándose a una especie de esfera flotante.

Cuando la tocaban, una luz diferente se encendía, acompañada de una vibración sutil en el aire.

Algunos colores eran suaves. Otros, intensos.

Cuando le tocó a Edriek, la esfera se volvió completamente dorada y una ráfaga de viento recorrió el aula.

Todos lo miraron en silencio.

—Control de memoria y manipulación energética —murmuró la profesora, como si lo confirmara una vez más.

Cuando me llamaron a mí, me temblaban las piernas.

—Emily Stone.

Caminé hacia la esfera. Todo en mí gritaba que saliera corriendo. Pero la toqué. Y en cuanto lo hice, la esfera no brilló como con los demás. Se oscureció. El aula quedó en completo silencio. Un frío recorrió el aire, y algo dentro de mí pareció encenderse… o despertarse.

—¿Qué fue eso? —preguntó Spencer, medio en broma, medio asustada.

—Eso… —dijo la profesora Moon, con los ojos bien abiertos— fue interesante.

Cuando volví a mi asiento, nadie dijo nada. Pero podía sentir sus miradas sobre mí. Incluso Edriek me observaba con una mezcla de sorpresa y comprensión.

Dominick rompió el silencio.

—Bueno, si querías pasar desapercibida, fallaste miserablemente.

No pude evitar sonreír.

Pero por dentro, algo me decía que ese solo había sido el comienzo.

La clase siguió con la profesora explicándonos cómo iban a ser las próximas semanas: primero nos daría toda la teoría necesaria para afrontar nuestros dones, y después comenzaríamos con las prácticas.

Al cabo de dos horas, la clase terminó y todos se fueron corriendo hacia sus próximas materias. Todos, menos Edriek.

—Emily, ¿no vienes? —preguntó Spencer al ver que seguía guardando mis cosas sin intención de irme.

—Vayan yendo, los alcanzo luego.

Aunque no estaban muy seguros, se fueron, y por fin me quedé sola con él.

—¿Qué fue lo de hace un rato?

—¿Y lo cordial te lo olvidaste? —dijo mirándome como si le molestara que no lo hubiera saludado. Siguió guardando sus cosas a un ritmo ridículamente lento. Odio los comentarios sarcásticos.

—Hola. ¿Qué fue lo de hace rato?

Suspiró, cansado.

—No sé de qué me hablás.

AGH. Cómo odio que se haga el que no entiende.

—Sí sabés. Me hiciste ver un recuerdo nuestro. ¿Por qué?

—No sé si todavía no te diste cuenta, pero estamos en un colegio de magia. No sos la única que no sabe controlarse.

Es la primera persona que no entiendo. Un día es bueno, al otro se comporta como un idiota.

Me quedé completamente helada. No sabía qué decirle. Tenía razón, pero no entendía por qué me trataba así, por qué siempre se iba, por qué ni siquiera podía mirarme a los ojos.

Antes de cruzar la puerta, me dijo:

—Tené cuidado, Emily… Hay cosas de tu pasado que todavía no sabes. Y algunas, es mejor no hacerlo.

Y se fue. Sin mirarme. Sin dejarme reaccionar.

Me quedé ahí, sola en el aula vacía, con el eco de sus palabras retumbando en mi cabeza.

Edriek tenía razón: estaba en un mundo que apenas entendía, y ni siquiera podía controlar lo que pasaba dentro de mí.

Tal vez tenía razón. Tal vez todavía no estaba lista.

Pero fuera lo que fuera eso que quiso decir… no pensaba dejarlo pasar.

Muy a mi pesar, tenía que seguir asistiendo a clases, así que salí de ese aula con la cabeza dándome vueltas y me dirigí a mi próxima clase: Historia de los Linajes.

Llegué cinco minutos tarde —me perdí, otra vez— pero como aparentemente mi profesor era Remus, solo me miró con mala cara y siguió presentando la clase.

Evidentemente el universo me odia: el único lugar que estaba vacío era al lado de Edriek. No tuve más remedio que sentarme con él.

—Pensé que te había dejado en claro que no te acerques a mí.

—Creéme, lo último que quiero es estar cerca tuyo. Pero no sé si te diste cuenta, la clase está llena —le contesté mirándolo a los ojos, con el mismo tono sarcástico que él había usado conmigo antes.

Nos quedamos cinco segundos así, y fue suficiente para darme cuenta de que él no es malo. Solo está actuando como si lo fuera.

—¿Hay algún problema acá? —No sé en qué momento, pero Remus estaba parado al lado nuestro, con los brazos en jarra y cara de pocos amigos. Sabía que no habíamos escuchado ni una palabra de su clase.

—No, no pasa nada, profesor —contestó Edriek, seco.

Remus no dijo nada más. Se quedó unos segundos mirándonos y luego continuó con la clase.

Remus, por alguna razón, parecía más preocupado por mí de lo que debería.

Aunque no había sido de gran ayuda durante la clase, la forma en que me observaba ahora era diferente.

Algo en su mirada me hacía pensar que no era solo el maestro preocupado por el rendimiento de sus estudiantes.

Parecía entender más de lo que mostraba.

¿Sería él otro de esos que sabía más de mí de lo que yo misma sabía?

El resto transcurrió normal, aunque la incomodidad y la tensión que se sentían en el aire eran insoportables. Ninguno de los dos hablaba. Ni siquiera hacíamos el más mínimo movimiento. Es más, creo que solo respirábamos porque lo necesitábamos.

—Ya se pueden ir —dijo Remus al final—. Acuérdense de hacer la tarea que les di al principio de la clase con su compañero de banco. No acepto cambios. La semana que viene quiero la entrega.

Genial. Ahora tenía que hacer un trabajo con él. Realmente me pregunto qué le hice al universo para que me pague así.

—¿Cuándo querés hacerlo? —le pregunté mientras guardaba mis cosas.

—No te preocupes. Lo hago yo, pongo tu nombre y listo.

—No es necesario. Lo vamos a hacer juntos. Y no te estoy preguntando —lo miré desafiante.

Me sostuvo la mirada unos segundos, luego suspiró y se fue del aula.

Estaba a punto de cruzar la puerta cuando Remus me detuvo.

—Em, ¿está todo bien? Llegaste unos minutos tarde y te noté incómoda con Edriek.

—Sí, está todo bien. Llegué tarde porque me perdí.

No sé qué tan buena idea fue ignorar su preocupación sobre mi extraña relación con Edriek.

Remus me miró como si supiera que le estaba mintiendo, pero no insistió.

—Bueno… cualquier cosa que necesites, sabés dónde encontrarme —dijo en voz baja, antes de volver a su escritorio.

Salí del aula con la mochila al hombro y la cabeza aún más revuelta que antes. Cada clase parecía dejarme con más preguntas que respuestas.

¿Quién era realmente Edriek? ¿Qué era eso que no recordaba?

Y lo peor… ¿por qué una parte de mí quería saberlo todo, incluso si dolía?

Me alejé por el pasillo, sin saber si el mayor desafío de este colegio iba a ser la magia… o sobrevivir a los secretos.

Mientras caminaba por el pasillo, intentaba ordenar mis pensamientos, pero me interrumpió una voz familiar.

—¡Ah, ahí estás! —dijo Spencer, apareciendo casi de la nada.

—¿Todo bien? —preguntó Dominick, con ese tono que mezcla humor y preocupación como si no supiera bien cuál usar.

—Sí, estoy bien —mentí. O al menos, eso intenté.

—Mentira —saltó Spencer—. Tenés la cara de alguien que estuvo a punto de prender fuego algo con la mente.

Me encogí de hombros.

—Tal vez lo haga después del almuerzo.

Ambos se rieron, y por un momento, me sentí parte de algo. Como si, a pesar del caos y los secretos, hubiese un lugar para mí entre ellos.

—Vamos, tenemos un rato libre antes de la próxima clase —dijo Dominick—. Y Spencer prometió compartir galletas.

—Solo si me dejas las de chocolate —respondió ella, ya agarrándome del brazo para arrastrarme con ellos.

Y los seguí. Porque después de un día así, lo único que necesitaba era un rato en el que pudiera olvidarme del resto.

Después del almuerzo —que fue más risas con Spencer y Dominick qué comida en sí—, todavía me quedaba una clase más: Teoría Elemental. No tenía idea de qué esperar, solo sabía que mi cabeza ya no daba más.

El aula era más pequeña que las otras, con paredes de piedra y una especie de brasero en el centro que no terminaba de entender para qué estaba.

La profesora, una mujer de mirada intensa llamada Marla Greene, parecía salida de una tormenta: cabello revuelto, voz firme y una energía que llenaba la sala.

—Los elementos no se eligen —comenzó sin siquiera saludarnos—. Ellos los eligen a ustedes. Y cuando lo hacen, no hay vuelta atrás.

Genial. Otra clase que me recordaba que no tengo idea de lo que está pasando dentro mío.

Nos explicó los cuatro elementos principales —agua, fuego, aire y tierra— y los menos comunes, como el éter y la sombra. A medida que hablaba, sentía que algo se removía en mi interior, como si cada palabra tocara una parte dormida de mí.

—El descontrol es normal al principio —dijo la profesora, mirándome de reojo—. Pero si no aprenden a escucharse… el caos los va a arrastrar.

No sé si lo dijo por mí, pero me lo tomé personal.

La clase terminó más rápido de lo que esperaba. Al salir, el sol ya comenzaba a bajar y el castillo se teñía de dorado. Tenía la cabeza cargada, el corazón confundido y una lista de tareas que no sabía ni por dónde empezar.

Pero por primera vez, no sentía solo miedo.

Sentía curiosidad.