Eco de los cuatro elementos Capítulo 8El poder de los recuerdos
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Capítulo 8El poder de los recuerdos

El poder de los recuerdos

—¿En qué pensabas? —La voz de Dominick interrumpió mis pensamientos.

Suspiré antes de volver a mirarlo.

—En el comienzo de las clases.

Solo faltaban dos días para que empezaran las clases y no podía evitar estar nerviosa. Además, la única persona que conocía era Dominick, con quien me había acercado mucho durante las vacaciones, ya que ninguno de los dos se había ido.

—¿Estás nerviosa? —Asentí en silencio, mirando hacia abajo—. Ey, tranquila, va a estar todo bien. Y si no sabés dónde encontrarme... —me dijo dándome un golpecito en el hombro para animarme.

Sin pensarlo mucho, lo abracé. No duró demasiado, solo lo justo para que notara mi agradecimiento. Las palabras no son lo mío.

—Ya son casi las nueve, creo que va a ser mejor que me vaya a mi cuarto —dije separándome de él y levantándome del banco.

—Sí, yo también. Cualquier cosa que necesites, llamame.

Y así, sin más, cada uno se fue a su habitación.

Al llegar, noto que no estoy sola.

—¡Hola! Soy Spencer —dijo emocionada, acercándose a mí.

—Hola, soy Emily.

—Así que sos nueva, ¿no?

—Así es.

—Perdón que sea tan entrometida, pero... ¿por qué entraste ahora? —preguntó con una mezcla de vergüenza y curiosidad, como si quisiera saber todo, pero sin la confianza suficiente para que se lo contara.

—Es una larga historia y estoy muerta. Si querés, otro día te la cuento.

Ella asintió felizmente y se fue a su cama, al igual que yo.

—Buenas noches, Emily.

—Buenas noches, Spencer.

No hizo falta nada más para que las dos nos durmieramos profundamente.

Estaba durmiendo cuando sentí unos brazos moviéndome de un lado al otro y una voz llamándome:

—Emily, despertá. Emily, por favor, despertá.

Era Spencer, y cuando abrí los ojos, me di cuenta de que estaba empapada.

—¿Qué pasó? —pregunté, alarmada por su expresión de preocupación y miedo.

—Creo que estabas teniendo una pesadilla... y apareció una lluvia de la nada... y después, hubo viento, mucho viento... —hizo una pausa, y como vio que no decía nada, continuó—. Supuse que eras vos, porque claramente yo no era. Así que te desperté y todo se calmó.

Yo seguía estupefacta. No lo podía creer.

—Por Dios, qué susto me diste —comentó unos minutos después, cuando ya estábamos más tranquilas.

—Lo siento, de verdad. No sabía que podía pasar eso.

—Tranquila, supongo que es normal... pero mañana quiero que me expliques todo eso que acabas de hacer. Ahora estoy agotada, voy a dormir dos días seguidos —dijo haciendo un gesto de cansancio. Solo pude reír ante su comentario, dando por terminada la conversación.

Después de eso, nos fuimos a dormir. Sin embargo, no pude volver a conciliar el sueño, así que decidí ir a hablar con Remus.

Antes, me aseguré de que Spencer estuviera dormida.

No hizo falta acercarme mucho: sus ronquidos me respondieron al instante.

Me puse las primeras zapatillas que encontré e intenté hacer el menor ruido posible al salir de la habitación.

Me encaminé hacia el sector de profesores, que lamentablemente estaba al otro lado del edificio, lo que me obligaba a pasar por el pasillo de los chicos.

Mientras caminaba, más silenciosa que antes para no ser escuchada, escuché cómo una puerta se abría con un chirrido. Me di vuelta en dirección al sonido y ahí lo vi a él, al chico de mi cumpleaños, el mismo chico que me había generado tantas cosas con solo decirme dos cosas.

—¿Qué hacés acá? —preguntó con una ceja enarcada—. Que yo sepa, esta no es la parte de las chicas —agregó con una sonrisa mientras se acercaba, quedando a pocos centímetros de mí.

Aunque estaba bastante nerviosa, no iba a permitir que lo notara, así que, tras unos segundos, le respondí con el mismo tono:

—Podría decir lo mismo. Se supone que vos tampoco deberías estar despierto a estas horas —me crucé de brazos.

Rió ante mi comentario. Esa sonrisa… Era la clase de sonrisa que hacía que te olvidaras de lo que ibas a decir. Que te hacía pensar que tal vez... sí querías saber más de alguien que no conocías.

—Se supone que vos tampoco deberías estar despierta —susurró con voz ronca.

Parecía haberse acercado más. No estoy segura. Me quedé como una tonta mirándolo.

Después de unos segundos —que parecieron una eternidad—, decidí romper la tensión.

—Yo… creo que va a ser mejor que me vaya.

Él no respondió. Solo me miró la boca cuando hablé, haciendo que se me secara la garganta. Luego subió la mirada a mis ojos, desafiandome, como intentando descifrar por qué no me movía.

La verdad es que yo tampoco sabía por qué no me movía. Pero tampoco me quejaba de estar ahí, con él.

Justo cuando estaba por decir algo, él se adelantó, como si se hubiera dado cuenta.

—Deberías ir a dormir —dijo con un tono más seco, como si estuviera enojado.

Me sorprendió su cambio repentino. Él lo notó, suspiró.

—Es tarde, tenés que descansar. Mañana tenés práctica temprano —añadió con un tono más suave, como arrepentido.

No me dejó responder. Simplemente desapareció.

Cuando terminé de caer en lo que acababa de pasar, las preguntas comenzaron a aparecer en mi mente. ¿Por qué se quedó conmigo? ¿Qué le pasó para que cambiara así de actitud? ¿Por qué me pareció que se preocupó por mí? Y lo más importante… ¿cómo sabía que tenía práctica a la mañana?

Después de algunos minutos torturándome con preguntas, decidí olvidarlo —por ahora— y retomar lo que iba a hacer antes de ser interrumpida por él.

Ya caminando hacia los cuartos de los profesores, vi por una ventana que el sol estaba comenzando a asomar. ¿Cuánto tiempo me había quedado parada? En fin, no faltaba mucho para que el día empezara, así que tenía que apurarme si no quería que me vieran en pijama.

Terminé decidiendo ir primero a mi habitación, cambiarme y luego buscar a Remus.

Cuando llegué, todo seguía tal como lo había dejado. Me cambié lo más rápido y silenciosamente posible, y retomé mi camino.

Estaba tan sumida en mis pensamientos que no me di cuenta de que choqué con alguien.

—Perdón, no te vi —dijo una voz conocida. Al levantar la mirada del piso, lo vi a él, otra vez.

—Vos otra vez —le dije, aceptando la mano que me extendió.

No me soltó la mano. Al contrario, me la agarró con más fuerza.

—¿Estás bien? —preguntó, revisándome con la mirada para ver si me había lastimado.

No entendía su preocupación repentina, pero tampoco me disgustaba. Al contrario, creo que podría acostumbrarme a tenerlo tan cerca.

—S-sí, estoy bien, tranquilo —respondí. Al escucharme, su expresión se relajó.

Y fue entonces cuando pasó algo raro.

De repente ya no estaba en un pasillo.

Ya no estaba en el colegio.

Estaba en el patio de una casa que reconocía aunque no sabía de dónde. Estaba jugando con un nene.

Pero no era yo… ¿o sí?

Eran dos bebés jugando.

Aunque las imágenes eran borrosas, reconocí a dos adultos entre los cuatro que aparecían: Remus y Evelyn. Con ellos había otra pareja que no logré identificar.

Otra imagen apareció: los mismos dos nenes de antes, llorando al ser separados.

Cuando volví a la realidad, no entendía nada. Lo miré, buscando algún tipo de respuesta, pero su expresión decía que él tampoco entendía lo que había pasado. Estaba pálido, como si hubiera visto un fantasma.

—¿Q-qué fue eso? —le pregunté, trayéndolo de nuevo a la realidad.

Abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró con fuerza, apretando la mandíbula y desviando la mirada.

—Ey, no te… —ya era demasiado tarde. Había desaparecido al instante. ¿Cómo hacía para irse tan rápido?

—...vayas —susurré, suspirando.

¿Qué acaba de pasar?

Cuando quise seguirlo por donde se había ido, una voz me detuvo de golpe.

Era Remus.

—¿¡A dónde te crees que vas?! —exclamó.

Mierda. Me di vuelta con una sonrisa angelical, aunque dudaba que sirviera de algo. Él tenía una ceja enarcada y los brazos cruzados.

—Yo justo te iba a ir a buscar —dije, riendo tímidamente, a lo que él me respondió con una expresión de desconfianza, como si no me lo creyera.

—Mhm.

Cuando hice un ademán de irme, me volvió a detener.

—A mi oficina, señorita. Ahora.

Cuando llegamos, me indicó con la cabeza que me sentara.

—Ahora, explícame por qué estabas en la parte de los chicos a primera hora.

Suspiré y empecé a contarle todo, omitiendo, claro, lo relacionado con el chico.

—¿Te acuerdas del sueño?

Solo negué con la cabeza.

—No te preocupes, suele pasar. Aunque no es normal, pasa —dijo, viendo mi cara preocupada. Luego añadió—: Si quieres, hoy hablamos con Yvonne a ver qué nos dice.

—Bueno —respondí, con una mezcla de alivio y confusión. Aunque tenía un debate interno sobre si decirle lo del chico o no. Finalmente, opté por hablar.

—Otra cosa… Cuando te fui a buscar, me encontré con un chico que vi varias veces antes.

Pero hoy, cuando lo encontré, me caí y, cuando me fue a ayudar, pasó algo raro —hice una pausa, buscando su reacción.

Él no dijo nada, pero su gesto me indicó que siguiera—.

De repente, ya no estábamos en el pasillo, estábamos como en un patio.

Había dos nenes jugando en el pasto y cuatro adultos riendo. De esos adultos, dos eran tú y Evelyn.

Remus no dijo nada. Solo me miró, creando una tensión y un silencio incómodos.

Después de unos minutos, me animé a hablar de nuevo.

—¿No me vas a decir nada?

—No sé qué quieres que te diga.

—No sé… ¿qué tal si me explicas qué fue eso? Porque vi a los dos nenes, a vos y a Evelyn… ¿Quiénes eran esos nenes?

Finalmente, Remus suspiró, como si estuviera tomando una decisión importante, y comenzó a hablar.

—Edriek tiene un don poco usual y muy poderoso.

Puede hacerte revivir un recuerdo, o incluso manipularlo.

Su poder se basa en eso, en los recuerdos.

Siguiendo con tus otras preguntas, esos niños eran tú y Edriek.

Y la razón por la que me viste a mí y a tu madre con esas dos personas es porque, antes, cuando ustedes eran solo unos niños, nuestras familias se llevaban tan bien que éramos como una familia.

—Pero… ¿qué pasó? —pregunté, totalmente sorprendida.

—La familia de Edriek empezó a querer más poder.

Nos tenían celos por dirigir una de las escuelas más grandes de nuestro mundo.

Querían eso, querían tener esta escuela, querían ser parte del Ministerio, querían gobernar y dejar de vivir en las sombras.

Querían tener el control de todo y de todos.

Lo único que lograron fue dividir nuestra sociedad en dos.

Fue una de las razones por las que tuvimos que irnos.

La madre de Edriek tiene un don demasiado poderoso y peligroso si es usado de forma incorrecta.

—¿Cuál es su don?

—Ella puede curar o matar al ser que quiera. Si lo desea, puede absorber todo tu poder, pero con consecuencias.

—No entiendo qué tiene que ver esto conmigo y la razón de su abandono.

—Algún día te lo contaré todo —dijo Remus con seriedad—. Ahora tienes que ir a clases. Mañana entrenaremos más tiempo.