Capítulo 7Entre la tierra y el cielo
Entre la tierra y el cielo
Ese día me levanté más temprano de lo habitual para poder desayunar con mis dos mejores amigos y almorzar con toda mi familia.
A la tarde, faltando veinte minutos para volver a encontrarme con Remus, me despedí de todos y me encaminé hacia el bosque sola. Por más que quisieron acompañarme, sabía que todo sería más difícil. Fue una despedida dura, pero entendía que no era un “adiós”, sino un “hasta pronto”.
Cuando llegué al lugar del bosque donde habíamos quedado, los nervios me consumían.
Mis manos no paraban de sudar y temblar.
Para intentar no parecer un manojo de nervios cuando Remus llegara, dejé que la suave brisa de aquella tarde de verano se llevara todos esos pensamientos.
Cerré los ojos, dejé que el viento jugara con mi pelo semi recogido y me dejé llevar tanto por el aire, que no noté que había soltado mis valijas ni que había comenzado a bailar, siguiendo el ritmo que el viento me dictaba.
Una voz preocupada me hizo volver a la realidad.
—¡EMILY! —gritó Remus, claramente alterado—. ¿¡Cómo llegaste ahí arriba!?
Al escuchar sus palabras, miré hacia abajo y, por primera vez, me di cuenta de que estaba... flotando.
No tenía idea de cómo había llegado allí ni por qué no me había dado cuenta de que había dejado de tocar el suelo.
Al volver a la realidad, entré en pánico. No sabía cómo bajar, pero para mi mala suerte, no tardé demasiado en descubrirlo.
—¿Estás bien? —escuché su voz muy cerca, justo cuando mi cuerpo cayó abruptamente, estrellándose contra el duro suelo del bosque. La caída me dejó con uno que otro moretón y un dolor considerable.
—Sí, por suerte no estaba tan alta —respondí mientras intentaba incorporarme, riendo nerviosamente—. En fin... ¿cómo llegué hasta ahí?
—No tengo ni idea. ¿Qué estabas haciendo antes de que llegara y te sacara de tu trance?
—Estaba muy nerviosa, así que intenté relajarme respirando y sintiendo el aire... y de un momento a otro, estaba volando.
—En el instituto hablaremos de esto. Y con un médico.
—Pero estoy bien, de verdad.
—No importa, por las dudas. Ahora vamos a lo importante: ¿estás lista? —me dijo con entusiasmo, logrando que riera y asintiera.
—Genial. Entonces agarrá tus cosas y por nada del mundo te sueltes de mí, ¿okey? —Su leve tono de preocupación hizo que mi sonrisa desapareciera por un momento, pero luego agregó—. Tranquila, no era para asustarte, solo para que lo tengas en cuenta.
—Entonces... ¿cómo nos vamos? —pregunté mientras recogía mis bolsos y tomaba el brazo que él me extendía.
No tuve tiempo de acomodarme cuando sentí que todos mis órganos querían salir de mi cuerpo.
Mi cabeza daba vueltas. Por suerte, la sensación duró poco, y pronto estábamos pisando tierra firme en otro lugar.
Al llegar al instituto, no pude evitar tener arcadas y perder el equilibrio.
Me tambaleé hacia adelante, a punto de caer, pero Remus me sostuvo a tiempo.
—Es normal. Es la primera vez que lo hacés, ya te vas a acostumbrar —dijo, y yo lo miré con disgusto.
—Así que así es como desapareces sin dejar rastro, ¿eh? —comenté mientras intentaba recomponerme y admiraba el lugar que me rodeaba. Él solo rió y me ayudó con las valijas.
El lugar era enorme. Aunque un poco tenebroso, era hermoso. Estábamos parados al comienzo de un puente ancho y largo que terminaba en la gran entrada del colegio. Por debajo corría un río con rocas, que desembocaba en una cascada cuyo sonido lo invadía todo.
Una gran niebla se alzaba hasta lo más alto del colegio, que a mi parecer parecía un castillo.
La entrada tenía una gran puerta griseada que combinaba con todo el lugar.
Había una lámpara, pero la niebla impedía apreciar bien el ambiente, ya que era la única luz visible.
Al abrir las puertas se veía una gran sala iluminada por una araña colgante.
A un costado, una chimenea con estanterías repletas de libros.
A la derecha, una escalera de madera cubierta por una alfombra marrón que hacía juego con los muebles.
A la izquierda, un largo pasillo con un enorme ventanal que iba de punta a punta.
Desde allí se podía ver un parque lleno de plantas y árboles hermosos, con una entrada ubicada al final del corredor, que conectaba con el comedor principal.
—Wow, es hermoso —dije, anonadada.
—Vení, te muestro tu dormitorio y después recorremos el colegio.
Subimos por las escaleras hacia una sala de estar con una biblioteca pequeña, sofás y una gran ventana. Alrededor, varias puertas con números.
—La número 6 es tu habitación —dijo Remus, entrando con una llave que no logré entender cómo funcionaba.
La habitación era enorme. Dos camas en las que podrían dormir dos personas fácilmente, un armario compartido tras una puerta corrediza, un baño privado, dos escritorios, cada uno en una esquina. Todo estaba ambientado en tonos verdes, negros y toques de blanco.
—Vas a compartir la habitación con una chica llamada Spencer. Es muy agradable, pero hasta que empiecen las clases será toda tuya —me explicó. Estaba tan emocionada que no sabía qué decir.
—Si querés, acomodate tranquila. En una hora nos vemos en mi oficina —agregó antes de salir y cerrar la puerta suavemente.
Después de apreciar cada rincón, decidí ocupar una de las partes del cuarto y acomodar mis cosas.
Luego, salí a recorrer un poco. En el camino, me detuve en un gran salón atestado de libros: la biblioteca del colegio.
Perdí la noción del tiempo leyendo. Cuando recordé que tenía que encontrarme con Remus, me desesperé.
Salí corriendo sin dirección, ya que no conocía el lugar.
Totalmente perdida, choqué sin querer con un chico alto y corpulento, de cabello castaño claro y los ojos más celestes que el cielo. Tenía una sonrisa encantadora, con hoyuelos que inspiraban ternura. Era muy lindo.
—Perdón, no te vi. Estaba distraído —dijo, extendiéndome una mano para ayudarme a levantar—. ¿Estás bien?
Era muy amable.
—Perdón, yo tampoco te vi. Sí, estoy bien, gracias —respondí con una sonrisa que no sabía si era de nervios, simpatía o ambas cosas.
—¿Sos nueva, no? Nunca te vi por acá.
Reí, desviando la mirada de sus ojos intensos.
—Sí, soy nueva. Me encantaría seguir hablando, pero llego tarde a la oficina del director —dije, empezando a caminar en la dirección equivocada.
Él rió, mirando al suelo.
—La oficina está para allá —dijo, señalando el lado opuesto. Sentí cómo un rubor subía por mis mejillas.
—Si querés, te acompaño. Así evitás perderte... y tropezar con más gente —bromeó con un tono divertido.
—Te lo agradecería —contesté, acercándome a él para caminar juntos.
Después de unos minutos en silencio, me preguntó:
—Entonces... ¿cómo dijiste que te llamabas?
—No lo dije, pero me llamo Emily... Emily Stone —cuando dije mi apellido, me miró sorprendido. Quise desviar la atención—. ¿Y vos?
—Dominick Myers... Así que sos la hija del director, ¿no?
Asentí.
—¿Puedo hacerte una última pregunta y no te molesto más?
—Claro, lo que quieras.
Estábamos frente a una gran puerta, que supuse era la oficina.
—¿Por qué recién ahora venís?
Suspiré.
—Es una larga historia.
En ese preciso momento, alguien interrumpió.
—¡¿Se puede saber dónde estabas?! ¡Una hora y media te esperé! —Remus apareció un poco alterado.
—Me perdí, por eso llegué tarde —contesté con calma—. Y en el camino me encontré con él, que me acompañó hasta acá —dije señalando a Dominick.
Suspiró.
—Está bien. Entrá —me dijo, haciéndose a un lado—. Gracias, Dominick —agregó mirando al chico.
—No es nada, director. Nos vemos después, Emily —se despidió con una leve reverencia antes de irse.
—¿Ya coqueteando? —bromeó Remus.
Reí.
—Uno: no me estaba coqueteando. Y dos: no voy a hablar de eso con vos —ambos nos reímos.
—Bueno, sentate —me indicó con la mano—. Quiero que hablemos de cómo se maneja el colegio y cómo te vas a manejar vos en estos dos meses que quedan de vacaciones.
Me senté frente a su escritorio, mientras él abría una carpeta.
—Ahora sí, vamos con lo más importante: las reglas del instituto. Prestá atención, porque algunas son bastante distintas a lo que estás acostumbrada —dijo, y yo asentí.
—Primero: este lugar no es visible para humanos sin habilidades, así que tenés que ser muy cuidadosa si llegás a salir por cualquier motivo.
Segundo: está estrictamente prohibido usar poderes fuera de los espacios permitidos, a menos que sea en defensa propia.
Tercero: los dormitorios son compartidos según el nivel de poder y edad, pero están divididos por género. Cuarto: no se puede salir del instituto sin autorización.
Y por último —me miró fijo—: está prohibido usar la magia para manipular, controlar o herir a otros estudiantes. La infracción a esta norma es motivo de expulsión directa.
—Entendido —respondí con firmeza, aunque aún procesaba todo lo que me decía.
—Durante estos dos meses de vacaciones vas a tener clases introductorias para entrenar tu control, pero también tiempo libre para explorar y conocer a los demás. No tenés que estar todo el tiempo estudiando —aclaró con una sonrisa.
—Perfecto —contesté, un poco más aliviada.
—Y una última cosa: nunca vayas al tercer piso de la torre este. Está prohibido. Si tenés dudas, vení a mí. ¿Está claro?
Tragué saliva. Esa advertencia sonaba a algo serio.
—Sí, clarísimo.
Tendría clases prácticas con él todas las mañanas, y teóricas con la profesora Yvonne por las tardes.
Pasaron así cuatro semanas en las que aprendí bastante.
Empecé a entender cómo controlar mis poderes usando mis emociones, aunque cuanto más poderoso quería que fuera el resultado, más fuerte debía ser el sentimiento. No fue fácil.
Recuerdo la primera vez que intenté algo más avanzado.
Estábamos en el parque trasero del colegio, cerca del bosque. Frente a mí había un montón de ramas.
—Estás lista para intentar algo más grande —dijo Remus—. Concéntrate...
—En un recuerdo emocional fuerte, focalizando mi centro neutral para apagarlo —completé.
—Muy bien. Cuando quieras.
Cerré los ojos, respiré profundo y visualicé un recuerdo.
Sentí cómo el fuego nacía dentro de mí, recorriéndome hasta salir disparado por mis manos, encendiendo la fogata.
Pero algo salió mal. El fuego me desbordó.
No paraba. Incluso alcanzó un árbol cercano.
Me desesperé, y empecé a levitar sin control, lanzando fuego sin poder detenerlo.
—¡Emily, encontrá tu centro! —gritaba Remus.
Intenté concentrarme. Pensé en mis abuelos, en una tarde de verano en su casa. Ese recuerdo me calmó… y el fuego cesó. Me desmayé.
—¿Cómo te encontrás? —escuché la voz de Remus al despertar.
—Bien… me duele la cabeza. ¿Dónde estamos?
—En el hospital del colegio. Te lastimaste al caer.
—Perdón —dije, avergonzada.
—Estás aprendiendo —me sonrió—. Pero la próxima vez, vamos a practicar con agua.
Nos reímos los dos. A pesar del cansancio, me sentía orgullosa. Cada día estaba más cerca de dominar lo que había dentro de mí.