Eco de los cuatro elementos Capítulo 6Entre el fuego y el bosque
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Capítulo 6Entre el fuego y el bosque

Entre el fuego y el bosque:

Y a habían pasado varias semanas desde mi cumpleaños y, por consecuencia, desde que leí la carta.

La relación con mis padres no se había convertido en una de las mejores.

No pasaba un solo día sin que discutiéramos o en el que el ambiente en casa no fuera tenso.

Debo admitir que mis decisiones y la manera en que actué no fueron las mejores.

Tal vez ellos no sabían nada de la carta y yo los había sentenciado sin pruebas.

Pero el simple hecho de pensar que me habían ocultado mi vida, quiénes eran mis padres y por qué me dejaron, me ponía de los peores humores.

Me hicieron creer que nunca me quisieron, que por eso me habían abandonado. Y aunque estaba profundamente agradecida por el amor con el que me criaron y por haberme dado una familia, no podía evitar sentirme mal al pensar que esa historia que me contaron no era del todo cierta.

Después de mi cumpleaños, me volví cortante, seria, distante.

Dejé de ser responsable en el colegio y mis notas bajaron brutalmente.

Mi escasa vida social se derrumbó: ya no salía con mis abuelos, rompiendo todas las costumbres que solíamos compartir.

Mis salidas con Camille y Sean desaparecieron, al igual que la comunicación con ellos.

Mi única salida era para ir al colegio, si no me escapaba antes de entrar.

Incluso ahí evitaba todo tipo de contacto, lo que se me hacía sumamente difícil, teniendo en cuenta que mis dos mejores amigos notaban mi cambio y trataban de acercarse.

Mis padres no paraban de preguntarme si estaba bien, lo que solo aumentaba el agobio. El único que parecía entenderme era Alex, tal vez porque sabía toda la verdad. Aunque su apoyo no me ayudaba mucho frente a nuestros padres, era el único con quien me sentía acompañada.

Tenía una duda constante en la cabeza: ¿qué decisión debía tomar? ¿Cuál sería la mejor para mí? Esa incertidumbre no duró mucho. Un día, todas las verdades estallaron y salieron a la luz. Fue entonces cuando supe que, para todos, lo mejor sería que me fuera.

—¡Emily! —mi mamá me gritó desde las escaleras, visiblemente molesta. No contesté. Bajé en silencio.

—¿Me podés explicar por qué tus notas están tan bajas? —intentaba mantenerse serena, pero su enojo se notaba.

—No sé... solo me fue mal —respondí sin interés.

—Pero no eras así. Nunca te fue mal. ¿Qué te pasa? —Esa última frase me hizo notar que, detrás del enojo, estaba realmente preocupada.

—No me pasa nada —grité sin querer. Por más que supiera que tenían razón, no podía evitar sentirme enojada. Estaba perdida, sin ganas, confundida. Quería saber si me habían ocultado la carta o si realmente no sabían de su existencia. Pero no sabía cómo preguntarles.

—Hija, desde tu cumpleaños estás así. Claramente te pasa algo —intervino papá, que estaba a su lado.

—¿Te peleaste con Sean? —preguntó mamá. Esa pregunta encendió algo en mí.

—¡No! Sean no tiene nada que ver en esto —contesté molesta.

—¿Entonces qué? —insistió ella, cansada.

—¡Nada, déjenme en paz! —me levanté para irme a mi habitación.

—Vení para acá —me volvió a sentar con firmeza—. No sé qué te pasa ni por qué nos tratas así, pero no voy a permitir que nos faltes el respeto.

—Em, estamos preocupados por vos. Hace días que no salís de casa, no hacés las tareas del colegio, ni siquiera hablás con Sean, que son amigos desde los cuatro años —dijo papá, con una mirada triste. Mamá ya estaba llorando.

Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Era el momento. Ya no podía seguir ocultándolo.

—Cuando yo era chiquita, ¿me encontraron con una carta? —pregunté, conteniendo el llanto.

Ambos se miraron, desconcertados.

—¿Cómo sabés lo de la carta? —preguntó mamá, arrepintiéndose apenas lo dijo.

—Entonces es verdad. Me lo ocultaron. ¡¿Cómo pudieron?! —grité. Una mezcla de tristeza y enojo me invadió.

—¿Quién te lo dijo? —preguntó papá, angustiado.

—Mi papá biológico —respondí. Sus rostros mostraban sorpresa y enojo.

—El día de mi cumpleaños, me lo encontré en el parque.

Me dio una carta. Tenía una copia de la original porque no confiaba en que ustedes me la dieran —agregué, con enojo—.

En ella me contaba quién era, y que tengo ciertas habilidades.

Que para aprender a controlarlas… tendría que irme con él a un colegio.

Se hizo un silencio. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Justo en ese momento, entró Alex.

—¿Qué pasa? ¿Por qué están llorando? —preguntó, mirando a todos.

—Tu hermana se quiere ir —dijo mamá.

—Uy… así que están hablando de eso —dijo Alex, incómodo.

—¿¡Vos lo sabías!? —preguntaron los dos al mismo tiempo.

—No dije que me quería ir —aclaré.

—Pero lo pensaste —respondió mamá, alzando la voz.

—¡Claro que lo pensé! ¿Cómo no iba a hacerlo? Quiero entender quién soy, aprender a controlar esto, conocer mi historia. Una historia que ustedes me ocultaron toda mi vida —dije, cada vez más alterada.

—Emily —dijo papá, al ver el dolor en el rostro de mamá—. Lo hicimos para protegerte.

—¿Protegerme de qué? ¿De conocer a mis padres? —respondí sarcástica—. Eso no es protección. Es control.

—La carta parecía una locura. No queríamos que creyeras en algo que tal vez no era verdad —dijo mamá, limpiándose las lágrimas.

—¡Mentira! —grité. Sentía todo mi cuerpo en llamas—. Tenían miedo. Miedo de que me fuera y no volviera. Por eso me lo ocultaron. Me hicieron creer que mis padres no me habían querido.

—Em... Emily —dijo Alex, con voz temblorosa. Los tres me miraban con miedo. Se estaban alejando.

Miré mis manos. Brillaban. Un rojo anaranjado vivo se encendía como fuego en mis palmas. Me faltaba el aire. Corrí al patio. Dudaron si seguirme, pero lo hicieron.

Al llegar, el viento soplaba con fuerza solo donde yo estaba.

Las hojas de los árboles giraban sin control.

El cielo, antes celeste, ahora era gris oscuro, casi negro.

Una energía extraña me recorría. No sabía si era yo quien causaba eso, pero lo sentía.

El fuego de mis manos empezaba a extinguirse, pero el aire seguía agitándose.

Me arrodillé en el pasto. Sentía que podía explotar. Quería gritar, liberar todo. Pero no lo hice. Tenía miedo del precio que podría pagar.

Después de unos segundos, me levanté como pude y caminé hacia la puerta trasera. Antes de salir, les hablé sin mirarlos:

—No me sigan. Por favor.

Ellos dudaron. Querían detenerme. Pero al final, me dejaron ir

Luego de aquella discusión, salí corriendo de mi casa.

No sabía a dónde estaba yendo, solo corrí por todo el pueblo hasta llegar a un bosque que no conocía.

El sendero comienza donde termina la última calle del pueblo, con un estrecho camino cubierto de hojas caídas, de un marrón claro que contrastaba con la vegetación.

A su alrededor, se alzaban árboles altos y gruesos, como si hubieran estado allí una eternidad.

Lo curioso era que no sabía de su existencia, lo que los hacía aún más fascinantes.

Entre las ramas, el sol dejaba escapar rayos de luz que se filtraban por los huecos de las hojas, iluminando el camino de una manera especial.

No dudé mucho y decidí caminar por el angosto sendero. Por alguna razón, me empecé a sentir mejor, y pude respirar tranquila. Algo de aquel lugar me daba paz; no sabía si era porque el sol había vuelto a salir o porque el canto sincronizado de los pájaros me envolvía con su melodía.

A mitad de camino, me detuve a descansar.

El cansancio de todo lo que había pasado me pesaba, así que solo miré hacia arriba, suspirando de vez en cuando, y contemplé la hermosa vista que tenía ante mí, pensando si la decisión que había tomado era la correcta.

Estaba tan metida en mis pensamientos que no me di cuenta de que alguien me estaba hablando.

—Emily, ¿estás bien? —me dijo una voz que, al principio, me costó reconocer.

—S-Sí —respondí, girando la cabeza para ver a Remus apoyado en un árbol, mirándome con una expresión serena.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté, aterrizando de nuevo en la realidad.

—Te dije que volvería cuando estuvieras lista para hablar —respondió, como si hubiera leído mi mente. Hubo un silencio incómodo, y no entendía cómo sabía que ya estaba lista—. ¿Ya decidiste qué vas a hacer? —preguntó, rompiendo el silencio.

—Sí —dije, respirando profundo—. Me voy con vos.

Pude notar cómo su rostro se suavizó y una leve sonrisa se dibujaba en su cara. Me sentí aliviada de verlo tan tranquilo.

—Sabía que harías lo correcto —dijo con orgullo, acercándose a mí para darme un abrazo—.

Haremos esto: las clases terminan a principios de julio, así que vendré a buscarte los primeros días de las vacaciones.

Así te muestro todo el lugar y tomaremos clases todo el verano para que no llegues atrasada al nuevo año. ¿Te parece?

—¡Genial! —respondí, con el mismo entusiasmo.

—Perfecto, entonces nos veremos dentro de unos meses —me dijo, guiñandome el ojo antes de alejarse.

—¡Espera! —lo llamé antes de que se fuera, con una mezcla de duda y emoción—. ¿Cuándo exactamente? ¿A qué hora?

—El primero de julio, en este mismo lugar y a la misma hora —respondió. Bajé la mirada un instante, todavía intentando procesar sus palabras, y cuando volví a buscarlo con la vista, ya había desaparecido.

El anochecer comenzaba a caer mientras retomaba mi camino a casa.

Mi mente no paraba de dar vueltas: ¿cómo le iba a contar a mi familia que me iba?

Tenía miedo de sus reacciones, de lo que pensaran de mí.

Pero, por otro lado, estaba emocionada, llena de ansiedad por todo lo que iba a descubrir y aprender en ese lugar.

Al llegar a casa, entré por la puerta del patio, la misma por la que me había ido, evitando la principal.

Cuando entré, vi a toda mi familia, incluidos mis abuelos, sentados en el comedor.

Sus caras reflejaban una mezcla de decepción y preocupación.

Al verme, vi cómo un par de lágrimas comenzaban a caer, especialmente de mi mamá.

—Tenemos que hablar —dije, nerviosa, sin saber bien cómo empezar.

—Antes de que digas algo, queremos que sepas que, con tu madre, siempre te vamos a apoyar en lo que decidas —dijo mi papá, con un tono firme, pero también pude notar el nerviosismo en su voz.

Hubo unos segundos de silencio incómodo. Miré al suelo, buscando las palabras adecuadas.

—Creo que lo mejor para todos es que aprenda a manejar esto, para que no vuelva a pasar lo de esta tarde —comencé, con un nudo en la garganta—.

Y para eso, tendría que irme. No quiero que piensen que esto significa que no los voy a ver más, ni que no vamos a seguir hablando.

Solo creo que es lo que tengo que hacer.

Mi nerviosismo se reflejaba en mi rostro, y la ansiedad se notaba en cada palabra que decía, como si estuviera tratando de justificarme para que no sintieran que no los quería. Mi corazón latía fuerte.

Para mi sorpresa, fue Alex quien se levantó de la silla y me abrazó.

Al instante, sentí un alivio profundo. Cómo era mucho más alto que yo, apoyé mi cabeza en su pecho y no pude evitar soltar algunas lágrimas.

No tardó mucho en sentir otros brazos rodeándome.

Luego, otros más... Terminamos todos abrazados, con lágrimas en los ojos, sin decir nada, solo sintiendo el apoyo mutuo.

Después de unos minutos, alguien rompió el abrazo para seguir hablando.

—¿Cuándo te vas? —preguntó mi mamá, limpiándose las lágrimas.

—El primero de julio —respondí, con la voz algo quebrada—. La idea es irme en vacaciones para poder adaptarme mejor.

Estuvimos hablando un rato más sobre el tema.

A pesar de lo que dolía que me fuera, se notaba que estaban felices por mí, aunque sabían que no sería fácil.

Cuando la noche ya había caído, cada uno se retiró a su habitación, incluidos mis abuelos, quienes esa noche dormirían en la habitación de invitados, que usaban solo de vez en cuando.

Habían pasado unos meses, siete para ser exactos.

Hace unas semanas, le conté a Sean y Camille que este año sería el último en ese colegio.

Para mi sorpresa, se lo tomaron bastante bien.

Creían que era importante que me fuera un tiempo para conocer mi verdadera historia, aunque no sabían gran parte de ella.

Los últimos meses fueron los mejores de mi vida. Mis dos mejores amigos no dejaban de proponerme cosas nuevas para hacer, intentando aprovechar al máximo nuestro tiempo juntos, porque sabíamos que, aunque yo los visitara, nada volvería a ser igual.