Capítulo 4Palabras no dichas
Palabras no dichas
L legué a casa. Por fin, llegué a casa. Como mis padres estaban trabajando, vino mi abuela a cuidarnos. No le di tiempo a nadie de felicitarme ni saludarme: entré directo y subí a mi habitación para darme un largo baño y relajarme… y, finalmente, leer la carta.
Lo último que escuché antes de encerrarme en el baño fue a mi abuela diciéndole a Rose que me dejara tranquila, que necesitaba estar sola. Al oír eso, sonreí, aunque sea por un momento. Por eso la quiero tanto: no sabía lo que me pasaba, pero igual me entendía y me respetaba.
Más tarde, salí al patio trasero. No me animaba a leer la carta, así que me puse los auriculares y le di play a mi banda favorita: AC/DC.
Solo quería desconectarme un rato, dejar que la música me alejara de todos esos pensamientos que me estaban taladrando la cabeza.
Mientras tanto, sentía la brisa en la cara, enrojeciéndome la nariz y los pómulos, y cómo jugaba con mi pelo, llevándolo hacia atrás.
—Emily… soy tu padre —me dijo con una obviedad que me rompió algo por dentro.
No entendía por qué ahora. ¿Por qué había esperado quince años? Mis ojos se llenaron de lágrimas. No sabía qué hacer, ni qué decir.
—N-no… no puede ser. No podés ser mi padre —di unos pasos hacia atrás, agobiada. Era demasiada información de golpe. Un extraño me decía que era mi padre… ¿Cómo se supone que uno debe reaccionar ante eso?
—Se suponía que ya lo sabías. En la carta está todo —respondió.
—No sé de qué carta hablás. Nunca me hablaron de una carta, ni de mis padres, ni de dónde vengo —dije con la voz entrecortada.
—Tomá —dijo, buscando entre sus bolsillos. Sacó una carta en un sobre color hueso, con un sello rojo antiguo—. Léela cuando estés sola —y me la entregó.
—Gra… gracias, supongo —le respondí. Él solo me miró con una leve sonrisa. Yo seguía sin saber qué sentir—. ¿Y después qué? ¿Leo esto y… ya está? —le pregunté, sin despegar la vista del sobre. Tenía demasiadas preguntas y dudaba que una simple carta pudiera responderlas todas.
—Cuando estés lista, voy a volver. Y vamos a hablar.
—¿Cómo que cuando esté lista…?
Pero cuando levanté la vista, ya era demasiado tarde. Se había ido. ¿A dónde? No lo sé. Me di vuelta, lo busqué con la mirada… pero no había rastro de él. Así que simplemente retomé el camino a casa, preocupada y con la cabeza llena. No sabía qué sentir.
No podía dejar de pensar en lo parecidos que éramos. El pelo negro con rulos: sí, muchas personas lo tienen, pero el nuestro era distinto. Ni liviano ni pesado, con volumen justo, rulos que no llegaban a ser muy armados pero tampoco eran simples ondas.
Y después estaban sus ojos. Tan iguales a los míos: color miel, con pequeños destellos dorados, rodeados por pestañas largas.
Además, ese sarcasmo tan natural… tan mío.
Y su gusto por la lectura. A simple vista, éramos parecidos.
Pero aun así, seguía sin poder creer que fuera mi padre.
Y lo que más me dolía: que mis papás me hayan ocultado una carta que decía quién soy y de dónde vengo.
¿Será que ellos tampoco sabían? ¿O me lo ocultaron?
Eran demasiadas preguntas. Y muy pocas respuestas.
Habían pasado unos treinta minutos desde que estaba ahí acostada. La música se había terminado, la brisa también. Poco a poco se oscurecía. Y yo seguía sin tener el coraje de abrir la carta.
Hasta que me decidí. La abrí. No lo pensé. Solo lo hice.
Querida Emily:
Hola, cariño. Si estás leyendo esto, es porque ya sos una pequeña adulta, y no sabés cuánto me gustaría estar a tu lado en este momento. Pero, por desgracia, no puedo.
Sí, ya sé que debes tener mil preguntas y que nada de esto tiene sentido. Pero vayamos paso a paso.
Primero que nada, me voy a presentar: soy tu madre, me llamo Evelyn Stone. Y tu padre se llama Remus Oliver Stone.
Imagino lo que debés estar pensando de nosotros, pero quiero asegurarte que desde el primer momento te amamos con locura. Nunca nos olvidamos de vos. Ni un solo minuto.
Tuvimos que dejarte porque queríamos protegerte. Verás, sos una persona muy especial para nuestro mundo. Dentro tuyo hay un poder extraordinario: tenés la habilidad de controlar los elementos de la naturaleza.
Lo sé porque, cuando apenas eras una bebé, podías conectarte especialmente con el viento. Hacías que pasaran cosas raras en casa…
A esta altura, debés estar mareada. Por eso quiero contarte un poco sobre nuestro mundo.
En distintas partes del mundo, nacen personas con habilidades especiales. No somos magos ni nada por el estilo. Solo somos humanos a los que, por una razón todavía desconocida, se les “enciende” una parte del cerebro que les permite controlar ciertas capacidades.
Sí, ya sé que suena loco. Pero es real. Hace mucho tiempo, se creó un pequeño mundo paralelo, oculto de los humanos. Porque ellos no podían aceptar nuestra existencia. Desde entonces, vivimos en secreto, aprendiendo a controlar y expandir nuestros poderes.
Para eso tus tataras abuelos crearon una gran academia llamada Eulogia Academy , donde ayudamos a personas como vos, mi amor. Si estás leyendo esta carta, es porque llegó la hora: la hora de que nos conozcas, pero, sobre todo, de que te conozcas a vos misma.
Sé que es mucha información y que tal vez no creas todo lo que digo, pero quiero que sepas esto con certeza: siempre confiamos en vos. Y estoy segura de que sos una gran persona, con un poder increíble.
Siempre te vamos a amar, infinitamente.
P.D.: Junto a esta carta te enviamos una foto de los tres, para que siempre nos tengas con vos.
Con amor, mamá y papá.
Terminé de leerla y las lágrimas comenzaron a caer incluso antes de que llegara al final. Me quedé inmóvil, con la carta apretada contra el pecho.
No podía creer que me habían abandonado para protegerme.
¿Y que tenía una habilidad? De pronto, esa conexión que siempre sentí con la naturaleza tenía sentido.
Pensé que era normal, pensé que yo era normal…
y terminé siendo hija de ¿personas con poderes?
Seguía sin entender quiénes eran… o qué era yo.
Tendría que empezar una vida completamente nueva, con padres biológicos que no conocía, en una escuela de habilidades, dejando atrás a mi familia, mis amigos, mi historia. No sabía si estaba preparada. Una parte de mí tenía curiosidad, pero otra sentía miedo.
Mi cabeza no dejaba de hacer preguntas sin respuestas: ¿Por qué Remus tenía la carta que se suponía debía estar conmigo desde siempre? ¿Mis padres adoptivos me la ocultaron? ¿De quién me estaban protegiendo? ¿Y por qué ahora?
Tan perdida estaba en mis pensamientos que me olvidé de que era mi cumpleaños… y en dos horas teníamos la cena familiar. Tratando de hacer una pausa en mi cabeza, me levanté del pasto y volví a casa.
Al entrar, escuché una voz familiar.
—¿Estás bien? —me preguntó Alex con tono preocupado.
—¿Eh? —respondí, aún con la mente en otro lado—. S-sí, perdón.
—¿Segura? Pasaste toda la tarde sola en el jardín.
—Estoy bien, Alex, en serio —intenté sonar convincente.
—Sabés que no podés mentirme, ¿no?
Suspiré. Tenía razón. Me conoce demasiado como para seguir fingiendo.
—Agh… Está bien. Pero vamos a mi habitación, no puedo contártelo acá.
Subimos juntos. Él se sentó en mi cama, y yo me quedé parada. Me miraba con expectativa.
—¿Vas a dejar el misterio o vas a seguir mirándome con cara de espanto?
No dije nada. Solo le alcancé la carta.
—¿Qué es esto?
—Solo leela —me tiré rendida en la silla de mi escritorio.
Minutos después, levantó la vista. Su cara era un espejo de la mía.
—Wow… es mucha información.
—Lo sé.
—¿Cómo la conseguiste? ¿Quién te la dio?
—La carta me la dio Remus… mi padre biológico.
—¿Cuándo? ¿Cómo sabés que era él?
—Hoy, cuando salí del colegio —dije mientras buscaba la foto entre mis cosas—. Esta foto estaba en la carta. Es el mismo hombre que me habló.
Alex miró la foto, después me miró a mí. No sabía qué decir.
—O sea que podés controlar los elementos… es una locura —comentó, alzando los hombros—. ¿Y qué vas a hacer?
Bajé la mirada.
—¿No estarás pensando en no ir, no? ¡Emily! Te están diciendo que tenés poderes y estás dudando…
—¡No lo estoy dudando! Solo… solo que irme implica dejar todo lo que conozco.
—Mirá —suspiró, intentando entenderme—. No me imagino lo que estás sintiendo. Pero creo que tenés que descubrir de qué sos capaz. Tenés que conocer tu historia. Pensalo así: algún día te vas a ir de casa… ¿Qué mejor forma de hacerlo que buscando quién sos?
No llegué a responder. Nuestros padres nos recordaron que debíamos prepararnos para la cena.
—Creo que debemos empezar a cambiarnos —dijo él.
—Sí, tenés razón —contesté, y antes de irse me abrazó.
—Hagas lo que hagas, te voy a apoyar —me dijo antes de salir.
—Gracias —susurré. Me quedé unos segundos procesando todo, pero era imposible. Así que empecé a vestirme.
Elegí un vestido negro corto que marcaba mi cintura, con una campera de jean y botones plateados.
Como accesorios, usé la cadenita que me regaló Sean y unos aritos largos que resaltaban mi cuello.
Me maquillé suavemente: labios rojos como mis borcegos, un delineado delicado y algo de rímel.
El peinado fue simple: media coleta con un pequeño rodete, dejando algunos mechones sueltos.
Siempre fui bastante sencilla. No me gustaba llamar la atención, pero hoy era distinto. Hoy necesitaba sentirme fuerte.
Una hora después llegamos al restaurante. Era hermoso. La alfombra roja nos guiaba hacia un gran salón con mesas alrededor de una pista de baile. Los candelabros colgaban del techo y la mesa que nos tocó estaba decorada con un mantel blanco y un ramo de rosas rojas.
Todo parecía perfecto. Pero yo solo podía pensar en una cosa:
¿Estaba lista para dejarlo todo… e ir a descubrir quién soy realmente?