Capítulo 3El extraño del bosque
El extraño del bosque
E sa mañana me desperté más temprano de lo habitual. El sol apenas asomaba por la ventana y, por algún motivo, sentía una emoción extraña en el pecho. Hice mi rutina de siempre —lavarme la cara, peinarme medio dormida— y bajé a la cocina.
—¡Feliz cumpleaños! —gritaron todos al unísono apenas crucé la puerta. Corrieron hacia mí con sonrisas, regalos y una energía que me desbordó. Me reí, sorprendida, y apenas pude agradecer entre abrazos.
Como era mi cumpleaños, mamá insistió en llevarme al colegio. En el auto, me preguntó mil veces si me sentía distinta por cumplir años, si lo iba a festejar con mis amigos, si ya había recibido algún mensaje. Pero yo solo pensaba en una cosa: tenía que disculparme con Sean.
Apenas llegué, mis amigos se acercaron a felicitarme. Recibí abrazos, sonrisas... pero mis ojos buscaban a alguien más.
—Hey —escuché su voz detrás de mí. Y, de repente, todo mi cuerpo se relajó.
Me giré. Sean estaba ahí, con su sonrisa tímida y una cajita dorada en la mano.
—Feliz cumple —dijo, mientras los demás se alejaban, como si supieran que necesitábamos ese momento a solas.
—Gracias... no tenías por qué —respondí, tomando la cajita.
Hubo un silencio breve, algo incómodo, pero no duró demasiado.
—Perdón —dijimos al mismo tiempo, y los dos nos reímos.
—Sean... —respiré profundo, bajando la mirada—. Perdón. No sé qué me pasó ayer. Te ignoré, después te hablé mal... y vos no te lo merecías, no hiciste nada más que preocuparte y yo...
—Está bien, tranquila. Pensé que te había pasado algo —me interrumpió, mientras me rodeaba con los brazos. Le devolví el abrazo y nos quedamos así, en silencio, como si no quisiéramos soltar ese momento.
—¿No lo vas a abrir? —preguntó de repente, apartándose un poco y señalando la cajita entre mis manos.
Me reí. —Sí, obvio —dije, y me concentré en abrirla. Al ver lo que había dentro, me quedé sin palabras.
—¿Qué, no te gustó? —preguntó con un tono de preocupación.
—¿Qué? ¡No! Me encantó. Es perfecto —dije, mirando el collar. Tenía un dije pequeño con mi inicial y una estrella. Era sencillo, pero hermoso—. ¿Me ayudás? —pedí, dándome vuelta para que me lo abrochara—. Gracias. En serio, no tenías por qué.
No llegué a decir nada más porque el timbre sonó, dando inicio a las clases. Como teníamos las mismas materias, fuimos juntos y pasamos lo que quedaba de la jornada así. Al finalizar, nos separamos: él se fue con unos amigos y yo emprendí el camino a casa, sola.
La tarde estaba oscura, típica de octubre.
No le di demasiada importancia y seguí caminando, hasta que sentí las primeras gotas mojarme el pelo.
Estaba lloviendo. No tenía paraguas, así que aceleré el paso.
Aunque, siendo sincera, prefería mojarme entera antes que volver temprano a casa. No sabía muy bien por qué.
Algo en el aire se sentía pesado, más de lo habitual.
El viento soplaba con más fuerza de lo que debería.
Estaba tan concentrada en mis pasos que no me di cuenta de inmediato.
Pero, de repente, lo supe. Alguien me seguía.
No pude ver a nadie, pero lo sentía. Mi intuición nunca falla.
El miedo me invadió. Crucé la calle y me metí en el parque del pueblo, un atajo que, en ese momento, creí una buena idea.
Grave error.
El parque estaba vacío. La tormenta no ayudaba: truenos, viento, ramas que crujían, hojas que bailaban como locas. Se oscurecía más rápido de lo normal. Sentía que el viento me silbaba al oído, como si intentara empujarme hacia atrás. Todo me decía que no siguiera. Pero lo hice.
Algo en mí comenzó a sentirse extraño. Como si la naturaleza misma estuviera alertándome, diciéndome que no era una buena idea.
El viento, que siempre me había acompañado como una caricia, ahora me parecía hostil, agresivo.
Empujaba contra mí, como si me estuviera frenando, como si no me dejará avanzar.
Mi respiración se aceleró, y un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Un rayo iluminó el cielo, seguido de un estruendoso trueno, y algo dentro de mí, algo que no entendía, reaccionó.
Mis manos comenzaron a vibrar. Miré mis dedos y vi que el aire alrededor de ellos parecía distorsionarse, como si fuera una pequeña llamarada invisible.
El viento se intensificó, pero no era el mismo viento de antes.
Este me rodeaba, lo sentía como parte de mí.
Tratando de calmarme, extendí las manos hacia los costados.
Un intento inútil. Era como si el aire me obedeciera, pero no a mí.
Una ráfaga de viento más fuerte giró a mi alrededor, levantando las hojas del suelo, golpeando las ramas de los árboles.
Sentía mi pulso acelerado, la electricidad en el aire me envolvía, pero no podía detenerme.
Algo me empujaba hacia adelante, como si fuera incapaz de controlar mi cuerpo.
La sensación de miedo creció. Me sentí invadida por algo muy ajeno, algo que no podía controlar.
Entonces lo vi.
Era un hombre alto, de casi un metro ochenta.
Vestía ropa poco común: un saco negro largo hasta las rodillas, camisa azul eléctrica metida en un pantalón negro ancho, ajustado con un cinturón marrón del que colgaban unos tirantes con detalles azules.
Elegante. Llevaba anteojos redondos, una barba finamente recortada y el pelo lleno de rulos negros que caían por sus hombros.
Usaba un sombrero alto de copa. Estaba apoyado en un árbol, leyendo un libro antiguo, con las hojas arrugadas y amarillentas.
No le di importancia. Seguí caminando. Hasta que su voz me detuvo.
—Pensé que tus padres te habían educado mejor como para no saludarme, Emily.
Me paralice. ¿Cómo sabía mi nombre? ¿Quién era ese hombre?
—¿Cómo sabés mi nombre? —pregunté, sin pensar. Sabía que no debía hablar con desconocidos, pero algo en su tono me obligó a quedarme. Algo en mí me decía que tenía que escucharlo.
—Ouch. Voy a fingir que no me dolió eso —respondió, haciendo una mueca de dolor. Me sacó una sonrisa. No sabía por qué, pero su forma de hablar, sarcástica y tranquila, me relajaba. No me sentía amenazada. Era como si ya lo conociera.
Cuando levantó apenas la mirada, vi sus ojos. Miel, con destellos dorados. Iguales a los míos. Pocas personas los tienen así. Fue extraño... pero me sentí cómoda. Sabía que no me iba a hacer daño. ¿Por qué? No lo sé. Llámenlo intuición.
Me invadió una sensación extraña, como si una parte de mí lo reconociera, aunque mi mente gritara lo contrario. Era ese tipo de presentimiento que no se puede explicar, solo se siente. Mi corazón latía tan fuerte que creía que él podía escucharlo.
De repente, una ráfaga de viento pasó entre nosotros, más fuerte que antes, y las hojas comenzaron a girar como un torbellino.
Miré mis manos, y noté que las pequeñas llamaradas invisibles en mis dedos parecían moverse con la fuerza del viento.
Intenté detenerlo, pero el aire no me obedecía.
El viento seguía girando alrededor mío, levantando pequeñas ramas y chispas de hojas. Sentí calor en las palmas.
—¿Qué me está pasando? —murmuré, sin darme cuenta.
El hombre observó mi reacción y sonrió levemente.
—Tranquila. Ya va a pasar —dijo, su voz más calmada que nunca, aunque en sus ojos brillaba una chispa de preocupación.
—¿Por qué está pasando esto? —pregunté, mis palabras saliendo entrecortadas, con el corazón aún latiendo rápido en mi pecho.
—Porque estás comenzando a despertar.
Mi corazón se aceleró aún más. ¿Despertar? ¿Qué significaba eso?
—¿Despertar qué? —pregunté, sintiendo cómo el viento comenzaba a calmarse lentamente, como si todo alrededor mío también estuviera esperando una respuesta.
Las gotas caían todavía, suaves, pero yo ya no las sentía. Sentía calor en las mejillas. ¿Estaba por llorar?
—No respondiste mi pregunta —dije, apenas en un susurro, con la garganta seca.
Él me miró entre serio y preocupado.
—Se supone que sabés quién soy.
—¿D-de qué estás hablando? ¿Y por qué debería conocerte? —pregunté, confundida.
—Porque fui yo quien te dejó, junto con tu madre, en aquella iglesia. Cuando tuvimos que abandonarte.
Mi cuerpo se tensó. El aire se me fue de los pulmones. La lluvia cada vez era más fuerte, el viento soplaba con más y más fuerza.
¿Qué...? No. No podía ser. Esto no estaba pasando. Mi cabeza explotaba en mil pensamientos. Y todos me llevaban a la misma y absurda conclusión.
Una imagen cruzó mi mente: una voz suave cantándome una canción de cuna, una mano acariciando mi pelo… algo muy lejano, casi olvidado.
—¿Emily, estás bien? —preguntó, con tono preocupado, clavando los ojos en mí.
—S-sí. Creo. Solo... no entiendo. ¿Por qué sabés tanto? ¿Quién sos?
Él dio un paso hacia mí.
—Emily... soy tu padre.
El mundo se detuvo.