Capítulo 2La tormenta antes del día
La tormenta antes del día
M e levanté temprano, como todos los días. Me preparé, me cambié y bajé a desayunar. Faltaban solo veinticinco minutos para que empezaran las clases, y como siempre, no estaba lista. Era bastante normal en mí ser impuntual.
Terminé de alistarme y justo entonces llamaron a la puerta. Era Sean, mi mejor amigo, esperándome con su bicicleta. Me despedí de todos y salí rumbo al colegio.
—¿Cómo estás para mañana? ¿Nerviosa, emocionada, ansiosa, nerviosa? —dijo con entusiasmo.
Me reí al ver lo entusiasmado que estaba por mi cumpleaños.
—Dijiste dos veces “nerviosa”, pero no sé de qué hablás. ¿Qué pasa mañana? —Sabía perfectamente a qué se refería, pero no era un tema que me gustara.
—¿Hablás en serio? ¡Mañana cumplís dieciséis!
—Ah... eso. —La verdad, nunca entendí por qué tanta emoción por los cumpleaños. Para mí, solo era un día más.
—¿Cómo que “ah... eso”? —me imitó con burla, y reí un poco.
—¿No te pone contenta cumplir años? ¿O pasa algo más?
Claramente en ese momento no me pasaba nada... pero tampoco sabía todo lo que me esperaba.
—Sí, pero no me emociona. Es solo un día en que la gente te dice “feliz cumpleaños” por compromiso.
—¿Por compromiso? Ni tus papás, ni tus abuelos, ni tus hermanos, ni yo te decimos “feliz cumpleaños” por compromiso —dijo, ofendido, haciendo énfasis en el “ni yo”.— Y no me contestaste si pasa algo más.
No respondí. No porque me olvidé, sino porque preferí evitarlo.
—Ya sé, no quise decir eso...
No llegué a terminar la frase porque llegamos al colegio y tuvimos que dejar las bicicletas.
—Entonces, ¿qué quisiste decir? —me interrumpió, haciéndome un gesto con la cabeza para que lo siguiera y entramos.
No pude contestarle. Nuestros grupos de amigos nos arrastraron a lados completamente distintos. Él, con los populares del colegio: sus compañeros del equipo de fútbol americano. Sean es el capitán. Por eso —y otras razones— no pertenecemos al mismo grupo. Y estamos bien con eso.
Creo que la mejor decisión que tomé en la secundaria fue sentarme al lado de Camille. Las dos éramos igual de antisociales. Nos gustaba el silencio, la música, las buenas charlas y, de vez en cuando, filosofar sobre la vida a las 4 de la mañana.
¿Y por qué soy tan amiga de Sean, siendo tan distintos?
Desde que me adoptaron, a mis cuatro años, fuimos vecinos casi toda la vida.
Nuestras familias se llevaban tan bien que todos los domingos almorzamos juntos.
Hace un año se mudaron a tres cuadras, y aunque Sean y yo seguimos igual de unidos, nuestras familias perdieron un poco la rutina de verse tan seguido.
Mientras lo veía alejarse con su grupo, no podía evitar preguntarme cómo dos personas tan diferentes podían ser mejores amigos.
Sean lo tenía todo: era popular, capitán del equipo, con ese pelo marrón despeinado que le quedaba ridículamente bien y esos ojos verdes que cambiaban de color según la luz. Demasiado perfecto para ser mi amigo.
—¡Emily! —Una voz me sacó de mi ensimismamiento. Me había quedado mirando hacia la dirección de Sean como una tonta.
—¿Qué? —dije, con un poco de vergüenza.
—¿Dónde estás? Parecés enamorada —dijo Camille riendo, y el resto la siguió.
—Ay, por favor, Camille, ¿qué decís? —contesté molesta.
—Mmm, a mí no me podés mentir... pero bueno, cualquier cosa que te deje dormir —dijo y se fue al aula justo cuando sonó el timbre.
Odiaba que me molestara con Sean. Realmente éramos solo amigos. Nunca nos confundimos, ni pasó nada. Y tampoco iba a pasar. ¿Tan difícil es creer que un chico y una chica pueden ser solo amigos?
—Llega diez minutos tarde, señorita Stone —me dijo el profesor de matemática al verme pasar. Intentaba entrar desapercibida, sin éxito.
—Sí, lo siento. No volverá a ocurrir —respondí abrumada. Ser impuntual es de las cosas que más odio. Y sentir todas las miradas encima no ayudaba.
—Eso espero. Vaya a sentarse.
Caminé por los pasillos entre pupitres sintiendo cómo un fuego interno de vergüenza subía por mi cuerpo. Me sudaban las manos, estaba roja como un tomate, y apenas podía respirar. Nunca un trayecto me pareció tan largo como llegar a mi asiento.
La clase siguió, pero yo no me podía concentrar. La voz del profesor se fue volviendo un ruido lejano, hasta que solo escuchaba mis propios latidos. Todo se me empezó a nublar. Hasta que la voz de Sean me trajo de vuelta.
—Oye, ¿pasó algo? ¿Estás bien? —preguntó con preocupación.
—Si digo que no-no... no pasó nada, tranquilo.
—¿Segura?
—S-sí. Está todo bien —respondí, aunque no lo convencí. Pero no insistió más.
Apenas terminó la clase, fui la primera en salir.
Solo quería estar en mi habitación, sin que nadie me hablara.
Apenas sonó la campana del final del día, agarré mi bicicleta y me fui lo más rápido que pude.
Pero a las tres cuadras, Sean apareció de la nada, lo que provocó que me cayera y me hiciera un rasguño en la rodilla.
—¡Perdón! No quería asustarte —dijo al verme en el piso—. ¿Estás bien?
—¡Me acabo de caer de la bicicleta! ¡No podría estar mejor! —respondí con sarcasmo. Su cara se puso seria.
—Puedo sola, no necesito tu ayuda —dije, aunque ni yo sabía por qué lo estaba tratando así. No había hecho nada malo, y verle la cara de culpa me mataba... pero mi orgullo también.
—No es mi culpa. Me ignoraste todo el día —dijo, herido. Genial, ahora era mi culpa. Claramente lo era. Pero no iba a admitirlo.
—¿Y eso te da derecho a asustarme y hacer que me caiga? —le grité.
Hubo un momento completamente incómodo mientras yo me levantaba y me volvía a subir a la bicicleta, un poco dolida por la rodilla.
—¿Te hice algo?- su voz de preocupado y triste hizo que me calmara un poco.
—No —suspiré—. Perdón, pero ahora no quiero hablar con nadie, ¿sí?
Le di un beso en la mejilla, agarré mi bicicleta y seguí rumbo a casa.
Cuando cerré la puerta de casa, solté un largo suspiro. Había sido uno de los peores días del año. Desde la clase de matemática no pude volver a concentrarme. Me sentía mal. Rara. Inexplicablemente rara.
—¿Cómo estuvieron las clases? —preguntó la voz cálida de mi abuela.
—Bien... supongo. Solo estoy cansada. ¿Te molesta si subo a mi cuarto? Quiero estar sola un rato.
—Claro que no, cariño. Les diré a los chicos que no te molesten.
—Gracias, abuela. Te quiero —le dije, y ella me guiñó un ojo antes de volver al comedor.
Pasé todo el día encerrada en mi habitación. Apenas me tiré en la cama, boca abajo, empecé a replantearme toda mi vida. Después de una hora de pensar de más, decidí que era momento de escuchar música.
Fui a buscar el parlante con mejor volumen. Me encanta poner la música tan fuerte que te empieza a doler un poquito la cabeza.
Pero no.
SIN BATERÍA.
El parlante se había quedado sin carga. El universo definitivamente no estaba de mi lado.
Aburrida, me puse a elegir la ropa para mañana.
Ya sé que dije que no me emociona mi cumpleaños (y sigo pensando lo mismo), pero me gusta arreglarme.
Eso me llevó casi dos horas. Después leí un rato más, cené con mi familia y, cuando me di cuenta, ya eran las diez de la noche. ¿En qué momento pasó el día?
Hice mi rutina de noche, me acosté y terminé el capítulo del libro que había empezado.
Ya estaba por quedarme dormida cuando el celular se iluminó. Un mensaje de Sean.
“¿Seguís enojada conmigo?”
No respondí. Pero unos segundos después, empezó a sonar. Me estaba llamando.
—¿Hola? —dije con voz cansada.
—Sabía que ibas a atender —respondió él, y su tono me hizo sonreír un poco.
Hubo un silencio corto.
—Perdón por hoy. Me preocupo por vos, Em.
—Ya lo sé. Perdón por...
—¿Sabés qué creo?
—¿Qué?
—Que hoy va a ser un gran día, feliz cumple Em.- Aparentemente se habían hecho las doce de la noche, oficialmente era mi cumpleaños,
—Ojalá tengas razón —susurré cansada.
Y no sabía que la tenía... pero no por las razones que él creía.