Eco de los cuatro elementos
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Capítulo 1Ecos del Silencio
Ecos del Silencio
No sé por qué decidí escribir todo esto justo ahora, pero tal vez sea porque me siento más sola que nunca.
Me llamo Emily Stone, y esta es la historia de cómo llegué hasta acá.
Crecí en un pueblo llamado Winchester, en Inglaterra.
Es un lugar pequeño, donde todos los vecinos se conocen y saben demasiado de la vida de los otros.
El pueblo gira alrededor de su plaza principal, rodeada por una cafetería, una librería, una única escuela, una heladería, algunos locales de ropa...
y no mucho más. Sencillo. Tranquilo. Familiar.
Siempre me contaron la misma historia: una iglesia blanca, una campana dorada, una boda interrumpida por una nena de cuatro años aferrada a una manta gastada. Esa nena era yo.
Aquel 31 de octubre, el día de mi cumpleaños, alguien me dejó en la entrada de la iglesia mientras se celebraba la boda de Meredith y Joseph Slatter.
Cuando terminó la ceremonia, los invitados salieron junto a los novios y se encontraron conmigo, una niña de apenas cuatro años, sola en las escaleras.
Meredith fue la primera en acercarse. Me alzó con delicadeza mientras Joseph miraba en todas direcciones, buscando a alguien que pudiera haberme dejado allí. Pero no había nadie. Nadie preguntando por mí. Nadie regresand o. Solo yo, envuelta en una manta.
Dicen que cuando me miraron a los ojos, sintieron una conexión tan fuerte que supieron, sin dudar, que a partir de ese momento yo iba a ser su hija. Su pequeña Emily.
Siempre supe que soy adoptada. Mis papás decidieron nunca ocultármelo, y eso creó una relación basada en la sinceridad.
La verdad es que nunca sentí curiosidad por saber quiénes eran mis padres biológicos.
O eso creía. Sabía quién era: soy Emily, hija de Meredith y Joseph, las personas que me dieron un hogar y cambiaron mi vida.
A veces me preguntaba por qué nunca me habían cambiado el nombre o el apellido. ¿Cómo sabían cómo me llamaba? Era una duda que aparecía de vez en cuando, pero que siempre dejaba pasar.
Cuando decidieron adoptarme ya tenían un hijo de tres años: Alex Slatter. Era el hijo biológico de Meredith y Joseph, y aunque al principio me costó adaptarme, con el tiempo nos volvimos inseparables.
Lo defendía cuando lo molestaban en la escuela, aunque a él no le gustara. Me era imposible quedarme de brazos cruzados. Nadie podía meterse con mi hermanito.
Dejamos de pelearnos por cosas triviales y empezamos a compartir los mismos gustos: los mismos libros (aunque él prefiere los policiales y yo los de romance), la misma música (somos fanáticos del rock, sobre todo de AC/DC y KISS) y y todos esos secretos que solo se confiesan entre hermanos.
Dos años después, llegó una nueva integrante a la familia: Rose Slatter.
Mi relación con ella es diferente. Linda, sí, pero no tan profunda como con Alex. Compartimos habitación casi toda la infancia, y eso nos obligó a aprender a convivir. Pasábamos tardes jugando con sus muñecas, inventando historias y riéndonos por tonterías.
Pero había algo que me incomodaba: desde muy pequeña, Rose empezó a notar que no me parecía a nadie. Me hacía preguntas incómodas que se volvieron aún más persistentes cuando le contamos que era adoptada. Su curiosidad se multiplicó.
Una noche, estábamos cenando con nuestros abuelos, en silencio, viendo las noticias, cuando la voz de Rose cortó la calma como un rayo.
—¿Y por qué no te quisieron? —p reguntó, sin filtro, como si hablara del clima.
Me quedé helada. No supe qué decir.
—S upongo que... no me querían —d ije finalmente, sin mirarla.
—S uficiente —i nterrumpió el abuelo con voz firme, cortando el aire como un cuchillo —.
No sabemos por qué la dejaron, y aunque lo supiéramos, no importaría.
Gracias a ellos tenemos una fabulosa nieta, y tú, señorita, una increíble hermana.
Así que dejémonos de interrogatorios y cenemos en silencio.
Con el tiempo me acostumbré a sus preguntas. Me incomodaban, pero sabía que no lo hacía con maldad. Al fin y al cabo, era solo una nena curiosa.
La relación con mis abuelos siempre fue muy especial. De chiquita, cuando mis papás no podían ir a buscarme al colegio por trabajo, eran ellos los que me pasaban a buscar, me compraban algo rico y pasábamos la tarde juntos.
Cuando crecí, dejamos de vernos todos los días, pero nunca faltaban los almuerzos de los domingos. A veces en nuestra casa, otras en la suya. Después del almuerzo, pasábamos la tarde leyendo, tomando el té, jugando a las cartas o mirando algún partido.
Y por último, aunque no menos importante, están mis papás.
Siempre agradecí que fueran honestos conmigo desde el principio. Nunca sentí que me ocultaran nada... aunque, a veces, había algo. Una mirada. Un silencio. Una pausa antes de responder ciertas preguntas.
Pensé que era solo mi imaginación.
Pero no lo era.
Y cuando la verdad salió a la luz... ya era demasiado tarde.