Eclipse Eterno Capítulo 13 La danza forzada.
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Capítulo 13 La danza forzada.

El zumbido de los motores de repulsión pesada anuló el tintineo de la chatarra en el cañón.

La niebla estática del norte se rasgó de golpe, dejando al descubierto tres naves de asalto de la Guardia de Élite que descendían en formación de triángulo cerrado.

Vora no había enviado exploradores; había enviado a sus verdugos.

—¡Al suelo! —gritó Cael, tacleándome detrás de una enorme placa de titanio oxidado de una vieja excavadora minera.

Un milisegundo después, el cañón se iluminó con ráfagas de luz blanca.

Los rifles de supresión de frecuencia pesada abrieron fuego, desintegrando las rocas y fundiendo el metal a nuestro alrededor.

No eran disparos normales, cada pulso que impactaba cerca succionaba el aire y enviaba una onda de choque grisácea que entumecía mis canales de plasma.

—Tienen el perímetro cerrado, juguito —dijo Cael, revisando el cargador de su arma corta mientras la estática enemiga hacía parpadear la mira holográfica—. Son doce soldados en tierra y las naves cubriendo el cielo. Si nos quedamos aquí, nos van a flanquear por los lados del desfiladero.

—No me voy a quedar quieta —respondí, sintiendo el miedo transformarse en una vibración fría que subía por mi columna.

Me asomé por el borde de la chatarra. Cuatro soldados de la Directiva avanzaban en perfecta sincronía, con sus armaduras de sílice blindada brillando bajo el cielo violeta y sus máscaras de metal reflejando los destellos del Eclipse.

Sus movimientos eran mecánicos, precisos, implacables.

Una danza forzada de muerte donde nosotros éramos las presas acorraladas.

—Yo los distraigo, tú golpeas los flancos —ordenó Cael, cruzando una mirada rápida conmigo. No había espacio para la duda en sus ojos grises, era el soldado en su elemento puro—. Muévete ahora.

Cael salió de la cobertura rodando por el suelo, disparando tres pulsos precisos que impactaron en el escudo térmico del soldado de vanguardia, haciéndolo retroceder.

La Guardia de Élite concentró su fuego en él, desatando un infierno de detonaciones electromagnéticas.

Aproveché el segundo de distracción. Me impulsé hacia adelante, dejando que el plasma violeta inundara mis piernas para ganar velocidad.

Crucé el muelle de chatarra como un rayo borroso.

Al llegar al flanco de los dos soldados traseros, salté sobre el capó de un vehículo destruido y liberé dos látigos de energía pura desde mis manos.

Los látigos impactaron en los sistemas de soporte de sus armaduras. El plasma devoró los supresores de frecuencia, provocando una sobrecarga que los obligó a caer de rodillas, con los circuitos internos de sus trajes soltando chispas ahogadas.

Pero la Guardia de Élite estaba modificada genéticamente, uno de ellos, ignorando las quemaduras en su piel, extendió el brazo y me tomó del tobillo con una fuerza descomunal.

El contacto directo con el sílice de su guantelete activó un drenaje biológico. Sentí cómo mi energía era succionada violentamente, haciéndome caer al suelo de rodillas mientras una oleada de debilidad me nublaba la vista.

—¡Suéltala! —el rugido de Cael fue acompañado por el sonido seco de su bota impactando contra el casco del soldado.

Con un movimiento fluido, Cael le encajó un cuchillo de vibración en la juntura del cuello, neutralizándolo al instante.

Me tomó de la mano y me levantó, pero estábamos en el centro del claro, expuestos, y los otros seis soldados ya nos tenían en la mira de sus rifles pesados.

Las naves en el cielo encendieron sus focos térmicos, fijándonos en el suelo como insectos en un tablero de laboratorio.

A nuestro alrededor, en las sombras de las cuevas, la Legión de los Rotos observaba la carnicería en un silencio sepulcral. Sus cuerpos deformes vibraban en sintonía con las explosiones de plasma, atrapados entre el terror a la Directiva y el resentimiento hacia nosotros.

Un oficial de la Guardia de Élite dio un paso al frente, levantando su arma cargada con un pulso de extracción de alta intensidad, apuntando directo a mi pecho.

La danza forzada estaba llegando a su fin, y el tablero del norte amenazaba con cerrarse sobre nosotros antes de que pudiéramos alcanzar el epicentro del reinicio.