Capítulo 12 La legión de los rotos.
El transporte ligero de reconocimiento se sacudía con violencia mientras Cael lo obligaba a descender a través de una densa capa de niebla estática.
Habíamos dejado atrás la nave de carga con Wyton y el resto del grupo, cumpliendo la promesa de arrastrar la atención de la Directiva hacia los desfiladeros del este.
Pero el clima del norte no tenía piedad; las corrientes electromagnéticas golpeaban el fuselaje como latigazos invisibles, haciendo que los indicadores de energía bajaran peligrosamente.
—Tenemos que aterrizar, Kley —dijo Cael, peleando con los mandos manuales mientras sus nudillos se tornaban blancos por el esfuerzo—. Si seguimos forzando los propulsores en esta altitud, el plasma del ambiente nos va a freír los circuitos antes de que Vora envíe su primer caza.
—Hazlo donde puedas —respondí, pegando la frente al cristal reforzado.
Abajo, el paisaje era desolador. No había árboles de cristal ni búnkeres de alta tecnología.
Era un páramo de roca gris y chatarra oxidada, un cementerio de naves y antiguas colonias mineras abandonadas tras el primer Pulso.
Cael niveló la nave y la hizo descender con un golpe seco en mitad de un cañón profundo, protegido del viento helado por inmensas paredes de piedra erosionada.
Al abrir la compuerta, el aire que entró no solo sabía a ozono; sabía a enfermedad, a combustión estancada y a desesperación. Nos adentramos a pie en los restos de la colonia, buscando un refugio temporal para capear la tormenta electromagnética. Fue entonces cuando los vimos.
No eran soldados de la Vanguardia ni agentes de la Directiva. Eran sombras.
De las estructuras de metal retorcido y de las cuevas excavadas en la roca comenzaron a salir decenas de personas.
Hombres, mujeres y niños envueltos en harapos térmicos y capas deshilachadas.
Pero lo que nos hizo retroceder y activar el seguro de nuestras armas no fue su aspecto andrajoso, sino sus cuerpos. Estaban rotos.
Eran las víctimas colaterales de la radiación cuántica, aquellos cuyos organismos no habían podido asimilar el plasma, pero tampoco habían muerto en el intento.
Algunos tenían los brazos cubiertos por costras de sílice gris que les inmovilizaban las articulaciones, otros dejaban ver venas expuestas que brillaban con un flujo intermitente, errático y doloroso, quemándoles la piel desde dentro.
Sus ojos eran cuencas apagadas, desprovistas de la sintonía dorada de Wyton o del destello violeta que me dominaba a mí.
Eran la legión de los rotos, los desechos vivientes de un planeta en ruinas.
—Atrás, Kley —murmuró Cael, dándose la vuelta a medias y colocándose sutilmente delante de mí, con la mano firme en la culata de su arma de pulsos—. No tienen buena cara y no creo que tengan muchas ganas de recibir visitas.
Una mujer vieja, con la mitad del rostro endurecida por filamentos de cristal oscuro, dio un paso al frente. Nos miró, y cuando sus ojos se posaron en mí —en la energía violeta que aún bailaba débilmente alrededor de mis dedos—, una mueca entre el odio y la adoración cruzó sus labios agrietados.
—La conductora… —siseó la anciana, y su voz sonó como piedras arrastradas por un río—. La chispa original de Elena. Viniste a ver tu obra, ¿verdad?
—Yo no les hice esto —respondí, sintiendo que un frío horrible me recorría la columna, un eco de la culpa que atormentaba a mi madre.
—Tu existencia nos hizo esto —escupió un hombre joven desde el fondo, mostrando un brazo deformado por la estática—.
Cada vez que tu plasma late, la Falla se tensa.
Nos usan como amortiguadores biológicos invisibles.
La Directiva nos desecha por defectuosos, la Vanguardia nos quiere purgar para limpiar la especie, y tú…
tú solo juegas a salvarte mientras nosotros nos convertimos en piedra.
Cael dio un paso al frente, con la mandíbula tensa y los ojos grises destilando una peligrosa advertencia militar.
—Escúchenme bien, malditos desgraciados —rugió Cael, y su voz rebotó en las paredes del cañón con una autoridad implacable—.
Ella ha pasado toda su vida encerrada en una jaula de cristal porque los mismos monstruos que los abandonaron a ustedes la querían usar de batería.
No elegimos este norte, no elegimos el Proyecto Spark y no elegimos que el cielo se volviera violeta.
Así que, si quieren culpar a alguien, esperen a que las naves de Vora aterricen en este muelle, porque vienen en camino. Pero a ella no la van a tocar.
El silencio volvió a caer sobre el cañón, espeso y cargado de una tensión que amenazaba con estallar.
Los rotos nos rodearon, atrapados entre el dolor de sus cuerpos deformes y la cruda verdad de las palabras de Cael.
Estábamos en el epicentro de la miseria del mundo, y por primera vez, comprendí que ganar esta guerra no significaba solo destruir a la Directiva; significaba decidir qué iba a pasar con la Legión que se desangraba en las sombras mientras nosotros buscábamos el reinicio.