Capítulo 11 La separación necesaria.
Tenían razón, pero por las razones equivocadas. La fractura no la estaban provocando ellos, la estaba provocando lo que yo era. Las palabras de mi madre aún resonaban en mi mente: Eres el pararrayos biológico que mantiene el mundo unido.
—Cael tiene razón —dije, y tragar saliva me dolió como si tuviera cristales en la garganta—. No podemos seguir corriendo en manada. Vora tiene mi firma genética y no se va a detener. Si se quedan conmigo, los destruirá a todos.
—Kleisy, no… —susurró Wyton, dando un paso ciego hacia mí, extendiendo una mano que temblaba.
—Es la única forma, Wyton —lo detuve, retrocediendo un paso para evitar el contacto, doliéndome por el vacío que eso significaba—.
Sofi, Dante, Mirena… preparen la nave de carga principal.
Lleven a Wyton y a Betsy hacia el muelle seguro del sur.
Crucen la línea de la Falla mientras la Directiva tiene los ojos puestos en el norte.
—¿Y tú? —preguntó Dante, ajustando la correa de su rifle, mirándome con un respeto sombrío.
Miré de reojo a Cael, quien asintió levemente con la cabeza, asumiendo su posición a mi lado sin necesidad de que se lo pidiera. Él era la tormenta; yo era la chispa.
—Nosotros tomaremos un transporte ligero de reconocimiento —respondí, fijando la vista en el horizonte violento que se extendía más allá de los cristales—.
Atraeremos la atención de la Guardia de Élite hacia los cañones del este.
Nos separaremos aquí. Es la única forma de que alguno de nosotros llegue vivo al reinicio.
Wyton me miró por última vez, y en el fondo de sus ojos miel vi el reflejo de la profecía que tanto temía: la separación de los caminos, el colapso de las tres fuerzas en el muelle.
No hubo abrazos ni despedidas largas. El tiempo se había agotado y el rugido de las naves de la Directiva aproximándose por el norte nos obligó a movernos.
La fractura era un hecho, y el grupo que había desafiado a la Aguja quedaba dividido en dos, volando hacia destinos inciertos bajo el manto del Eclipse Eterno.