Eclipse Eterno Capítulo 10 La fractura del grupo.
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Capítulo 10 La fractura del grupo.

Salimos del conducto asfixiante e irrumpimos en la sala de mando del muelle inferior.

El espacio era amplio, flanqueado por ventanales reforzados que daban a las plataformas de despegue donde los transportes auxiliares juntaban polvo.

Sofi corrió de inmediato a la consola principal, golpeando el teclado para reactivar los sistemas de navegación mientras Dante y Mirena se apostaban en los accesos, con las armas listas para cualquier sorpresa.

—Los sistemas de eyección y las naves ligeras están operativos —anunció Sofi, sin apartar los ojos de la pantalla—, pero la Directiva acaba de cerrar el espacio aéreo sobre las Montañas Prohibidas.

Si despegamos todos juntos en la nave de carga, seremos un blanco gigante para sus cazas.

Nos derribarán antes de cruzar la frontera del norte.

—Entonces no nos iremos juntos —dijo Cael, apoyándose en la mesa de control con una frialdad que heló el ambiente—. Es pura matemática militar. Vora viene por el Proyecto Spark, viene por el prototipo original. Si Kleisy vuela en una dirección y el resto en otra, dividiremos sus fuerzas.

—¿Estás sugiriendo que la dejemos sola? —saltó Betsy, dando un paso al frente con indignación.

—Sugeriría que pienses con la cabeza por una vez, niñita —escupió Cael, clavando sus ojos grises en ella—. Si nos quedamos pegados a ella como una maldita fila de patos, moriremos todos. Kley necesita moverse rápido, sin lastres.

—No eres tú quien decide quién es un lastre, Cael —intervino Wyton.

Su voz, aunque físicamente débil por el desgaste del grillete, arrastraba una vibración profunda, mística y tajante.

Se enderezó, apartándose de la barandilla donde se apoyaba, y miró al soldado con un desprecio sordo—.

Tu único mapa es la violencia y la huida. No entiendes lo que está en juego aquí.

El camino de Kleisy no es una retirada táctica, es el cumplimiento de un equilibrio. Si nos separamos ahora, no solo rompes el grupo, rompes la frecuencia que la mantiene estable.

—¡Tu maldita frecuencia casi hace que te desmantelen en el puesto avanzado!

—le rugió Cael, acortando la distancia y plantándose a centímetros de Wyton, con los puños cerrados—.

Tu luz se está apagando, profeta. Ya ni siquiera puedes tocarla sin absorber su estática.

Lo que tú llamas equilibrio es solo un martirio místico que la va a matar.

Yo la mantengo viva, tú solo le pides que se sacrifique por un mundo que la diseñó como un repuesto.

—¡Basta! —mi grito cortó el aire, cargado de una descarga involuntaria de plasma violeta que hizo parpadear los monitores de Sofi.

Ambos se callaron, volviéndose hacia mí.

El silencio en la sala de mando se volvió denso, pesado, roto solo por el zumbido de los motores auxiliares que terminaban de cargarse en el muelle exterior.

Miré a Wyton, cuyos ojos miel reflejaban una tristeza absoluta, la certeza de una distancia que ya no podíamos acortar.

Luego miré a Cael, con su mandíbula apretada y esa furia protectora que, aunque cruda, nos había salvado el pellejo.