Capítulo 9 El eco del vacío.
El estallido del núcleo central del modulador desató una reacción en cadena que el búnker no estaba preparado para contener.
Las placas de sílice del techo comenzaron a agrietarse, desprendiendo una lluvia de polvo blanco y astillas afiladas que tintineaban contra el suelo inundado.
El cuerpo inerte de Vera quedó atrás, hundiéndose lentamente en el líquido amniótico violeta, mientras las alarmas de la instalación pasaban de un pitido intermitente a un aullido sordo y continuo.
—¡Tenemos que movernos ya! —rugió Cael, agarrándome del brazo para ponerme en pie mientras recuperaba su arma del suelo—. El cortocircuito está bloqueando los cierres hidráulicos. Si no salimos de este sector en dos minutos, nos convertiremos en parte del decorado fósil de Elena.
—¿Mamá? —busqué con la mirada entre el humo y las chispas, pero mi madre ya se había replegado hacia la terminal trasera, tecleando con una desesperación ciega en un intento inútil de salvar los datos del Proyecto Spark.
—¡Kley, no hay tiempo! —la voz de Sofi llegó cargada de pánico desde el umbral de la puerta—. El sistema de ventilación está invirtiendo el flujo. Está succionando el aire de los niveles inferiores. ¡Nos vamos a asfixiar!
Dante y Mirena se adelantaron, flanqueando a Sofi para mantener despejada la vía de escape, mientras Betsy ayudaba a Wyton a mantenerse firme.
Wyton respiraba con dificultad, con el rostro pálido y la mano presionando su pecho, donde los efectos colaterales de la supresión de la Vanguardia aún hacían mella en su energía.
Nos adentramos en el túnel de evacuación secundario, una garganta estrecha de metal y roca viva que descendía hacia las entrañas de la montaña.
La oscuridad era casi total, rota únicamente por los destellos intermitentes de mi propio plasma, que reaccionaba de forma errática a la presión del entorno.
A cada paso que dábamos, el eco de las explosiones en la Cuna resonaba detrás de nosotros, como los pasos de un gigante de metal que nos perseguía.
—Las lecturas de la terminal de control indican que este conducto conecta con el muelle de carga inferior —explicó Sofi, forzando la marcha mientras consultaba su tableta táctil titilante—.
Si logramos llegar allí, podremos reactivar los transportes auxiliares antes de que la Directiva bloquee el perímetro exterior.
—¿Y qué pasa con la Guardia de Élite? —preguntó Mirena, manteniendo su arma levantada, escudriñando las sombras del túnel con desconfianza—.
Vora no nos va a dejar salir de las Montañas Prohibidas tan fácilmente.
Si captaron la anomalía del Proyecto Spark, ya deben tener las naves de asalto en posición de despliegue.
—Nos encargaremos de ellos cuando los tengamos enfrente —escupió Cael con frialdad militar, colocándose a la retaguardia para cubrir nuestra retirada—. Por ahora, procuren que el profeta no se desmaye. Si la frecuencia del túnel sigue bajando, vamos a necesitar cada gramo de luz que le quede.
Wyton levantó la cabeza, fijando sus ojos miel en mí a través de la penumbra.
Su mano temblorosa buscó la mía en mitad de la carrera.
Cuando nuestros dedos se rozaron, no hubo la descarga violenta que había experimentado con Cael en la sala de máquinas, sino un vacío frío, un silencio magnético que pareció absorber la estática de mis dedos.
El eco de la Falla estaba alterando nuestra sintonía, estirando la distancia entre nosotros a pesar de estar a escasos centímetros.
Un crujido ensordecedor sacudió el túnel.
Una sección del techo colapsó justo detrás de nosotros, bloqueando el camino de regreso con toneladas de roca y metal retorcido.
El aire se volvió espeso, cargado de gases de combustión.
No había vuelta atrás. El búnker del Proyecto Spark se estaba convirtiendo en una tumba cuántica, y nuestra única opción era seguir corriendo hacia la luz inestable que se filtraba al final del conducto: la sala de mando del muelle inferior.