Capítulo 8 El espejo roto.
La primera ráfaga de energía no vino de las naves de la Directiva ni de los rifles de la Vanguardia. Vino de mi propio rostro.
Vera —el primer prototipo en despertar de las cápsulas— se impulsó hacia adelante con una velocidad sobrehumana.
Sus pies descalzos apenas rozaban el suelo inundado de líquido amniótico, levantando salpicaduras violetas a su paso.
Antes de que pudiera alzar las manos para defenderme, su puño, cargado con una estática blanca y cegadora, me golpeó de lleno en la mandíbula.
El impacto me arrastró varios metros hacia atrás, haciéndome chocar contra una de las terminales de control. El metal crujió bajo mi peso y el dolor me nubló la vista por un segundo.
—¡Kley! —gritó Cael, desenfundando su arma corta de pulsos.
Disparó tres veces seguidas, pero Vera esquivó los proyectiles con movimientos erráticos y espasmódicos, casi coreografiados, como si pudiera predecir la trayectoria del aire.
Con un movimiento fluido de su brazo, generó un látigo de plasma denso que golpeó el arma de Cael, haciéndola volar por los aires y mandándolo a él contra la pared opuesta.
—¡No intervengas, soldado! —siseó Vera. Su voz era idéntica a la mía, pero sonaba hueca, desprovista de cualquier modulación emocional, como un eco grabado en una cueva vacía—. Ella es el diseño defectuoso. Yo soy la ejecución perfecta.
Se volvió hacia mí, extendiendo los brazos. El plasma comenzó a brotar de sus dedos, pero no de la forma controlada en que yo lo usaba; el de ella se expandía en filamentos caóticos, rompiendo el aire con un chirrido ensordecedor.
—Mírate —dijo Vera, clavando sus ojos vacíos en los míos mientras avanzaba despacio—. Tiemblas. Tienes miedo. Sientes culpa por lo que tu madre hizo. Tus emociones son la resistencia que frena el flujo. Por eso el mundo se está desmoronando, porque el pararrayos tiene dudas.
Me puse de pie a duras penas, limpiándome un hilo de sangre de la comisura de los labios. Sentía el pulso de mi plasma vibrando en sintonía con el de ella, una retroalimentación peligrosa que amenazaba con sobrecargar mi propio cuerpo.
—No soy un pararrayos, Vera —respondí, apretando los puños y dejando que la energía violeta envolviera mis brazos—. Soy Kleisy. Y a diferencia de ti, yo elijo por qué peleo.
Nos lanzamos la una contra la otra al mismo tiempo.
El choque de nuestras energías generó una onda expansiva que hizo estallar los cristales de las cápsulas criogénicas más cercanas, desatando una lluvia de fragmentos translúcidos.
Era como pelear contra un espejo furioso.
Cada golpe que yo lanzaba, ella lo bloqueaba; cada finta que ella intentaba, mi cuerpo la esquivaba por puro instinto celular.
Vera me tomó por los hombros y me estampó contra el suelo. La estática blanca de sus manos comenzó a quemar la tela de mi chaqueta, penetrando en mi piel. Sentí que me drenaba, que su sistema intentaba absorber mi firma genética para validarse ante el búnker.
A pocos metros, Wyton intentó levantarse para ayudarme, pero el dolor de sus heridas y el desgaste del grillete de la Vanguardia lo hicieron tambalearse. Ver su impotencia y el peligro en el que estaban todos me dio la descarga de adrenalina que necesitaba.
No busqué contener el flujo como me había enseñado mi madre; recordé lo que Cael me había dicho en la sala de máquinas: Tienes que soltar el flujo, no empujarlo.
Dejé de resistirme a la energía. Permití que el plasma inundara mis canales biológicos por completo, sobrepasando los límites de seguridad. Mis ojos debieron encenderse en un violeta absoluto porque Vera parpadeó, intimidada por primera vez.
Con un grito que nació desde mis entrañas, liberé una descarga de corto alcance directamente contra su pecho.
El impacto fue tan brutal que la separó de mí, lanzándola con violencia contra el núcleo central del modulador.
El cuerpo de Vera absorbió la sobrecarga del sistema, provocando un cortocircuito masivo que iluminó toda la sala con un destello cegador.
Vera cayó al suelo, inmóvil, con pequeños arcos de electricidad extinguiéndose en su piel.
Había ganado el asalto, pero el búnker entero comenzó a temblar bajo nuestros pies.
Las pantallas holográficas pasaron de rojo a negro, y el zumbido del Proyecto Spark cambió a un tono grave, sordo y peligroso.
El colapso del sistema era inminente, y apenas nos quedaba tiempo para salir con vida.