Eclipse Eterno Capítulo 7 El reencuentro y la verdad.
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Capítulo 7 El reencuentro y la verdad.

El eco de los siseos criogénicos aún resonaba en el búnker cuando la compuerta de la oficina principal, oculta tras una hilera de terminales, se abrió de par en par. De la penumbra no salió el monstruo científico que yo esperaba, ni la mujer imponente de las fotografías oficiales de la Directiva.

La mujer que dio un paso al frente estaba completamente consumida por el peso de sus propios secretos.

Su piel tenía un matiz grisáceo, enfermizo, y sus manos temblaban de forma visible mientras sostenía una carpeta ajada contra su pecho.

Elena, mi madre, se quedó paralizada en el umbral.

Sus ojos, del mismo color que los míos, se abrieron de golpe al verme, pero no hubo alivio en ellos; solo un horror profundo y una culpa devastadora.

No corrió a abrazarme. Se limitó a mirarme como quien ve a un fantasma regresar para cobrar una deuda.

—Mamá… —Mi voz se quebró, sonando extraña y pequeña en la inmensidad de la sala de cristal. Di un paso hacia ella, pero mi plasma reaccionó de inmediato a mi agitación, enviando chispas violetas que hicieron parpadear las luces del techo.

Elena retrocedió, dejando caer la carpeta. Los papeles médicos se dispersaron por el suelo inundado de líquido amniótico.

—No debiste venir, Kleisy —dijo, y su voz sonó ronca, rota por años de aislamiento—. Todo el Proyecto Spark… todo esto fue mi peor error.

—¿Tu error? —intervino Cael, colocándose a mi lado con una frialdad cortante—. Tienes un concepto muy extraño de la maternidad, Elena. Tienes un laboratorio lleno de copias exactas de tu hija listas para desollarnos vivos allá afuera.

Elena negó con la cabeza, cubriéndose el rostro con las manos temblorosas.

—No lo entienden… nadie lo entiende —susurró, dejando caer los brazos y mirándome directamente—.

Kleisy, el Eclipse Eterno no fue un desastre natural ni un castigo divino.

Fue un accidente absoluto durante un experimento de física cuántica que yo misma lideré hace diecisiete años. Rompimos el tejido de la realidad.

Abrimos una brecha que comenzó a irradiar una frecuencia capaz de desintegrar la materia.

Se acercó un paso, sus ojos suplicando una comprensión que yo aún no podía darle.

—Para intentar reparar la realidad antes de que el mundo entero se desvaneciera, necesitábamos un anclaje biológico —continuó Elena, su voz temblando con una crudeza científica que me heló la sangre—.

Usamos el ADN de mi propia hija recién nacida.

Modificamos tu estructura celular para que pudieras absorber y canalizar esa radiación cuántica sin morir en el intento.

Las palabras me golpearon con la fuerza de un impacto físico. Miré mis manos, el plasma que latía bajo mi piel.

—¿Un anclaje? —pregunté, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta—. ¿Para eso me diste la vida?

—No eres una hija para la Directiva, Kleisy. Eres el pararrayos biológico que mantiene el mundo unido. Te escondí en la Aguja porque sabía que, si Vora o Thorne te encontraban, te conectarían a sus extractores y te drenarían por completo hasta convertirte en una cáscara vacía.

Elena señaló con desesperación las cámaras criogénicas que nos rodeaban, donde los clones continuaban despertando.

—Las otras chicas en las cápsulas… no eran para reemplazarte —confesó, con lágrimas rodando por sus mejillas gastadas—.

Eran intentos fallidos de duplicar tu firma genética exacta.

Quería crear réplicas que pudieran compartir la carga, ramificar la frecuencia para que tú no tuvieras que cargar con todo el peso del mundo sobre tus hombros.

Pero ninguna tenía tu estabilidad. Solo tú eres la conductora original.

La verdad cayó sobre nosotros como una losa de hormigón.

No era una anomalía bendecida por el destino; era una herramienta de diseño cuántico construida para enmendar el pecado de mi propia madre.

Y afuera, en el pasillo, los siseos de las cápsulas abiertas nos recordaban que el tiempo para asimilar la verdad se había agotado.