Eclipse Eterno Capítulo 5 El proyecto Spark
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Capítulo 5 El proyecto Spark

Dejamos atrás las naves de la Vanguardia por puro milagro, forzando los motores de carga hasta que el fuselaje empezó a crujir bajo la presión atmosférica.

Nos adentramos en el espacio aéreo de las Montañas Prohibidas, una región que en los viejos mapas figuraba como una mancha gris, un territorio muerto donde los instrumentos de navegación se volvían locos.

Cuando finalmente aterrizamos, el impacto no fue contra una pista militar o el hormigón frío de un laboratorio.

Aterrizamos en mitad de un bosque de cristal.

Al abrir la escotilla, el aire nos golpeó con un tintineo metálico.

Árboles de sílice orgánico puro crecían hacia el cielo encapotado, con ramas translúcidas que atrapaban los colores imposibles del Eclipse Eterno y los devolvían en destellos fracturados.

No había viento, pero un pulso rítmico, suave y constante, ascendía desde las profundidades del suelo congelado, haciendo que el bosque entero pareciera respirar.

—Esto no es un ecosistema natural —murmuró Sofi, ensanchando los ojos mientras pasaba el escáner por una corteza de vidrio—. Es una mega estructura biológica. Está vivo, pero su base es mineral.

En el centro del bosque no encontramos una instalación convencional de la Directiva. Encontramos la entrada a un enorme complejo enterrado bajo la falda de la montaña, un búnker cuya arquitectura de líneas curvas y aleaciones desconocidas sugería una tecnología muy anterior al Pulso.

Cruzamos el umbral de la estructura. El pasillo principal era un túnel interminable, sumido en una penumbra rota únicamente por hileras de pantallas holográficas que parpadeaban en las paredes.

Al acercarme, las pantallas reaccionaron.

Cientos de datos médicos, secuencias genéticas y registros de constantes vitales comenzaron a desplegarse en cascada.

En la esquina superior de cada archivo figuraba un solo nombre: Elena. El nombre de mi madre.

—Sofi, la puerta del fondo —ordenó Dante, manteniendo la mano en la culata de su arma—. Sácala del sistema.

Sofi se adelantó con los dedos temblando, conectando su interfaz manual al panel de acceso.

—El cifrado es idéntico a las notas que me diste, Kley —dijo, tras un siseo hidráulico—. Tu madre no cerró esta puerta con llave, la cerró con tu propia firma de datos.

La pesada compuerta de silicio se deslizó hacia arriba, y lo que vimos al entrar nos dejó sin aliento, congelándonos la sangre en las venas. Aquello no era un centro de investigación, ni un cuartel de la resistencia. Era una cuna.

—Kleisy… miren eso —susurró Wyton, señalando hacia las paredes perimetrales con una voz rota por el espanto—. No puede ser real. Dios, esto es un sacrilegio contra la vida…

A lo largo de toda la sala, sumergidas en un líquido amniótico de color violeta pálido, se alineaban decenas de cámaras criogénicas. Y dentro de cada una de ellas, flotaba un cuerpo. Rostros idénticos al mío. El mismo cabello castaño, la misma estructura ósea, el mismo tono exacto de piel.

Cael se acercó a una de las terminales centrales. En cuanto pasé por su lado, la pantalla se iluminó de verde, reconociendo mi presencia física. Sus ojos grises escanearon las líneas de código con una frialdad quirúrgica que delataba su rabia contenida.

—Olvídate de la teoría de la anomalía, Kley —escupió Cael, golpeando la pantalla con los nudillos—.

Esto se fue al infierno hace rato. No eres un milagro de la naturaleza ni una mutación libre.

Eres el prototipo de una jodida serie de producción.

El Proyecto Spark nunca buscó generar una fuente de energía limpia, buscaba diseñar una especie nueva capaz de respirar en este mundo post-Eclipse y controlar lo que sea que lo provocó.

Me llevé las manos a la cabeza, sintiendo que el suelo se tambaleaba. Mi madre no me estaba protegiendo de las garras de Thorne. Me estaba escondiendo del resto de mis propias hermanas.

Antes de que pudiera procesar el impacto de la verdad, el silencio sepulcral del bosque de cristal se quebró.

Las cámaras criogénicas emitieron un siseo agudo de descompresión, seguido por el sonido burbujeante del líquido amniótico al ser drenado por las rejillas del suelo.

Los paneles de advertencia pasaron a un rojo parpadeante.

El proceso de descongelamiento masivo había sido activado por nuestra llegada.

A escasos metros de nosotros, la compuerta de la cápsula principal se deslizó hacia arriba con un crujido helado.

Una figura dio un paso hacia el exterior, pisando el charco violeta con los pies descalzos.

Tenía mi rostro, mi complexión y las mismas chispas de plasma danzando débilmente alrededor de sus dedos.

Pero cuando levantó la cabeza y me miró, sentí un vacío aterrador.

Sus ojos no tenían luz, no tenían alma ni recuerdos.

Era una réplica perfecta, un software biológico programado con una única directriz militar: eliminar al prototipo defectuoso y reemplazar a la original.