Eclipse Eterno Capítulo 4 La Vanguardia.
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Capítulo 4 La Vanguardia.

El silencio de la cabina de mando se rompió de forma violenta cuando las consolas de Sofi comenzaron a emitir un chirrido agudo, rítmico y ensordecedor. Las pantallas holográficas pasaron del azul de navegación a un parpadeo rojo de alerta máxima.

—¡Tenemos compañía! —gritó Sofi, con los dedos volando sobre el teclado táctil mientras intentaba estabilizar los radares—. No es la Directiva... ¡Su firma de energía es caótica, no militar!

—La Vanguardia de la Verdad —escupió Cael, entrando a la cabina de un salto y empujando los mandos manuales para nivelar la nave—. Esos malditos radicales no quieren derrocar a la Directiva para liberar al mundo, quieren purgar a cualquiera que tenga un ápice de contaminación biológica.

—Nos tienen rodeados —anunció Dante desde la torreta secundaria, su voz extrañamente calmada a pesar de la inminente colisión—. Tres naves de asalto ligero en formación de pinza. Nos están cortando las rutas de escape hacia el norte.

Afuera, a través del parabrisas reforzado, el Eclipse Eterno pareció fracturarse. Las tres naves enemigas, angulosas, negras y carentes de insignias oficiales abrieron fuego. No lanzaron ráfagas de plasma ni proyectiles láser convencionales; dispararon pulsos de vacío electromagnético.

El impacto de la primera onda expansiva golpeó la estructura de la nave con el impacto de un mazo invisible.

Las luces se apagaron por completo durante un segundo agónico, dejándonos a oscuras antes de que los generadores de emergencia tosieran y se encendieran con un zumbido débil.

La gravedad artificial falló, haciéndonos flotar a escasos centímetros del suelo antes de devolvernos al piso con un golpe seco.

—¡Están abordando la compuerta inferior! —advirtió Betsy, aferrándose al brazo de Mirena en la parte trasera de la cabina.

El sonido del metal siendo cortado por sopletes de alta frecuencia resonó a través de los pasillos.

No venían con intenciones de negociar, ni de capturarnos vivos para pedir un rescate.

Venían a eliminar de raíz lo que ellos consideraban la causa del eclipse.

Para la Vanguardia, nosotros éramos el virus.

La compuerta trasera cedió con un estallido de vapor hidráulico. Cinco soldados equipados con armaduras pesadas de sílice y máscaras de metal pulido irrumpieron en la cabina, con rifles de supresión apuntando directamente a nuestras cabezas.

—¡Nadie se mueva! —rugió el líder del escuadrón, un hombre cuya voz distorsionada por la rejilla de la máscara sonaba monstruosa—. ¡El chico de la luz es una maldita batería viviente! Si lo neutralizamos y lo desmantelamos, el Eclipse se detendrá.

Wyton dio un paso al frente por puro instinto, intentando interponerse entre los soldados y yo.

Sus manos comenzaron a emitir un fulgor blanco, pero su luz estaba débil, agotada por el esfuerzo del viaje y la inestabilidad de la zona del Triángulo.

Antes de que pudiera concentrar el flujo, dos soldados se abalanzaron sobre él.

Le patearon las piernas, obligándolo a caer de rodillas sobre el frío suelo de metal, y con una brusquedad salvaje, le encajaron un grillete de frecuencia pesada alrededor del cuello.

El dispositivo emitió un chispazo azulado. Wyton soltó un grito ahogado, un sonido de puro dolor que me desgarró las entrañas. Sus venas, que solían brillar con un dorado cálido, se tornaron de un gris ceniza instantáneamente.

Lo sujetaron del cabello para mantenerlo inmóvil, tratándolo con el desprecio frío con el que se manipula un objeto de laboratorio defectuoso o una pieza de repuesto.

Verlo así, vulnerable, quebrado por defender el norte que yo le había impuesto, hizo que algo dentro de mí se rompiera. El miedo desapareció, sustituido por una furia ciega, ardiente y descontrolada.

—¡Suéltenlo! —rugí.

Mi plasma no brotó como los látigos precisos que solía canalizar en la Aguja. Fue una onda de choque omnidireccional, una explosión de energía violeta pura que nació desde el centro de mi pecho y se expandió en un muro sólido.

La nave entera vibró, los paneles del techo estallaron en una lluvia de chispas y los soldados de la Vanguardia salieron despedidos contra las paredes metálicas de la cabina, sus máscaras de metal abollándose por el impacto.

No esperaban que la Conductora fuera una fuerza tan volátil, tan destructiva.

En medio del humo, la estática y los gritos de los heridos, el panorama se aclaró para mostrarme la cruda realidad.

La Vanguardia odiaba a la Directiva tanto como nosotros, eran la única resistencia real en este páramo helado del norte.

Si los eliminaba, nos quedábamos completamente solos.

Tenía que tomar una decisión en una fracción de segundo: ¿Protegía a los únicos aliados potenciales que nos quedaban, o salvaba a Wyton de ser desmantelado por sus ideales radicales?

Elegí a Wyton. Sin dudarlo.

Con un último destello de plasma, corté los cierres de sus grilletes y arrastré su cuerpo exhausto hacia los asientos de eyección mientras Cael reactivaba los motores a toda potencia.

La nave se disparó hacia el cielo exterior, dejando atrás a los soldados aturdidos y los restos de sus naves de asalto.

Habíamos escapado de la emboscada, pero el precio era catastrófico.

En ese solo acto de protección, me había convertido en la enemiga pública número uno de la resistencia del norte.

Ahora no había un lugar seguro al que regresar.

Estábamos completamente solos en el mapa, perseguidos por la Directiva, odiados por la Vanguardia, y obligados a volar directamente hacia lo que fuera que estaba entrando en la atmósfera: el Proyecto Spark.