Capítulo 3 La ruta del triángulo.
El rugido del motor híbrido en los niveles inferiores de la nave no era un sonido, era una vibración física que se instalaba en la boca del estómago y hacía tintinear las herramientas sueltas sobre los paneles de metal.
Bajé las escaleras de rejilla, sintiendo el aire volverse cada vez más denso, cargado de calor, grasa sintética y ese inconfundible olor a ozono que siempre acompañaba al plasma.
La sala de máquinas era un laberinto de tuberías gruesas como troncos de árbol y bobinas de inducción que brillaban con un tono azul tenue y enfermizo. Allí abajo, lejos de las pantallas de la cabina y de las miradas del resto, la atmósfera se sentía peligrosamente confinada.
Me acerqué al núcleo del modulador de frecuencia, buscando el origen de la intermitencia que hacía parpadear los paneles.
Al extender la mano, antes de que mis dedos rozaran la superficie metálica, el aire chisporroteó.
Pequeños arcos de estática violeta saltaron de la máquina a mi piel, no para dañarme, sino buscando conectarse, como un perro que reconoce a su dueño.
—Jugar con el cableado de alta tensión a ciegas es una excelente forma de terminar frita, juguito.
No lo escuché bajar. Cael apareció de entre la penumbra de los generadores traseros, con una llave de torsión en la mano y la frente perlada de sudor.
Se había quitado la chaqueta de cuero destrozada, ahora vestía solo una camiseta negra ajustada que dejaba al descubierto los hombros anchos y los tatuajes de los Descartes que subían por su cuello.
—No estoy jugando —respondí, sin retirar la mano, dejando que la corriente bailara entre mis nudillos—.
El modulador está rechazando el flujo de la batería secundaria.
Si no estabilizo la frecuencia antes de entrar en la zona del Triángulo, el campo electromagnético de las montañas nos va a arrancar las alas.
Cael dio un paso al frente, acortando la distancia entre los dos con esa zancada felina y deliberada. Se detuvo justo detrás de mí, tan cerca que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el olor a metal y sudor limpio.
—Déjame ver —dijo. Su voz bajó una octava, volviéndose áspera, casi un susurro contra mi oído—. El problema no es la batería, Kleisy. Es que estás intentando domar la máquina por la fuerza, como hacías en la Aguja. Aquí no hay Directiva que te contenga. Tienes que soltar el flujo, no empujarlo.
Antes de que pudiera responder, su mano, callosa y firme, se posó sobre la mía.
La corriente saltó entre nosotros de inmediato.
No fue el chispazo azul de la máquina, fue un latigazo de energía pura, caliente y violenta que subió por mi brazo y me obligó a soltar un jadeo.
Las luces de la sala de máquinas pasaron de azul a un violeta cegador durante un segundo cómplice.
Cael no se apartó, al contrario, apretó más el agarre, fijando sus ojos grises en los míos con una intensidad que me cortó la respiración.
Había una urgencia salvaje en su mirada, una demanda silenciosa que iba mucho más allá de la mecánica de una nave.
Estábamos a centímetros, el espacio colapsando entre nosotros, el pulso del plasma latiendo al mismo ritmo en ambos cuerpos...
—Interrumpo algo?
La voz llegó desde la plataforma superior de la escalera, fría y carente de toda emoción.
Nos separamos de golpe, rompiendo el circuito. La luz violeta se desvaneció, devolviendo la sala a su penumbra azulada y rutinaria.
Wyton bajaba los escalones de metal uno a uno, despacio, apoyando una mano en la barandilla con una fragilidad que me partió el alma.
Sus ojos color miel brillaron en la oscuridad de la sala, clavándose primero en la mano de Cael, que aún permanecía suspendida en el aire y luego en mi rostro encendido.
No había rabia en su expresión, solo una profunda, devastadora y mística tristeza.
Era como si estuviera viendo el cumplimiento de una profecía que odiaba.
—Sofi necesita las lecturas térmicas del sector norte, Cael —dijo Wyton, manteniendo la voz extrañamente calmada, fija, como si hablara desde el fondo de un trance—. El radar está detectando anomalías climáticas. Dice que tu "instinto de soldado" sería útil arriba.
Cael guardó la llave de torsión en el cinturón, sin apartar la vista de Wyton. Una sonrisa ladina y tensa cruzó sus labios, esa máscara de arrogancia que usaba para protegerse del mundo.
—Claro —soltó Cael, pasando por el lado de Wyton y dándole un golpe deliberado con el hombro al cruzar la plataforma—. Alguien tiene que encargarse de mantenernos con vida mientras otros juegan a los profetas heridos. No te quedes mucho tiempo aquí abajo, juguito. El aire se está volviendo tóxico.
El eco de las botas de Cael desapareció escaleras arriba, dejándonos a Wyton y a mí en un silencio sepulcral, roto solo por el zumbido eléctrico del modulador.
Me volví hacia él, sintiendo el peso de la culpa y la confusión oprimiendo mi pecho. Wyton dio un paso hacia mí, pero sus movimientos ya no tenían la fluidez de antes. Se veía cansado, el peso de sus visiones y el daño físico de la última batalla drenando su vitalidad.
—Wyton… yo solo intentaba arreglar el…
—No tienes que darme explicaciones, Kleisy —me interrumpió con suavidad, aunque su tono arrastraba un dolor sordo—.
Sé lo que pasa cuando dos corrientes del mismo voltaje se cruzan.
Cael es parte de tu tormenta ahora. Lo vi en el muelle antes de que todo esto empezara, vi las tres fuerzas colisionar.
Extendió su mano hacia mí, pero esta vez se detuvo a unos centímetros de mi brazo, temeroso de tocarme, temeroso de confirmar la desconexión que ambos sabíamos que existía.
—Solo ten cuidado —susurró, con sus ojos miel fijos en los míos, cargados de una devoción que me asustaba—. El Triángulo no solo distorsiona las señales de la nave. Distorsiona quiénes somos. Y si te pierdes en su frecuencia, no sé si mi luz será suficiente para traerte de vuelta.
Se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras con lentitud, dejándome sola con un modulador que seguía vibrando desbocado, y un corazón que, por primera vez, no sabía a qué frecuencia debía responder.