Capítulo 2 Cenizas y frecuencias.
El aire dentro de la nave de carga robada no sabía a aire.
Sabía a ozono, a metal recalentado y a las cenizas de un mundo que se negaba a morir.
Afuera, el cielo no era violeta; era un desfile de colores imposibles, una aurora boreal permanente que lamía el horizonte como una lengua de fuego frío.
Lo llamábamos el Eclipse Eterno, el recordatorio constante de que las leyes de la física se habían roto el día que el cielo cambió.
Me abracé a mí misma, buscando desesperadamente el latido del plasma en mis venas, pero el frío interno me ganó.
Se ha ido, pensé con pánico, lo he perdido.
Sin embargo, justo cuando la desesperación me asfixiaba, una vibración profunda recorrió el suelo de la nave.
No provenía del motor. El plasma en mis venas comenzó a palpitar, imitando el ritmo errático y violento de la maquinaria.
No era un flujo calmado, era un aviso, un rugido atrapado bajo mi piel.
—Si sigues apretando los dientes así, te vas a romper la mandíbula, Kley.
Abrí los ojos de golpe. Wyton estaba sentado frente a mí, envuelto en una manta térmica que apenas disimulaba su palidez extrema.
Sus ojos color miel, que antes solían brillar con la seguridad absoluta de quien conoce el camino, ahora vagaban por la cabina con una cautela animal, asustada.
Me observaba, pero ya no encontré el amor cálido de antes, había una mezcla de profunda curiosidad y un trauma latente que no lograba ocultar.
—Estoy bien —mentí, tragando saliva.
—No lo estás.
La voz, arrastrada y firme, provino de la penumbra de la cabina de mando.
Cael estaba apoyado contra el marco de la puerta.
Su chaqueta de cuero, destrozada y llena de rasguños tras la caída de la Aguja, dejaba ver una nueva cicatriz grisácea que le cruzaba el hombro.
Sus ojos grises, siempre fijos en mí, buscaban algo con urgencia.
¿Reconocimiento? ¿Una señal de que todavía éramos aliados, o algo más que no se atrevía a nombrar?
—Thorne cayó —continuó Cael, dando un paso al frente con esa calma depredadora que siempre me ponía la piel de gallina—.
Pero sus servidores no se detuvieron con su muerte.
La señal de la que hablaba Sofi se está intensificando en los radares.
Si el motor de esta nave es algo que tu madre ocultó con tanto empeño, es porque el mundo entero va a quererlo… o va a destruirlo.
—Mi madre no me envió ese mensaje por casualidad —respondí, poniéndome de pie.
La inestabilidad de la nave me obligó a apoyarme de golpe en la pared metálica. En cuanto mis palmas tocaron el metal, una descarga involuntaria de energía brotó de mis dedos, haciendo parpadear las luces de la cabina con un siseo violeta. Wyton parpadeó, intimidado por el destello.
—Ella sabía que no podíamos escondernos para siempre —continué, forzando la voz para ocultar mi propio temor—.
El Eclipse no es solo un fenómeno en el cielo, Cael.
Es el bloqueo. Thorne solo era el portero de la Directiva.
Ahora acabamos de entrar en la zona de juego de los verdaderos arquitectos de esto.
Wyton se levantó con lentitud, soltando la manta térmica.
Se acercó a mí y por un segundo, la vieja tensión entre él y Cael llenó la habitación, volviéndose tan densa que casi podía ver las chispas saltar en el aire.
Wyton extendió una mano temblorosa y rozó mi mejilla con las yemas de sus dedos.
Su tacto era tibio, pero no sentí la descarga eléctrica, esa sintonía perfecta de antes. Sentí… una desconexión fría, un abismo.
—Tengo miedo de lo que vendrá, Kleisy —susurró Wyton, buscando mis ojos—. Pero no tengo miedo de la luz. He visto el final de este camino en mis visiones… y te incluye a ti.
Cael soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier asomo de humor y se cruzó de brazos, apoyando el peso en su pierna sana.
—Qué romántico, de verdad. Casi me conmueve —escupió Cael con veneno—.
Mientras ustedes dos deciden qué tipo de destino idílico nos espera, yo sugiero que revisemos las coordenadas que Sofi acaba de bloquear en la terminal.
Estamos volando a ciegas hacia las montañas del norte.
Allí no hay mapas, no hay Directiva y según los registros de la nave, hay una frecuencia electromagnética que está gritando un nombre sin parar.
—¿Qué nombre? —pregunté, apartándome suavemente de Wyton y acercándome a la pantalla de la terminal.
Cael me miró fijamente, y por primera vez, una sombra de duda y vulnerabilidad cruzó sus ojos grises.
—El tuyo, juguito. El nombre de tu madre es solo la firma digital del emisor. El archivo encriptado que estamos persiguiendo se llama Proyecto Spark.
Sentí un escalofrío helado recorrer mi columna. Una frase resonó de inmediato en mi mente, como una sentencia grabada a fuego: La luz de uno será la chispa de todos.
Si Thorne era el inicio, este Proyecto Spark era el incendio. Y si yo era la conductora elegida, entonces mi trabajo y mi calvario, acababan de empezar.