31. Scarlett. El primer día del resto de mi vida #2
—Está justo al otro lado de esa pared —dice, señalando la superficie lisa a mi derecha.
Solo con pensar que lo tengo aquí al lado, tan cerca...
, se me dispara el corazón—. Está bien, esperando como un tigre enjaulado a que terminemos de hacerte las pruebas pertinentes.
—Hace una pausa y, sin venir a cuento, suspira—.
Es increíble la necesidad de pertenecer el uno al otro que despierta el eclipse, ¿verdad?
Lo miro de hito en hito.
—¿Tú estás eclipsado con alguien? ¿Tienes una mahni?
Su mirada se entristece tanto que me arrepiento al momento de haber preguntado. Si es que no puedo ser tan cotilla...
—La tuve —responde, y su sonrisa está cargada de melancolía—. Y la amaba... Más que a nada en este mundo. Queríamos ser padres, ¿sabes? Teníamos tantos planes juntos...
Sé que me voy a arrepentir de esto. Cotilla, cotilla y cotilla.
—¿Qué le pasó?
—La raptaron al volver de una misión. —Oh.
Lo cierto es que empatizo con su pena, sé lo vacío que se siente uno cuando pierde a la persona con la que está vinculado—.
Al contrario de lo que le ha ocurrido a Xander contigo, yo no logré encontrarla...
Lo supe. Casi un año después, supe que Wendy había muerto en el momento en que la marca emitió aquella luz azul y dejó de arderme en la piel.
Ahogo una exclamación en cuanto oigo el nombre de la helsing que estuvo vinculada al comandante. Wendy.
Es posible que haya sido demasiado expresiva, porque Hudson encoge el entrecejo y me mira con sospecha.
—¿Por qué reaccionas así?
Si no tuviera la piel fría de una vampira, juro que me echaba a sudar. ¿Qué debo hacer? ¿Le confieso lo que sé?
Me pongo en su lugar y, por muy cruel que fuera la verdad, estoy segura de que querría saber qué le pasó a mi hati.
—Wendy es la helsing que dio a luz a Amelia Freeze.
Decido contarle la verdad.
Por fin, el momento que tanto ansiaba ha llegado.
Mi corazón golpea tan fuerte que creo que va a acabar abriendo un agujero en mi cuerpo para poder escapar.
Tengo a Xander delante de mí, guapísimo como siempre.
Sus cabellos blancos están revueltos, los ojos turquesas brillan con esos pequeños relámpagos plateados que asoman cuando estamos juntos.
Observo detenidamente, como si no me los supiera de memoria ya, los tatuajes que le decoran el cuerpo, tintando esa piel que me recuerda al caramelo tostado.
Su olor, esa mezcla de humo, menta, cuero y un pellizco de gasolina, me llega más nítido que nunca. Ya me han informado de que algunos de mis sentidos se han agudizado a causa de mi nueva condición, pero poner a prueba cómo mi olfato se ha vuelto más fino con mi hati es una experiencia abrumadora.
Estaba deseando con tanto fervor que este momento llegara, reencontrarme con Xander, que creí que cuando lo viera me tiraría sobre él y lo llenaría de besos durante horas. Tendrían que traer luchadores de sumo para conseguir despegarme de él.
En cambio, aquí estoy.
Petrificada en el umbral de su habitación, contemplándolo sin atreverme a dar un paso más. Porque, mientras lo veo ahí, con sus ojos clavados en mí, tan estático como lo estoy yo..., veo lo que somos.
Él es un helsing, yo soy una vampira. Una chupasangre, diría él. Ahora represento todo lo que él considera una infección, algo que está mal y debería extinguirse.
—Lo siento. —Esas dos palabras que consigo escupir rompen la burbuja invisible en la que nos habíamos metido—. Me he convertido en aquello que más odias.
La angustia me está aplastando. Lo que de verdad quiero es besar a ese hombre hasta desgastarnos. Lo que mi cuerpo me pide es salir corriendo y no mirar atrás.
Pero entonces, él me muestra esa sonrisa torcida que tanto me gusta y yo me rompo en pedazos.
—Es verdad, te odio. Me caes mal, y tus colmillitos de vampira consiguen sacarme de quicio, pero..., a pesar de ti, te amo, Scarlett.
En tres zancadas lo tengo sobre mí, recoge mis lágrimas, unas que no sabía que estaban ahí, con los pulgares y me besa.
Lo recibo con el corazón fuera de sí y abro los labios para dar vía libre a las caricias de su lengua.
Prolongamos el momento todo lo que podemos, parando solo para coger aire y retomar los besos.
Dando rienda suelta a nuestra necesidad, Xander no tarda en deslizar las manos por debajo de la camiseta de algodón que me pusieron en la enfermería. Aunque en mi piel no se percibe el cambio de temperatura, siento que estoy ardiendo.
Tras dejar su rastro cálido por mi abdomen, el helsing baja una mano hasta introducirla por la goma del pantalón de hospital, va con prisas hasta llegar a mi sexo, libre de ropa interior, y desliza dos dedos dentro de mí.
Jadeo sobre su boca cuando atrapa el clítoris entre el pulgar y el índice y lo pellizca con la suavidad justa para volverme loca. Me muerde el labio inferior casi con rabia y refriega su erección en mi muslo.
Deseo que él reciba lo mismo que yo, así que también introduzco la mano en su pantalón y comienzo a tocarlo siguiendo el ritmo de sus dedos.
Los toqueteos nos llevan a la desesperación, a necesitarnos con más urgencia, a expresar todo lo que nos hemos añorado con acción y no con palabras. Entonces, Xander saca los dedos de mí para metérselos en la boca y saborearme.
Los besos dan paso a mordiscos por la mandíbula, el cuello, la clavícula...
A la que me doy cuenta, mi hati me ha llevado hasta el cuarto de baño.
Sin despegarse de mí, abre el grifo de la ducha y deja que el vapor del agua caliente nos rodee mientras me quita la camiseta y casi me arranca los pantalones.
—Entra —me ordena. Y yo obedezco porque estoy tan extasiada que no soy capaz ni de pensar.
Al poco, Xander se mete en la ducha, me gira y aprieta su pecho contra mi espalda. Un escalofrío me recorre cuando me aprisiona contra las losas de la pared y los pechos se me aplanan contra estas.
Contoneo las caderas para restregarme contra su erección y, al fin, siento la cabeza mojada de su miembro apuntando a mi entrada. Recibo la primera embestida salivando. Xander juega, sale, roza y vuelve a entrar mientras el agua caliente nos empapa.
—Joder, eres tan deliciosa... —jadea en mi oído, encendiéndome todavía más.
Saber que soy su único sabor en la vida me vuelve loca.
Xander continúa lanzándome estocadas implacables que me arrancan gritos y jadeos que no pienso reprimir.
—Xander... ¡Ah, Dios!
Nos hemos vuelto animales salvajes. Lo siento duro dentro de mí, llenándome al tiempo que sus gruñidos se unen a mis gemidos.
—Te he echado de menos, nena —murmura, completamente ido—. No pienso dejarte ir, jamás.
Giro la cara para buscar su boca por encima de mi hombro y lo beso con la misma furia con la que él me embiste. Lamo, muerdo y pierdo la capacidad de respirar. Me dejo llevar y tiemblo al contraer los músculos cuando alcanzo el primer orgasmo del día.