Eclipse en Shadow City Xander. Todo lo que nunca supe que quería tener en mi vida
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Xander. Todo lo que nunca supe que quería tener en mi vida

Xander Todo lo que nunca supe que quería tener en mi vida

Scarlett presiona el timbre de la puerta de entrada y se pone a dar saltitos de alegría como si fuera una niña pequeña el día de su cumpleaños.

Yo sujeto entre nosotros la bandeja con el decimocuarto bizcocho de chocolate que hemos preparado juntos.

Es una pésima cocinera, y yo no soy ducho en los postres, así que nos pasamos todo el día de ayer entre harina, sexo, más harina y más sexo hasta que conseguimos un resultado digno de llevar a la supuesta famosa cena prenavideña.

Sí, quién me iba a decir a mí, antes de eclipsarme, que me vería en menos de dos años vestido con un horrible jersey con estampado de galletas de jengibre, a juego con el de mi mujer, celebrando la Navidad una semana antes de la fecha estipulada.

—¿De verdad era necesario vestirse así? —le pregunto a mi mahni—. Es que el jersey pica y, con la bandeja, no puedo rascarme y me estoy poniendo de los nervios.

Mi chica me pellizca las mejillas con una sonrisa que le llega de oreja a oreja y deja expuestos esos colmillos que en ella me parecen de lo más adorables. A continuación, me levanta el jersey.

—¿Dónde te pica? —pregunta, dispuesta a rascarme. Pese a que agradezco el gesto, doy un salto a un lado y me aparto como un gato al que acaban de echarle agua.

—¡No me toques! —le advierto, y la cabrona empieza a reírse a carcajadas—. Sabes que tienes las manos heladas, vampiresa cruel.

Le planto un beso en los labios justo cuando la puerta se abre y sale por ella la pequeña Lis, que no tarda en lanzarse a los brazos de Scarlett.

—¡Mamá, ya han llegado la tita Red y el tito Lobo!

Es verdad, ahora yo también tengo un apodo.

—Llegáis un cuarto de hora tarde —nos reprende Claudia mientras reparte besos—, se va a enfriar la comida y no quiero que lo utilicéis como excusa para decir que es precocinada.

—¿Lo es? —pregunto con malicia.

—Pienso llevarme el secreto a la tumba.

La prima de Scarlett me arranca la bandeja con el postre de las manos y nos hace pasar al salón.

Las luces del árbol de Navidad parpadean y llenan de color y alegría la estancia.

Robin está colocando servilletas rojas con estampado de copos de nieve sobre la mesa y nos saluda meneando los cascabeles de la diadema con cuernos de reno que lleva puesta en la cabeza.

Me alegra saber que hacer el ridículo también es tradición en esta familia; así me doy menos pena.

—¡Bienvenido a tu primera cena prenavideña!

Chocamos puños y lo ayudo a terminar de decorar una mesa atestada de colores chillones y bandejas con canapés variados.

—Sí, qué lástima habernos perdido la del año pasado. —Lo que es una lástima es no habernos perdido esta también.

Aunque he de admitir que la felicidad que desborda Scarlett hace que merezca la pena.

—Con que no faltéis a ninguna más, yo ya me conformo —comenta Claudia desde la cocina—. ¿Cómo lo lleváis por Londres?

—¡Ah, me encanta esa ciudad, prima! —grita eufórica Scarlett. ¿Qué pretende, que los vecinos también se enteren?—. Tenéis que venir antes de que destinen a Xander a otro lugar.

Tras acudir al entierro de Johnny, nos mudamos a Múnich y, cuatro meses después, a Londres. Al principio no fue fácil. Yo estoy habituado a cambiar de ciudad cada vez que las misiones lo requieren, pero para ella ha supuesto un cambio radical en su estilo de vida.

Le planteé la opción de quedarnos en Shadow City y que solo yo me trasladara el tiempo que duraran los encargos de la SOF.

Pero se negó a pasar separados más de medio día y, como de todas formas iba a tener que buscar un trabajo online, acorde con su nueva condición de vampira que no puede ni ver el sol, ha ido mudándose conmigo.

De todos modos, pronto tendremos que asentarnos en algún lugar, y yo tendré que rechazar alguna que otra misión si considero que el riesgo es demasiado alto.

Terminamos de dejarlo todo listo y nos sentamos a la mesa a disfrutar de la comida «no» precocinada que ha preparado Claudia.

Conversamos de deportes, del colegio de Lis, de cómo van las cosas por Shadow City desde que la colmena abandonó la ciudad...

—Ah, y te encantarán las nuevas telas que he seleccionado para la colección de invierno —oigo que le dice Scarlett a su prima.

Imagino que la estará poniendo al día del negocio que emprendió, el cual parece que comienza a arrancar.

Lleva una boutique de novias online que diseña vestidos a medida, customizados especialmente para cada clienta.

Ellas eligen el estilo, la tonalidad, los tejidos...

Por supuesto, se dejan asesorar por Scarlett, y la prenda les llega a sus casas con opción de realizar dos retoques antes del gran día.

Hudson nos ayudó a conseguir un taller de costura y puso a Scarlett en contacto con varias modistas y proveedores.

La inversión inicial casi nos ahoga en deudas, pero a día de hoy ya hemos recuperado los gastos y empezamos a ver beneficios.

Por suerte, mientras estoy de misión, la SOF cubre todos los gastos durante esos meses, por lo que Scarlett ha podido dedicar tiempo y dinero a llevar a cabo su sueño profesional.

—Ah, no, no, no —la interrumpe John—. Estamos de cena prenavideña. Hoy no se habla de trabajo. Ya pondrás al día a Claudia; total, os llamáis todas las mañanas.

—Es verdad —ríe Scarlett.

—Por cierto —intervengo—, ¿alguien va a explicarme por qué estamos celebrando la Navidad una semana antes?

—¿Mi prima no te lo ha contado? —pregunta Claudia.

—Con los nervios, se me pasó. —Scarlett está monísima cuando se muerde los labios.

—Uff, prima, tápate los dientes. Todavía no me he hecho a la idea de que eres medio murciélago.

—Perdón.

—Celebramos la cena una semana antes —continúa Claudia— porque es la única manera de poder hacerlo solas.

Nuestros padres se reúnen en Nochebuena, con todos nuestros tíos, hijos de nuestros tíos e hijos de los hijos de nuestros tíos.

Mucha gente y poca que merezca la pena. Así que, para celebrar la Navidad como realmente queremos hacerlo, la adelantamos una semana y nadie, excepto nosotros, se entera. Todos felices.

Lo de «todos felices» tiene sus lagunas, pero...

—Oye, ¿por qué no traemos ya el postre? —pregunta mi chica, levantándose de la silla como si le hubieran puesto un muelle en el culo.

—Pero si todavía estoy masticando las patatas —se queja John.

—¡Sí, sí, el postre! —se entusiasma Lis.

Me levanto para acompañar a Scarlett a la cocina. Yo corto el bizcocho y ella reparte las porciones en platillos que posteriormente llevamos al comedor.

—Espero que os guste —dice Scarlett con nerviosismo antes de volver a tomar asiento.

—¿Lo has hecho tú? —le pregunta Claudia, sorprendida. Y, sabiendo cómo es Scarlett en la cocina, la entiendo.

—Lo hemos hecho entre los dos —contesta.

Le acaricio la mejilla para que se relaje. Está nerviosa y ni siquiera le ha dado un mordisco a su trozo, así que tomo un poco del mío y se lo llevo a la boca.

—Hostia, pues, emmm... —Robin se queda mirando su plato, con el pedazo de bizcocho a medio comer.

—¿Pasa algo? —pregunta Scarlett. Alarga la cabeza para ver qué ocurre.

—Joder, lo siento, porque sé que lo has tenido que hacer con ilusión y eso, pero... —El pobre marido de Claudia se rasca la nuca. Parece que le cuesta arrancar—. Es que está bueno, pero a la mitad está durísimo. Mira.

Clava la cucharilla en la masa y se oye cómo a medio camino choca con algo y no llega a atravesar al otro lado.

—A ver, déjame a mí. —Claudia se levanta y hace lo mismo con su cuchara—. Qué raro, porque mi trozo está bien.

—El mío también —añade la pequeña Lis, que sigue masticando su porción de chocolate.

—A lo mejor se nos ha quedado algo dentro —digo para acelerar un poco las cosas, porque siento que a mi mahni se le va a salir el corazón por la garganta.

—Ah, mira, sí... —Claudia aparta trozos de bizcocho con su cucharilla y saca una pequeña caja envuelta en aluminio—. ¿Qué cojones...?

—¡¿Queríais matarme?!

Rompo a reír ante los ojos abiertos de John, fuera de sí.

—Es un regalo para vosotros —les aclara Scarlett—. Ábrelo, prima.

Coloco las manos temblorosas de mi chica entre las mías y le planto un beso en la mejilla. Es incapaz de apartar la mirada de la cajita que Claudia está abriendo. Y yo soy incapaz de dejar de mirar el brillo en sus ojos verdes.

Joder, amo a esta mujer.

—Ay, mierda, qué intriga... —Claudia rompe el envoltorio, abre la caja y saca una fotografía plegada por la mitad.

Cuando la desdobla, se queda unos segundos mirando la imagen en blanco y negro y, después, rompe a llorar. Robin se levanta, preocupado, rodea a Claudia por los hombros y le arranca la fotografía de las manos.

Al momento, la prima de Scarlett sale disparada y abraza a mi mujer con tanta fuerza que temo que pueda romperla.

—Mamá, ¿qué pasa? —pregunta Lis.

—Vas a tener una primita —anuncia Scarlett—. Se llamará Soreil.