31. Scarlett. El primer día del resto de mi vida
Scarlett El primer día del resto de mi vida
—¿Cómo va nuestra misteriosa paciente?
El doctor aparta la cegadora luz blanca de mis ojos y me veo obligada a parpadear varias veces seguidas para recuperar la vista en condiciones.
—Una prueba más y podré redactar un informe detallado. Aunque el diagnóstico ya lo tengo bastante claro —le responde al hombre que ha entrado sin preguntar y al que, como me ha pasado con los otros veinte que han ido irrumpiendo en la habitación, no conozco de nada.
El desconocido inclina la cabeza a un lado, dejando caer los rizos negros sobre su frente. Tiene pinta de haber sido un hombre apuesto años atrás, pero las oscuras ojeras y la barba abandonada a crecer como le dé la gana arruinan su aspecto.
—Veo que sus heridas han cicatrizado por completo —comenta.
No me gusta lo que insinúa.
—Así es —le confirma el doctor, sin levantar la nariz de los papeles donde está anotando un sinfín de cosas que me ponen nerviosa.
—Permita que me presente. —El tipo recién llegado me ofrece su mano y yo la estrecho por educación, sin levantarme de la camilla.
También lo hago porque, como es habitual en mí, me intriga.
Quiero saber quién es—. Soy el comandante Hudson Woods, miembro honorífico de la SOF y superior del helsing Alexander Rivers, a quien me consta que ya conoce íntimamente y cuya vida ha salvado esta noche.
Le presento mis más sinceros respetos, señorita Joy.
—He oído hablar de usted —le contesto tras soltar su mano. Recuerdo que Xander nos habló de él a mi prima y a mí, cuando nos explicó cómo funcionaba la agencia en la que trabaja.
—Sí, estoy al corriente de que el soldado la ha puesto al tanto de los operativos que llevamos a cabo.
Se produce un silencio incómodo. Ambos sabemos que Xander no debería haber hablado de la SOF; ya nos dijo que era información confidencial, pero me inquieta saber cuáles serán las consecuencias a las que nos exponemos.
Cuando la tensión empieza a poder cortarse con un cuchillo, el comandante hace el favor de cambiar de tema de forma radical.
—¿Cómo se encuentra?
—Oh, estoy bien, supongo. Algo cansada, tengo la sensación de que llevo meses sin dormir.
—Ha pasado por mucho en poco tiempo, señorita Joy. Yo diría que lo extraño sería no sentirse agotada.
La conversación se ve interrumpida por el doctor, que pasa entre nosotros y vuelve a situarse delante de mí. En esta ocasión, saca lo que me parece que es un puntero láser de uno de los bolsillos de su impecable bata blanca.
—Dígame si nota calor en la zona. —Dicho esto, mueve el espeso mostacho de un lado a otro y pulsa el botón que activa la luz láser.
En cuestión de segundos doy un bote de la camilla y me pongo en pie. Soplo el punto en mi brazo del que sale humo como si me hubieran apagado un cigarrillo en la piel.
—¿Ha sentido un aumento de la temperatura en la zona señalada por el rayo de luz?
Me quedo mirando al doctor como si se hubiera vuelto idiota de remate.
—¿A ti qué te parece? No solo he sentido un aumento de temperatura —le contesto con tono mordaz. Decido ponerle delante de los ojos el agujero humeante que me acaba de hacer—. Esa cosa me ha achicharrado.
El hombre asiente, satisfecho con mis declaraciones.
—Tal y como suponía. —Da un paso a un lado, para formar un triángulo entre los tres y permitir así que todos nos veamos las caras—. Es usted vampira, señorita Joy.
No doy crédito a lo que acabo de oír.
—¡¿Qué?!
—Que es usted vampira. Los resultados obtenidos en las distintas pruebas que acabo de realizarle nos dictaminan con datos fiables que usted ha dejado de ser humana y ha pasado a ser, como lo llaman en el mundillo, una chupasangre.
La capacidad de cicatrizar en cuestión de horas, la anormalidad en la coagulación de su sangre, los caninos se le han alargado y afilado...
, sin duda eso es un indicativo bastante obvio, y, por último, su alergia extrema a la luz solar.
Este láser, señorita Joy —alza el puntero y lo sitúa entre mis ojos—, emite luz ultravioleta.
Y, como usted bien ha dicho, le ha achicharrado la piel.
Como si no acabara de darme la noticia más rocambolesca de mi vida, el doctor da media vuelta y se aleja unos metros para trastear en uno de los armarios lacados en blanco.
Yo decido volver a sentarme en la camilla porque, de la impresión, me estoy mareando, y no descarto caer de boca al suelo y dejarme los recién estrenados colmillos clavados en él.
De pronto, una idea asalta mis pensamientos. Puede que no sea lo primero en lo que debe pensar una persona cuando se transforma en vampira, pero a mí es lo primero que se me viene a la cabeza.
—No puedo ser vampira.
—Señorita Joy —interrumpe Hudson—, el doctor ha expresado con claridad los...
—No, no digo que no lo sea. Que no estoy segura de ello porque, joder, no es algo fácil de asumir. Digo que no puedo serlo porque, en el caso de que de verdad lo sea..., ¿cómo coño voy a alimentarme? Para empezar, no quiero cargarme a nadie.
—Ese es un buen punto de partida.
Ignoro el comentario del doctor y prosigo.
—Y, además, tengo fobia a la sangre. ¡A la sangre!
—El señor Rivers ya me había informado de su hemofobia severa. —Que Xander haya advertido al doctor de mi patético problema me confunde, porque despierta en mí ternura y odio al mismo tiempo—. Pero deduzco que usted no le tiene miedo a la sangre...
—Ya estamos. —Pongo los ojos en blanco con hastío.
—En cambio, sí a las heridas, a la idea de que estas hayan sido producidas, e incluso a las jeringas.
Miro al doctor entornando los ojos; no termino de entenderlo.
—Cuando veo sangre me mareo, vomito y, en algunos casos, me desmayo —lo informo, por si Xander se ha dejado los detalles.
—Piense, señorita Joy, y respóndame con sinceridad. —Asiento—. ¿Padece alguno de esos síntomas cuando tiene la menstruación?
No tengo que meditarlo, la respuesta es fácil.
—No.
—Eso es porque esa sangre, a pesar de ser abundante y proceder de su propio cuerpo, su mente la registra como algo natural y no la asocia a ningún peligro externo.
—Escucho con atención. Ahora que expone sus argumentos, lo que dice tiene sentido—.
En cambio, un corte, por pequeño que sea, y cuya cantidad de sangre es muy inferior a la de su menstruación, sí es capaz de apretar ese botón del pánico que su cerebro tiene instalado.
El doctor pone en mis manos un brik de zumo de tomate, le clava una pajita y me lo acerca a los labios.
—Hidrátese —me ordena. Obedezco y, aunque al principio creo que el zumo sabe raro y que debe de estar caducado, le encuentro el punto y sorbo con ansia—. Por lo tanto, la sangre en sí misma no le afecta.
Con fuerza de voluntad, porque la bebida ahora me parece exquisita, suelto la pajita para hacer un inciso.
—Sí, pero, aunque ese fuera el caso, para beber tengo que clavar los colmillos, ¿no? Eso, en mi pueblo, lo llamamos abrir una herida.
—Oh, puede clavar los colmillos si quiere, señorita Joy —interviene Hudson—. Estoy seguro de que podrá llegar a encontrar placer en el acto. Pero mientras supera su fobia, no tiene la necesidad de herir a nadie.
Arquea las cejas en dirección al brik que tengo en las manos y, entonces, lo entiendo.
—Joder... Qué puto asco —digo saboreando los restos en mi lengua.
—Se acostumbrará. No le queda otra.
Apuro lo que queda en el brik, obligándome a creer que de verdad no es más que zumo de tomate. Verduras trituradas con agua. Nada de restos humanos...
—Bien, señor, si ya no requiere de mis servicios, le pido permiso para retirarme —le solicita el doctor al comandante.
—Puede irse, gracias. Recuerde dejarme mañana a primera hora los informes sobre la mesa del despacho.
El doctor asiente, se despide de ambos y nos deja a solas.
Mi piel se eriza en cuanto la puerta se cierra, temerosa de la respuesta que obtendré a la pregunta que estoy dispuesta a hacer.
Tengo miedo. Muchísimo. Pero si ha de ser..., prefiero saberlo cuanto antes. Así que miro a Hudson a los ojos y, controlando la voz para que no me tiemble, pregunto:
—¿Vais a matarme?
Me sorprende su actitud despreocupada. Mete las manos en los bolsillos y me sonríe con amabilidad.
—No matamos a todos los vampiros por el mero hecho de serlo, Scarlett. —Vaya, ahora me tutea. No sé si eso es bueno.
—Sois cazadores.
—De criaturas paranormales, sí. Pero solo de las que abusan de su poder o se dedican a infectar este mundo con su oscuridad.
—Avanza un par de pasos y decide sentarse a mi lado, dejando espacio entre nosotros—.
No todos los seres mágicos son despiadados.
De hecho, el propio creador de la SOF es un...
—Vlader.
No lo recordaba, pero Xander también nos habló de ello, del vlader que originó la agencia que iría contra seres de su misma especie.
Vuelve a instalarse un silencio extraño entre nosotros dos, aunque esta vez no me parece tan incómodo.
—Puedes preguntármelo. —Hudson rompe el silencio con una frase que da pie a algo que me moría por preguntar desde que se presentó.
—¿Dónde está Xander? Sé que está bien, pero...
Cuando atravesé al Boss con la barra de hierro —logro del que todavía alucino—, Xander estaba convaleciente. Tuve la certeza de que iba a verlo morir, y recuerdo que el dolor que sentí era tan fuerte que pensé que, si él moría, yo iba a ser la siguiente.
Pero no estaba dispuesta a dejarlo marchar sin haber hecho algo por él, al menos, intentar salvarlo a pesar de no tener ni idea de cómo sin los viales.
No sé de dónde me vino esa idea. Si fue por desesperación o pura intuición, pero llevé mi cuello, del que todavía manaba sangre, a su boca y dejé que bebiera de mí.
Me desmayé y, después, desperté en esta habitación blanca que huele a desinfectante.
Estoy segura de que mi hati está bien por la marca. El eclipse permanece como estaba sobre mi rosa y ha dejado de doler. Pero lo echo de menos.