30. Xander. Ella es mía #2
—Sería un lobo triste, porque le encanta que le jodan la vida.
Adora no entender su obsesión malsana por Caperucita.
Ama la forma en que el cuento los ha unido sin remedio.
Y, sobre todo, disfruta sabiendo que sus finales varían de un cuento a otro, pero el de Caperucita siempre es el mismo.
Ella siempre sale victoriosa. —Vuelvo a besarla, no puedo evitarlo—.
Tú no eres quién para cambiar esa parte de la historia, nena.
Scarlett se acurruca entre mis brazos.
—¿Sabes que te odio? —la oigo decir entre resuellos.
—Lo suponía, pero reconozco que no esperaba confirmación.
Sus labios se curvan en una frágil sonrisa que aprieta un nudo en mi garganta.
—Me caes mal... y tu chulería consigue sacarme de quicio. Pero..., a pesar de ti, te amo, Xander.
—No lo digas —le ruego—. No lo digas así.
—Así, ¿cómo?
—Como una despedida.
Un gemido escapa de mi garganta cuando exhalo el aire que he intentado contener para no romper a llorar.
Porque yo no lloro. Ni siquiera lo hice cuando perdí a mis padres.
Pero cuando noto un cambio en el peso de Scarlett. Cuando dejo de sentir la tibieza de su aliento en mis labios y el vacío de sus temblores entre mis brazos... Mi corazón estalla en mil pedazos afilados que se clavan en lo más profundo de mis entrañas.
La marca del eclipse deja de quemarme la piel, y yo rujo como una bestia porque necesito volver a experimentar su ardor.
Me desgarro desde dentro, con grietas que supuran un dolor agonizante. Esto me supera. Es como si algo me estuviera matando, pudriendo, pero no llego a morir del todo. Condenado a sufrir, lloro, grito. Zarandeo el cuerpo de Scarlett, blanco y frío como los copos de nieve.
—¿Qué haces? —le pregunto, esperando como un idiota a que conteste. Cenizas, histérica, araña con sus patas el metal de los barrotes—. Te he dicho que no puedes irte, que no puedes dejarme.
Con el pulgar, tiro de una de sus comisuras y busco su sonrisa, pero mi mahni es terca y, cuando suelto la piel, vuelve a poner esa expresión seria y falta de... vida que no soporto.
Solo está dormida. Me aferro a esa idea a pesar de que nada late en su pecho ni sale aire por su nariz. Está dormida. Solo dormida. Solo... duerme.
Apenas puedo respirar. Me quito de malas formas la chupa de cuero y cierro con fuerza los ojos. Vuelvo a abrirlos con la esperanza de que las cosas hayan cambiado. Pero todo sigue igual.
Lanzo un aullido gutural al cielo que me responde con truenos y golpeo el suelo, pasando por alto los latigazos de la muñeca lesionada.
De pronto, Cenizas ladra y algo golpea mi cabeza con tanta potencia que mi cuerpo se alza y termina chocando contra los barrotes.
Parpadeo desorientado y sacudo la cabeza para enfocar y despejar la mente. ¿Qué coño acaba de pasar?
Veo venir un borrón a toda velocidad y, gracias a mis reflejos, atrapo el arma antes de que llegue a golpearme otra vez. Se trata de una porción de barra, arrancada de la propia jaula.
La risa del Boss consigue transformar el dolor de la pérdida en ira y fuego de venganza.
—Mírate... —gruñe—. Arrastrándote por una mujer. Das pena, helsing.
Me escupe un diente a la cara y me entran ganas de dejarlo sin los que le quedan. Estoy a punto de atacar cuando el cuerpo de Scarlett se mueve.
Al principio creo que han sido imaginaciones mías, desvaríos causados por el dolor de haber perdido a mi mahni y la conmoción del golpe en la cabeza.
Pero entonces empieza a convulsionar y a dar botes sobre el suelo, provocados por intensos espasmos.
—¡Scarlett! —Me olvido de Patrick y me arrastro hasta ella. Le sujeto la cabeza para que deje de golpearse contra la superficie y controlo que no se muerda la lengua.
Tiene los ojos abiertos de par en par y empieza a gritar como si le estuvieran partiendo todos los huesos del cuerpo. Mira un punto fijo del techo y, por más que trato de llamar su atención con caricias y gritando su nombre, no reacciona.
De nuevo, la risa del Boss resuena entre las paredes de la sala. Corta y se abre paso a través de los gritos desgarradores de Scarlett.
—¡Cenizas! —Mi compañera rodea la jaula y se sitúa a mi lado sin perder de vista al vampiro, con todos los músculos tensos, dispuesta a atacar—.
Quédate con Scarlett. —Doy un par de palmadas bajo la cabeza de mi mahni y la rottweiler comprende enseguida lo que debe hacer.
Coloca su cuerpo bajo la nuca de mi chica y amortigua así los golpes que esta se da.
—Voy a matarte —le anuncio al vampiro, aunque tampoco es ninguna novedad.
Pero el Boss arranca a reír de nuevo.
—Muy bien... Y dime, ¿qué harás después?
—Arrastra la barra de metal que aún lleva en la mano por el suelo.
Pequeños chispazos rojizos acompañan el chirrido estridente que provoca a su paso—.
¿La matarás a ella también? —Miro a Scarlett y tardo apenas un par de segundos en comprender—.
Ahora que es una de las mías, pertenece a mi colmena...
No quiero seguir escuchando.
Sin dejarle tiempo para prever mis movimientos, rápido como la luz, me coloco tras él, introduzco los brazos entre los barrotes y me agarro a ellos para coger impulso y darle una patada con ambas piernas en la espalda.
La barra cae al suelo y su cuerpo sale disparado por los aires, atravesando la estancia. Tras caer, rueda un par de metros más allá hasta quedar fuera de la sala, bajo la implacable tormenta en la terraza.
Antes de que se levante, vuelve a tenerme de pie a su lado. Su rostro se transforma en puro odio y gruñe como una pantera mostrándome sus colmillos bañados en la sangre de mi mahni.
Intenta darme mi medicina y pillarme desprevenido. Lanza un puñetazo que, de haberme alcanzado, estoy seguro de que me habría partido el cuello. Pero logro esquivarlo a tiempo.
Danzamos entre puños y movimientos rápidos no sé por cuánto tiempo. El agua nos cala hasta los huesos y la cortina de lluvia a duras penas nos permite ver más allá de un palmo de nuestras narices.
Damos a matar. Es lo único que ambos tenemos claro.
Retengo uno de sus golpes con la mano cuya muñeca lesionada me hace apretar los dientes, pero el esfuerzo merece la pena cuando le retuerzo el brazo y consigo asestarle varios puñetazos seguidos en el tórax.
El problema es que llega un punto en el que me veo con opciones de salir victorioso de la refriega, y ahí es cuando el Boss me toma la delantera.
En cuestión de un parpadeo, Patrick consigue zafarse de mi agarre y me clava los dedos en la garganta, con tanta potencia que me abre tres agujeros y me deja sin poder respirar.
Por instinto, me llevo las manos al cuello y él aprovecha para desencajarme la mandíbula con un impacto directo del codo. Reparte golpes sin piedad mientras yo ya no veo más que lluvia borrosa y movimientos tan rápidos que no son más que manchas efímeras que aparecen antes de notar el dolor.
Con un último golpe que me parte las costillas, caigo a plomo en el suelo. No consigo que los pulmones obtengan oxígeno y me autocompadezco pensando que es una reverenda putada que lo último que vea antes de morir sea la silueta del Boss y no a mis chicas.
Escupo sangre y sonrío a la enorme sombra de ojos azules que se cierne sobre mí.
—¿Tanta gracia te hace morir, helsing?
—No, no es... Es que sé que he sido un cabrón en esta vida, pero el karma se pasa de hijo de puta.
El Boss se acuclilla y me cubre de la lluvia con su envergadura.
—Oye, admiro que no pierdas el humor ni siquiera en una situación como...
Me voy a quedar con las ganas de preguntarle: «¿Como qué?». Porque ya no tengo fuerzas ni para tragar saliva.
Pero antes de abandonar este mundo, consigo ver cómo el Boss se pone en pie con los ojos y la boca demasiado abiertos. Mira hacia abajo y descubre, con la misma sorpresa que yo, que la barra con la que me dio en la cabeza dentro de la jaula le atraviesa ahora el corazón.
Se derrumba a mi lado.
Y considero que puedo morir en paz cuando la imagen de mi bella Caperucita vestida de rojo aparece en mi campo de visión.
Cierro los ojos. Estoy tan cansado...
Creo que sonrío cuando siento las manos de Scarlett acariciándome las mejillas, la mandíbula partida, los labios cortados...
Olor a rosas.
Y el sabor a Scarlett derramándose por mi lengua en forma de líquido tibio.