Eclipse en Shadow City 30. Xander. Ella es mía
94%

30. Xander. Ella es mía

Xander Ella es mía

El grito desgarrador de Scarlett me ahoga. Es la primera vez que experimento un estado de shock y, de verdad, me quedo tan perturbado con la escena que no sé qué hacer.

Mi mahni se encoge y se retuerce bajo el mordisco del Boss, que parece estar disfrutando de su dolor. Con cada sorbo que da, clava más los dientes en la suave carne de la que brota sangre y forma ríos que corren y se esconden en el escote abierto del traje de látex.

Tengo la sensación de que a mi alrededor todo se ralentiza.

Los alaridos de alarma de los vampiros que huyen despavoridos me llegan lejanos, como si me hubiera hundido en el fondo de un mar de impotencia.

Los veo ir de un lado a otro sin orden ni concierto, ajenos a lo que me paraliza.

Para ellos, yo me he convertido en el centro de atención.

Es curioso porque, para mí, no existe nada más fuera de los barrotes de la jaula.

Un disparo que procede de no sé dónde me atraviesa el hombro del brazo que sujeta una escopeta que no me ha resultado útil. Ni el escozor que me produce el agujero limpio que me abre la bala consigue inmutarme.

No puedo apartar los ojos de la mujer a la que amo.

A la que he fallado.

Le he fallado, maldita sea.

Mi cerebro se ha bloqueado y reproduce en bucle que he defraudado a la persona que en pocos días se había convertido en todo mi mundo.

Si no he sido capaz de protegerla a ella, entonces es que no sirvo para nada. No soy más que un trozo de mierda que hasta ahora ha sido útil cumpliendo misiones para otros, pero que ha fracasado en la única que era propia.

Otra bala me revienta el dedo meñique de la mano izquierda. Esa sí ha conseguido que reaccione un poco. Chasqueo la lengua cuando el dolor se expande y crece en oleadas brazo arriba.

Scarlett mantiene esa expresión de estar experimentando el peor dolor de su vida que me abrasa las entrañas.

Pero entonces, su voz se apaga, abre los ojos lo suficiente como para verme a través de dos finas rendijas y un destello de esperanza le brilla en las pupilas.

Esperanza... Todavía... todavía no está todo perdido, ¿verdad?

Estira un brazo hacia mí, como si quisiera alcanzarme a pesar de estar tan lejos. Los dedos se le engarrotan de forma grotesca, dando la sensación de que el mordisco le lanza poderosas descargas eléctricas. Entonces, grita.

—¡Xander!

Como si su voz hubiera roto la maldición que me mantenía impasible, mi brazo alza la escopeta ignorando el dolor en el hombro.

Cenizas irrumpe al otro lado a través de una puerta de emergencia, cubierta de sangre y mostrando los dientes ávidos de destrucción.

Salta sobre el primer vampiro que se le cruza y yo... disparo.

El chupasangre que recibe el impacto cae hacia atrás, empujando a otros tres idiotas que no saben ni para dónde van.

Uno de los que están disfrazados de seguridad tiene ganas de morir rápido y se atreve a atacarme con dos navajas por el flanco derecho.

No tardo en darle lo que viene a buscar y le abro un boquete en el estómago.

—¡Llevad a la princesa al jet!

La orden resuena entre tanto caos. Trato de abrirme paso a cañonazos, pero no logro avanzar más de medio metro. Busco el escenario entre el confuso tumulto de cabezas y consigo ver a Amelia siendo escoltada hacia la salida de emergencia por la que accedió Cenizas.

Localizo a la rottweiler a varios metros de distancia, entretenida en sacarle las tripas al individuo que tiene bajo las patas.

Debería perseguirla y secuestrarla para sacar al Capo de la madriguera. Ese era el plan. Pero es el puto plan de la SOF, no el mío, y no pienso dejar a Scarlett aquí a merced del Boss, quien ha tenido el honor de pasar a ocupar la primera posición en el ranking de mis objetivos.

—A la mierda con la misión —bufo con rabia.

Giro sobre mis talones y pongo el foco en la jaula. Sin perderla de vista, golpeo con la culata del arma al primero que se cruza en mi camino. Disparo a otro, haciéndolo volar. Uno, dos, tres más, hasta que el gatillo se encasquilla y tomo la decisión de mandar la escopeta a tomar por culo.

—Bienvenido al show, helsing. —La voz de Patrick Freeze, el tono con el que se dirige a mí, provoca un cortocircuito helado en mi cerebro. ¿Me está vacilando, el muy cabrón?

Todavía con el cabello de mi mahni en el puño, el Boss me sonríe desde el centro de la pajarera. En sus ojos azules se refleja la luz de los relámpagos, que emiten destellos que me recuerdan a peligrosas estalactitas.

Ser conocedor de que la sangre que le mancha los labios, los dientes y toda la jodida mandíbula pertenece a mi chica me pone de los nervios. Mi cabeza estalla en la locura más violenta, y me lanzo de cabeza hacia la jaula.

Me lío a puñetazos contra un segurata que se me echa encima y termino clavándole uno de mis peines en la nuca. Golpeo, rompo huesos, machaco a todo vampiro que me impida llegar en línea recta a mi destino. No está el horno para bollos, y mi paciencia ha llegado a su límite.

—El espectáculo no comienza hasta que yo lo diga, Patrick.

Me agacho al oír el seguro de varias armas detrás de mí. Doy media vuelta en cuclillas, saco una de mis pistolas-ballesta y disparo tres flechas de plata, dando de lleno en el pecho de cada gilipollas que empezaba a disparar. A la espalda, serán cobardes...

—No hace falta que te des prisa, cazavampiros. Justo acabo de terminar de jugar, aunque reconozco que tu muñequita me gusta y estaba pensando en quedármela.

Asqueado ya con el exceso de gente, saco la metralleta y reparto plata hasta dejarme vía libre. Reviento la cerradura de pacotilla de una patada y miro al diablo a la cara.

—Ella. Es. Mía —rujo como el animal que llevo dentro—. Voy a incrustarte esas palabras en el cráneo para que no las olvides, capullo.

Le estampo los nudillos en la nariz. Lo hago con todas mis fuerzas y haciendo uso de la velocidad extraordinaria que la mutación me concedió. Le doy tan fuerte que la muñeca se me sale de sitio y el crujir de sus huesos canta a coro con el de los míos.

La cabeza del Boss cae hacia atrás y hace resonar los barrotes de hierro de la jaula. Su cuerpo se desploma con tanta fuerza que estos se deforman al recibir el impacto del vampiro.

Lo primero que hago, al comprobar que Patrick queda medio inconsciente en el suelo, es lanzarme a por Scarlett.

El griterío de los vampiros que quedan con vida comienza a disminuir conforme huyen en tropel y Cenizas se pone a rondar la jaula desde fuera como una tigresa protegiendo a su camada. La sala queda vacía en cuestión de minutos, pero yo solo tengo ojos, oídos, boca y corazón para mi mahni.

Sostengo su rostro demasiado pálido y frío entre las manos.

—Eh, nena —rezo por que abra los ojos y recupere el color en los labios amoratados—, soy yo. —Comienzo a repartirle besos suaves por las pecas, las cejas, los párpados...—. Soy yo, ¿me oyes?

—Creí... —Su voz no es más que un susurro, pero ese débil sonido hace que cientos de estrellas fugaces cosquilleen en mi pecho—. Creí que habías...

Retrae los labios y las lágrimas caen por sus mejillas.

No lo soporto más y la rodeo con los brazos, atrayéndola hacia mi pecho.

Quiero sentir cómo llora, porque, al hacerlo, soy consciente de que sigue con vida.

De que continúa estando a mi lado. De que sigue siendo mi mahni y yo sigo siendo su hati.

Pero mi ensoñación no queda libre de pesadillas, pues que la marca siga ardiéndome en la palma de la mano me mantiene inquieto.

No está fuera de peligro.

—No vas a librarte de mí con tanta facilidad, nena.

Mi comentario consigue hacerla sonreír, a pesar de que no me gusta en absoluto cómo suena su respiración, que raya la inexistencia.

Retiro con el pulgar perlas de sudor que se le agolpan en la frente y me preocupa que, aunque sea capaz de responder, no parece que tenga fuerzas ni para abrir los ojos.

Le paso un brazo por encima de los hombros y dejo que apoye el peso de su cuerpo en mí.

—Escucha, ahora voy a quitarte este corsé, ¿de acuerdo? —Ella deja escapar un gemido que me tomo como una afirmación y tiro de las cintas que amarran este instrumento de tortura a sus costillas.

La cojo por la cintura en cuanto su cuerpo cae flácido y sin equilibrio y, despacio, con cuidado de no lastimarla, me arrodillo y dejo que quede recostada en el suelo con la cabeza acunada en mi brazo.

—No vuelvas a irte sin mí —murmura con voz rota.

Me agarra la camiseta con una mano, con tanta debilidad que el corazón se me encoge de miedo. No sé qué hacer. Siento que su vida se escapa entre mis dedos mientras su sangre empapa sin control el algodón blanco que se me pega a la piel conforme se humedece.

Ya casi no noto el olor a rosas...

—No pensaba hacerlo —le contesto, intentando que no perciba el temblor en mi voz.

Scarlett recoge las rodillas, pegándolas a su pecho como una niña pequeña, y comienza a tiritar como si la temperatura hubiera bajado diez grados.

Le rodeo los hombros para darle calor y me encorvo, besando otra vez sus labios, ahora fríos como el hielo—. Pero tú tampoco puedes irte sin mí.

—¿Por... por qué no? —pregunta, sin poder contener el castañeo de sus dientes. Intenta sonreír, y que haga el esfuerzo me encanta y me duele a partes iguales—. Te jodí la vida, ¿recuerdas? Si... —toma aire— si me voy..., serás libre. Ya no habrá eclipse.

—Si te vas, nena, yo dejo de existir —susurro sobre sus labios con la esperanza de que mi aliento caliente los suyos—. Porque, dime, ¿qué sentido tendría el lobo en un cuento sin Caperucita?

—Sería un lobo sin preocupaciones...