29. Xander. Ave fénix
Xander Ave fénix
Regreso al mundo de los vivos a base de lametazos ásperos. Uno de esos me recorre con ganas, y sin el menor sentido del pudor, de la barbilla a la nariz, provocando que me lleve el brazo a la cara y retire con él todo resto repugnante de baba caliente y pringosa.
—Joder, qué asco, Cenizas. —Ruedo sobre mí mismo y quedo tendido bocarriba. El frío del suelo en la espalda ayuda a que mi cabeza se despeje—. Lo primero que voy a tener que hacer es lavarme los dientes.
Como me cuesta asimilar sentimientos negativos y, sobre todo, afectivos, porque soy un tipo duro que no llora por nada ni por nadie, intento hacer como si hubiese tenido la situación controlada desde un principio.
Pero, mierda, los recuerdos de los últimos acontecimientos vienen en avalancha conforme Cenizas salta como loca de un lado a otro de mi cuerpo todavía dolorido y no deja de chuperretearme con frenesí.
—Ven aquí, pequeña bestia.
Abrazo a la enorme rottweiler, que es incapaz de estarse quieta por más de dos segundos, y me acurruco en el calor que desprende su cuerpo y su olor a familia. Una que, por desgracia, está rota.
Me encantaría poder tomarme unos minutos así y llorar la pérdida de Johnny sobre el lomo de Cenizas. Pero mi compañera es un manojo de nervios, y me resulta imposible conseguir la bonita estampa que imagino.
Para una vez que quiero ponerme sentimental, no me dejan.
Así pues, abandono el intento de escena melancólico-dramática y me alimento de la sed de venganza.
Voy a echar de menos al joven hacker. A decir verdad, siempre supe que moriría antes de cumplir los treinta y cinco. Un chico escuálido, sin preparación física y metido en movidas peligrosas. Aunque no estaba sobre el terreno, corría un riesgo al formar parte de misiones tan chungas como esta.
Pero intuir su final no es lo mismo que vivirlo y, la hostia, escuece más de lo que creí que lo haría. Además, no han dejado que muriera con dignidad. Le dispararon a sangre fría tras haberlo molido a golpes. Eso es, como poco, cobarde y rastrero.
—Tranquila, Cenizas. —Acaricio a mi pequeña y me la quito de encima para ponerme en pie—. Vengaremos a nuestro Little Robin particular.
La perra ladra, y tiene toda la razón.
—Puede que tú no lo vieras porque estabas al borde del abismo, pero, sí, también te vengué a ti.
Me cargué a todos los cabronazos que se atrevieron a hacerte daño.
—Me agacho para recoger del suelo la rosa blanca manchada de sangre y hago girar el tallo quebrado entre los dedos—.
Y por supuesto que pienso desatar el apocalipsis por nuestra Scarlett.
Cenizas gruñe, y percibo en ella las mismas ganas de destruir, triturar y asesinar que tengo yo.
A paso ligero, me encamino al lavabo, cojo el botiquín y estudio mis heridas.
Podría fustigarme y comerme la cabeza con los remordimientos. Pero ¿de qué serviría? Ya sé que todo esto ha ocurrido por mi culpa, martirizarme con ello no conseguirá restaurar las cosas. Aun así, creo que le debo una disculpa.
—Perdóname, pequeña —le digo a Cenizas, que no me quita ojo desde la puerta—. No debería haber separado a la familia. Solo quería disfrutar de una noche íntima con mi mahni, pero la cagué por no tener en cuenta que no era el momento ideal para hacerlo.
Coloco la flor sobre mi oreja y analizo los daños. Como suponía, un único vial no era suficiente para cerrar fisuras tan profundas, pero al menos detuvo la hemorragia y, con unos cuantos puntos, estaré como nuevo. Con dolor, pero servible.
—Para colmo, después voy y la dejo sola a ella.
¿A quién se le ocurre? Ah... Esto del amor es complicado de cojones, es cierto eso que dicen de que te deja ciego, porque no vi venir el peligro.
—Desinfecto y me pongo manos a la obra con la aguja.
No puedo evitar sonreír—. Si Scarlett estuviera aquí, ya se habría desmayado.
Cuando termino con las suturas, vendo las zonas como puedo, me pongo ropa limpia y voy al salón levantando el cuello de la nueva chupa.
Hago lo posible por ignorar el agujero abierto en la puerta de entrada y las manchas de sangre en el suelo.
Es mejor no saber a quién pertenecen esos fluidos resecos, porque como confirme que mi mahni está herida, puedo perder la cabeza y volverme loco de remate.
Y eso, aunque puede venirme bien en plena contienda, no es favorable cuando tengo que trazar un plan que no ponga en riesgo la vida de mi chica.
Eso, si llego a tiempo.
Quiero creer que sí. Que mientras la marca que nos une siga achicharrando la palma de mi mano, ella sigue viva.
Pongo en on el televisor solo para comprobar fecha y hora, rezando porque no haya pasado inconsciente demasiado tiempo.
—Bueno, compañera —sigo comunicándome en voz alta con Cenizas, porque al sentir que podía perderla me di cuenta de que cada vez lo hacía menos.
Ganas de recuperar el tiempo perdido, supongo—, parece que la fiesta de Amelia ya ha comenzado.
Me habría gustado llegar antes, pero, en fin, así son las cosas.
Dejo la flor que todavía colgaba en mi oreja sobre uno de los estantes y me echo encima todas las armas con las que puedo cargar, además de colocarle un chaleco antibalas a la perra, diseñado específicamente para ella.
Saco de la otra nevera, la que de verdad enfría, el único pedazo de chuletón crudo que compré para cuando Cenizas llegara al piso al día siguiente de mi romántica cena.
Le doy un buen par de mordiscos y dejo el resto para ella.
Necesitamos coger fuerzas para lo que nos aguarda, y contamos con la desventaja de que ya no quedan viales.
—¿Preparada para rescatar a nuestra pelirroja?
Cenizas ladra en respuesta y no esperamos ni un solo segundo más. Ambos salimos disparados con el edificio donde nos retuvieron como punto de encuentro.
Corremos tan rápido como nos es posible, rompiendo ventanillas cuando pasamos a toda velocidad entre los vehículos que circulan por las carreteras de Shadow City, levantando algunos adoquines al arrasar las aceras.
El agua fría impacta contra nuestros cuerpos como si pretendiera castigarnos por la masacre que queremos causar. De tanto en tanto, un relámpago ilumina el camino y el trueno resuena furioso, uniéndose embravecido a nuestra causa.
Tardamos menos de lo que había previsto en llegar a nuestro destino. Resollamos. Se nota que todavía no estamos cien por cien recuperados, pues en condiciones óptimas no tendríamos la necesidad de recobrar el aliento después de una carrera como esa.
—Te estás haciendo vieja —bromeo. Me entran ganas de reír cuando las orejas de la aludida se agachan, casi como si hubiera entendido lo que acabo de decirle—. No te ofendas, sigues siendo preciosa. Bueno, Cenizas —doy una palmada y hago rotar los hombros—, hora de morder.
A la que asomamos las cabezas por el patio ajardinado de la entrada, los disparos comienzan a entonar nuestra banda sonora.
Tenemos prisa para llegar a la planta superior donde están los vampiros que nos interesan, por lo que nos movemos de un lado a otro con rapidez, casi transportándonos, esquivando las balas como podemos hasta cruzar la enorme puerta de acceso.
No vale la pena cansarse con meros vigilantes.
—Tú por las escaleras —le indico—, yo tomaré el ascensor.
Por suerte, son bastante penosos apuntando y, mientras espero sin dejar de zigzaguear, solo uno de ellos consigue arañarme el hombro derecho.
Entro en el elevador y presiono los botones de todas las plantas. El plan que he elaborado es algo tedioso, pero confío en que merecerá la pena parar en cada uno de los sesenta y dos pisos para dejarles un regalito explosivo.
Reconozco que me sorprende que pueda hacerlo con tanta facilidad. No encuentro activos armados en ninguna de las paradas, y eso me lleva a pensar que, con toda probabilidad, han cogido las escaleras y me esperarán en la última planta.
«Cenizas, no me falles».
Contando con esta acertadísima suposición, decido bajarme en el penúltimo piso, el 61, a través del que puedo moverme con total libertad hasta el balcón al otro lado.
De verdad, qué gente más inútil. ¿Y a estos les pagan un sueldo para mantener el perímetro asegurado?
Si no me los tuviera que cargar, les daría un par de contactos que sí son seguratas de los auténticos.
Me encaramo a las celosías y trepo dejándome las uñas por el camino para no resbalar por culpa de la lluvia hasta la terraza del nivel superior.
Una vez ahí, me muevo con sigilo entre las sombras y observo lo que ocurre en la fiesta a través del cristal. El lugar está infestado de chupasangres elegantes que parece que se han vestido para acudir a un entierro y no al cumpleaños de una quinceañera.
Llama mi atención la ausencia de música y que todas las cabezas miren a algo concreto que queda a la derecha.
Me acerco un poco más al cristal, hasta el punto de que el vaho de mi respiración deja marca, y consigo ver a Amelia.
Eso es lo que los tiene tan embobados. La niña destaca entre tanto negro, ataviada con un bonito vestido celeste.
Se mueve con tranquilidad, como si contara con todo el tiempo del mundo, sobre un tétrico escenario.
Junto a ella, un vampiro recoge la sangre del sacrificado atado a una especie de altar, vertiéndola en un exquisito cáliz dorado que debe de costar millones de dólares.
El alivio me invade al comprobar que el cuerpo que yace sobre el altar no es el de una mujer.
No es Scarlett.
También diviso unos cuantos humanos repartidos en el mismo escenario; algunos se arrastran por el suelo, otros parecen dormidos de pie. Seguramente los han drogado para después entregarlos como ofrenda a los invitados. Mi mahni tampoco está entre ellos.
—Busca, busca, busca... —Empiezo a desesperarme mientras recorro todo el espacio con ojos desquiciados—. ¿Dónde estás, nena?
«Ahí».
Un grupo de vampiros se mueve hacia el escenario y, al esparcirse, dejan un hueco a través del cual consigo vislumbrar una jaula a gran escala y, en su interior, la figura inconfundible de mi chica, vestida de rojo pasión.
Una magnífica rosa entre zarzas.
Se me aceleran los latidos nada más verla y tengo que luchar contra la urgencia de sacarla de allí a cañonazos. Veo que tiene al Boss cerca y, si entro a las bravas, puedo ponerla en peligro. No llegaría a tiempo si él decidiera actuar.
No pierdo detalle de Scarlett, recorro con la vista cada centímetro de ella y respiro aliviado al comprobar que parece que está ilesa. Me preocupa que esté vomitando, pero conociendo la fobia que padece y viendo la sangría que Amelia está llevando a cabo, lo extraño es que no se haya desmayado.
De pronto, los asistentes estallan en eufóricos aplausos, y miro qué ocurre en el escenario.
Parece que el show llega a su fin, pues su anfitriona bebe del cáliz dorado hasta apurarlo.
Cuando aparta la copa, deja al descubierto su porcelánico rostro manchado por la sangre que resbala de sus comisuras.
Mi corazón se salta dos latidos cuando Amelia abre los ojos y los fija directamente en mí.
«Saben que estoy aquí».
Por instinto, mis ojos vuelan hacia Scarlett, y contemplo con horror la sonrisa afilada del Boss justo detrás de ella. «Llegas tarde», puedo leer en sus labios.
No me da tiempo a sacar la escopeta y reventar el cristal. Segundos antes de que los pedazos de vidrio vuelen sobre los asistentes, el vampiro tira con brusquedad del cabello de mi mujer y le hunde los colmillos en la piel pálida de su estilizado cuello.