Eclipse en Shadow City 28. Scarlett. El eclipse en la sien #2
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28. Scarlett. El eclipse en la sien #2

Veo con ojos llenos de odio cómo Patrick vuelve a cruzar las correas y abre de nuevo la portezuela de la jaula. Ni siquiera la esperanza de que me deje en paz me aporta alivio. Porque, sin Xander, la vida me parece vacía, innecesaria.

Pero el Boss no me hace el favor de desaparecer. Tras cruzar unas palabras con un vampiro al otro lado, un camarero le ofrece una copa y la llena con algo tan rojo y espeso que solo puede ser... Ojalá pudiera decir que solo puede ser zumo de tomate.

Copa en mano, vuelve a situarse a mi lado. Todavía no proceso que Xander... No, no puedo ni decirlo.

—Atenta, conejita —dice Patrick. Aprieta los dedos de su mano libre en mis mejillas y me obliga a mirar al escenario—, el espectáculo va a comenzar.

Ryan sube al altar, se descamisa y se tumba con el rostro iluminado de una alegría que infecta mis heridas internas hasta hacerlas supurar. Dos vampiros lo atan de manos y pies al frío mármol mientras Amelia se acerca con una calma insólita.

—El muy idiota cree que mi sobrina lo va a convertir en uno de los nuestros —comenta el Boss a mi lado—.

Pero sacrificarlo es el regalo que Amelia te ha prometido, ¿no es así?

—No respondo, mis ánimos han decaído más allá de la tristeza.

Ya no existo—. No era difícil de adivinar —añade, como si me importara la manera en que ha llegado a deducirlo—.

Por su culpa estás aquí y mi sobrina cree que vengándote conseguirá obtener tu favor.

—Quiero verlo sufrir —confieso en voz alta.

—Entonces, no cierres los ojos.

Mi ex está tan extasiado con los aplausos que no advierte que Amelia lleva consigo una daga larga y afilada.

Desde aquí puedo atisbar que el objeto de la muerte es una exquisita obra de arte, con la empuñadura cubierta por completo con incrustaciones de piedras preciosas de distintos colores, todos tan brillantes que hipnotizan.

La venganza es lo único que ahora consigue remover algo en mí.

Y, desde mi posición, siendo conocedora del destino de Ryan, reflexiono.

Recuerdo todo lo que he vivido junto a ese ser y me doy cuenta de que el odio se parece demasiado al amor.

Ambos son capaces de nublarte el juicio, de volverte ciego ante una persona que no merece ninguna de tus emociones, ni siquiera la primera.

Con el primer corte, Ryan pierde la sonrisa y el horror se refleja en cada uno de sus gestos.

La sangre empieza a manar de la larga grieta abierta en su antebrazo y lo viste de rojo del codo a la muñeca.

Mi estómago se retuerce y mis latidos cogen carrerilla, pero no aparto la vista.

Él es la causa de que lo haya perdido todo y mi fobia no va a impedir que saboree este ajuste de cuentas.

Un vampiro camina por detrás de Amelia y se dedica a recoger la sangre de Ryan en un gran cáliz dorado.

La niña continúa con el rito sin importarle los alaridos ni los espasmos de su víctima.

Sus facciones se mantienen impertérritas y nada consigue provocar algún tipo de expresión.

Imita el primer corte en el brazo gemelo de Ryan.

Luego continúa abriéndole la carne con cortes profundos en los muslos, los hombros, la frente, sobre las letras «SOF», que estaban cicatrizando, atraviesa sus mejillas de lado a lado, y lo último que veo antes de tener que apartar la mirada para no perder el conocimiento es cómo le abre dos tajos en forma de cruz en el pecho.

No puedo seguir mirando, es superior a mí. Las arcadas asoman cuando las puñaladas asestadas por Amelia resuenan como si hicieran eco.

—¿Te impresiona la sangre? —pregunta Patrick con un deje de diversión.

La punta de su zapato en mi campo de visión me obliga a alzar la vista, para encontrármelo, otra vez, demasiado cerca. Quiero llorar, gritar, arañarle la cara..., pero tal es mi apatía que no muevo un dedo, ni siquiera cuando empieza a bajarme la cremallera del traje.

Mete su mano fría por el escote, acaricia mis senos como si le pertenecieran y pellizca uno de mis pezones. «Qué más da, solo está tocando un cuerpo vacío», pienso.

—Tengo muchas ideas para divertirme contigo —murmura con una voz asquerosa—. Voy a conseguir que entiendas que no hace falta ningún eclipse para hacerte mía.

Entonces decido pensar en ti, Xander. Dejo volar mi cabeza y pienso que ojalá me dieran ahora otra de esas pastillas que me llevan a tu lado. Porque puedo sentir cómo me estoy desmoronando, pedazo a pedazo. No queda más de mí que una cáscara rota, con el corazón arrugado y seco.

A lo mejor recordarte es un mal hábito, algo tan adictivo como esa sangre de dragón. Pero es que vivir en esa fantasía es lo único que quiero. Eso o morir.

Patrick coloca la copa sangrienta que le han servido antes entre nosotros. Realiza un movimiento orbital con ella bajo la nariz y aspira su aroma como si se tratara del mejor vino.

—Estaba pensando que yo no puedo beber hasta que lo haga mi sobrina... Pero tú no eres vampira, así que se me ocurre que podrías hacer los honores.

Tan rápido que no lo veo venir, pellizca mi nariz, obligándome a abrir la boca para coger aire.

Es entonces cuando vierte el contenido de la copa en mi lengua y trago la sangre por puro instinto de supervivencia, con la desesperación de poder respirar.

El sabor me resulta nauseabundo y mi estómago convulsiona con repulsión.

—Dime, conejita, ¿no te resulta dulce la sangre de tu hati?

El líquido espeso se derrama por las comisuras de mis labios, y empiezo a toser sin control. Cuando libera las aletas de mi nariz, mi cabeza cae hacia delante y vomito lo ingerido con lágrimas en los ojos.