Eclipse en Shadow City 28. Scarlett. El eclipse en la sien
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28. Scarlett. El eclipse en la sien

Scarlett El eclipse en la sien

—¿Sabes?, me gustan las mujeres que aparentan ser frágiles y débiles... Fáciles de manejar, pero que después resultan ser unas fierecillas violentas. Hembras cuyo fuego crepita en su interior con toda la intención de quemar cuando uno se acerca.

Me estremezco al ver el reflejo de la luz de un relámpago sobre la superficie de la llave que el Boss acaba de sacar del bolsillo. El sonido que hace esta al introducirse en la cerradura de la jaula me apuñala los oídos como si fueran las garras de un engendro arañando el cristal.

Ahora que el Boss entra en la prisión que, sin darme cuenta, había llegado a considerar refugio, sé que estoy perdida.

Sudo frío y comienzo a hiperventilar de puro miedo.

Nadie aquí me va a ayudar. Estoy atada y sola, a pesar de que la sala está abarrotada de gente, decenas de ojos que miran con curiosidad y morbo.

—Todavía tengo que averiguarlo —continúa el Boss, cada vez más cerca de mí—, pero apostaría mi vida a que eres una de las que encajan en ese grupo. Solo una gatita con las uñas afiladas sería capaz de tener a un helsing a sus pies.

La puerta se cierra con estrépito a su espalda.

La música amortigua el ruido, pero yo lo oigo tan nítido que viene acompañado de una sensación opresiva.

Me da la impresión de que la sola presencia de Patrick consigue que los barrotes se curven hacia dentro, mermando el espacio del que disponemos, aproximándonos a la fuerza.

Empiezo a verme acorralada cuando me doy cuenta de que el vampiro no tiene intención de parar hasta llegar a mí.

—No te acerques más —le digo entre dientes. No quiero notar ni un solo dedo rozándome la piel.

Él se ríe como si estuviera gastándole una broma. Pero pienso defenderme como pueda. Las correas me mantienen atada por el torso, pero todavía tengo las manos libres.

—¿O qué...?

A la que da un paso más, ataco con los dedos en garras, dispuesta a clavarle esas uñas de gata a las que ha hecho referencia.

La putada es que, aunque consigo darle en el hombro y la mejilla, no dejo más que un rastro de piel colorada, pues el látex que cubre mis dedos resbala e impide que pueda hacerle daño.

—Lo que imaginaba. —El Boss aprovecha mi patético intento de defensa y me agarra las muñecas con fuerza—. Eres una pequeña fiera que es capaz de enseñar los dientes. Me encanta. —Lleva mis brazos atrás y me aprisiona las muñecas con una sola mano a la espalda.

Me sacudo y me retuerzo, pero con ello solo consigo hacerme daño en las articulaciones y que él esté más cerca. Lo tengo encima, tanto que sus muslos rozan los míos y mi frente da contra su pecho, ancho y firme como un muro.

Con la mano que tiene libre, deshace el apretado moño y coloca mi cabello suelto sobre los hombros. Sin dejar de pasar los dedos por mis mechones rojizos, acerca la nariz a mi cuello y aspira como si estuviera esnifando coca.

—¡Suéltame, asqueroso!

—No pienso hacer eso —susurra a la altura de mi lóbulo—, porque Amelia tiene razón: me tienes obsesionado.

—Eso no parece sano —contesto. Estiro el cuello a un lado, procurando alejarme del calor de su aliento. Por desgracia, consigo el efecto contrario, ya que al estirarme dejo más expuesta la piel.

—Tienes razón, pero soy un hombre que tiende a acomodarse en los extremos. Para mí no existen los grises. O todo blanco, o todo negro.

—Pues siento decirte que te voy a decepcionar. Soy una humana de lo más normalita, no entiendo tu encaprichamiento.

Por fin, me concede un poco de espacio. No es mucho, pero al menos me mira a los ojos y ya no me respira en la oreja.

—Es lo que pensé cuando oí hablar de ti: «¿Qué tendrá de especial una humana para hacer que un helsing se descubra con una triste amenaza a una de mis arañas?».

»No ibas a ser más que un sacrificio en una fiesta. Una en la que, casualmente, acabaron todos los vampiros convertidos en cenizas.

La música se detiene y las conversaciones se transforman en murmullos apagados.

—La verdad es que ninguno de esos vampiros me importaba —continúa tras echar un vistazo tras de sí—, ni siquiera los conocía porque intento que no se me vea rodeado de gente de segunda. Ya me entiendes.

Patrick se agacha para pasar por debajo de las correas y se coloca a mi espalda, tensando cada uno de mis músculos. Ya lo temo de frente, pero tenerlo detrás, sin saber qué hace, me provoca escalofríos.

Al otro lado de la jaula, más allá de las cabezas que se acumulan frente a ella, unos cuantos vampiros de seguridad empujan a una docena de humanos a una especie de escenario que, hasta ahora, había permanecido oculto tras unas gruesas cortinas de terciopelo negras.

Los dejan temblando y tambaleantes, probablemente hasta las cejas de droga, repartidos alrededor de algo que parece un altar.

—Habría dejado ahí el tema. —El Boss vuelve a atraer mi atención, con sus susurros sobre mi nuca—. Total, lo entendía, ese es su trabajo, ¿no? Matar vampiros. Pero se sobrepasó cuando, poco después, derribó en el asfalto a mis leales enviados. La muerte de esos sí me tocó las narices.

—Qué pena...

—Sí, una pena, eran buenos soldados. Y fue entonces cuando me lo pregunté por segunda vez: «¿Tan importante es esa humana para el helsing, que es capaz de conseguir que arriesgue su vida por ella?».

»Tal y como me hice la pregunta, encontré la respuesta.

Ahogo un grito cuando aprieta el pulgar sobre el látex, justo por encima de donde tengo la rosa tatuada. Clava el dedo hasta que una lágrima escapa y resbala por mi mejilla; espera a que caiga hasta la mandíbula y la recoge con la lengua.

—El eclipse —escupe, como si la palabra tuviera un mal sabor—.

Tuvimos el placer de conocer a una helsing hace años; llevaba esa marca circular grabada en la sien.

No le dimos importancia, creyendo que no era más que otra cicatriz de batalla.

Pero mi hermano Erik insistía en que percibía algo extraño en ella, así que me envió a investigar qué la había producido.

»Tardé unos meses en recabar la información, pero el descubrimiento mereció la pena. Un vínculo entre un hati y su mahni. Algo curioso y peligroso para quienes lo experimentan, pues los hace débiles frente a sus enemigos.

El miedo se me pega a las tripas, porque Patrick tiene razón: que tu enemigo conozca tu mayor debilidad lo hace ser todavía más peligroso.

—Una lástima que esa helsing no acabara con todos vosotros —me atrevo a decir.

Se ríe y consigue revolverme el estómago.

Al otro lado, en el escenario, hace acto de presencia Ryan, con una sonrisa tan deslumbrante que consigue que mi odio por él supere al que le tengo al ser que me pone los pelos de punta a mi espalda.

Mi ex se sitúa en el centro y levanta ambos brazos como si se creyera una estrella del pop. El muy capullo ni repara en los humanos que tiene cerca, los cuales apenas pueden mantenerse en pie.

—Ah, sí, lo intentó. —Arrugo la nariz con asco al sentir los labios húmedos del Boss sobre mi cuello—.

Pero la cosa no acabó muy bien para ella.

Erik llevaba tiempo investigando el modo de conseguir que la especie prosperara y pudiera reproducirse.

Pero, por encima de eso, quería encontrar el modo de que esa nueva generación fuera también más poderosa y fuerte.

»Entre vampiros no podemos engendrar hijos, ya lo hemos intentado. Vampiro y humano es viable, pero nuestro gen muere y el fruto de la unión es otro penoso humano. En cambio, cuando esa helsing se cruzó en el camino del Capo... Puedes imaginar lo que sucedió con ella.

—Dios mío... —Es lo único que consigo articular.

«La violaron». Ese es el pensamiento que se repite en mi cabeza una y otra vez.

—Y ahí tienes el resultado. —Patrick estira el brazo por encima de mi hombro y señala el escenario. Amelia sube los escalones, preciosa con su vestido celeste, y entonces todo cobra sentido—. Cuando la helsing dio a luz a Amelia, Erik la mató.

Se me corta la respiración al pensar en los horrores que debió de sufrir la cazadora desde que fue capturada. Torturas, violaciones... La gestación de un hijo no deseado y al que después no tendría oportunidad de conocer. Morir con la certeza de que has parido un arma. Un monstruo.

—¿Amelia lo sabe? —No sé por qué pregunto eso, pero una parte de mí desea que la respuesta sea negativa. Porque, si lo sabe y no se ha rebelado contra su padre, todo está perdido. Pero si no lo sabe...

—Eso no es de tu incumbencia. —Despacio, comienza a rodear mi cuello con los dedos—.

Verás, al contrario que tú, yo no suelo cuestionarme cosas que no me conciernen, pero recuerdo que cuando esa tal Wendy murió a manos de mi hermano, me pregunté si ese vínculo era tan fuerte como para hacerle saber a su hati que su corazón había dejado de latir.

¿Qué me dices? —Agarra el tirador de la cremallera de mi traje y con el índice acaricia mi garganta, justo para notar cómo esta sube y baja cuando trago saliva con nerviosismo—.

¿Tu marca te ha hecho saber de algún modo que tu hati ha abandonado este mundo?

Ahí están. Las palabras que tanto temía oír.

—No. —Mi alma escapa de mi cuerpo con ese suspiro—. Es mentira.

Casi no puedo hablar. Mis ojos están abiertos de par en par, pero no ven nada. Mi voz se rompe antes de pronunciar las palabras.

—Algo me dice que ya conocías su destino, pero te negabas a ti misma a reconocer tan dolorosa verdad.

—¡Cállate! —Ojalá pudiera llevarme las manos a los oídos. No quiero seguir escuchando, no puedo.

Xander...

Así que ese era el mensaje del ardor en mi marca.

Estoy tentada de arrancarme la piel, despegarla del hueso y borrar el eclipse que no dejará de recordarme todo lo que he perdido.

Aprieto los párpados. Siento presión en las glándulas lagrimales, pero retengo el agua salada como puedo. Este cabrón podrá asesinarme, pero no le voy a dar el gusto de verme llorar. Él no merece ver estas lágrimas que pertenecen a mi hati.

—Pero bueno, estamos aquí para celebrar y no para hacer dramas.