Eclipse en Shadow City 27. Scarlett. La evolución de la especie
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27. Scarlett. La evolución de la especie

Scarlett La evolución de la especie

—¡Ah, mira! Ahí está tío Patrick. Seguro que se muere por verte.

—No, por favor, no lo lla...

Me muerdo la lengua a medio camino. Amelia levanta el brazo y lo agita de un lado a otro para llamar la atención del Boss, quien acaba de hacer su aparición en la sala.

Es muy fácil de divisar, puesto que su descomunal envergadura lo hace destacar por encima del resto de los allí presentes.

No tarda en dirigir sus penetrantes ojos azules hacia aquí.

A pesar de que Amelia da saltos y saluda con entusiasmo, estoy segura de que, de todos modos, me habría visto.

El rojo del traje de látex que llevo puesto es tan discreto como una llama en la oscuridad.

Ni que decir tiene que la jaula en la que estoy presa tampoco es que pase inadvertida.

—Creo que ya nos ha visto —informa Amelia.

Patrick se ajusta la americana negra sobre la camisa del mismo color, acorde con la etiqueta, siendo las únicas excepciones Amelia y yo, y se despide con una afable sonrisa de un grupo de vampiros que se habían acercado a él para conversar.

Imponente como un glaciar, se abre paso entre el gentío y deja un vestigio de frío amenazador por el camino.

—¿Cómo está mi sobrina favorita? —Se agacha para dejar un beso en la cabeza de Amelia. Podría pasar por un acto afectuoso, incluso parecen, por un segundo, una familia normal, y no seres carentes de corazón.

—Claro, porque soy tu única sobrina.

—¿Y qué estás haciendo aquí? —Se lo pregunta a Amelia, pero clava sus pupilas en mí, cortándome el paso del aire—. Deberías estar disfrutando de tu fiesta y expresar tu agradecimiento a todos los invitados.

—Pero ya estoy disfrutando de la fiesta, tío. Solo que prefiero estar haciendo compañía a mi nueva amiga, en lugar de ir a lamerle el culo a la plebe.

—Amelia...

—¿Qué? Sabes tan bien como yo que no están aquí por mí, sino porque temen que mi padre les corte la cabeza o, peor, los eche de la colmena por no aparecer.

—¿Qué voy a hacer contigo? —murmura, pasándose una mano por el cabello tan negro como su alma. La pregunta me provoca un escalofrío porque, tal y como la formula, no sé definir si se refiere a Amelia o a mí—. Así que estrechando lazos con mi familia, ¿eh?

—Somos tan íntimas que estamos intercambiando regalos —contesto con sequedad.

Me revuelvo incómoda. El corsé que me han puesto aprieta demasiado y las costillas me duelen.

Además, se me clavan las varillas bajo el pecho, y estar obligada a permanecer de pie en el mismo punto me hastía.

Debo de parecer una enorme araña roja desde su posición, con las cuatro correas que se estiran como patas a cada lado, manteniéndome atada a la jaula.

—Sí —Amelia toma la palabra y me da un respiro al conseguir que Patrick deje de taladrarme con los ojos durante unos segundos—, ella me regala su amistad y una sonrisa y yo haré sufrir a la araña en el sacrificio.

—Vaya, qué buen intercambio. —Ni siquiera pone empeño en disimular la ironía.

—Por cierto, tío. ¿Dónde has estado? Has tardado en llegar.

El Boss le coge un mechón de cabello y comienza a trenzárselo.

Amelia se deja hacer, sin inmutarse lo más mínimo, y lo cierto es que consiguen que incluso un acto tan mundano dé grima.

La inquietante indiferencia de la niña que parece una muñeca de porcelana...

El movimiento delicado de los dedos largos, ásperos y cubiertos de cicatrices de un pez gordo en la mafia nocturna...

—He estado atendiendo una videollamada de tu padre.

—Qué suerte que al menos se acuerde de un miembro de la familia el día de mi cumpleaños. Es todo un detallista, ese hermano tuyo —escupe Amelia.

—Sabes que Erik te ama más que a nadie.

—Pues tiene un modo curioso de demostrar su afecto...

De pronto, siento algo de lástima por la niña. A lo mejor, esa forma de ser tan fría y exenta de empatía es consecuencia del entorno en el que se está criando.

—Espero que, al menos, su ausencia haya merecido la pena —continúa Amelia.

—Parece que la negociación ha resultado tal y como él deseaba. Así que asumo que, sí, su ausencia ha sido productiva y justificada. —Suelta el mechón de la cría con la trenza a medio hacer.

—¿Cuándo nos iremos, entonces?

Presto mayor atención a la conversación. ¿Se van de Shadow City?

—Algunos efectivos ya están abandonando la ciudad —contesta Patrick—. Nuestro jet espera en pista, con todo dispuesto para cuando decidas partir.

—¿Podríamos irnos esta misma noche?

—Si así lo deseas... —Trago saliva cuando vuelve a mirarme con fijeza—. Podemos partir en cuanto termines el ritual, si eso es lo que quieres.

—¿Para qué retrasar lo inevitable? De todos modos, aquí tampoco he conocido a nadie que merezca la pena.

—Tan súbitamente que me hace dar un respingo, Amelia inclina la cabeza hacia mí y vuelve a mostrar esa sonrisa ensayada en su rostro—.

Excepto tú, Scarlett. Es una suerte que mi tío se haya obsesionado contigo.

La observo sin saber qué decir. De verdad parece que ella considera toda esta situación como algo positivo. ¿En qué clase de monstruo desprovisto de emociones la están convirtiendo?

Lo que hasta hace poco tachaba de crueldad, ahora lo entiendo como falta de comprensión. Esta cría no tiene ni idea de lo que son ni cómo funcionan los sentimientos.

Y eso la convierte en una criatura peligrosa.

—Está bien —vuelve a concentrarse en su tío—, acabemos cuanto antes con esta mierda de fiesta.

—¿No te gusta celebrar tu cumpleaños, Amelia?

Los dos se vuelven a mirarme al unísono.

Quizá mi interrupción está fuera de lugar, tampoco es que me importe la respuesta, pero esa niña busca una amiga porque, por lo que he podido deducir, nunca ha tenido a nadie con quien compartir experiencias, pensamientos, risas...

Recuerdo que me dijo que no sabía reír. ¿Puede haber algo más triste que eso?

—Nunca he celebrado mi cumpleaños. —Se encoge de hombros, pero nunca deja de sonreírme—.

Esta es la primera vez, y no habrá otra hasta que cumpla los veinticinco, cuando complete el newid .

El cambio, si le buscamos una traducción.

Pero creo que no, no me gusta celebrar mi cumpleaños.

Toda esta gente está aquí por lo que represento, no por mí.

—¿Lo que... representas? —No puedo evitar que la curiosidad asome con tanto descaro.

—Deberías dejar de hablar y saludar a los invitados —nos interrumpe el Boss, con voz afilada.

—Voy a contarle a mi amiga lo que me dé la gana, tío. Si no te gusta, puedes irte.

Esta vez soy yo quien sonríe. Podría llegar a gustarme esta chiquilla, a pesar de su extravagancia.

Su tío gruñe, pero, para mi desgracia, no se mueve del sitio.

—Represento la evolución de la especie. —Esa confesión me pilla por sorpresa.

Tengo la impresión de que es importante, pero, a su vez, se me escapa en qué magnitud.

¿A qué se refiere con evolución? ¿No son ya los vampiros en sí una evolución del propio ser humano?

—. Soy la primera y, hasta el momento, única vampira nacida y no creada.

De pronto, esa verdad me estalla en la cara.

—Pareces sorprendida —me dice Amelia.

—Sí, lo estoy. Es que por primera vez soy consciente de que tu nacimiento fue algo insólito para vuestra raza.

—Así es —interviene el Boss—, Amelia no solo es importante en la colmena, lo es para el resto de los vampiros y vladers que habitan el planeta. Ella es un fenómeno excepcional.

Un fenómeno. Así es como la ven, no como lo que es: una niña. Amelia está creciendo como símbolo y nadie la trata como una persona que necesita afecto, amor y valores.

—Por eso mi padre organiza estas pantomimas —declara la pequeña—.

Al cumplir los quince años, según nuestros científicos encargados de analizar mi evolución, abandono la infancia.

A los veinticinco, habré alcanzado mi mayor potencial.

Así que, para dotar de mayor importancia a esos cambios, mi padre se ha sacado de la manga que complete un ritual que, según él, quedará escrito en los anales de la historia vampírica.

—Eso es... Amelia, eso es horrible —digo con sinceridad.

No puedo ni imaginar por lo que debe de estar pasando. ¿Científicos analizándola? No es un puto experimento, es una niña, joder.

—¿Por qué? —me pregunta frunciendo el ceño e inclinando la cabeza a un lado, sin comprender.

Debería odiarla, pero cada vez lo hago con menos fervor.

Miro a Patrick, que parece querer fulminarme con la mirada, y luego de nuevo a Amelia. ¿De qué serviría en estos momentos intentar explicarle que nada de lo que le están haciendo está bien?

—No es nada. Lo he dicho sin pensar.

Pero Amelia sigue clavándome esos ojos del color de la miel, como si intentara escarbar y entrar en mis pensamientos.

Dos vampiros equipados con chalecos antibalas se acercan al Boss y le susurran palabras que desde mi posición no alcanzo a oír. Cuando están a punto de dar media vuelta, Amelia los detiene.

—Quiero terminar con la celebración cuanto antes.

Preparadlo todo para el sacrificio; lo quiero listo en menos de veinte minutos.

—Los soldados asienten diligentes y abandonan su posición—.

Siento tener que dejarte, Scarlett, pero ciertos asuntos requieren mi presencia.

Nos vemos después de la celebración; espero que disfrutes de tu regalo.

Yo espero que no volvamos a vernos, pero, en lugar de responderle algo que sé que iría en mi contra, la despido con un movimiento de cabeza.

Antes de que Amelia pueda dar dos pasos, su tío la retiene agarrándola del brazo con más fuerza de la que considero que sería necesaria. Eso me recuerda a la forma en la que Ryan me trataba y consigue que rechine los dientes con rabia.

—¿Cuándo podré quedármela? —le pregunta con un deje de impaciencia. No tengo que ser muy avispada para sobreentender que está hablando de mí.

La niña me lanza una mirada cargada de intenciones por encima del hombro antes de responder a su tío. Ha intentado decirme algo, lo sé, pero no consigo descifrar el qué.

—Puedes empezar a jugar con ella cuando quieras, pero recuerda que esta noche nadie, ni siquiera tú, está autorizado a saborear la sangre hasta que yo haya completado el ritual.