Eclipse en Shadow City 26. Xander. A contrarreloj
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26. Xander. A contrarreloj

Xander A contrarreloj

Tres disparos.

Tres agujeros profundos manando sangre a través del suave pelaje negro.

El chillido de un animal que acaba de ser abatido es un sonido que mis oídos jamás deberían haber percibido.

Lo que acaban de hacer no es solo disparar a mi pequeña, no. Lo que acaban de hacer es abrir la maldita caja de Pandora.

La imagen de Cenizas cayendo a plomo al suelo, su propia sangre formando un charco a su alrededor y sus ojos negros buscando los míos como si quisiera dedicarme un último adiós despiertan sombras y monstruos que no sabía que habitaban mi cuerpo y se paseaban por él como si estuvieran en su casa.

Estaban mansos, tranquilos, pero ahora rugen, gruñen y arañan las paredes porque les he contagiado mi furia. Les abro las puertas y las ventanas para que salgan y me ayuden a matar a cada escoria que está aquí y se ha quedado mirando mientras el rinoceronte apretaba el gatillo.

No aparto los ojos de mi chica porque quiero que sienta mi abrazo, a pesar de que no puedo estar ahí abajo con ella, dándole calor mientras su respiración se vuelve cada vez más lenta y dolorosa.

Sí, no dejo de mirarla a pesar de que a mí me resulta insoportable contemplar una escena que siempre había dado por imposible.

Su sufrimiento me infecta de una enfermedad letal para todos los que ahora comparten aire conmigo.

Mi corazón se estruja y bombea rabia por mis venas, una rabia que alimenta a los monstruos que acabo de dejar salir y siento que estos crecen sin control, hasta el punto de que ya no me caben en el cuerpo.

Son lobos hechos de inmensas sombras, más terroríficos que los mismísimos demonios.

Suelto un aullido que desata el pánico entre los vampiros presentes. Los miro con ojos sádicos y concentro todas mis fuerzas en los brazos y el abdomen abierto. La sangre de la herida forma una cascada roja cuando hago uso de cada músculo y empiezo a arrancar los grilletes que me anclan a la pared.

Rujo cual bestia desprovista de piedad mientras las grietas se abren camino por el yeso y noto que el metal cede. «Gritad. ¡Gritad como niños en el purgatorio!».

—Ya podéis temerme, cabronazos —gruño con voz gutural—, porque pienso destrozaros hasta el punto de que ni el mismo diablo encontrará vuestras almas intactas.

Consigo descepar el metal de la pared y me libero justo a tiempo de esquivar la primera bala.

Caigo en cuclillas y hago caso omiso del intenso dolor que me sacude los nervios cuando me arranco lo más deprisa que puedo los ganchos del muslo y la rodilla.

Las laceraciones duelen como su puta madre y la pérdida de sangre merma mis capacidades, pero saber que mi compañera está en estado crítico me aporta una dosis extra de adrenalina y energía mortífera.

Haciendo uso de mis espectaculares habilidades, evito un segundo disparo y me planto en un extremo de la sala para tenerlos a todos controlados y que nadie pueda atacarme por la espalda. Hago rotar los hombros y me preparo para nuestra fiesta particular.

—Observad y aprended, novatos.

Como era de esperar, se me vienen todos encima, sin orden ni concierto, con los puños en alto y gritando como si se creyeran Bruce Lee.

Esquivo el golpe del primero y aprovecho para clavarle el codo en la columna, detengo con el antebrazo el puñetazo del segundo, le hundo los nudillos en el estómago y paso al siguiente.

Este ya me pilla de peor humor y le reviento el esternón.

Para asegurarme de que los dos anteriores no van a seguir dándome problemas, le parto la mandíbula con el codo al que se ha atrevido a atacarme primero, gano tiempo noqueando a un cuarto vampiro que cree que puede hacerme algo y dejo K.O.

al que previamente le he arruinado los intestinos.

No sé de quién me llevo un golpe en la espalda, pero no estoy aquí para perder el tiempo en prestarles atención a mis lesiones.

Sigo peleando en una maraña de brazos y piernas, ya sin saber ni dónde estoy dando.

Solo con asegurarme de que, al impactar, recibo el sonido de huesos quebrándose que no son los míos me doy por satisfecho.

Algunos valientes se atreven a levantarse del suelo. Supongo que les divierte que los mande al suelo con más fuerza que antes.

Atisbo el reflejo de un arma y me apresuro a cubrirme utilizando a uno de los suyos como escudo.

Me abro paso entre los disparos que estallan en el torso de su propio compañero y acabo lanzando el cuerpo del muerto contra el que tengo más cerca, derribándolo con tan mala suerte —la suya— que se le parte el cuello al caer.

Como ese ya no lo va a necesitar, le arranco un brazo a tirones y lo utilizo a modo de bate de béisbol contra los que quedan. Que son dos y el rinoceronte.

Le tengo tantas ganas al último que liquido rápido al par de inútiles que no tienen ni idea de defenderse. Supongo que están demasiado acostumbrados a tener a sus enemigos atados y, por eso, a la que a la bestia se le rompe la correa, son vampiros muertos.

—Al fin —le digo al futuro fiambre lleno de mordiscos de Cenizas—, tú y yo solos. Me estaba impacientando por tener esta cita.

Hago crujir los nudillos y le regalo una sonrisa que espero que sea tan diabólica como me la imagino.

El rinoceronte se arrastra por el suelo, dejando un rastro granate a su paso y soltando palabrotas que debe de pensar que sirven como arma de defensa.

Mientras tanto, desgarro la camisa de uno de los afectados por mi vena violenta y hago tres tiras con las que me vendo las heridas y aprieto el nudo para ganar un poco de tiempo y no morir desangrado antes de poder ayudar a mi compañera.

En cuanto termino, y no me entretengo porque cada segundo cuenta para Cenizas, agarro al rinoceronte de las orejas y lo arrastro hasta ponerlo junto a mi pequeña, que, entre resuellos, inclina un poco la cabeza para no dejar de mirarme con sus ojos vidriosos.

—Enseguida acabo, fierecilla —le digo, y aprovecho para acariciarle el hocico y dejarle un beso en la nariz húmeda. Me mancho la barbilla y las comisuras de sangre al hacerlo, pero me importa menos que la vida del miserable que tengo al lado.

—El perro va a morir. —Este tío desde luego es un temerario—. Igual que tú, porque el Boss no es como la princesa: él nos va a vengar sin entretenerse con torturas.

Me acerco a su rostro para no tener que alzar la voz durante la conversación.

—Sí, tengo todas las papeletas para morir en esta misión. Pero te aseguro una cosa: me llevaré al Boss, a la princesa y a toda la colmena conmigo. Y, una vez estemos todos en el infierno, seguiré pateando vuestros culos bajo las llamas y os haré sufrir por toda la eternidad.

El rinoceronte me escupe sangre a la cara, y no puedo evitar reír.

—Tienes huevos, lo reconozco —digo—. Pero debo llevarme a mi chica y quiero acabar contigo cuanto antes. Voy a hacerte una pregunta y...

—A la mierda con tu pregunta.

Entorno los ojos para que entienda que como no colabore va a sufrir. Lo hará igualmente, pero ese detalle no tiene por qué saberlo.

—¿Dónde tienen retenida a la humana?

—Ni idea.

Le pongo la mano en el hombro y arqueo los dedos, apretando con ellos como si se hubieran convertido en garras.

Hinco cada falange con toda la intención de infligir el mayor daño posible.

Y parece que lo consigo, pues el rinoceronte se pone a gritar y mis dedos consiguen abrirse camino a través de la camisa, luego la piel, y cavan hasta el músculo.

—Eres... —exclama entre jadeos.

—La parca, para ti. —Me pongo en pie y dejo la bota sobre el hueso de su cadera—. Dime dónde está Scarlett.

—Que te den.

Para qué darle más vueltas. Levanto la rodilla y dejo caer el pie con todas mis fuerzas sobre el hueso coxal. Una, dos, tres y, a la cuarta patada, oigo un chasquido por encima de sus aullidos y se me hunde la bota en su cadera.

Mientras todavía está lamentándose, le agarro el brazo y le destrozo la articulación del codo, dejándole la extremidad doblada en un sentido antinatural.

—Al menos dime en qué lugar se celebrará el aniversario de Amelia.

El pobre infeliz contesta, creyendo que así tendrá una muerte rápida.

—Será... —traga saliva y aprieta los dientes antes de continuar. Imagino que estará sufriendo— aquí mismo. En la última planta, la que tiene terraza.

Le sonrío en agradecimiento y, a posteriori , le muelo las dos rodillas a golpes. Finalmente, y no sin dificultades, porque el capullo se retuerce como un gusano, escarbo a través de sus párpados y me quedo con su ojo lleno de venas asquerosas en la mano.

Con cuidado de no lastimarla, agarro a Cenizas, coloco el viscoso billete de salida ante el lector ocular y salgo con la esperanza de que me hayan subestimado, me den por muerto y no me tope con más obstáculos.

La verdad, estoy hecho mierda y no aseguro poder aguantar más refriegas.

Para evitar riesgos innecesarios y ganar tiempo para Cenizas, cuyos latidos se ralentizan por momentos, ni me planteo buscar una salida tradicional. Lo más probable es que cada puerta esté vigilada, y tampoco conozco el edificio.

Así que para ahorrarme los paseos por los pasillos voy directo a la primera ventana que me encuentro. Me asomo a ella y cuento nueve pisos hasta el suelo. Está alto, no voy a negar lo evidente, pero, me repito, no hay tiempo.

Abrazo a Cenizas, lamentando cada gemido que profiere, y salto.

Intento caer a lo avenger , y lo consigo, abriendo un agujero en el suelo y llevándome un latigazo en el tobillo que me obliga a gritar mentalmente para no alertar a posibles chupasangres que puedan estar merodeando en las cercanías.

Las heridas que tengo me están pasando factura y comienzo a ver borroso, pero el olor de mi pequeña me da fuerzas para continuar. Me trago el dolor y evito mirarme las improvisadas vendas que ya sé que están empapadas y han dejado de ser de utilidad.

Recoloco a Cenizas entre mis brazos y rezo porque sea capaz de aguantar hasta que pueda hacerle ingerir los viales.

Reconozco la zona y me preparo para hacer uso de mis facultades. Echo un último vistazo al lujoso rascacielos a mi espalda y lanzo una promesa al viento:

—Volveré a por ti, mahni.

Hago lo posible por no ponerme a cavilar acerca de lo que pueden estar haciéndole en estos momentos.

Me concentro en lo que de verdad puedo resolver ahora, que es ayudar a Cenizas y recuperarme un poco, porque si intentara rescatar a Scarlett en estas condiciones, me temo que no sería capaz de salvar a ninguna de las dos.

Arranco a correr a la máxima velocidad que me otorgan mis mutadas capacidades, sintiendo un vacío en el pecho que crece cada metro que recorro.

Mi corazón está roto en tantos pedazos que no tengo ni idea de por dónde se están esparciendo.

La primera grieta se abrió cuando me di cuenta de que los únicos seres que me importaban estaban en peligro.

Después se resquebrajó al perder a Johnny de un modo tan frío y rastrero.

Se hizo pedazos con cada bala que atravesó el cuerpo de Cenizas.

Les he fallado a todos. Pero todavía decido aferrarme a ese resquicio de esperanza.

Quiero creer que mi pequeña todavía tiene opción de sobrevivir.

Y, en cuanto a Scarlett, no voy a abandonarla.

Mientras me quede una sola gota de sangre en el cuerpo y todavía respire, lucharé por su vida.

Por primera vez siento que, si muero, habrá merecido la pena.

—Aguanta, por favor —le pido a la rottweiler, que ya no tiene fuerzas para abrir los ojos—.

No puedo perderte, ¿me oyes? —El viento y la lluvia me golpean con tanta ira que parece que el cielo está en sintonía con mis sentimientos—.

Siempre has sido y serás mi mayor orgullo.

Eres la chica más fuerte de la SOF... ¿Qué digo?

Del planeta. —Corro como si pudiera alcanzar la velocidad de la luz.

A duras penas siento el calor del aliento de Cenizas en la piel—.

Vamos, sigue demostrándome que no hay nada que pueda contigo.

Y si no lo haces por ti, hazlo por mí, porque te necesito.

Mira lo que ha pasado por haberme separado una noche de mi pequeña bestia —fuerzo una sonrisa, como si pudiera verla—, que se lía una buena, ¿eh?

Además, tienes que sobrevivir para cuidar de esa humana terca de la que tanto te has encariñado.

Atravieso el portal del piso franco al que me llevé a Scarlett, donde están los viales que quedan. Me adentro en el refugio y dejo con cuidado a Cenizas sobre la cama. Las sábanas no tardan en teñirse del color del miedo.

—Siempre lo has sabido, ¿verdad? —Acaricio su pelaje, suave en su mayoría, pegajoso por donde sus fluidos rojizos resbalan—. Incluso antes de que nos eclipsáramos, supiste que ella era mi mahni. Por eso te lanzaste sobre Scarlett la noche en que la conocí. —La beso entre los ojos—. Mi chica lista.

Abandono mi mano sobre sus costillas por unos segundos, sin presionar, solo para sentir el ritmo de su respiración. Un nudo apretado me tapona la garganta al comprobar que a duras penas aspira aire.

Aprieto los dientes, experimentando el dolor insufrible de las heridas abiertas, que me marea y me obliga a tomarme unos segundos sin moverme para no acabar perdiendo el conocimiento.

—Voy a dejarte sola un momento, pequeña. —Me da pánico perderla de vista unos pocos minutos, pero es necesario—. Ahora vuelvo.

Arrastro los pies por el suelo hasta llegar a la nevera donde están los viales con su mágico líquido morado.

Llevaba tres conmigo antes de que todo este circo del terror empezara el show, pero los perdí junto a la chupa de cuero donde los guardaba. Así que tan solo quedan cuatro...

Los cojo todos y vuelvo a la habitación, gruñendo a cada paso que doy. Lo tengo claro: vierto tres de ellos entre los dientes de mi pequeña y yo me tomo el último que queda.

—Ahora necesito que seas una tía dura, ¿de acuerdo? Porque lo que tengo que hacer va a doler.

Paso alrededor de quince minutos sacándole las balas de los orificios con los dedos. Se me parte el alma en dos al ver que Cenizas no se queja, parece que ni siquiera nota cómo hurgo en sus profundas heridas.

Rezo a todos los seres divinos que puedan existir porque se recupere y recorro el camino de vuelta a la cocina. Tengo que hacerme con todas las armas que pueda para rescatar a Scarlett. Tengo que salvarla. Tengo que...

Pierdo el equilibrio en mitad del pasillo y caigo de boca, quedando tendido en el suelo saboreando la derrota.

Voy a morir.

Supe que eso iba a pasar en cuanto conté los viales que quedaban. Uno no es suficiente para cerrar mis heridas.

Siento cómo se me escapa la vida entre resuellos. Dos segundos antes de cerrar los párpados y dejarme ir, mis ojos enfocan un objeto a mi derecha. Es una rosa blanca, con los pétalos salpicados de sangre.

«Scarlett. Mi mahni. Perdóname».