Eclipse en Shadow City 25. Scarlett. Feliz cumpleaños #2
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25. Scarlett. Feliz cumpleaños #2

Dejo caer mi peso y empiezo a patalear igual que hacen los niños pequeños en el supermercado cuando les da el berrinche y quieren avergonzar a sus padres para volver a casa. No sé de dónde saco las fuerzas para retorcerme, tirar con la intención de que me suelten y gritar hasta ponerme afónica.

—¡No! ¡No! ¡Soltadme!

Me niego a que me metan ahí: primero, porque da un mal rollo tremendo; segundo, porque no se me ocurre ninguna buena razón por la que podrían querer tenerme ahí dentro.

Algunos de los espectadores comienzan a aplaudir, otros a silbar y otros hasta empiezan a darme ánimos. Capullos.

Al final consigo soltarme de las guapísimas arpías, pero no me sirve de nada porque tres tipos de la talla de Xander se me echan encima y me arrastran hasta el centro de donde menos me apetece estar.

—No dejéis que escape —dice uno, como si de verdad tuviera alguna oportunidad de hacerlo.

—Amelia y el Boss la quieren en la pajarera —comenta otro.

Me encierran a la fuerza en una jaula circular, de unos seis metros de diámetro. Los barrotes que le dan forma son gruesos y, para variar, de color negro. Me fijo en que de ocho de ellos cuelgan cuerdas que, desde mi posición, parecen de cuero.

Se me queda la mente en blanco por el miedo, y siento tantas manos sobre mí, reteniéndome contra mi voluntad, que me estoy ahogando.

A duras penas me doy cuenta de que lloro, grito, araño todo lo que pillo a mi alcance.

Para cuando se marchan y me dejan sola en mi pajarera, me doy cuenta de que forcejeaban para colocarme un puto corsé que aplasta mis costillas, el cual está enganchado a las ocho cuerdas ancladas en los barrotes y me obligan a mantenerme de pie justo en el centro de la jaula.

Las caras que se acercan curiosas a observarme en mi prisión se desfiguran y resultan grotescas.

Se ríen de mí como si estuvieran en un circo y yo fuera la fiera a la que han conseguido domar a latigazos.

Estoy en una pesadilla de la que no sé cómo despertar y, por primera vez, tengo deseos de morir.

Grito «¡Largaos!» y «¡dejadme en paz!» tantas veces que hasta pierdo la cuenta y me paso tanto tiempo en el bucle que no sé distinguir cuándo me he dado por vencida. Cuelgo del corsé porque ya no me quedan fuerzas ni para mantenerme en pie. Tampoco lloro ya. Me he quedado seca.

Una rosa marchita.

—Oh, vaya, ¿has estado llorando? —Alzo la vista para ver a Amelia asomada a los barrotes. Lleva puesto un vestido celeste y adorna su cabello suelto con una diadema de perlas blancas—. Te has destrozado el maquillaje, qué pena.

No tengo intención de hablar con nadie. Mucho menos con esta mocosa que desconoce lo que es la empatía. Es una trastornada a la que no quiero ni mirar a la cara. La odio.

—Hoy es mi cumpleaños. —Como permanezco en silencio, tras unos segundos, insiste—: ¿No vas a felicitarme?

Decido contestarle con la esperanza de que se vaya a tomar por culo ya y me deje sola con mis pensamientos autodestructivos.

—Felicidades.

—¡Gracias! —canturrea con una alegría que me desquicia—.

¿Sabes? Creo que no me gusta verte triste.

—«Vaya, no me digas»—. Yo no sé cómo funciona esto de tener una amiga, pero sospecho que para que sonrías debería hacerte un regalo.

Eso suele animar a la gente. Dime, ¿con qué te gustaría que te obsequiara?

Vuelvo a levantar la mirada y la observo incrédula durante largo rato. Me resulta imposible comprender la mentalidad de esta cría; nunca sé por dónde puede tirar. Opto por creer que de verdad pretende concederme lo que le pida, así que no dudo en reclamar lo más obvio.

—Libérame.

—Ojalá pudiera hacerlo, pero tendrás que elegir otro regalo porque, si te soltara, mi tío se enfadaría mucho conmigo.

Ya intuía que no me iba a soltar, pero tenía que intentarlo. Lo siguiente que deseo no tengo ni que pensarlo.

—Entonces, quiero ver a Xander.

—Me temo que eso tampoco podrá ser. —«Oh, qué sorpresa»—. El helsing está... indispuesto. Además, no entiendo qué ves en él; a mí me pareció bastante aburrido y no me gustó su humor.

Cierro los ojos y suspiro, aferrada a la idea de que estar indispuesto no es lo mismo que estar muerto. De haberlo asesinado, lo habría dicho, ¿no?

Cuando vuelvo a abrir los párpados, encuentro que Amelia está dando un repaso a su alrededor, contemplando la fiesta que se celebra en su honor.

—A ver qué te parece esto —comenta, girándose de nuevo hacia mí—.

Para que mi cumpleaños se desarrolle como la colmena amerita, debo completar un ritual en el que desangraré a algún desdichado y beberé de él hasta saciarme.

La idea era que fueras tú el sacrificio, pero, como te he dicho, a mi tío le interesas y yo quiero que seamos amigas, así que matarte queda descartado.

—¿Debería darle las gracias?—. Mi propuesta es la siguiente: mira a tu alrededor y elige mi sacrificio.

Puede ser cualquiera, no me importa que sea un vampiro.

No le encuentro el sentido a este supuesto regalo, y tampoco entiendo por qué eso podría hacerme feliz.

Pero de todos modos empiezo un barrido visual por toda la sala.

Lo hago despacio, sin ganas, pero al menos el ejercicio me distrae de pensamientos más oscuros.

La intervención de Amelia me sorprende al poco tiempo.

—Frío, frío... —dice. Al principio no entiendo a qué se refiere, hasta que repite—: Frío, frío... Templado.

Comprendo que está jugando, y que tenga en mente a una posible víctima alimenta mi curiosidad. Continúo el recorrido hacia la izquierda.

—Caliente, caliente. —El pulso se me acelera con la expectación. Quiero averiguar hacia quién me está guiando. Miro un poco más a la izquierda, un pelín más y... lo veo—. Te quemaste.

Debo admitir que el regalo que me ofrece Amelia es mejor de lo que esperaba. Yo encuentro satisfacción en la sorpresa y ella obtiene lo que quería: mi sonrisa.

—¿La muerte será lenta y dolorosa? —pregunto.

—Solo si tú quieres que lo sea.

—Sí. Me gustaría que sufriera. —Hago una pausa mientras contemplo el rostro de mi ex—. Gracias, y... feliz cumpleaños, Amelia.