Eclipse en Shadow City 25. Scarlett. Feliz cumpleaños
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25. Scarlett. Feliz cumpleaños

Scarlett Feliz cumpleaños

He vuelto a estar con Xander. Bueno, he vuelto a estar con el Xander que no existe.

Esta vez también estaban Claudia, Robin y Lis. Paseábamos por la ciudad, nos hacíamos bromas, reíamos. Mi hati llevaba sobre los hombros a mi sobrina y estábamos a punto de ir a cenar a uno de esos restaurantes de comida basura cuando todo ha desaparecido. Otra vez.

Creo que esta droga que me dan tiene el poder de hacerte ver lo que más anhelas. No es de extrañar que Amelia asegure que va a reventar el mercado. Es fácil engancharse a los sueños cuando la vida es una pesadilla.

No sé por cuánto tiempo, pero me he quedado dormida después del leve descanso de realidad que me ofrece la píldora. Han sido los sonidos metálicos en la puerta los que me han despertado.

Siento los párpados pesados. Seguro que los tengo hinchados de tanto llorar. A veces lloro de felicidad cuando estoy con ellos. Después sigo llorando, pero de tristeza al darme cuenta de que lo más probable es que no vuelva a verlos.

La cabeza me duele, resacosa de esa sustancia desconocida, pero, a estas alturas, bienvenida.

También tengo la sensación de que el cráneo pesa más que de costumbre; me cuesta alzar la barbilla.

Ahora que lo pienso, mis extremidades tampoco es que estén mucho mejor.

Están tan entumecidas que ni me parecen mías.

No tengo ni idea de cuánto tiempo llevo aquí encerrada. ¿Horas? ¿Días? Ya me han drogado tres veces, y la verdad es que no me importa. Es más, lo agradezco, porque mientras estoy en la ilusión, salgo de esta habitación fría.

Tres pastillas. Solo han hecho falta tres pastillas para volverme adicta a ellas y no reconocerme fuera de las ensoñaciones.

«Sangre de dragón».

Hasta el nombre parece llamarme.

Por fin, el mecanismo de la puerta deja de chirriar y esta se abre, dando paso a dos chicas que, si las describo como despampanantes, me quedo muy corta.

Me imagino que si les han permitido entrar aquí es porque deben de ser vampiras.

Una de ellas tiene la piel del color del caramelo tostado, una tonalidad que me recuerda a Xander.

La otra es incluso más morena, pero ambas coinciden en que son exuberantes.

Tan solo un vestido de rejilla les cubre el cuerpo, sin dejar nada a la imaginación, pues sus pezones achocolatados sobresalen por los espacios romboidales que forman los gruesos hilos negros.

La primera saca de una bolsa de algodón una botella de agua, y estoy tan sedienta que solo verla me exaspera.

Boqueo como un pez. Esa es la manera en la que intento decirle que me muero por una gota del líquido transparente.

Estoy de suerte, porque la vampira se acerca y me da de beber.

Toso un par de veces, pero acabo ingiriendo más de la mitad del contenido.

La otra vampira me mete como si fuera un loro del zoo un pedazo de pan duro en la boca. Me encantaría escupírselo a la cara, pero necesito comer algo; el estómago me ruge y no pienso desperdiciar el mendrugo.

Sin romper el silencio, cosa que me parece estupenda, proceden a desatarme de la silla.

Pensaba que iba a sentir un alivio increíble en cuanto estas cuerdas dejaran de friccionarme y pudiera volver a tener movilidad.

Pero lo cierto es que tengo tan dormidos los brazos y las piernas que podría decir que no siento casi nada.

Me cuesta mantenerme en pie, y necesito apoyarme en una de las chicas para no caerme.

La otra, la más morena, aprovecha para quitarme la camisa que llevo puesta y las lágrimas vuelven a recorrer mis mejillas, porque con ella me arrebatan lo único que me queda de Xander.

Que me quiten la camisa sin botones de mi hati es como si me confirmaran algo que sospecho, pero que todavía no soy capaz de admitir.

Creo que hace mucho, desde antes de que volvieran a darme la última pastilla, que la marca del eclipse me arde tan fuerte como si estuvieran clavándome un hierro al rojo vivo y lo dejasen ahí de forma permanente, sin que varíe la temperatura.

Al principio creí que era porque estábamos separados, pero luego me di cuenta de que eso no tiene sentido, porque la noche que nos vinculamos, cada uno se fue por su lado y no volvimos a coincidir hasta la fiesta en el Golden Sword.

Después quise pensar que era por el roce de las cuerdas ásperas, pero no podía engañarme con eso.

Por más que las ataduras raspen, no queman como el fuego.

Tengo el presentimiento de que el eclipse sobre mi rosa tatuada me está avisando de que Xander está en peligro, de que me necesita.

Pero, de ser así, ¿qué puedo hacer? Ni siquiera sé dónde estoy, tampoco cómo podría escapar, puesto que estoy vigilada a todas horas, y mucho menos sabría cómo dar con él.

De cualquier modo, el escozor en mi antebrazo, por más insoportable que sea, es el lazo que me une al helsing. Así que me aferro a ese dolor y abrazo la abrasión de mi marca, porque es el único modo de sentir que aún nos pertenecemos el uno al otro.

También se me ha pasado por la cabeza que si me duele tanto es porque Xander ha... No. Si pienso en eso, ya no tendré nada por lo que querer seguir con vida.

Abandono mis pensamientos cuando la misma vampira que me ha quitado la camisa me obliga a levantar un pie para pasarme una especie de malla por él y luego lo mismo por el otro; sube la pieza con la que me viste por las piernas, me indica por dónde pasar los brazos y abrocha la cremallera que comienza bajo mi ombligo y me cubre hasta el cuello.

Las chicas me han enfundado en un mono de látex rojo, una única pieza, alzándome sobre unos tacones de aguja bien altos a los que, por suerte, ya estoy acostumbrada, que va de los pies hasta el cuello, sin dejar ni un resquicio de mi piel blanquecina al aire, ni siquiera las manos.

Todo mi cuerpo, excepto la cabeza, queda cubierto como si me hubiera bañado en pintura escarlata.

Parece que no han acabado conmigo. Vuelven a sentarme en la silla en la que estuve atada y continúan acicalándome.

Una tira de mi pelo hasta recogerlo en un elegante y apretado moño bajo, sin dejar un solo mechón fuera de lugar.

La otra me maquilla los ojos con kohl y tiñe mis labios de un intenso color rojo, a juego con el incómodo atuendo.

Yo me dejo hacer; de nada serviría resistirme, y ni siquiera sé cuál es la finalidad de todo esto. Además, siento los músculos tan débiles que creo que no podría correr ni cinco metros.

Cuando terminan, me agarran por los brazos, dejando a un lado la delicadeza con la que hasta ahora me habían tratado, y me llevan hasta la puerta. Admito que estoy nerviosa porque no tengo ni idea de qué me voy a encontrar al otro lado.

Da la sensación de que me han vestido de diabla para abrirme las puertas al infierno.

Salimos a un pasillo oscuro y cuatro vampiros enormes armados nos escoltan por él hasta un espacioso ascensor.

Cuento sesenta y dos botones y la vampira de piel canela presiona el último de todos, el más elevado, justo después de que nuestros serios acompañantes se sitúen detrás de nosotras, pegados a la pared del elevador.

No me avergüenza admitir que estoy cagada de miedo y que mi cuerpo tiembla como un flan en pleno terremoto. Imagino adónde me llevan, solo tengo que sumar dos más dos. Ya deben de estar celebrando el cumpleaños de Amelia y me trasladan a la fiesta porque formo parte del menú.

Me van a comer.

Ahora sé lo que siente una indefensa gacela entre leones hambrientos.

Las puertas metálicas se desplazan hacia lados contrarios y nos descubren una enorme sala abarrotada de, no estoy segura de si decir «personas», con elegantes vestimentas, a pesar de que, para mi gusto, abusan de las transparencias.

Sin duda, el negro debe de ser el color favorito del dueño de esta casa, porque no hay ni un solo objeto que varíe de tonalidad.

Desde las columnas de ladrillo, al suelo, los sofás curvilíneos a los lados, las pesadas cortinas de terciopelo, que aportan privacidad en algunos rincones, la barra donde sirven las copas...

Todo, absolutamente todo, es de color azabache.

Incluso los invitados, ahora que me fijo bien en ellos, visten de luto, sin excepciones.

Yo soy la única nota discordante en la sala.

Lo cierto es que, a pesar de estar todo tintado de un color que suele generar el efecto de empequeñecer los espacios, en este caso no afecta ni convierte el entorno en un lugar claustrofóbico.

Por supuesto, esto es gracias a que no hay paredes delimitando la sala, sino que cuenta con amplios ventanales que van de suelo a techo desde los que se puede contemplar la ciudad iluminada, ahogada en la tormenta que se desata en el exterior.

De vez en cuando, un relámpago flashea la fiesta, creando sombras desfiguradas y rocambolescas.

Veo que varios de esos ventanales están entreabiertos y dan acceso a una terraza cuyo límite se pierde en la niebla. No parece que haya nadie fuera. Normal, con la que está cayendo.

Camino con pesadez entre el gentío que se balancea al son de la música chill out , arrastrada por las dos espectaculares mujeres semidesnudas.

No me pasan desapercibidas las miradas curiosas que me siguen a cada paso que doy.

Los ojos de todos los presentes se desplazan como los girasoles hacen con el sol; soy el imán que los atrae e inicia las habladurías.

Acabo de convertirme en el principal tema de conversación. «De nada por añadir un poco de salsa a vuestra sosa fiesta».

Por culpa de mi esencia cotilla —y supongo que también por estar todavía un poco aturdida, no voy a achacármelo todo a mí ahora—, estoy tan pendiente de las bocas con colmillos afilados de estas gentes que no me percato de mi destino hasta que tengo encima la zona vip en la que pretenden encerrarme.