Eclipse en Shadow City 24. Xander. La sonrisa de un monstruo #2
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24. Xander. La sonrisa de un monstruo #2

Me clava el gancho a la altura del ombligo y yo aprieto los dientes cuando la punta atraviesa la carne.

Suelto el aire y respiro en el momento en que Amelia vuelve a sacarlo, pero no tengo tiempo de prepararme de nuevo cuando me lo clava otra vez, un poco por encima de la primera herida.

Repite el jodido proceso dos veces más, y yo me imagino que debo de tener la barriga hecha un colador.

—¿Alguien puede venir a ayudarme? —pregunta la cría con la cara salpicada de sangre—. Debería empezar a hacer ejercicio, no tengo suficiente fuerza como para clavarle esto y se me están cansando los brazos.

Uno de los vampiros le hace el favor y me hunde el gancho hasta la mitad de la curvatura. El cabrón lo hace despacio, a sabiendas de que puedo sentir cómo el garfio se abre camino por mi abdomen.

El dolor es intenso, joder, pero nada puede compararse con el que siento cuando la maldita hija de Satanás le da al botón rojo de la caja y me electrocuta durante ocho segundos que siento como ocho horas.

Cada músculo se me contrae con la descarga, la mandíbula y el cuello se me tensan sin que yo tenga el menor control de mi cuerpo y me arde como si me estuvieran quemando vivo.

A la que la corriente deja de sacudirme, los ladridos de Cenizas me llenan los oídos. Mi pequeña está histérica, tirando de la correa con una furia que promete muchas muertes.

Intento recuperar el aliento y es una mierda, porque cada vez que cojo aire y mi torso se mueve con la respiración agitada, noto cómo el gancho resbala un poco y me abre más la carne.

Amelia se acerca, olfateando como un perro de presa, hunde el dedo en el agujero que me ha dejado el garfio y lame la sangre que le mancha las manos.

Su expresión, que hasta ahora había tenido una sonrisa permanente, se vuelve seria y suspicaz.

—Había supuesto que un helsing no era más que otro humano entrenado para matar a criaturas excepcionales.

Aunque me cuesta y no me apetece, le sonrío.

—Pues, sorpresa... No soy humano.

—Tampoco hueles a nada que yo conozca. ¿Qué eres?

Le dedico mi mejor silencio y le guiño un ojo. Normalmente esto último me suele funcionar con las mujeres, pero esta debe de ser demasiado joven, porque me parece que no le ha hecho gracia el gesto.

Cenizas comienza a ladrar de nuevo cuando Amelia se gira y pide otro de esos ganchos que el bastardo del vampiro ese al que no le pongo nombre sujeta.

—Tu humor ya no me divierte —dice, justo antes de volver a clavarme el instrumento de tortura, esta vez en el muslo, y lo hace con todas sus fuerzas, cogiendo impulso.

Me muerdo la lengua y aguanto un grito entre los dientes. La pequeña monstruosidad no me da tiempo ni a coger aire cuando vuelve a apretar el botón rojo que me deja el cuerpo frito.

—Me cago en la puta... —suelto entre resuellos en cuanto la descarga remite.

—¿Qué eres? —vuelve a preguntar, y empiezo a pensar que estoy delirando por culpa del dolor, porque estoy viendo cómo sus ojos se tornan completamente negros, como si las tinieblas los hubieran invadido en su totalidad—.

He podido sentir la textura terrosa de la sangre de vampiro en ti, pero no distingo lo demás.

A duras penas puedo mantener los ojos abiertos, pero me esfuerzo por permanecer consciente. Alzo una ceja, incrédulo por lo que acabo de entender.

—¿Y cómo eres capaz de reconocer el sabor a vampiro? ¿Acaso te has comido alguno?

Lo he preguntado con la esperanza de que quedara en una broma de mal gusto, pero Amelia vuelve a sonreír y en ese momento me doy cuenta de que Erik no es el mayor monstruo de la colmena.

Un parpadeo. Eso es lo que ha tardado Amelia en desaparecer de donde estaba, dejando volutas de sombras negras ocupando su lugar, y reaparecer a mi lado para atravesarme la rodilla izquierda de lado a lado con un tercer gancho.

Esta vez sí grito, hasta aúllo de puro dolor.

La niña de ojos negros y rostro de ángel ensancha la sonrisa y lame con la lengua la sangre que le ha salpicado en la comisura. Es macabra, y parece disfrutar de la tortura y el dolor ajenos tanto como yo.

—Te lo preguntaré solo una vez más —sisea—. ¿Qué eres? Vampiro y...

La cabeza me cuelga por falta de fuerzas.

Estoy perdiendo mucha sangre, el dolor está empezando a dejarme al límite de la conciencia y me cuesta enfocar la vista.

Incluso los sonidos me llegan amortiguados, de tal forma que las voces y los ladridos desesperados de Cenizas me llegan como ecos lejanos.

—Vampiro... —murmuro—, humano y lobo.

Aunque su rostro se diluye y pierde definición, no le quito la vista de encima. Pasan unos pocos segundos de silencio y su cara vuelve a ser la de antes, la de una niña de rasgos dulces, sonrisa marcada y ojos color miel.

—Gracias. —Oigo de forma sutil sus ligeros pasos alejándose, el mecanismo de la puerta al abrirse—. Podéis matarlo, ya no me sirve para nada.

Un portazo.

Reconozco la envergadura del rinoceronte cuando se abalanza sobre mí y me arranca de un tirón el gancho que tenía en el abdomen, abriéndome un tajo profundo y largo, ya que, en lugar de sacarlo siguiendo la forma curva, tira de él en horizontal, llevándose mi carne en el proceso.

Mi rugido agonizante se une a los ladridos cada vez más furiosos de Cenizas. Y entonces comienza la verdadera pesadilla.

La rottweiler consigue arrancar de la pared la anilla a la que estaba sujeta y se lanza sin piedad contra la entrepierna del rinoceronte. Este empieza a gritar como un gorrino en una matanza y se lleva la mano al pedazo de carne que queda colgando en un baño de sangre.

Pide ayuda a los demás entre berridos y un trillón de insultos. Alguno de los otros vampiros hace amago de acercarse, pero recula en cuanto mi pequeña le enseña los dientes rojos.

Cenizas vuelve a lanzarse a por el rinoceronte. Le muerde el gemelo, le abre un agujero enorme en el muslo mientras el vampiro se arrastra por el suelo sin dejar de gritar y trata de quitársela de encima a golpes. Pero ella no cede, no lo suelta, está entrenada para no dejar escapar a su presa.

Y entonces el rinoceronte estira la mano hacia el vampiro más cercano, que observa la escena con horror y sin saber qué hacer. Le arranca el arma de las manos...

—¡No! —Le grita el vampiro que le ha dado la orden de ir a por Amelia—. Ella nos ha prohibido...

—¡A la mierda las órdenes de la princesa!

Pum.

Pum.

Pum.