24. Xander. La sonrisa de un monstruo
Xander La sonrisa de un monstruo
Ignoro con toda mi fuerza de voluntad las voces que intentan atraparme en una fantasía que sé que no es más que una hermosa mentira tejida por mis propios deseos.
Mantengo los párpados bien cerrados porque, si bien puedo rehuir sus palabras, las imágenes de todos ellos, felices como una gran familia en Navidad, me duelen como ácido.
Sé que en realidad no estoy en Dublín. También soy consciente de que Scarlett no está a mi lado, de que tienen apresada a Cenizas y de que le han arrebatado la juventud a Johnny con un frío tiro en la cabeza.
La ira me bulle y me araña como si tuviera zarpas. Como sea, pienso sobrevivir, al menos el tiempo necesario para vengarme por ser tan atrevidos y meterse con mi manada. Pienso hacerlos sufrir. Pienso acabar con todos ellos sin importar el precio que deba pagar a cambio.
Calculo que llevo unas tres horas drogado cuando, al fin, las voces de aquellos a quienes más quiero comienzan a oírse lejanas y poco a poco van desapareciendo.
Solo cuando estoy seguro de que los efectos han pasado, me atrevo a abrir los ojos y a concentrarme en la situación. La ira me da fuerzas, y sé que en estos momentos es mi amiga, pero también tengo que mantener la cabeza fría si quiero salir de aquí con vida y rescatar a mis chicas.
En cuanto las ponga a salvo... Lo que ocurra después me importa una soberana mierda.
Por primera vez, siento que mi vida no vale nada. Nada, si no las tengo a ellas.
Parpadeo varias veces. Llevo tanto tiempo con los ojos cerrados que me cuesta enfocar, pero una vez que lo consigo, no pierdo detalle de lo que veo.
—Avisa a Amelia —dice uno de los... siete, cuento siete vampiros, que hay en la habitación en la que me tienen cautivo—. La bella durmiente está despertando. Y trae también al perro, por si el tipo se nos pone rebelde.
Reconozco al gilipollas que obedece y se dirige a la puerta. Es el rinoceronte que sujetaba a Cenizas entre la niebla. Recuerdo que me prometí que a ese le haría trizas todos los huesos del cuerpo. En el fondo, he tenido hasta suerte de que sea uno de mis guardianes.
No pierdo detalle de cada uno de sus movimientos. Observo cómo se agacha un poco para quedar a la altura del lector ocular, espera a que una cruz de luz verde le recorra la córnea y desactive el cierre de la puerta. Luego, desaparece tras ella.
Inmediatamente después, los seis inútiles que quedan contra la pared se cuadran pistola en mano. Como si eso pudiera intimidarme.
Aprovecho los minutos que me proporciona la espera hasta que traigan a Amelia para estudiar mi posición.
Me mantienen suspendido, con los brazos en cruz mediante grilletes anclados a la pared que aprisionan mis muñecas.
Mi cuerpo cuelga pesado, y todos los músculos se estiran con dolor por la fuerza de la gravedad.
Los hijos de puta me han atado los pies con cadenas de las que pende una especie de yunque.
Va a estar jodido liberarme, pero no doy nada por imposible.
Ahora que lo pienso, me resulta extraño que manden a una cría de quince años a buscarme y no a su tío, o a su padre, ya puestos. Eso sí que sería darme con un canto en los dientes.
A lo mejor la princesa adolescente tiene más poder del que creían en la SOF.
Hablando de la abeja reina, aquí llega.
La puerta vuelve a abrirse tras su sinfonía de engranajes y da paso a una niña que, sin duda, no dejaría indiferente a nadie.
Amelia, a pesar de aparentar ser más pequeña de lo que es, parece una niña de película, pero de las de terror.
Me recuerda a una de esas muñecas de porcelana antiguas, preciosas e inquietantes.
Creo que lo que consigue ese efecto frío que cala hasta los huesos son sus ojos.
Grandes, hermosos, del color del oro, pero carentes de emoción o vida.
Son como dos canicas brillantes pero vacías.
Parecen los ojos de un monstruo de pesadilla colocados en un cuerpo dotado de una belleza demasiado dulce.
Cenizas entra detrás de ella con un collar de esos que emiten descargas eléctricas y que espero, por el bien de la ciudad, que no hayan utilizado.
El rinoceronte que pronto tendrá los huesos hechos papilla la ata a una argolla metálica que está sujeta en un rincón.
Cenizas se retuerce, gruñe y enseña los dientes con rabia, debe de estar tan furiosa o más que yo.
Amo su lealtad y su salvajismo, pero ahora me preocupa que al tirar tanto de la correa pueda hacerse daño o, peor, que sus provocaciones violentas lleven a los vampiros al extremo de darle uso al collar.
—¡Cenizas! —Mi voz la detiene a medio camino de una dentellada al aire y, de manera automática, sus ojos de botón negros se cruzan con los míos—.
No pasa nada, pequeña. —A pesar de que suavizo la voz, sabe que le estoy mintiendo, y no deja de gruñir mostrando los dientes—.
Vamos, túmbate. —Sus orejas se mueven, atentas a mi orden, pero es terca y no hace caso a la primera—. Cenizas. Túmbate.
Tras unos segundos de tensión, mi pequeña hace lo que le pido y pega la tripa al suelo, a pesar de que mantiene los músculos rígidos y el hocico le tiembla de forma amenazadora.
—Qué envidia. —La voz infantil de Amelia atrae mi atención, y no tardo en mirarla a los ojos—. Siempre le he pedido a papá que me dejara tener una mascota. —Se encoge de hombros antes de seguir—. Al final me compró un tigre, pero no es tan obediente como tu perro.
Le dedico mi famosa sonrisa burlona. No me voy a dejar engañar por su apariencia inocente.
—Cenizas no es obediente, es leal. Y eso es algo que uno se gana, no se enseña ni se entrena.
—En mi opinión, la lealtad es algo que está sobrevalorado.
Alguien puede mostrarse leal durante años y no serlo en toda una vida.
La obediencia, en cambio, es algo que, si se enseña desde que un animal, o persona, nace, queda registrado como si formara parte de su ADN.
Ser obediente termina formando parte de su personalidad. Pero gracias por tu consejo.
—No, gracias a ti por el discurso —me burlo, a pesar de que sus palabras, propias de una psicópata de manual, de verdad han conseguido sorprenderme. Y eso que hago lo posible por no dejarme llevar por su aspecto.
Su sonrisa tiembla, pero al poco vuelve a colocarla donde estaba.
—Por cierto, ¿qué tal la ilusión creada por la sangre de dragón? Espero que al menos hayas podido descansar mientras las mentiras con las que sueñas te rodeaban.
—Ha estado bien, pero demasiado poco creíble para mi gusto.
Amelia hace una mueca de decepción antes de volver a poner su sonrisa de muñeca.
—¿En serio? Vaya, una pena. A la chica pelirroja que soñaba contigo le ha parecido tan real que creo que se ha desilusionado un poco cuando la droga ha perdido su efecto.
Aprieto los puños hasta dejarme los nudillos blancos. Cómo odio a esta pequeña hija del diablo.
—Me alegra saber que ella soñaba conmigo —le contesto, tratando de serenar mi tono de voz—. Yo, en cambio, estaba viendo cómo os hacía arder, a ti y a toda tu colmena, bajo el sol, y luego me recreaba matando a tu padre.
La niña ni se inmuta y me mira casi con aburrimiento.
—Mmmm... Conmigo también tendrías que recrearte para matarme.
A mí, como a mi padre, tampoco me afectan los rayos del sol.
En cuanto a Erik, lamento decirte que no lo encontrarás aquí.
En el país, digo. Está de viaje de negocios, ni siquiera el cumpleaños de su única hija consigue que se tome un día de descanso.
Reconozco que eso me coge por sorpresa, y me cago en todos sus muertos. Por otro lado, aunque me da algo de grima tener que cargarme a alguien con cara de niña, saber que tampoco se achicharra bajo el sol es un dato que agradezco.
—Pero ahora que te he dicho esto me parece que juego con desventaja.
—Amelia se acerca al único mueble que hay en toda la sala, un armario bajo del que extrae un aparato cuadrado de color negro con un único botón en la parte superior.
Que el botón sea rojo no me gusta—. Tú tienes muy claro cómo acabar con los miembros de la colmena en la que me he criado —añade, y coloca la caja, que parece pesar bastante, sobre el pequeño armario.
El vampiro que antes le ha dado la orden al rinoceronte le acerca un manojo de cadenas gruesas. Ella introduce uno de los extremos de una de ellas en una rendija del lateral de la caja y examina la punta que queda libre. No puedo verla desde aquí, ya que Amelia me está dando la espalda.
—Ahora yo quiero saber qué es lo que te mata a ti.
—Al fin, cuando vuelve a dar media vuelta hacia mí, veo lo que lleva en sus delicadas manos.
El extremo libre de la cadena unida a la caja es un gancho grueso, del tamaño de mi antebrazo.
No pretenderá...—. Me han llegado rumores de que eres muy fuerte. Veamos si es cierto.
Reconozco que se me enfría el sudor de la piel cuando veo que la puta niña diabólica se me acerca con eso en las manos.
—Ya te digo yo que es cierto. No hace falta que lo pongas a prueba —le comento. Por si tiene dudas.
—Tst —chasquea la lengua—, pero yo quiero comprobarlo, si no, me aburro.
La muy loca se me queda mirando desde abajo y resopla como una adolescente a la que no le han comprado el bolso de marca que quería.
—Joder, te han puesto demasiado alto —refunfuña. La verdad, no le pega nada decir palabrotas—. Así no te lo puedo clavar en el cuello —dice, dándose golpecitos en la palma de la mano con el gancho gigante.
—¿Ves? El destino no quiere que me tortures. Yo de ti dejaría eso tan feo y picudo guardado y así te evitas mancharte el vestido.
Hace un sonido extraño con la garganta. ¿Se supone que se ha reído?
—Tiene su gracia. Pero no, a mí el vestido no me preocupa, tengo dinero suficiente como para comprarme un millón de estos. Bah, me conformaré con el estómago.
Echa el brazo hacia atrás por encima de su cabeza y yo inspiro y aprieto el abdomen, preparándome para el dolor que ya veo venir.