Eclipse en Shadow City 23. Scarlett. La muñeca de porcelana #2
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23. Scarlett. La muñeca de porcelana #2

Doy un paso atrás al darme cuenta de que la voz de niña sale de la muñeca de porcelana. Mi cuerpo se pone a tiritar sin que pueda controlarlo a causa del frío que hace en la habitación y del miedo irracional que crece como una sombra fantasmal.

Me estoy volviendo loca. Las muñecas no hablan.

Pero entonces, la cabeza de belleza inquietante se inclina a un lado, como si estuviera analizándome.

Doy un salto y me llevo una mano al pecho, donde mi corazón repiquetea fuera de sí.

—¿Puedes verme? —pregunta. Los labios no se le mueven, pero esta vez parpadea, y empieza a parecerme menos muñeca y más niña.

Intento acercarme, pero algo me lo impide y no sé qué es. La habitación comienza a difuminarse a mi alrededor y mi hija se desvanece poco a poco, como todo lo demás.

—¡Qué bien! Estás despertando.

Mis ojos se desplazan por todas partes, tratando de encontrarle un sentido a todo lo que está ocurriendo.

Las paredes dejan de formar un pasillo para transformarse en un espacio cuadrado.

La cama, el escritorio y la estantería desaparecen y dan paso a una única silla metálica en la que, al parecer, estoy sentada.

Unas cuerdas me mantienen atada al respaldo frío, otras raspan mis muñecas a la espalda, y lo mismo ocurre con mis tobillos, amarrados a las patas.

Todo se desdibuja, mi mente se despeja y el pánico vuelve al recordar que me secuestraron.

Al final, no queda nada de Xander, del piso, ni de mi supuesta hija, a la que, sin haber existido, ya echo de menos.

Me he quedado con las ganas de verle la cara.

De conocerla. De saber si ese pequeño regalo, resultado de un eclipse, tiene los ojos color turquesa.

Sí, todo se ha ido. Excepto la muñeca de porcelana.

—Hola. —La niña me sonríe, pero de una forma tan equivocada que resulta espeluznante.

Tiene una apariencia angelical, pero algo en ella me hace desear huir y mantenerme lo más lejos posible.

Calculo que no tendrá más de once o doce años y, como la muñeca, lleva puesto un vestido blanco vaporoso, de estilo victoriano.

Me llama la atención su piel blanca como la nieve, con un leve rubor natural en las mejillas y labios amelocotonados.

Su cabello cae espeso y brillante en ondas suaves hasta su cintura, de un color dorado, a juego con sus ojos.

Incluso el lunar que destaca sobre la comisura del labio parece puesto ahí a propósito, para atraparte con su perfección.

Es preciosa y, a la vez, terrorífica de un modo dulce. Resulta imposible dejar de mirarla, por más que algo en mí grita con desesperación que lo haga.

—Me llamo Amelia —se presenta. Sigue ahí de pie, estática.

Su nombre me suena, y el instinto me pide que recuerde de qué con rapidez—.

¿Te lo has pasado bien con el doragon no chi ?

—Frunce el ceño y se lleva el índice a la barbilla—.

Creo que se dice así. Significa «sangre de dragón».

Estoy aprendiendo diversos idiomas, ¿sabes?

—Comienza a levantar dedos delante de mí, contando—.

Italiano, español, ruso y japonés. De momento.

Papá dice que dominar los idiomas es importante para el negocio.

De pronto, caigo en quién es. La hija del vlader. La chiquilla que va a celebrar su decimoquinto cumpleaños.

—¿Qué me habéis dado? —pregunto. Adopto un tono tirando a dulce. A lo mejor, si consigo ganarme su confianza, puedo salir de aquí. Tengo que intentarlo.

—Ya te lo he dicho —canturrea, como si le hubiera preguntado mil veces lo mismo—. Sangre de dragón. ¿Acaso no sabes lo que es?

Supongo que se trata de una droga, pero me gustaría conocer los detalles que Amelia pueda proporcionarme. Así que niego con la cabeza y pongo cara de inocente.

—Pues qué raro. Papá dice que está a la orden del día y que dentro de no mucho arrasará en el mercado.

—Se encoge de hombros antes de seguir, como si le diera pereza—.

Es una droga nueva que pertenece a la organización más importante de la yakuza.

Mi papá está intentando negociar con ellos para ser algo así como aliados.

Me resulta chocante; su apariencia y su voz no concuerdan con una forma de expresarse tan adulta. Ni que decir tiene de la facilidad con la que habla sobre temas de los que un niño no debería tener ni idea.

—Ahora estamos experimentando un poco —continúa—. Tú nos has servido para ver cómo actúa entre los humanos. Bueno, tú y otros pocos. Ha sido interesante comprobar que en verdad creías estar en otro lugar. ¿Tan realista era?

—Bastante. —Solo respondo eso. La conversación me interesa, pero me irrita a partes iguales. No me gusta ser el conejillo de Indias de nadie, mucho menos para probar una droga. Me siento violada.

—¿Algo que te haya hecho sospechar que no era real?

Lo pregunta con una curiosidad malsana.

—El tacto. —Soy escueta. Le doy lo justo que quiere oír con la intención de que siga hablando. Parece que funciona.

—Sí, nos habían comentado que esa era la única limitación.

—Ensancha la sonrisa, y tengo que tragar saliva para no mearme encima—.

Espero que la pastilla no deje secuelas preocupantes en los humanos; eso todavía lo estamos testando.

Me caes bien y mi tío está obsesionado contigo, así que espero que seamos amigas.

Ni muerta.

—Claro, me encantaría —le miento, y fuerzo una sonrisa—. Por cierto, Amelia, ¿dónde estamos?

—En mi casa.

—¿Y dónde está tu casa?

De nuevo, me muestra esa sonrisa robótica y ensayada.

—Qué divertida eres. Si supiera reír, creo que lo haría.

—Algo se me remueve en el estómago al oír esa confesión un tanto siniestra viniendo de una niña.

Aunque no tan niña. Su imagen engaña, no parece para nada que vaya a cumplir quince años—.

Ojalá mi tío te convierta y se quede contigo. A lo mejor tú podrías enseñarme a reír.

Unos golpes en la puerta rompen su impecable postura y se dirige hacia ella.

—Espera —le pido—, no te vayas. No me dejes sola. —Necesito conseguir que me diga cómo puedo salir de aquí o, al menos, que me suelte de estas ataduras que me cortan la circulación.

—Lo siento. Si me da tiempo, vendré a visitarte. Ahora tengo que ir a ver a ese chico que han traído contigo. Creo que tú lo conoces, ¿verdad?

¡Está aquí! El corazón se me sube a la garganta, y me invaden tantas emociones que mi cuerpo solo sabe responder con lágrimas saladas.

La niña cierra la puerta tras de sí y, acto seguido, se apagan las luces, dejándome sola, rodeada de nada más que fría oscuridad.