Eclipse en Shadow City 23. Scarlett. La muñeca de porcelana
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23. Scarlett. La muñeca de porcelana

Scarlett La muñeca de porcelana

Despierto sobresaltada, con los latidos golpeándome como si fueran caballos al galope. Noto el sudor enfriándoseme en la piel y cojo aire como si acabara de salir del fondo del mar.

—Eh, nena, ¿estás bien?

La voz de Xander actúa de forma inmediata como sedante, y empiezo a notar que el oxígeno llega a mis pulmones.

Descubro que estoy sentada en la cama del piso franco, con mi desnudez solo cubierta por las sábanas blancas que huelen a humo y menta. Aunque también percibo el olor a cuero que procede de mi hati, tumbado a mi lado.

Lo observo durante un rato, sin terminar de creer que esté aquí conmigo.

Repaso sus tatuajes del cuello al pecho y cómo sigue su camino por el bosque que decora su antebrazo, ese que estira hacia mí para darme una caricia, tan suave que apenas la percibo, aunque sí puedo sentir el calor que emana de ella.

—Estoy bien —le susurro, todavía sin comprender.

¿Ha sido todo un mal sueño?

Xander sonríe tras mi respuesta, y soy incapaz de no devolvérsela. El alivio que siento al saber que seguimos a salvo, juntos, despierta una calidez agradable que me arropa contra los escalofríos del miedo.

—Xander... —La pesadilla ha sido tan nítida, tan real, que necesito sentirlo cerca, muy muy cerca. Empaparme de él hasta borrar de mi memoria la horrible sensación de haberlo perdido—. Por favor, bésame.

Unos rayos plateados estallan en sus pupilas turquesas, mientras me mira con un hambre que anhelo aliviar.

—Eso no tienes que pedirlo, mi mahni.

—Pero... necesito que sea un beso lento, uno de esos que me permitan saborearte y sentirte mío. Quiero que me des un beso como si supieras que no vamos a tener la oportunidad de volver a estar juntos nunca más. —«Como si mi pesadilla pudiera hacerse realidad».

Xander me observa con demasiada intensidad. Parece que quiere buscar el motivo que me lleva a pedirle algo así, como si quisiera escarbar dentro de mí hasta encontrar respuestas a esa petición tan concreta y, supongo que para él, perturbadora.

Y mientras me estudia, mi corazón vuelve a coger carrerilla imaginando cómo será ese beso que sé que no va a rechazar.

—No quiero ni pensar en lo que sería para mí no poder volver a estar contigo, Scarlett, así que no puedo concederte lo que me pides. Pero puedo besarte teniendo la certeza de que quiero pasar el resto de mi vida contigo. ¿Podría servirte un beso así?

—Sí, podría servirme un beso así.

Me tumbo a su lado y siento el calor de su respiración en la barbilla.

Con la misma suavidad de antes, me acaricia la mejilla y consigue estremecerme al pasar el pulgar por mis labios.

Aproximo la cara, esperando notar su nariz contra la mía, pero de igual modo que el roce de su mano, no encuentro el contacto con la piel, aunque sí siento que lo tengo cerca.

—Nena, di que me amas.

Su petición se cuela por mi boca entreabierta y recorre cada una de mis terminaciones nerviosas.

«Di que me amas». Tan solo un día antes me habría parecido una locura expresar lo que siento y ponerles unas palabras tan titánicas a mis emociones.

Porque yo las siento así. Para mí, decir «te amo» no es solo pronunciar cinco letras, es entregar mi corazón a otra persona con la plena confianza de que lo va a saber cuidar y no lo va a romper.

Pero si tan solo una pesadilla ha conseguido destrozarme hasta el punto de que el miedo a perderlo dolía tanto como un disparo al pecho, entonces...

—Te amo, Xander. Y no puedes llegar a imaginarte cuánto.

Y entonces, me besa. Tan despacio que me desespera, pero acercándose a la intensidad que tanto deseaba.

Busco con la lengua el delicioso veneno al que me he enganchado, intento beber de su saliva y lo quiero con tanta fuerza que creo que el corazón va a romperme los huesos para salir de su jaula.

Sigo y empujo mi rostro hacia el suyo, explorando cada rincón de su boca y negándome a interrumpir el beso que... aunque parece perfecto, no me sacia.

Desesperada, rodeo su cuello suave en exceso, giro hasta pegar la espalda al colchón y lo obligo a ponerse sobre mí, abriéndome de piernas para que encuentre con rapidez aquello que me muero porque penetre.

Alzo la cadera, incitándolo a fundirse conmigo. Gimo y luego gruño enrabietada porque Xander juega, pero no me da lo que quiero.

Le rodeo la espalda con los brazos y hundo las uñas en su carne, pero no consigo quitarme la frustración de encima. Así que intento arañar, notar cómo al arrastrar mi perfecta manicura le levanto la piel y consigo que reaccione.

Pero no lo logro, es como si resbalara, y mis dedos no se aferran a nada.

Xander ríe con una diversión que ahora mismo me desquicia.

—¿Qué pasa, Scarlett? ¿Qué es lo que quieres?

—Quiero que me folles. Lo quiero, ¡ya!

Yo misma me sorprendo de la furia con la que escupo esas palabras, como si, en vez de desearlo, estuviera enfurecida con él. Siento rabia, y siento odio.

—Pero, nena, ya lo estoy haciendo.

Se incorpora un poco para permitirme mirar entre nuestros cuerpos y veo cómo el helsing se hunde una y otra vez dentro de mí, pero, aunque lo veo, no lo siento. No siento nada más allá del calor y su olor.

—Oh, mira. —De pronto oigo una voz infantil que no reconozco y, por instinto, miro a un lado y a otro de la cama. Pero aquí no hay nadie más aparte de nosotros—. Parece que está teniendo una ilusión erótica.

—¿Qué ha sido eso? —le pregunto a Xander, obligándolo a parar.

Un escalofrío me recorre la columna, y de pronto la habitación no me parece tan vacía como antes. Noto que hay algo, como una presencia, unos ojos invisibles que nos observan.

—¿El qué? —Xander se aparta y se queda sentado a un lado del colchón, pendiente de algún sonido. ¿De verdad él no lo ha oído?

—Me ha parecido oír a alguien hablar.

—Ah —me mira por encima del hombro con dulzura, tanta que me provoca repelús—, habrá sido la niña.

Giro la cabeza hacia Xander tan rápido que tengo que llevarme una mano al cuello para aliviar el latigazo.

—¿De qué niña estás hablando?

—De nuestra Soreil.

Soreil... Siempre me ha gustado ese nombre.

—Tranquila —me dice entre risas—, no voy a provocarle un trauma diciéndole que su madre se ha olvidado de ella.

—¡¿Su madre?!

Esto es de locos. ¿Cómo voy a ser yo madre de nadie? Menos aún con Xander. Por Dios, si nos acostamos por primera vez anoche..., ¿verdad?

—Scarlett, empiezas a asustarme.

Mi hati me mira con extrañeza y parece realmente preocupado, lo cual me lleva a replantearme toda esta situación.

—Xander, ¿cuánto tiempo llevamos juntos?

—Once años, ¿por qué me preguntas eso?

¡Once años! Imposible. No. Algo va mal...

El calor de las manos de Xander se esparce por ambos lados de mi cara cuando él me la sujeta y vuelve a lanzarme esa mirada de preocupación.

¿Es posible que haya olvidado todo el tiempo que hemos pasado juntos? Que haya olvidado... a nuestra hija.

—Quiero verla —le digo. Si de verdad existe, si es real que soy madre y no lo recuerdo, en ese caso lo que está mal soy yo—. A Soreil.

—Sí, vayamos a su habitación —contesta, sin despegar sus ojos llenos de sospecha de mí—. Lleva ya un buen rato jugando sola.

Salgo al pasillo, guiada por la mano de Xander apoyada en el bajo de mi espalda —aunque no noto presión, solo su presencia—, y me lleva hasta la cocina. Una vez allí, rodea el tirador de la nevera de la derecha, donde sé que guarda sus armas, y abre la puerta cuando sus huellas le dan acceso.

—¿Esta es la habitación de nuestra hija? —pregunto algo confundida. No es el lugar más cálido y hogareño que se me ocurre para una cría.

—Tú insististe en que querías que estuviera en la estancia más segura.

No sé cuál es la razón, pero, lejos de sentirme nerviosa por ver a mi hija, de la cual no me acuerdo, siento miedo.

Conforme la puerta se abre, mi corazón late como si dentro fuera a encontrar al monstruo del armario.

Una luz tenue ilumina el interior, y lo primero en lo que pienso es: «No es posible que yo haya aprobado que mi pequeña tenga su habitación en un lugar sin ventanas».

Veo una cama a la derecha con Cenizas dormitando sobre ella, un escritorio a la izquierda y algunas estanterías al frente. Mi hija juega de espaldas a mí con algunas muñecas, sentada en el suelo.

«Podría resfriarse, aquí hace frío».

Me sorprende ver que mi niña ya debe de tener entre siete u ocho años. Los rizos pelirrojos le caen con bucles marcados por la espalda hasta la cintura. Ver que ha heredado mi cabello me hace sonreír.

¿La recordaré si le veo la cara?

Odio haberla olvidado. Debo de ser una madre terrible; espero que algún día me perdone.

Avanzo despacio y sin hacer movimientos bruscos, pues Soreil está distraída con sus muñecas y no quiero asustarla.

Tengo la sensación de que, a cada paso que doy, la habitación se deforma, se vuelve más ancha y más gris. Parece que los muebles se alejan de nosotras.

Cuando llego a ella, me agacho para quedar a su altura. Trato de apartarle el pelo para verle la cara pecosa, pero, por más que lo intento, no consigo agarrarle los mechones.

—¿Crees que una persona puede ser sugestionada cuando está bajo los efectos de la sangre de dragón?

Otra vez esa voz. Y, no, estoy segura de que no ha sido mi hija quien ha hablado. Ha sonado más bien por...

Repaso las estanterías de enfrente con la mirada, sin moverme del lado de Soreil. No la recuerdo, pero es mi hija y pienso protegerla cueste lo que cueste.

—¿Quién ha hablado? —pregunto al aire, con la esperanza de que esa voz infantil responda.

No aparto los ojos de los libros y las muñecas de porcelana que hay en el estante.

En concreto, una de ellas llama la atención por encima de las demás.

Es visiblemente más nueva y bonita. Vestido blanco, porcelana perfecta, pestañas largas, cabellos dorados, labios rosados y ojos del color de la miel.

—Oh, parece que sí podemos jugar con los yonquis.