22. Xander. El color que me define #2
—Bien, bien, lo has hecho genial —alabo su actitud obediente—.
Ahora, responde a lo que te voy a preguntar.
Habla solo cuando yo te diga que puedes hacerlo, ¿vale?
Si no, puedes enfadarme y mi reacción no te va a gustar.
Ah, por cierto, cuidado al mover la lengua, las púas del peine son de plata y están bastante afiladas. Asiente si lo has entendido.
Aflojo el agarre del cuello lo justo para permitirle mover la cabeza arriba y abajo. Después, vuelvo a apretar, por si las moscas.
—Dime, ¿dónde están mis amigos? Ya sabes, el hacker y la rottweiler.
—Se los han llevado al Boss. —El tipo habla como si tuviera algo metido en la boca, pero se le entiende. Oh, espera, sí tiene algo metido en la boca. Mi pe... No es hora de bromear. Mi peine.
—Mmm..., ¿y dónde está vuestro Boss? —La rabia que siento al intuir la respuesta me obliga a arrastrar las palabras como una serpiente venenosa a punto de clavar los colmillos—.
Y cuidado con lo que contestas: si no me gusta, te corto la lengua y te clavo una púa de plata en cada ojo para que mueras despacio.
El vampiro tiembla de forma espasmódica bajo mi agarre. Espero que no se mee encima, porque podría mancharme los pantalones y me daría un asco tremendo.
—Está esperándote.
—He preguntado dónde.
—En el piso franco donde estaba la chica, la que quiere el Boss para el aniversario de la princesa Amelia.
—Bueno... —Hago crujir el cuello y mi visión empieza a empañarse de color rojo—.
Pues si está esperándome, será mejor que acuda a la cita lo antes posible.
Por cierto —aprieto el agarre contra su garganta e Idiota-uno empieza a patalear al sentir que no lo dejo respirar—, no me ha gustado la respuesta.
—Pe-pero... te he... dicho la verdad.
—Ya. Pero que sea verdad no hace que me guste.
Le golpeo las rodillas para hacerlo caer al suelo y le sujeto la lengua con una mano. El pobre Idiota-uno grita como un cerdo y después chilla hasta desgañitarse mientras le sierro el músculo rosado con el peine.
Me pongo perdido de sangre y me cuesta un poco más de lo que esperaba llevar a cabo la tarea, pero finalmente cumplo con lo prometido, aunque, por impaciente, acabo de arrancarle la lengua a tirones cuando ya había cortado poco más de la mitad. Me iba a morir de viejo si continuaba con el peine.
Le dejo su propio pedazo de carne en la boca y, sin perder más tiempo porque el Boss tiene pinta de ser un tipo impaciente, parto dos púas de plata y se las clavo en los ojos, tal como he prometido. Porque soy un hombre de palabra.
Le doy una patada al cuerpo convulso de Idiota-uno para quitarlo de en medio del paso y accedo de nuevo al piso.
Voy directo a la nevera donde guardamos todas las armas y, como el lector no me reconoce las huellas porque las tengo llenas de sangre, arranco la puerta haciendo uso de todas mis fuerzas.
Es más rápido eso que lavarme las manos, y no pienso perder ni un solo segundo.
Me guardo a la espalda la pistola-ballesta y meto en los laterales de las botas cuatro cuchillos de plata. En los bolsillos de la chupa, tres peines más, y me maldigo por haber trasladado los viales al piso al que llevé a Scarlett cuando compruebo que solo llevo tres encima.
Tendrán que bastar.
Apago el motor en cuanto varias figuras se recortan a unos metros por delante de mí, cerrándome el paso poco antes de llegar al portal del tercer piso franco.
Me quito el casco intentando mantener la cabeza fría y no ponerme a pegar tiros a lo loco: primero tengo que averiguar dónde están Johnny, Cenizas y Scarlett.
Avanzo sin perder de vista al grupo de vampiros que me espera entre la niebla. Por desgracia, el poco autocontrol que tenía desaparece conforme me acerco a ellos y la bruma me deja ver lo que guardan para mí.
Aminoro la velocidad y camino despacio, detallando a cada uno de ellos, pero a dos en especial.
El primero que decido que no va a morir de un tiro, sino de tener cada uno de sus huesos hechos trizas es el imbécil que sujeta a Johnny por el cabello.
Lleva el pelo teñido de azul, por lo que me resultará fácil darle caza al cabrón.
Me fijo en el hacker. No se mueve y cuelga como un muerto del agarre del peliazul, pero el leve movimiento en su pecho al respirar me indica que sigue con vida.
Trago saliva y empiezo a respirar como una bestia encabritada.
Tiene el rostro tan desfigurado y lleno de sangre que, si lo he reconocido, ha sido por la ropa.
Cierro los ojos y me tomo un momento para mirar al otro, al que pienso destripar como a un pescado. ¡¿Cómo se atreve a agarrar a mi pequeña del cuello?!
Cenizas se retuerce en el aire y lanza dentelladas espumosas hacia el bruto que la sujeta. Debe de ser realmente fuerte para poder mantener a mi perra suspendida. Por suerte, mi pequeña parece estar bien. A simple vista, solo detecto una herida leve en la pata trasera derecha.
Me detengo a unos diez metros de ellos y termino por analizar la situación. Cuento a tan solo veintisiete vampiros. Me siento insultado, sinceramente. Esperaba un poco más de bombo y platillo.
Analizo la ubicación de cada uno y contemplo todas las posibilidades y los riesgos antes de actuar.
Tras el barrido ocular y mi impecable razonamiento, decido que la primera idea que tuve es la óptima: primero disparar al grande que tiene a Cenizas —sin matarlo, porque, como he dicho, quiero destriparlo—; luego, cargarme al resto.
Rápido como la luz, lanzo el casco de la moto que aún llevo en la mano con todas mis fuerzas, para reventarle la cara al que queda a la izquierda del que está sujetando a Johnny.
Que la cabeza se le parta por la mitad y se quede sin nariz ni dientes me sirve de distracción para llevarme la mano a la espalda y...
—Yo de ti no haría eso.
Otra silueta comienza a dibujarse en el centro, justo entre los chupasangres que tienen a Johnny y a Cenizas. Sus movimientos rezuman una seguridad fría y calculadora, igual que la voz grave que me ha congelado en el sitio.
Lo reconozco antes incluso de que sus facciones se vean nítidas a través de la niebla.
El Boss. Patrick Freeze.
Es más grande de lo que pensé. Al menos me saca dos cabezas y tiene toda la pinta de estar duro como un ladrillo bajo esa gabardina negra e innecesariamente cara. El vampiro es un puto toro.
Es en ese preciso momento, cuando avanza un par de pasos por delante de los demás, que mi corazón se detiene y, por primera vez en mi vida, siento que voy a morir del dolor tan intenso que me aplasta el pecho.
El eclipse en mi mano comienza a arder de manera insoportable ante lo que ven mis ojos.
—Al fin tengo el placer de conocer al helsing que ha masacrado a tantos de los míos. —Patrick sonríe con la calma del que tiene todo el control de la situación. Y, después, la mira.
La mira y yo entro en erupción.
El Boss lleva a mi mujer como si fuera un puto príncipe caminando con su princesa dormida. La cabeza de Scarlett reposa en su brazo y sus ondas rojas se balancean con el viento.
Red.
Eso es todo cuanto yo veo. Rojo. El color que baña mi vida y me define. El color de la ira, del fuego, de la sangre, de mi mahni..., de la muerte. El que más me favorece.
Y ahora todo lo veo a través de ese intenso tono escarlata.
—Suéltala, maldito hijo de puta —gruño mostrando los dientes como un animal.
—Oh, eso no va a pasar. ¿De verdad pensaste que después de haber mermado mi colmena te iba a dejar marchar de rositas?
¿Que no tomaría represalias? Me insultas en mi propia casa, porque eso significa que no te has tomado la molestia de investigar mis métodos.
—El cabrón arrastra la nariz por la mandíbula de Scarlett, y no me contengo.
Saco el arma que llevo a la espalda y apunto, pero no disparo, pues el vampiro lleva los labios al cuello de mi mahni y no tarda en enseñarme los colmillos—.
Le morderé antes de que puedas apretar el gatillo, helsing.
Se me quedan los nudillos blancos y el brazo estirado me tiembla de pura contención e impotencia.
—¿Qué quieres? —Mierda. Se me nota a leguas que estoy desesperado.
—¿Qué quiero yo? —Ríe y, por un momento, mi sangre corre fría por el miedo—. Yo la quiero a ella... —Pasa la lengua por la garganta de Scarlett y yo muero. No físicamente: muero por dentro, me pudro al saber que le estoy fallando—. Pero Amelia te quiere a ti. Con vida.
—Quieres que me entregue —afirmo, bajando el arma.
—Vaya, eres una eminencia...
Mis ojos se afilan buscando el desafío, pero soy consciente de que no puedo hacer nada sin poner a mi mahni y a los demás en peligro.
—Suéltalos y no opondré resistencia.
—No —contesta, sin dar opción a objetar—. Entrégate y, después, los soltaremos.
Sintiendo los latidos en las sienes y el miedo en el estómago, doy mi brazo a torcer. Me deshago de mis armas, amontonándolas en el suelo, y levanto las manos para mostrar las palmas bañadas en sangre.
Dos vampiros se me acercan y me las atan a la espalda poco antes de golpearme en la cabeza con la culata de mi propia pistola.
Con el primer golpe, me mareo; con el segundo, pierdo el sentido de lo que está pasando; con el tercero, mi alrededor empieza a tornarse negro.
Ryan aparece en mi campo de visión con un revólver y, pese a mi estado, sí reconozco la sensación de querer ser el causante de que su corazón humano deje de latir entre mis dedos.
Fundido en negro. El sonido sordo de un disparo suena lejano y me obliga a entreabrir los ojos de nuevo.
Ryan. El revólver humeando. Pedazos de carne, hueso y sangre esparcidos por el asfalto. Johnny con un agujero en la cabeza.
Grito. Pero no sale sonido alguno.
Mi conciencia se esfuma y otra vez todo se vuelve negro.
Aunque yo no dejo de ver rojo.