Eclipse en Shadow City 22. Xander. El color que me define
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22. Xander. El color que me define

Xander El color que me define

La gente que fuma suele hacerlo por cosas absurdas como socializar, para encajar en un grupo, para aliviar el estrés, porque los relaja, o porque, aunque esto no suelen decirlo en voz alta, los hace sentir sexis mientras dan las caladas y miran por encima del humo.

He llegado a oír que lo hacen porque, si lo dejan, engordan.

Gilipolleces.

Yo fumo porque me hace sentir inmortal. Cada vez que oigo el clásico «fumar mata», pienso: «A mí no, humano insignificante».

Prácticamente no envejezco; diez años en una persona normal bien podrían equivaler a uno de los míos y, por si eso fuera poco, todo daño que mi cuerpo pueda sufrir se regenera cada vez que hago uso de los viales.

Sí, fumo porque me recuerda que soy invencible y no un ser cualquiera con un cuerpo mediocre y caduco.

Y por eso he dejado la moto un par de calles más allá del piso franco y disfruto de un cigarrillo por el camino.

El humo baila ante mis ojos, se desvanece y las curvas que dibuja en el aire me recuerdan a las de mi mahni.

Me entran ganas de dar media vuelta y volver a meterme en la cama con ella.

Saborearla es como beber directamente el néctar de los dioses.

Jamás he sentido nada igual estando con nadie, y no es por fardar, pero he estado con muchas mujeres. Nunca demasiadas.

Y todas esas veces he disfrutado de la compañía y el sexo; nunca me he quedado insatisfecho. Pero ahora, cada uno de esos encuentros me parece insustancial, carente de fuego, a pesar de que sí hubo deseo.

¿Cómo explicarlo? Con Scarlett todo se maximiza y se lleva al extremo.

Cualquier conversación con ella me resulta interesante; es más, podría inventar cualquier excusa con tal de tener su atención.

Un intercambio de miradas me obliga a tragar saliva.

El roce de su piel electrocuta mis sentidos y fríe mi capacidad de razonar.

Su sabor hace que pierda la cabeza. Su sonrisa y esa picardía inocente que tiene despiertan a mi lobo interior.

Con ella todo es más y, aun así, quiero todavía más de eso. Más, más y más. Soy adicto a ella y a todo lo que me hace sentir. Quiero volver a su lado y protegerla, amarla, adorarla, follarla, besarla, acariciarla..., joder, hasta secuestrarla y todos los «arla» que existan y que estén por existir.

Me invento palabras si hace falta, porque no hay ninguna que pueda expresar todo lo que haría por ella. Y luego está ese regocijo egoísta y posesivo de sentir que es toda mía. Mi mahni. Y, por mi preciada mutación, cómo me gusta eso.

De hecho, desde anoche se me ha pasado varias veces la idea por la cabeza. Sí, podría hacerlo, mandar a la mierda la misión y pasar el resto del día con Scarlett. El resto del día y el resto de mi vida. Pero, mientras esa colmena de chupasangres siga en la ciudad, mi pelirroja no estará a salvo.

Así que me dejo de payasadas de enamorado; ya tendré tiempo para eso. Doy caladas a mi cigarro y mantengo el rumbo al piso franco donde me esperan Johnny y Cenizas para trazar un plan que acabe con la escoria que infecta Shadow City.

Scarlett... Quién me iba a decir que me fliparía estar eclipsado y tener el olor de mi hembra pegado a la piel. Puede que ahora sí comprenda por qué la gente se engancha a eso del amor; es como tener fuegos artificiales explotándote dentro.

Es que, joder, qué mujer tengo. Es perfecta.

Finalizo el breve paseo y doy una última calada frente al portal.

Antes de entrar, echo un vistazo al cielo.

De verdad que esta ciudad es deprimente; todavía no he visto el color azul detrás de los nubarrones grises.

Hoy está especialmente encapotado, y la niebla comienza a hacer acto de presencia entre los edificios.

Accedo al portal y saludo con la cabeza a... nadie.

—Aquí tener portero y no tenerlo es lo mismo —murmuro con desgana.

Subo por las escaleras, peine en mano para adecentarme el tupé —desventajas de ir en moto y llevar casco—, y antes de llegar a la planta correspondiente percibo un olor extraño, uno que no pertenece a ninguno de los vecinos y, mucho menos, a mis chicos.

Es un perfume fuerte, de varón, un aroma especiado con un toque a lavanda que se me mete en las fosas nasales de manera incómoda.

Huele a caro, y eso rechina entre estas paredes de clase media.

Acelero el paso y, cuando llego arriba, me detengo en seco. La puerta de nuestro piso está abierta, y un silencio que no debería estar ahí presiona entre mis sienes.

Me acerco despacio, con un entumecimiento impropio en mí. La cabeza empieza a darle vueltas a ideas que me gustaría que no se le ocurrieran, pero son tan intensas que puedo notar los latidos zumbándome en los oídos.

Con la punta de la bota, empujo la puerta de entrada para abrirme paso al interior. Trago saliva y miro a mi alrededor sin querer hacerlo.

Todo está como si un huracán hubiera arrasado el lugar.

Los muebles están destrozados y amontonados, las sillas tiradas por el suelo con las patas rotas, la mesa del comedor partida por la mitad, los armarios hechos trizas, los cajones y todo su contenido esparcidos...

El suelo es un amasijo de objetos inservibles, cables arrancados, astillas y cristales y, por debajo de todo ello, las inconfundibles huellas de Cenizas.

Pero es el color rojo en esas huellas lo que hace que el pelo de la nuca se me ponga de punta.

—No. No, no, no...

Un escalofrío me sacude el cuerpo y toda la ira que anida en mí despierta como un monstruo hecho de sombras. Los nudillos me crujen al apretar los puños, los dientes chirrían cuando la mandíbula se tensa hasta tal extremo que las encías alrededor de los caninos me sangran.

Como mi familia tenga un solo rasguño, pienso dejar que vean el monstruo que puedo llegar a ser.

Por Johnny, mataré. Por Cenizas..., los haré sufrir hasta que me supliquen que les meta una bala de plata por la sien.

Doy media vuelta, a medio segundo de convertirme en una bestia dispuesta a destripar a quienes se han metido con su manada, cuando un chasquido al otro lado de la puerta me pone en alerta.

Semiagachado y tan sigiloso que me siento un ninja experimentado, me sitúo entre la puerta y la pared. Miro por la rendija que dejan las bisagras y aguzo el oído.

Pasos.

—Reunámonos con los demás —oigo que dicen fuera. Calculo que no hay más que dos vampiros. Se acercan.

—¿Se puede saber adónde han ido todos? —contesta otro.

—Están rastreando el barrio. El jefe dice que el helsing no estaba con su ramera, así que es probable que esté rondando entre los pisos francos.

¿Mi ramera? Que hable así de mi mahni me enfurece de un modo irracional, pero que sepan que no estoy con ella... Eso acaba de ponerme los huevos por corbata.

Quiere decir que o están controlando el edificio o...

Como le pongan un solo dedo encima, se van a arrepentir.

—Mmm. Tiene sentido. Pero ¿cómo se supone que vamos a atrapar a un tío que ni sabemos cómo es?

—¿Y a mí qué me dices? He recibido las mismas instrucciones que tú, y tampoco cuento con más detalles, así que tendremos que apañarnos. Tú obedece y mantente atento a cualquier cosa que veas sospechosa, o acabaremos muertos.

No tienen ni idea de lo acertado que es eso.

De pronto, los dos idiotas cruzan por delante de mí y pretenden seguir su camino hacia las escaleras para salir del edificio. Pobrecitos..., no van a llegar ni al primer escalón.

Idiota-uno va por delante de Idiota-dos, cuando este último dice:

—Que intenten matarme si quieren. —Levanta un brazo marcando bíceps, aun a sabiendas de que su compañero le da la espalda y pasa de su cara—. Soy una roca...

Ya estoy tan cansado de oírlo que acabo rápido con él. Salgo de mi escondite, me sitúo detrás de Idiota-dos, planto las manos a ambos lados de su cabeza y, con un giro brusco, le tuerzo el cuello. Suena un «crac» limpio.

Adoro ese cambio que se produce al pasar de sentir la resistencia de los músculos y el hueso a notar el peso suelto de la cabeza al partirle el cuello sin apenas esfuerzo.

De verdad, es un gustazo, y a veces me quedo un poco más de la cuenta sujetando el cráneo cuando cuelga de la carne sin tener forma de sostenerse.

Esta vez no lo hago porque voy con un poco de prisa.

Idiota-uno parece haber oído el cuerpo de su colega cayendo al suelo y se vuelve sacando una navaja.

—¡¿Quién anda ahí?!

Menuda pregunta estúpida. Como si se lo fuera a decir, saludando con la mano en plan: «Ah, hola, yo soy el que acaba de matar a tu compañero, ¿quieres clavarme eso que llevas en la mano?».

Con la rapidez que me otorga la mutación, aparezco detrás de él y le soplo en la oreja para que se congele de miedo antes de golpearlo en la nuca.

Cae hacia delante, pero para ser un vampiro cualquiera y no un vlader, es rápido y, bueno, eso me ha pillado un poquito por sorpresa. Gira sobre sus rodillas y arremete con la navaja, como si quisiera abrirme el abdomen de lado a lado.

Para su desgracia, no le doy el gusto. Le agarro la muñeca y se la retuerzo hasta romperla y obligarlo a soltar ese juguete que considera un arma.

Luego, y solo porque me apetece, le doy con el codo a la altura de la oreja izquierda.

Probablemente le he abierto alguna fisura en el cráneo y perforado el tímpano, pero el otro oído se lo dejo intacto porque me interesa que pueda oír lo que quiero preguntarle.

Así que me lo llevo de espaldas al pecho, le rodeo el cuello con un brazo y le meto uno de mis peines en la boca aprovechando que la abre para intentar gritar o coger aire. Puede que ambas cosas.

—Estira las manos al frente —le ordeno, hablándole al oído bueno—. Donde pueda verlas.

Idiota-uno obedece, y se me escapa una risilla al ver cómo una de las manos se le queda colgando de la muñeca partida, a lo zombi, cuando estira los brazos.