21. Scarlett. Conejita
Scarlett Conejita
Me despierto con la mayor de las sonrisas en la cara.
Soy feliz.
Y ese es mi primer pensamiento de la mañana.
Siento un pequeño pero agradable dolor entre las piernas. Xander me despertó de madrugada y volvimos a hacer el amor. También repetimos un par de horas después. Así que estoy cansada pero radiante. Hacía tiempo que no me despertaba con esta sensación de plenitud.
Estiro los brazos a los lados mientras me desperezo y enseguida advierto que estoy sola en la cama.
Apoyo los codos sobre el colchón y me enderezo lo justo para mirar el espacio en el que esperaba encontrarme a mi hati.
Sí, mi hati. Resulta extraño y correcto al mismo tiempo.
Como siempre he supuesto que les pasaba a esas novias a las que atendía, que de la noche a la mañana pasarían a llamar «marido» a sus parejas.
La sonrisa con la que me he levantado no desaparece; al contrario, se ensancha como la de una boba enamorada.
Sobre la almohada descansa una rosa blanca y una nota escrita con bolígrafo.
Hago la croqueta hasta el lado donde dormía Xander y me decanto por coger primero la flor.
Las rosas rojas siempre han sido mis favoritas, pero ahora he decidido cambiarlas por las blancas, porque a partir de anoche me van a recordar a esa primera cita que tuvimos.
Me la llevo a la nariz e inhalo su aroma.
Eso me lleva a recordar uno de esos momentos que me hicieron pensar que él era el indicado.
Que él es el camino correcto que debo tomar.
Creo que Xander no fue ni siquiera consciente, pero que me dijera que las rosas eran blancas porque no las había encontrado rojas me ablandó el corazón.
Podría parecer una tontería, algo sin importancia, pero a mí me estaba diciendo que había pensado en mí en todo momento, que tenía en cuenta mis gustos, que sabía cuál era mi flor favorita y que esa había sido su primera opción.
La verdad es que el helsing siempre ha sido tierno conmigo, a su manera y de una forma tan natural que parece que se le resta importancia, pero para mí cada detalle cuenta.
Cuando me sanó los pies, cada vez que está pendiente de mí para que no vea sangre, cosas tan simples como ir a por un vaso de agua si ve que estoy sedienta o colocarse detrás de mí para que no me duela la espalda y esté cómoda.
Detalles sencillos que luego lo son todo.
Al final voy a tener que darle la razón a Claudia y agradecerle que me diera el empujón que me faltaba para lanzarme a sus brazos. Ahora de lo único que me arrepiento es de no haber pedido aquel deseo antes.
Sin soltar la rosa, cojo la nota que me ha dejado Xander.
¡Buenos días, nena!
Había pensado en despedirme con un beso, como mereces. Pero estabas tan dormida que no he sido capaz de despertarte.
Estaré con Johnny para dejarlo todo listo y poder actuar rápido una vez consiga que Ryan cante.
Volveré para comer contigo, lo prometo.
Fdo. Tu lobo
P. D. Te he dejado un intercomunicador en la mesilla de noche, por si necesitas contactar conmigo.
Le doy un beso al pedazo de papel, como una adolescente estúpida, y bajo de la cama dando saltos por la habitación para guardar la nota en el bolso. No quiero perderla.
Doy una vuelta cotilla por la habitación y me fijo en que Xander ha colgado la camisa que le rompí anoche en una percha, a pesar de que no le quedan más que un par de botones cosidos.
Decido darme el gusto de ponérmela sobre mi piel desnuda y le levanto el cuello para que me llegue el olor a humo y menta conforme me muevo.
Voy al lavabo a asearme, y reconozco que después pierdo el tiempo observándome en el espejo.
Tengo las ondas revueltas, las mejillas coloradas, los labios hinchados con restos de carmín. También encuentro un par de chupetones en el cuello y el hombro, además de las marcas que me dejaron los tirantes del vestido cuando me lo arrancó como un animal.
Estoy hecha un desastre y, en cambio, jamás me he visto más sexi. Observo las partes de mi cuerpo que se ven bajo la camisa y me siento una mujer deseable, poderosa.
Salgo del baño tan feliz como un cuoca y, de nuevo con la rosa en la mano, me encamino a la cocina y preparo una taza de café bien caliente mientras tarareo una canción.
Estoy saboreando el primer sorbo cuando llaman a la puerta. Al principio pienso que se han podido equivocar, pero entonces insisten, y un mal presentimiento me recorre la espina dorsal.
Camino de puntillas con la taza en una mano y la rosa en la otra. La estoy apretando con tanta fuerza que no me doy cuenta de que estoy partiéndole el tallo y me estoy clavando las espinas.
Me acerco a la puerta de la entrada y aguanto la respiración antes de asomarme a la mirilla.
Dejo escapar el aire y relajo mi postura al darme cuenta de que no es más que Johnny. De todos modos, un zumbido me ronda la cabeza y no me deja estar tranquila. Hay algo extraño en esta visita, y no termino de decidir si abrirle o no la puerta al compañero de Xander.
No es que desconfíe del pobre chico, pero si mi hati ha ido al otro piso para trabajar con él, ¿por qué no han venido juntos?
Además... Me acerco un poco más a la mirilla y lo examino con detenimiento.
Parece tenso. Está sudando y hace una cosa rara con los ojos, los mueve de un lado a otro, como si con ellos dijese... , como si me estuviese diciendo: «NO».
No.
¿Me está pidiendo que no abra?
Sin darme cuenta, me acerco tanto a la puerta que la taza choca contra la madera y los ojos de Johnny se abren de forma antinatural, transmitiendo un pánico que me contagia al instante.
El miedo se me cuela entre los huesos y un escalofrío recorre mi cuerpo.
Doy un paso atrás, pero ni siquiera me da tiempo a apartar la vista de la mirilla cuando veo que la cara del hacker se estampa contra la puerta con tanta fuerza que puedo oír cómo se le rompe la nariz.
No puedo evitarlo. Doy un grito de la impresión, la taza se me cae de las manos y se rompe en mil pedazos con un sonido tan estridente que resuena como si me estuvieran tocando los platillos en el oído.
El café me salpica los pies, pero apenas siento el calor, porque el miedo que siento es tan terrible que acapara todos mis sentidos.
Pum. Pum. Oigo dos golpes más y, al tercero, grito con todas mis fuerzas. La cabeza de Johnny abre un agujero en la madera y queda colgando inconsciente entre las astillas.
La sangre le chorrea por la cara y cae al suelo en hebras espesas.
Resulta tan surrealista que tengo la sensación de estar siendo la protagonista de una película de terror.
Me tapo la boca con la mano, luchando contra las arcadas que me provoca la impresión de ver la cara del chico tan desfigurada que me cuesta reconocerlo.
Reculo sin levantarme del suelo, arrastrándome como puedo en pleno shock. Parece que se me ha olvidado cómo andar, y ahogo otro grito cuando una mano masculina, de piel pálida, ancha y con un sello de oro decorando el pulgar, asoma por el agujero recién abierto y alcanza el pomo.
Intento salir de mi estado de pánico y actuar con rapidez.
Tropiezo un par de veces porque las piernas me tiemblan tanto que parecen hechas de gelatina, pero al fin consigo ponerme en pie y salir disparada hacia la cocina.
Abro todos los cajones y rebusco entre los cubiertos, sin importarme el caos que estoy formando, hasta hacerme con un cuchillo.
Tenía la intención de esconderme en el salón, pero justo cuando estoy a punto de salir al pasillo, oigo cómo la puerta de la entrada se abre y varios pasos resuenan sobre la losa. No se trata de una sola persona, de eso estoy segura.
Me escondo detrás de la puerta, quedándome entre esta y las neveras. Mierda, si tuviera acceso al interior del refrigerador, además de estar segura, tendría armas con las que defenderme.
—Sal, sal de donde estés, conejita.
Me llevo la mano a la cara y me cubro con ella la boca y la nariz para que no se oiga mi respiración agitada. Aunque me late tan fuerte el corazón que estoy segura de que lo pueden oír desde donde estén.
—Sabes que no tienes escapatoria. Es inútil que te escondas de mí, y odio que me hagan perder el tiempo.
No reconozco la voz, aunque eso debería importarme más bien poco. Estoy segura de que es uno de ellos, uno de esos vampiros.
Los pasos se acercan. Los temblores se convierten en espasmos, y aprieto ambos puños con fuerza. La rosa en la izquierda me da esperanza. El cuchillo en la derecha me aporta una falsa seguridad.
Se detiene. El silencio se adueña del piso y mi corazón está a punto de estallar. De pronto, una risa afilada suena cerca, demasiado cerca de mí, tanto que...
La puerta se mueve y por ella asoma una figura que me parece el mismísimo diablo. Su enorme sombra se cierne sobre mí, y de pronto me vuelvo pequeña ante su imponente corpulencia.
Reconozco su rostro en cuanto lo veo. Es aquel hombre que Johnny nos mostró en el portátil cuando utilizó el programa aquel que leía los labios. No recuerdo el nombre, pero sí sé que se trata del hermano del vlader al que Xander anda buscando.
—Aquí estás, conejita. —Estira la misma mano que he visto pasar por el agujero de la puerta hacia mí, como si pensara que me voy a entregar así por las buenas, sin ofrecer resistencia alguna—. Pórtate bien y nadie te hará daño.
—Mientes —gruño.
Me muevo lo más deprisa que puedo, para aprovechar lo que considero que sería un factor sorpresa, y ataco con el cuchillo utilizando todas mis fuerzas.
No espero a ver dónde lo he clavado: primero, porque presiento que a este hombre una puñalada le afecta tanto como un rasguño y, segundo, porque como vea sangre..., no sé si seré capaz de controlarme.
Me escabullo por el minúsculo espacio que deja su cuerpo al tambalearse hacia atrás y salgo corriendo de la cocina, aprovechando cada segundo de ventaja. Giro hacia el pasillo y enfilo en dirección a la habitación.
Maldigo mi suerte y suelto todos los improperios que se me ocurren. Sé que debería ir directa a encerrarme y esconderme, yo qué sé, bajo la cama, pero no puedo abandonar a Johnny en ese estado.
Voy hasta él y le tomo el pulso. Respiro aliviada al comprobar que sigue vivo y tan solo está inconsciente.
Suelto la rosa, sintiendo cómo se despegan las espinas de la piel y, procurando no mirarle la cara, agarro el cuerpo de Johnny.
Su cabeza sigue atascada en la puerta, y tiro de su cabello para liberarlo de las astillas que se le clavan en el cuello.
Intento ignorar los sonidos viscosos y crujientes y, una vez que consigo sacarlo de su prisión de madera, lo tomo de las axilas y comienzo a arrastrarlo como puedo por el pasillo.
Me falta poco para alcanzar la habitación cuando el vampiro de la gabardina negra a quien he atacado aparece delante de mí, como si se hubiera transportado mágicamente.
Dejo caer al suelo a Johnny por la impresión y otro grito me desgarra la garganta, pero no pienso darme por vencida.
De pronto, recuerdo que Xander me ha indicado en la nota que ha dejado un intercomunicador en la mesilla, y una chispa de esperanza se me enciende en el pecho. Si consigo llegar hasta él, podría pedir ayuda y...
—Reconozco que no me esperaba que me clavaras los dientes, conejita —dice el vampiro—, y sorprenderme es algo que pocos pueden conseguir, te lo aseguro. —Sonríe como un puto maníaco—. Solo por eso tendrás el honor de ser mi alimento.
Por más que intento no mirarlo, no puedo evitarlo, y mis ojos se desplazan por los destellos que emite el cuchillo ensangrentado que lleva en la mano. Un pellizco en el abdomen me hace doblarme, y tengo que apoyar mi peso en la pared para no caerme por el mareo.
Avanzo como puedo, sin despegar las manos de la superficie blanca. Ni siquiera me planteo por qué no me atrapa ahora que lo tiene fácil.
—Yo de ti me entregaría —comienza a decir con su voz salida de las tinieblas—, a menos... —Con el rabillo del ojo, veo un movimiento sospechoso, así que miro y, aunque la imagen parece inocente, se me congela la sangre.
El vampiro hace rodar el tallo de la rosa blanca entre los dedos y pasa la hoja del cuchillo por sus prístinos pétalos, manchándolos de sangre espesa.
—A menos —vuelve a decir— que no te importe lo que pueda pasarle a tu hati.
Siento la garganta como si me la apretaran en un puño hasta asfixiarme y, casi sin ser consciente de ello, las lágrimas se derraman por mis mejillas.
«Lo tienen».
—Como le hayas hecho algo... —No sé de dónde saco las fuerzas ni el valor para amenazar, pero el dolor ácido que siento en el pecho revela un lado de mí que desconocía.
Solo pienso en matar. En triturar el cuerpo de ese maldito vampiro hasta que no queden más que astillas de sus huesos y una masa de carne deforme.
—Todavía está vivo, si es a lo que te refieres. Pero que siga así depende solo de ti.
Sería una idiota si lo creyera a pies juntillas, pero tampoco pienso poner en riesgo la vida del hombre al que amo.
Sí, joder, ahora lo veo claro. Lo amo. Y voy a destruir el puto mundo como le hagan daño.
—Si voy contigo, ¿lo dejaréis marchar?
—Lo dejaremos vivir. —Me muestra los colmillos y tengo la sensación de estar viendo a un tiburón muerto de hambre—. Pero no puedo prometerte que salga de una pieza.
Es entonces cuando me doy cuenta de que hay alguien detrás de mí y cometo el error de darme la vuelta.
—Perdóname, Scarlett. Esto no tenía que ser así.
Lo último que veo es a Ryan cubriéndome la boca y la nariz con un paño húmedo. Después, todo se vuelve negro.