Eclipse en Shadow City 20. Xander. El único sabor #3
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20. Xander. El único sabor #3

Hundo los dientes en su cuello y le arranco una exhalación ahogada.

Ya no tengo paciencia para soportar esta presión que me azota el pecho y los pantalones.

Así que planto las rodillas en el suelo; ella lanza un grito cuando la agarro de las caderas y, de un movimiento brusco, la llevo al borde de la silla y le abro las piernas para mí.

—No me gusta lento —le aclaro, antes de seguir.

—Está bien —jadea. Está nerviosa, pero también expectante.

Le subo la falda hasta dejar el fino encaje negro expuesto.

—Tampoco soy un romántico en el sexo y, pese a lo que siento por ti, dudo que eso vaya a cambiar.

—No recuerdo haber pedido que fueras romántico.

Perfecto.

No le doy tiempo a respirar cuando ya hundo la cara entre sus muslos. El olor a rosas y frutos rojos me golpea con tanta fuerza que pierdo los estribos con demasiada facilidad. Su ropa interior me frustra, y parto la tira del tanga con los dientes para liberar aquello que deseo con fervor.

Con una mano la sujeto por las caderas y asciendo la otra por su abdomen hasta atrapar uno de sus pechos, con el que empiezo a juguetear por encima de la fina tela del vestido. No lleva sujetador, y eso me provoca tanto que la polla empieza a dolerme.

Desplazo la boca entre sus piernas y lamo la humedad que le empapa el sexo.

Por un momento, tengo que echar la cabeza hacia atrás para serenarme. Siento su sabor tan intenso que debo tomarme unos segundos para poder seguir.

—Dime —la oigo ronronear—, ¿cuál es tu sabor favorito?

—Pétalos de rosa. Frutos rojos. Champán.

Sin abrir los ojos, siento cómo hunde los dedos en mi pelo y tira de mí hasta devolverme a la posición que me corresponde.

«Dios, amo a esta mujer».

Ella gime en cuanto deslizo la lengua en su interior. Me recreo en degustar el plato principal. Lamo, succiono, muerdo..., hasta que ella balancea las caderas contra mi boca y yo sello los labios ejerciendo presión en su clítoris.

Bajo la mano que tenía sobre su pecho y con los dedos recorro su hendidura de extremo a extremo. Está tan mojada que me desespero, y le meto dos dedos sin dejar de succionar.

La oigo gemir cuando comienzo a moverlos sin delicadeza hacia dentro y hacia fuera.

—Voy a llegar —jadea.

Aumento el ritmo y le froto con el pulgar la parte sensible que mi boca abandona para poder mirarla a la cara y no perderme el espectáculo.

Veo el momento exacto en que el aire escapa de sus pulmones y abre la boca al tiempo que contrae los muslos. Pero yo no estoy dispuesto a darle tregua ni a concederle un minuto de descanso.

En cuanto Scarlett recupera un ápice de realidad, saco los dedos de su interior, me pongo en pie y libero mi erección ante sus ojos.

—Tu turno —le digo, rasgando el aire con mi severidad.

Sé lo que quiero y lo que necesito.

Ella mordisquea esos labios rojos que pienso comerme después y se inclina hacia mí.

Saca la lengua y, traviesa, da un lametón rápido, recogiendo la lágrima que corona la cima.

Después, repite, pero esta vez hace el recorrido completo, de la base a la punta.

Gruño entre la satisfacción y las ganas de más.

—Métetela en la boca —le ordeno. Ella me mira con un desafío que me resulta divertido—. Quiero la marca del carmín en mi base.

La agarro por los mechones rojizos y la incito a obedecerme. Acto seguido, Scarlett abre la boca y me recorre el miembro de tal manera que me estremezco y un sonido trémulo escapa de mi garganta.

—Joder, esa es mi chica.

Ella repite el movimiento y esta vez sacudo la cadera para introducirme hasta ahogarla.

Scarlett empieza a mover la cabeza a un ritmo tan perfecto que me vuelve loco.

Me dejo llevar por el placer hasta que suelto un gemido ronco.

Decido recogerle el cabello con las dos manos, improvisando una coleta con los dedos para poder verle esas esmeraldas que tiene entre las pestañas espesas.

Por desgracia, eso me lleva al límite y decido apartarla con brusquedad, porque mis planes son otros.

—¿Qué...?

No dejo que hable. La agarro por las caderas y me la llevo a la cintura. Ella me rodea con los muslos y estampo mi boca contra la suya.

La deseo con tanta intensidad que duele y resulta vertiginoso.

Scarlett entierra los dedos en mi pelo al tiempo que yo hago lo mismo con la lengua entre sus dientes. Nos devoramos mientras enfilo el camino hasta el dormitorio.

Soy incapaz de apartarme para dejar que respire. La saboreo como si no fuera a ser capaz de hacerlo nunca más en la vida, como si el mundo estuviera a punto de estallar en llamas y estuviésemos destinados a morir en apenas unas horas.

La lanzo a la cama y su cuerpo rebota sobre el colchón justo antes de volver a tenerme encima.

Me quito la corbata y se la pongo a ella, ajustándola, apretándola alrededor de su cuello hasta obligarla a coger una bocanada de aire.

Aprovecho que abre la boca para volver a meterle la lengua, acariciarle el cielo con ella y descubrir cada curva en su cavidad.

Ella parece tan impaciente como yo. Incrusta las uñas rojas entre las aberturas de mi camisa y tira hasta hacer saltar los botones y dejarme el torso al descubierto. No pierde la oportunidad de deslizar las palmas por mi piel y recorre mis músculos como si quisiera leerlos en braille.

Me aparto lo justo para deshacerme de la ropa, ponerme un preservativo que alcanzo a toda prisa del cajón y arrancarle el vestido con tanta brutalidad que los tirantes le dejan una marca roja en los hombros.

Con premura, beso la piel herida y pego mi cuerpo al suyo para sentir el calor que desprende y quedármelo para mí.

Recorro su piel pecosa y suave como la seda con caricias agresivas y besos hambrientos.

Atrapo uno de sus pechos con la boca y muerdo el pezón endurecido hasta hacerle sangre.

La lamo con premura, pues no quiero que ella se dé cuenta, y me dejo llevar por el éxtasis que su sangre me provoca, como una explosión divina en el paladar.

No me olvido de su gemelo y también lo succiono. Al mismo tiempo, recorro el contorno del maravilloso cuerpo de Scarlett con la mano y, cuando llego a la rodilla, le cojo la pierna y coloco su tobillo sobre mi hombro.

Sonrío porque, desde que la vi subida a esos tacones, estaba deseando follármela así: desnuda, con sus stilettos rojos y el tobillo al alcance de los dientes.

Le doy un suave mordisco en esa zona que me obsesiona sobremanera. Scarlett empieza a bambolear las caderas y yo dejo de perder el tiempo. Le agarro un puñado de pelo, me abro paso entre sus piernas y me meto de golpe en su apretado sexo.

Le arranco un grito que baila entre el dolor y el placer y yo me quedo quieto, a la espera de que se adapte a mi tamaño.

—Eres un demonio —jadea sobre mi boca, falta de aire.

—Apuesto a que no tenías ni idea de que los demonios podían hacerte tocar el cielo.

Entonces se lanza y me muerde el labio inferior. Me mira por un segundo, vuelve a hacerlo. Una. Dos veces. Hasta que ya no dejo que se despegue de mí y nos besamos con salvajismo.

Comienzo a moverme dentro de ella. Empiezo sacándola despacio, para después volver a hundirme con un empujón brusco. Noto cómo la piel de Scarlett se eriza con cada embestida. Me araña la espalda con esa manicura perfecta y empieza a gemir siguiendo el ritmo de nuestros cuerpos.

—Nena, esos sonidos me vuelven loco.

Decido comerme alguno de ellos, atrapándolos en besos cuando los emite. Quiero que sean míos, solo míos, de todas las formas posibles.

Ella tiembla, se estremece y se retuerce conforme aumento el ritmo de las estocadas. Necesito sentir cada centímetro de mí dentro de ella, no me conformo con menos.

Cuando siento que está al límite, deslizo una mano entre nosotros y comienzo a estimularla con el pulgar hasta que sus gemidos se vuelven más agudos.

—Pídelo —le digo entre besos—. Suplica que te haga llegar al orgasmo en este mismo momento.

—Hazlo —gime—. Por favor.

Me vuelvo loco y me clavo una y otra vez.

Cuando abre la boca, presiono con los dedos y ella arquea la espalda de una forma tan sensual que decido grabármela en la memoria.

—Ahora, grita mi nombre. Quiero que los vecinos lo oigan.

—¡Xander!