Eclipse en Shadow City 20. Xander. El único sabor #2
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20. Xander. El único sabor #2

Necesito darles un mordisco.

Devuelvo la atención a su rostro y encuentro una sonrisa perfilada en rojo que me deja claro que las tornas han cambiado. Caperucita es el verdadero lobo de la historia.

—Espero estar a la altura de la cita —dice, como si no estarlo hubiera sido una posibilidad.

Me aclaro la garganta y tiro un poco de la corbata para quitarme de encima esta presión que no me deja ni comunicarme.

—¿Cómo has sabido...?

—No era tan difícil de adivinar. —Encoge un hombro, restándole importancia—. En cuanto has abierto la puerta, me ha venido olor a comida; se te notaba nervioso, cosa que me parece adorable viniendo de ti, y me has traído a este piso y no al otro para que podamos estar a solas.

—Te adoro.

Esas dos palabras se me escapan sin pensar y me parecen tan ridículas, tan por debajo de lo que siento realmente por ella que, por primera vez, noto cómo me sube el color a las mejillas.

Por suerte, han tenido el mismo efecto en mi mahni.

Tras el infarto visual, decido retomar las riendas de mi cita y retiro la silla que queda a mi derecha para que mi dama tome asiento.

—Te habría llevado a un buen restaurante de habernos conocido en una situación...

, iba a decir normal, pero lamento confesarte que estas son las situaciones normales para mí, mahni.

—Creo que no debería haber dicho eso; recordarle que conmigo va a vivir en una situación de peligro trescientos días al año no va a beneficiarme.

—Lo dices como si acabaras de quitarme la venda de los ojos —ríe, y mis hombros se relajan— y no hubiera participado activamente en una masacre de vampiros tras una persecución de lo más intensa.

Sirvo algunos entrantes fríos, vino y el primer plato. Bueno, el único, porque no he tenido tiempo de preparar más.

—Por cierto, las rosas blancas son preciosas —dice Scarlett observando el plato humeante que ahora descansa frente a ella.

—No quedaban rojas.

No sé qué habrán tenido de mágicas esas palabras, pero a Scarlett se le ha iluminado la sonrisa. No ha variado la expresión, pero sí el brillo en su mirada, y ese sutil cambio hace que piense que nada de esto ha sido en vano. Que está decidida a darme una oportunidad.

Tras unos largos y silenciosos segundos durante los cuales me planteo cenármela a ella y olvidarme de lo que hay sobre la mesa, Scarlett reacciona dando un sorbo al vino. Hunde la cuchara en el guiso y sopla para no quemarse antes de saborearlo.

—Vaya... —murmura. Yo estoy expectante, deseando saber el veredicto—. Está buenísimo. ¿Lo has hecho tú?

Asiento, rebosando felicidad.

—Es Irish stew . —Aprovecho que Scarlett come para paladear yo también el estofado.

Ojalá fuera capaz de saborearlo—. Como en casa de tu prima me preguntaste el asentamiento oficial de la SOF, esta es mi manera de responderte.

—Sus pupilas me miran llenas de curiosidad, pero el plato debe de haberle parecido todo un manjar, porque come sin hacer pausas—.

Los últimos seis meses ha estado ubicada en Dublín.

No sabremos dónde se instalará después hasta que cumplamos con nuestras misiones.

»Pero admito que también me he decantado por este plato tradicional irlandés para que conocieras un poco mis raíces.

Esto último llama su atención, y deja la cuchara reposando sobre el caldo, aunque sin soltarla.

—¿Eres irlandés?

—En realidad, nací en Dresde, pero me crie en las calles de Dublín.

—Sin motivo alguno, me veo con ganas de profundizar.

La última vez que hablé de mis padres fue con Hudson, y de eso hará por lo menos treinta años—.

Mi madre era judía y mi padre alemán. Así, resumiendo rápido, la Segunda Guerra Mundial me dejó huérfano a los seis años y yo conseguí huir con otros tres críos.

Sobrevivíamos vagabundeando, pidiendo limosnas y saqueando, hasta que nos cruzamos con el buen comerciante Ben, al que robamos, por cierto.

Se apiadó de nosotros, vete a saber por qué, y estuvimos trabajando para él hasta que nos coló en un barco rumbo a la ciudad que me ayudó a crecer.

Veo los cientos de preguntas que cruzan por su cabeza a través de sus transparentes ojos verdes, pero, por el motivo que sea, solo dice:

—Tu infancia fue horrible. —No lo lanza como una acusación ni con frialdad. Más bien parece que expresa en voz alta un pensamiento, que también es un hecho—. ¿Cómo llegaste a ser soldado?

Sonrío con orgullo. Cómo no, ha recordado que le dije que la SOF se encargaba de reclutar a los mejores soldados de cada país. Lo que no especifiqué fue qué tipo de soldados...

—No me imagines con uniforme y cumpliendo órdenes militares, nena.

—Comienza a comer de nuevo, pero sin perderme de vista, ávida de información—.

Era un soldado, o así me llamaban, pero mis luchas se llevaban a cabo en las calles.

Peleaba por dinero. Y era el mejor. —Dejo que absorba mis palabras y aprovecho para llevarme también algunas cucharadas a la boca—.

Hudson me encontró durmiendo a las puertas de un club tras haber dejado bonitos a tres valientes idiotas a golpes. No estaba en mi mejor momento...

—Así que lo de ser violento ya te venía de antes de la mutación. —Me mira con recelo. No me gusta. Por primera vez, me da cierta vergüenza admitir lo que soy.

—Me crie sin hogar ni familia, Scarlett.

No pretendo justificar mis actos, y no te mentiré diciendo que no disfruto de la agresividad, pero apenas sobreviví mendigando y robando.

Cuando a alguien como yo se le presenta la oportunidad de vivir mejor por encajar un par de puñetazos... En fin, no te lo piensas dos veces.

Scarlett asiente, y ya no volvemos a hablar hasta que dejamos los platos vacíos. Lo cierto es que me gusta ese silencio. Es agradable, de los de perderse en los recuerdos, y supongo que, en su caso, en el sabor del estofado.

La obligo a que se mantenga en su sitio y apure el vino mientras yo recojo. Esta noche es para ella y no voy a permitir que haga cosas que no haría en un restaurante... O en un hotel, si la suerte está de mi parte.

Traigo el postre. Esta vez, solo para ella; para mí, no tienen sentido los dulces desde que no puedo disfrutarlos. Cuando como, lo hago simplemente por aportar nutrientes a mi cuerpo.

Sin soltar el platillo con el coulant, arrastro mi silla hasta ponerla a su lado. Me siento con las piernas abiertas y tiro de la pata de la suya hasta colocarla de cara a mí, situando su rodilla entre mis muslos.

Scarlett me mira, algo perpleja, pero no se queja ni hace por alejarse de mí. Eso me gusta. Tener el control me excita.

Sujeto el platillo entre nosotros y el olor a chocolate se mezcla con el de las rosas, creando una atmósfera bastante erótica, a mi parecer. O también podría ser que cualquier situación a solas con mi pelirroja ya me parezca erótica de por sí.

Hundo la cuchara en el coulant y dejo que el chocolate fundido explosione para pillar tanto bizcocho como crema. Acto seguido, la acerco a esos labios rojos que me imagino dejando huella en lugares que ahora mismo están más duros que una barra de hierro.

Mi pelirroja observa la cuchara y sonríe con malicia. Sabe que pretendo darle de comer, y el chispazo en sus ojos me comunica que no me va a dar el gusto.

No pierdo detalle cuando, despacio, hunde el dedo en el chocolate que derrama del centro del postre y, sin dejar de incitarme con la mirada, se lo lleva a la boca y lo lame como si no hubiera probado nada más delicioso en su vida.

«Lo lamento, Caperucita, pero acabas de dejar escapar al Xander que me había esforzado por enjaular».

Dejo caer la cucharilla al suelo y, con un movimiento rápido, capturo su muñeca antes de que pueda alejar el dedo húmedo de su boca. Me acerco tanto a ella que soy capaz de sentir su aliento entrecortado sobre mis labios.

—¿Qué tal el postre? —le susurro. Mi voz suena más ronca de lo habitual; lija el minúsculo espacio que hay entre nosotros.

—Delicioso. —Ella también arrastra el sonido, de forma tan sensual que siento un fogonazo en la marca de la palma de mi mano. Puedo imaginar que ahora mismo danzan rayos plateados en mis iris—. Deberías probarlo.

Obedezco sin rechistar. Lamo los restos que quedan en su dedo y tengo que cerrar los ojos ante la intensa oleada que inunda mis papilas gustativas.

—Intuyo que a ti también te gusta el chocolate —murmura con un tono tan bajo que es apenas audible.

Una risa rasgada atraviesa mi garganta ante el comentario.

—Te recuerdo, nena, que tú eres el único sabor que existe para mí.

—En ese caso... —arrastra los dedos de la mano libre por mi corbata—, quiero ser tu sabor favorito.

Por un momento me quedo petrificado, y lo único que puedo hacer es apretar la mandíbula hasta sentir dolor en las encías.

Me parece de lo más dulce que se sonroje cuando, a la vez, quiere ser atrevida.

Me enciende. En sus ojos brilla un deseo que parece tan reprimido como el mío, y yo estoy dispuesto a darle todo lo que quiere y más.

La tengo tan cerca que con mi lengua alcanzo su labio inferior. Solo con la punta recorro su curva baja hasta la comisura, y luego continúo mi senda por su pómulo hasta lamerle el lóbulo de la oreja, donde me detengo para hablarle al oído.

—¿Estás segura de que quieres seguir por este camino? Ahora no hay nadie que pueda interrumpirnos.

—¿Tienes miedo de no estar a la altura? —me provoca, haciéndome cosquillas en el ángulo de mi mandíbula—. Vamos..., estoy segura de que puedes cumplir y hacer las cosas bien.

Sonrío como un lobo a punto de almorzar.

—Nena, yo no hago las cosas bien. Yo las hago inolvidables.

—Demuéstralo.

Muerde el aro que cuelga en mi oreja y una vorágine de locura lasciva repiquetea en mis oídos al ritmo frenético de mis latidos.

—Joder —gimo ante la perspectiva.