20. Xander. El único sabor
Xander El único sabor
Apoyado en la Ecosse Titanium que compré hace unas tres horas, le doy la última calada al cigarrillo y lo lanzo al suelo. Chasqueo la lengua al ver las primeras gotas de lluvia que comienzan a estampar pequeños lunares en el asfalto.
Miro al cielo, y las nubes grises son tan oscuras como la noche en que Scarlett y yo nos eclipsamos. Lo cual me indica que, por rápido que quiera ir, nos vamos a mojar y mucho.
Accedo al edificio con las manos metidas en los bolsillos de la chupa, saludo al portero con un movimiento de la cabeza y subo por las escaleras mientras el tío seguramente todavía está rumiando que le suena haberme visto y no sabe cuándo. Máxima seguridad, claro que sí.
Mis botas hacen eco con cada paso, y me detengo frente a la puerta de Claudia. Por supuesto, antes de llamar, me arreglo el tupé con uno de los peines que siempre llevo conmigo. De plata, como deben ser. ¿Estoy nervioso? Estoy nervioso.
Esto es nuevo para mí. Llego una hora más tarde de lo que pretendía, pero es por una buena causa, y espero que Scarlett lo valore.
Cojo aire, estiro el cuello a un lado y a otro hasta hacerlo crujir y doy tres golpes con los nudillos sobre la madera lacada en blanco.
Joder, no quiero ponerme a sudar, que acabo de ducharme.
Estiro un brazo frente a mí y apunto con los dedos como si fueran una pistola hacia la puerta. Claudia abre y...
—¡Pum! —exclamo, clavándole el índice y el corazón en la frente—. Así de fácil. Ya estarías muerta. ¿Cómo se te ocurre abrir tan a la ligera?
Claudia parpadea con los ojos bizcos clavados en mi arma imaginaria y me da un manotazo para que deje de apuntarle.
—No ha sido a la ligera —se encoraja—, he mirado por la mirilla, idiota. Esas cosas existen, ¿sabes?
—¿Y eso te parece menos peligroso? Con un simple destornillador, podría esperar el momento oportuno a que miraras por esa famosa mirilla y clavártelo con un rápido movimiento. No tendría ni que esforzarme, y tú estarías tuerta en el mejor de los casos.
Claudia parece haber perdido tanto el color como la voz. Estoy a punto de preguntarle si se encuentra bien, pero veo a mi pelirroja colocándose los tacones al otro lado de la entrada, y eso consigue que pierda el hilo de la conversación.
Me sonríe como si de verdad se alegrara de verme y se cuelga el bolso. Recién estrenado, como todo lo que lleva.
—Siento llegar tarde, nena, pero ciertos asuntos me han mantenido ocupado más tiempo de lo que esperaba.
—No pasa nada, ni siquiera nos habíamos dado cuenta de la hora que era.
—Le da un beso a su prima en la mejilla, sin reparar en la palidez recién adquirida de su tez.
Resulta sorprendente que no se haya percatado, porque parece que mi lección de seguridad la ha dejado tan blanca que podría mimetizarse con las coliflores—.
¿Y eso? —pregunta, señalando el casco que llevo al codo.
—Oh, cierto. —Se lo tiendo—. Es para ti; yo he dejado el mío abajo con la moto. Ya, no me mires así, sé que no ha sido muy buena idea, dado que en esta ciudad llueve día sí, día también, pero no tenía ganas de mirarme otro coche. Me apetecía cambiar, ya sabes.
Sacude la cabeza sin parecer muy convencida y vuelve a prestarle atención a la prima.
—Nos vemos cuando todo este lío haya pasado, ¿vale? —Claudia asiente y, recuperando ya un poco su tonalidad habitual, abraza a Scarlett con fuerza.
—Id con cuidado —nos dice—. Y, Xander, pienso castrarte si dejas que le pase algo.
—Descuida.
Le guiño un ojo a modo de despedida y me marcho orgulloso con mi chica bajo el brazo.
Un charco se empieza a formar bajo nuestros pies mientras intento abrir la puerta con manos torpes e inseguras.
Tengo la sensación de estar a punto de pasar un minucioso examen que marcará un antes y un después en mi vida. En nosotros.
—¿Otro piso franco? —pregunta Scarlett detrás de mí.
Una vuelta, dos vueltas de llave y abro. Salgo disparado hacia el interior y, antes de que ella pueda dar un paso hacia la entrada, ya le estoy poniendo una suave manta sobre los hombros.
—Sí —le respondo a la vez que le froto los brazos para hacerla entrar en calor. Está tiritando—, pero te prometo que ya no tenemos más en la ciudad.
—¿Otra vez estamos en peligro?
—Siempre estaremos en peligro hasta que culmine la caza, nena. —Me encanta lo inocente que es para estas cosas—. No, esta noche te he traído aquí porque quería darte una sorpresa.
Noto cómo me tiembla la sonrisa. Por norma general, soy una onda expansiva de seguridad y voy por la vida con la certeza de que siempre consigo lo que quiero, cuando lo quiero y como lo quiero.
Pero ninguna de mis conquistas me la tomé en serio. Iba a por lo que iba, sabía que no me rechazarían y, una vez conseguido el dulce, a cambiar la vajilla.
Esta noche todo es distinto. Scarlett me importa, y quiero hacer las cosas bien por una vez.
Mi chica forma una «O» con los labios antes de preguntar.
—¿Qué sorpresa?
Como se ha deshecho de los tacones empapados nada más entrar, se pone de puntillas y trata de mirar por encima de mis hombros. Esfuerzo inútil, porque me apresuro a taparle los ojos con las manos y la dirijo a ciegas hasta la habitación principal.
—Ya lo verás. —Espero que no le tenga alergia a nada.
Le pedí un informe detallado a Johnny con todo el cuadro médico de mi chica, por si acaso.
No vi nada reseñable, pero ni así me quedo tranquilo—.
Tú, de momento, date una ducha calentita, que si no te me vas a resfriar.
Te he traído algunas de las cosas que compraste —mentira, cogí tal cual todas las bolsas que vi en el suelo y no me compliqué en hacer criba, así no hay forma de equivocarse—, y también los enseres que vi que tenías en el baño, incluida la caja de tampones, porque no sé en qué punto...
Suelta un bufido que me resulta de lo más gracioso.
—La regla no me viene hasta dentro de un par de semanas.
—Bueno es saberlo —le comento con sinceridad. Porque, a ver, si la cosa sale bien, espero invertir el mismo tiempo que me he tomado para organizar esto en disfrutar de la recompensa.
—Eres encantador y, a la vez, insufrible. No sé cómo te lo montas.
—Como todo en esta vida, con años de experiencia.
La empujo un poco más hasta llevarla al centro de la habitación y la dejo allí para que se quite toda la ropa fría y mojada, que se le debe de estar enganchando a esas curvas por las que derraparía encantado, debajo de la manta.
Rechazo la imagen demasiado sensual de Scarlett con ropa empapada y encierro al Xander que solo busca sexo en un lugar recóndito, oscuro y asegurado con triple candado.
El objetivo principal es enamorar a mi mahni, preguntarle si quiere mi corazón en una caja roja con lazo de seda, y si acepta, entonces, y solo entonces, dejaré salir a mi yo animal.
Y si no acepta... Joder, duele hasta pensarlo.
Puto eclipse, con lo tranquilo que vivía yo con las emociones frías como el hielo.
En la habitación contigua, me deshago de la ropa, que tardará al menos dos días en secarse, me paso una toalla para quitarme la humedad y me arreglo como si fuera a ir de boda.
Descarto la americana porque, ahora que me miro en el espejo, me parece demasiado para un plan en el piso.
Además, Scarlett no tiene ni idea de en qué consiste la sorpresa, así que es capaz de aparecer en pijama, y, aunque tendría que tragarme la risa porque la situación sería bastante cómica, no querría hacerla sentir incómoda.
Me dejo, eso sí, la corbata negra y me remango la camisa gris hasta la altura de los codos, dejando a la vista mi antebrazo tatuado. También tomo la decisión de quedarme descalzo, por comodidad y por agregar informalidad al asunto.
Voy derecho a la cocina, doy los últimos retoques, compruebo que la comida no se haya enfriado y después le doy un repaso a la mesa del comedor, que espero que esté decorada con gusto.
Yo siempre he preferido los espacios sobrios y minimalistas, pero sé que a Scarlett le gustan las flores y las cosas que yo considero cursis.
Recoloco el jarrón lleno de rosas en el centro, enciendo algunas velas y espero hasta oír que ella ya sale de la habitación.
El sonido rítmico de unos tacones que se acercan sin prisa tira de mis comisuras.
Y es ese mismo sonido el que acelera mi corazón.
Se vuelve tan salvaje que se me clava en el pecho y consigue que me cueste respirar.
De verdad no entiendo cómo a la gente le puede gustar sentirse así; es desquiciante, pierdes el control por completo de ti mismo y se acumulan un sinfín de sensaciones a la vez: sientes esperanza, tienes la tensión por las nubes, los nervios hacen que te suden las palmas de las manos y tiembles como un idiota; a eso súmale la excitación y las dudas por lo que pueda estar pensando la otra persona...
¿Estoy quedando como un panoli? ¿Le gustará la cena?
¿Me he pasado o me he quedado corto?... En fin, todo lo que se siente al querer en extremo a otra persona me parece agotador.
Ah, con eso no contaba.
Con la misma velocidad con la que mi órgano vital se ha desbocado, ahora frena, hace un trompo y me deja zombi en el salón.
La hostia, está preciosa.
Mi criatura mística hace su aparición enfundada en un sencillo pero espectacular vestido negro sin mangas, cuya falda es tan corta que hace que el Xander al que he encerrado aporree desesperado por salir de su prisión.
Trago saliva y tomo una bocanada de aire mientras recorro sus piernas con la mirada conforme pone un pie delante del otro con marcada lentitud.
Sabe que me la estoy comiendo con los ojos y exagera los movimientos para enfatizar que me da permiso para hacerlo.
Conforme camina, me recuerda a la llama de una vela; se contonea con la misma suavidad, con las mismas curvas... y con el mismo calor. Corro peligro de quemarme, pero vaya si dejaría que mi piel quedara en carne viva.
Termino el tour visual en los taconazos de raso rojos que calza, los cuales crean una curva pronunciada en el empeine y enmarcan unos tobillos que me dejan la boca seca.